BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL Y PATRIMONIO

Alejandra López Salazar y otros




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La Arquitectura como manifestación multicultural. Un reflejo de la dinámica migratoria

Salvador García Espinosa

Dr. En Geografía

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

salgaes@gmail.com

Resumen

La vivienda resulta ser el escenario por excelencia de concreción material de aspectos culturales intangibles de sus habitantes, bajo este principio la ponencia analiza como la arquitectura habitacional manifiesta un proceso de transformación en sus aspectos espaciales, formales y materiales que dan evidencia clara del cambio acontecido en la sociedad. Se pretende ejemplificar en la arquitectura el conflicto generado por la conjugación de una dinámica local frente a una global, cuya vinculación o enfrentamiento puede ser observado en la fragmentación de la homogeneidad de la arquitectura vernácula.

Se presentan resultado de una investigación que aborda el proceso de transformación de la arquitectura e imagen urbana de las localidades como resultado de la inserción de un proceso global a través de la migración y el turismo, que incide en cambios sociales, mismos que se manifiestan en las adecuaciones de la vivienda, de forma tal que aún los habitantes que no emigran, se ven inmersos en una “cultura migrante”, que contrasta con la tradición local vernácula.

Palabras clave: Migración, Arquitectura, Vernácula

Introducción.

El estudio de la cultura material tuvo su auge durante los cuarenta, con el folklore desarrollado dentro de la disciplina de la Antropología. Fue a partir de esto que se inició el interés por estudiar el área habitada por indígenas, en el caso de Michoacán destacan las investigaciones desarrolladas por West (1948) y Beals (1969) quienes realizan el primer trabajo de Geografía cultural del área tarasca moderna. De igual forma, Foster (1946) realiza un estudio con interés en los campesinos que habitan la localidad de Tzintzuntzan y la forma en que enfrentan el cambio, concluye que resultaban conservadores en sus ideas y tímidos para aceptar las oportunidades de un mundo cambiante.

El interés de la escuela estadounidense sobre la Arqueología, propició un marcado énfasis de la Antropología sobre lo edificado, que entró en declive durante el decenio de los cincuentas del siglo pasado, y sólo los arqueólogos siguieron interesados en los objetos como producto cultural (Becker, 2003). Es hasta 1970, que inicia una nueva tendencia en la escuela estadounidense, (con influencia en México), sobre una variedad de acercamientos teóricos para el estudio de la vida cotidiana, que amplió de forma significativa el alcance de los estudios realizados sobre la vivienda y que, hasta los años ochenta, siguieron la tendencias de la Sociología, en términos del proceso y bajo la óptica de culturas emergentes (Aplene, 2005).

Pensar en la arquitectura en relación con la cultura, nos ubica en primera instancia en una contraposición: lo concreto material vs las ideas, esto si se asume a la cultura como aquella primera definición que E.B. Tylor realizará en 1871, en términos de todo aquello que las personas hacen, creen y piensan. Esta definición, se considera sigue siendo válida bajo tres precisiones: 1) La cultura como un modo de vida de las personas, lo que incluye sus normas, ideas, reglas y comportamientos. 2) Aquel sistema de esquemas transmitidos simbólicamente de generación en generación, a través del lenguaje, pero también del entorno construido y 3) Como el medio de adaptación ecológica y el uso de los recursos (Rapoport, 2003).

En este contexto, la cultura posee una diversidad de aspectos intangibles, algunos de los cuales inciden en la materialización de la vivienda como espacio primordial de sociabilización. Así las cosas, se asume que entre las características culturales mejor conservadas se encuentra la estructura familiar, el temprano aprendizaje (enculturación) en el seno de la familia, razón por la cual se considera que la forma y la estructura de las viviendas, tiene a permanecer o al menos a presentar cambios muy lentos (Rapoport, 2003).

Sin embargo, la tendencia a cambiar se ha acelerado en los últimos años, hoy en día, las permanencias construidas en asentamientos rurales que llevaban siglos y habían caracterizado a la vivienda tradicional, en las últimas dos décadas, están siendo borradas.

El proceso de transformación de la vivienda tradicional encuentra explicación en un ámbito amplio y complejo, de entre el cual, se pretende hacer énfasis en tres aspectos intrínsecos a lo cultural: la migración, la disponibilidad de recursos y la difusión de la técnica. Sin embargo, para esto, se requiere en primera instancia acotar la relevancia de la vivienda en el proceso cultural.

Vivienda como escenario tangible de lo intangible.

La realidad espacial no se vincula al individuo como simple escenario de su existencia sino que es parte inherente a la existencia misma (Heidegger, 1997) La vivienda es el espacio geográfico-social por excelencia, al ser tanto reflejo fiel de la estructura social como de aquellas condicionantes de índole natural o económica. En ella se sintetizan los aspectos geográficos del sitio en el que ésta se emplaza, motivo por el cual su análisis a nivel local demanda que no se olvide la incidencia de los acontecimientos de la estructura global. Esta preocupación está presente en las propuestas desarrolladas por Lefebvre (1991), Harvey (1996) y Santos (2000).

Sólo a través de considerar las condiciones físico-naturales del territorio y las culturales de los individuos que lo habitan, así como su incidencia o capacidad de vinculación con el entorno (global) se puede explicar la diversidad de características existente entre asentamientos humanos. De hecho, Santos señala que: “La historia real de vida de los lugares muestra que los objetos se insertan en un medio según un orden, una secuencia, que acaba determinando un sentido a aquel medio” (Santos, 2000: 133).

Si bien se considera que:

…“El espacio está involucrado aún con mayor profanidad con las maneras en que las formaciones sociales adquieren y cambian sus formas. Los cambios de mayor alcance en la evolución de la sociedad usualmente involucraron o impulsaron profundos cambios en las formas espaciales, y en la relación de la sociedad con su medio espacial; estos cambios parecen ser no tanto producto de los cambios sociales, sino parte intrínseca de y, hasta cierto punto, causales de ellos”… (Hillier y Hanson, 1984: 27)

Hay que señalar que la adecuación al espacio no ocurre de manera simultánea o al mismo ritmo entre las estructuras físicas y los procesos sociales. En este sentido, la consistencia espacial de lo edificado constituye la principal resistencia frente a las tendencias modificadoras que proceden de cambios sociales (Ruppert y Schaffer, 1979). Así, para cualquier transformación del entorno edificado un factor sine qua non es el recurso económico.

En este contexto la presencia de edificaciones tradicionales, que si bien manifiestan un modo de vida particular, puede considerarse como permanencias edificadas, que no necesariamente corresponden al modo de vida de sus habitantes, sino que más bien, se han desfasado de la realidad social y, ante la falta de recursos económicos de sus habitantes, se constituyen como resistencias a la tendencia de la globalización. Pero siempre serán vulnerables, en la medida que se disponga de los recursos necesarios para hacer posible su transformación.

Pero la disponibilidad de recursos no detonaría una transformación per se de lo edificado, para esto, es necesario que exista una decreciente congruencia entre la realidad social y la espacial. En este contexto, un papel fundamental lo tienen los medios de comunicación hacen posible que no se requiera viajar para conocer e imaginar distintos modos de vida, más aún, que los individuos los adopten como factibles para llevar a cabo. Por ello, cuando transforman el espacio construido, no lo hacen tan sólo como realidad física, sino como materialización social (Santos, 2000:80).

La separación de ambas realidades, ha llevado entre otras cosas, a privilegiar el aspecto material de algunas viviendas como muestras de una tradición, que incluso constituye un recurso turístico cada vez más en boga bajo el principio del turismo cultural. De aquí que sea pertinente insistir en la visión dinámica de la tradición.

Vivienda tradicional o tradición constructiva

De forma inicial, se identifican dos posturas sobre la tradición, aquella que considera que existe desde el momento mismo que se utiliza como referencia antagónica para definir la modernidad y como proceso dinámico, en constante invención y re-invención para la re-interpretación del presente (Upton, 2001 citado por AlSayyad, 2004).

En el primer caso, la tradición se asume como auténtica y opuesta a la artificialidad que se asigna a la modernidad (Upton, 2001.), Incluso Giddens (1990) la califica como una noción modernista por considerarla un proceso repetitivo, resultado de las acciones de un grupo o comunidad que se basa en verdades o sabiduría incuestionables e incluso como obstáculo que impide la modernización. Sin embargo, considerar a la tradición como una actitud que se caracteriza por la adquisición inconsciente de creencias y técnicas, por parte del individuo, implica considerarla como un legado estático producto del pasado, como constreñimiento, como espacio limitado por una cultura definida como pulcra (cf, Heinz, 1994; AlSayyad, 1995).

El considerar que el individuo tiene una actitud pasiva frente al proceso histórico del cual es producto la tradición y donde adopta como propio un conjunto de costumbres, formas y contenidos culturales que han establecido otros y que fijan un orden que sirve para liberarlo de la presión que supone el hecho de tomar decisiones (Heinz, 1994), Contradice la idea de que la tradición sea un constructo colectivo histórico que se enriquece a través del tiempo.

Respecto a la segunda postura sobre tradición, Giddens (1990) propone denominarla como “posmoderna”, en virtud de que reconoce la simultaneidad de procesos, entre modernización y conservación de la tradición, que amalgama lo viejo y lo nuevo, como un proceso natural y homogéneo. Este proceso, según AlSayyad (1995) parte del inconsciente de toda sociedad y sobre el cual se revelan similitudes e identidades grupales, así como muestra de diferencias individuales.

Bajo este enfoque, la tradición resulta dinámica y ayuda a la reinterpretación del presente, la atención se ubica más en el proceso real de transmisión. Lo relevante es el proceso a través del que se transmite la tradición y no el producto; lo opuesto equivale a considerar la existencia de edificios tradicionales y no edificaciones producto de la tradición. Se rechaza la idea de la existencia de una “arquitectura tradicional” a favor de la noción de edificios que “materializan la tradición”. Es de suma importancia reconocer que es la transmisión humana de la tradición, en relación con la construcción, uso y significado de una obra, lo que le confiere relevancia a este tipo de edificaciones En otras palabras:

…“La definición del espacio, los medios y métodos de construcción, las formas y rasgos de las viviendas y las costumbres de vivir en familias y comunidades, en conjunto constituyen los modos de vida y hábitat de diversas culturas a través del tiempo”… (Oliver, 1995).

Este mismo autor advierte que el peligro de concebir a los edificios tradicionales como entidades distintas, bloquea la continuidad y niega su carácter dinámico:

…“Cuando se reconoce esto, los procesos mediante los cuales se efectúa el cambio en las tradiciones vernáculas se vuelven más aparentes, como modificaciones de prácticas tradicionales que se comunican a sucesores dentro de una sociedad“… (Oliver, 1995)

Concebir a la tradición como proceso, permite una comprensión del presente, no en términos de un concepto binario pasado/presente o tradición/modernidad, como lo propició la Antropología al clasificar a las sociedades no europeas como distantes de un progreso característico del presente. Sino desde una perspectiva en donde deja de ser condición sine qua non la asociación tradición-lugar o más aún, tradición-grupo cultural, para ubicarla como un proceso permeable y dinámico en por lo menos dos dimensiones: tiempo y espacio (Jacobs, 2003).

En lo temporal, la tradición resulta un proceso de transmisión cultural, donde cada generación aporta y reinterpreta lo que hereda, antes de transmitirlo. En ocasiones “las tradiciones son continuamente enviadas y caóticamente recibidas a lo largo de la generación” (Jacobs, 2003.). Glassie (2000) señala que una verdadera tradición vernácula se basa en la participación y compromiso comunitario y, por esto, AlSayyad (1995) indica que la tradición deja de asociarse con un determinado sitio, incluso en el contexto de globalización, a un determinado grupo social.

La anterior implica una movilidad de la tradición que no ocurre siempre de forma pacífica o fácil (Jacobs, 2003), en ocasiones precisa de perturbaciones o procesos violentos para lograr integrar cambios a las formas existentes e iniciar así la transformación de la tradición (AlSayyad, 1995).

En lo espacial, porque el dinamismo social buscará manifestarse en la dimensión material de lo edificado, más aún, la tendencia de homogenización a través de los materiales y sistemas constructivos que se describe más adelante en algunas localidades rurales, permite afirmar, que se trata de un proceso de transformación que hoy podemos observar en el ámbito rural, pero que ya ocurrió en las ciudades.

A este respecto conviene recordar el postulado de Louis Wirth (1968 ), bajo su clásico texto del urbanismo como modo de vida, en donde señala que el cambio de una comunidad a una sociedad urbana, se presenta a través de tres aspectos primordiales: la densidad, heterogeneidad y tamaño de la localidad, aspectos perfectamente evidentes en la dimensión de lo edificado.


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