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DIVERSIDAD CULTURAL Y PATRIMONIO

Alejandra López Salazar y otros




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Introducción

El patrimonio cultural entendido como la herencia que se dan en los procesos sociales de los diversos grupos que conforman puntos de encuentro en la historia, en un espacio determinado. El acervo que permite darles identidad a sus habitantes, que los hace ser de una forma particular a diferencia de otros.

El patrimonio cultural como muestra de cultura material que se manifiesta en la arquitectura, urbanismo, objetos tecnológicos, en los objetos sagrados, instrumentos en general, que en ellos se dan prácticas determinadas, formas de relación y convivencia social. Pero también como una cultura simbólica, porque cada cosa representa, en algunos casos es conocimiento, sensaciones, sabores, fragancias, recuerdos, presencias y es valorada de una manera, significa en el acto o en el objeto “algo” para alguien en momentos históricos.

Se in-corpora (en la piel, en la forma de ser) ya sea como ethos, también como habitus colectivo, para ser parte de nosotros. Los parisinos sin la torre Eiffel, los egipcios sin las pirámides, los mexicanos sin las tortillas, los panameños sin sombrero blanco, etcétera.

Cuando la herencia es dada por varios grupos, se empieza por reconocer sus contribuciones particulares como ingredientes de un componente que se trasmuta (según el caso), en la riqueza de herencias, de saberes, aglutinados en atmosferas culturales que se transforman en cambios y tradiciones.

Foro internacional sobre la Multiculturalidad. Universidad de Guanajuato, Mayo 19, 20 y 21.

Ricardo Contreras Soto

Recuperación histórica: las voces y los actores de un proyecto orientado a la preservación del patrimonio cultural vivo en Yucatán, México

Ksenia Sidorova

(Facultad de Ciencias Antropológicas-UADY)

Lorena Ceballos Acosta

(Ciencias Social Alternativa “Kóokay”, A.C.)

Resumen

El objetivo de esta ponencia es discutir la pertinencia de la participación de los actores “no expertos” –entre ellos, las organizaciones de la sociedad civil (OSC) y los actores comunitarios– en la toma de decisiones y en las acciones orientadas a la preservación del patrimonio cultural vivo. En esta discusión nos apoyamos en algunos de los resultados del proyecto “Recuperación histórica”, de una OSC yucateca, cuyo objeto ha sido la recuperación de la memoria de las comunidades yucatecas al norte de Mérida, Yucatán, México.

Al centrarnos en el campo de la “memoria histórica y vida cotidiana”, remarcamos el carácter plural, inacabado y dinámico de la memoria que es indisociable de sus creadores. Retomamos un video documental “Xcunyá, el poblado de la olla de los zapotes” y presentamos una muestra de voces de los habitantes de este poblado yucateco que dan testimonio de la diversidad interna y las distintas relaciones que los pobladores han establecido con su comunidad. Las voces y opiniones de algunos de los pobladores poseen legitimidad ante la comunidad y sus habitantes. Si es así, nos preguntamos si no deberían convertirse también en fuentes legítimas de decisiones en torno al patrimonio cultural y formas de preservarlo.

Palabras clave: patrimonio cultural vivo, memoria/ memoria histórica, participación de actores comunitarios, diálogo interactoral e intercultural

Introducción

Desde la década del los años 70 del siglo XX se han intensificado debates entre los académicos, instituciones gubernamentales y organismos internacionales sobre la preservación del patrimonio cultural tangible/ material e intangible/ inmaterial/ vivo, cobrando este último cada vez una mayor centralidad en las discusiones de los expertos. Como resultado de estos debates, se han tomado decisiones sobre los elementos o rasgos culturales que tienen un valor especial para la “humanidad” y, por lo mismo, cuáles de éstos deben convertirse en objeto de diversas acciones (investigación, restauración, etcétera) con tal de ser preservados para las generaciones presentes y por venir.

Más allá de los alcances y limitaciones de la terminología, clasificaciones y formas de abordar el patrimonio material y vivo , llama la atención el hecho de que en los debates sobre el patrimonio no se escuchan las voces de los propios sujetos y comunidades que son autores de este patrimonio a preservar. Más específicamente, en el caso del patrimonio cultural vivo, los creadores y portadores de “rasgos”, “hábitos”, “creencias”, “estilos de vida” culturales se han quedado al margen de las discusiones a pesar de ser quienes tienen el interés más directo en que se tomen medidas adecuadas orientadas a la preservación de sus culturas ante el influjo de la mundialización cultural y globalización de la economía. Lo anterior no para quedarse al margen de los procesos de mundialización y globalización, sino para poder enfrentarse a éstos como actores autónomos en sus decisiones sobre la forma en que les gustaría participar en estos complejos y hasta ahora desiguales procesos del encuentro intercultural.

Retomando la clasificación de elementos culturales entre propios y ajenos, introducida por Guillermo Bonfil Batalla en su artículo “Lo próximo y lo ajeno: una aproximación al problema del control cultural”, Esteban Krotz (1994) argumenta que en el caso de las situaciones del contacto cultural, debemos preguntarnos quiénes toman las decisiones sobre los elementos culturales propios y ajenos. En particular, habla de aquellos elementos impuestos que, como el adjetivo mismo indica, no son introducidos con base al consenso del propio grupo cultural, sino desde fuera y sin acuerdo del grupo. Así, en los casos del contacto cultural asimétrico se plantea el problema de “¿quién tiene la capacidad de reconocer alternativas, quién puede decidir sobre cuál se acepta o no y, en dado caso, cómo?” (Krotz, 1994: 36). En el caso de las decisiones sobre el patrimonio cultural, no se trata de la imposición de elementos culturales, pero sí de las decisiones sobre los rasgos propios o apropiados, que a menudo se toman desde fuera del grupo cultural cuyo patrimonio cultural se busca preservar. Lo que puede ocurrir, en este caso, es que la exclusión de los portadores de las culturas –o rasgos/ elementos/ procesos culturales– a preservar de las decisiones relativas a su cultura o sus rasgos, se convierta, de la misma manera, en una acción enajenante, pues al tomar decisiones desde fuera y no desde dentro del grupo cultural, los “expertos” –ya sean académicos, instituciones gubernamentales y/o los diversos organismos internacionales que se encargan de la preservación del patrimonio cultural–, no siempre parten de los intereses, necesidades y/o prioridades de los grupos cuya cultura es el objeto de su discusión y de sus decisiones.

Dicho esto, en esta ponencia nos proponemos discutir y justificar la pertinencia de la participación de otros actores –no “expertos”–, entre ellos las organizaciones de la sociedad civil (OSC) y los propios actores comunitarios, en la toma de decisiones y en las acciones orientadas a la preservación del patrimonio cultural vivo y argumentar en pro de la necesidad de un diálogo constructivo entre los actores comunitarios, la sociedad civil, los académicos y los gobiernos en esta materia. En esta discusión nos apoyamos en la experiencia y en algunos de los resultados de un proyecto concreto de preservación de patrimonio cultural vivo, denominado “Recuperación histórica”, de una OSC yucateca. El objeto del proyecto ha sido la recuperación de la memoria de las comunidades yucatecas al norte de Mérida, Yucatán, México.

Algunas consideraciones en torno al patrimonio cultural vivo

El patrimonio cultural vivo o inmaterial ha sido definido de maneras distintas. Entre las definiciones conocidas se encuentra la siguiente:

Se define el patrimonio cultural inmaterial como los procesos asimilados por los pueblos, junto con los conocimientos, las competencias y la creatividad que los nutren y que ellos desarrollan, los productos que crean y los recursos, espacios y demás aspectos de contexto social y natural necesarios para que perduren; además de dar a las comunidades vivas una sensación de continuidad con respecto a las generaciones anteriores, esos procesos son importantes para la identidad cultural y para la salvaguardia de la diversidad cultural y la creatividad de la humanidad .

Asimismo, el patrimonio cultural vivo ha sido definido como el conjunto de cultura tradicional y popular o folclórica, es decir, las obras colectivas que emanan de una cultura y se basan en la tradición. Estas tradiciones se transmiten oralmente o mediante gestos y se modifican con el transcurso del tiempo a través de un proceso de recreación colectiva. Se incluyen en ellas las tradiciones orales, las costumbres, las lenguas, la música, los bailes, los rituales, las fiestas, la medicina tradicional y la farmacopea, las artes culinarias y todas las habilidades especiales relacionadas con los aspectos materiales de la cultura, tales como las herramientas y el hábitat .

Partimos de la idea de que, como bien señala la primera definición, el patrimonio cultural implica complejos procesos culturales. Sin embargo, notamos ciertos sesgos en la segunda definición, pues al definir la cultura como un “conjunto” de procesos, productos, obras, recursos, etcétera, asimilados y/o creados por un pueblo, corremos el riesgo de reducir la cultura a ciertos rasgos significativos –“culturemas”, diría Arizpe (2004)–; al hacerlo, no logramos apreciarla como una totalidad compleja cuya continuidad en el tiempo y el espacio es posible sólo en la medida en que existe un acuerdo interpretativo entre sus portadores respecto de los significados que poseen las partes –materiales e inmateriales– que la constituyen. Este acuerdo es posible únicamente en la medida en que la cultura se encuentra interiorizada, vivida y experimentada día a día por las personas que comparten el universo simbólico (la cultura), de manera que los significados que se comparten pueden reforzarse, renovarse o modificarse según lo requiera la propia lógica de los portadores de la cultura en el contexto cambiante de su vida comunitaria y, en su caso, fuera de la comunidad.

Siguiendo esta misma línea de ideas, debemos reconocer que el valor no está inmanente a cada rasgo o proceso cultural, sino que es función de la interpretación que en cada momento histórico concreto los sujetos, históricos concretos, que portan cierta cultura, le atribuyen a tal o cual rasgo o proceso cultural. De allí que la valorización cultural es un proceso endógeno, propio del sistema cultural vivo, en un espacio y tiempo dado, en el que participan sujetos históricos concretos. Al contrario, el significado y valor cultural de un “rasgo” no puede ser impuesto o decidido desde fuera. Por ejemplo, si bien los que no pertenecemos a una cultura indígena podemos reconocer algunos rasgos “típicos” que la diferencian de otras culturas (como la lengua, la indumentaria, algunas creencias mágico-religiosas, etcétera), no por ello podemos desde afuera del marco de referencia de la cultura, tal y como se vive y se manifiesta en un momento histórico concreto, decidir sobre el valor y centralidad de tal o cual rasgo cultural, pues no por el mero hecho de ser “único” o “típico” posee un “valor” cultural inmanente. No hay duda de que los rasgos culturales únicos (entre ellos objetos, costumbres, creencias, etcétera) no deben caer en el olvido o ser desconocidos por personas que no pertenecen a las culturas que se busca preservar. Más bien, deben ser valoradas según el propio sistema cultural vivo, histórico, temporal, en cambio constante. Sólo así podemos conocer las culturas y valorar sus rasgos/ características/ propiedades sin romper con la coherencia (Arizpe, 2004) que no es sino un signo del carácter vivo, la historicidad y los contactos e interpenetraciones de las culturas, que existen únicamente a través de sus portadores .

De allí la centralidad de la participación de los portadores culturales en los procesos y acciones orientadas a su preservación. Esta centralidad de los actores comunitarios en los procesos de la preservación del patrimonio cultural es aún más evidente en el caso del patrimonio cultural vivo, “dinámico, cambiante, capaz de dialogar, discutir, rebatir y estar de acuerdo o no con lo que acuerdan otros a nombre de ellos” (Guanche, en red).

Una breve nota sobre la memoria como uno de los campos del patrimonio cultural vivo

Existen diferentes campos del patrimonio cultural vivo , cada uno de los cuales da testimonio del protagonismo de los sujetos que portan la cultura. En este caso, abordaremos el campo de la “memoria histórica y la vida cotidiana”, recordando que la memoria es una construcción y está vinculada de una manera muy estrecha con la identidad de sus constructores. Antes de abordar la relación entre la memoria y la identidad, empero, debemos hacer un paréntesis para recordar que el concepto de la “memoria histórica” ha sido discutido y ha tenido sus partidarios y opositores. Según Carmen Castillo, el uso de este término ha sido reservado a menudo

para referirse a aquellas narrativas relacionadas con el pasado de una colectividad no elaboradas por “historiadores”, sino por nativos “inexpertos” del propio grupo. En México el Instituto Nacional de Culturas Populares apoya económicamente la publicación de trabajos de este corte. No son considerados la “historia” de estas colectividades quizá porque no están elaborados rigurosamente bajo los cánones de esta disciplina y bajo la dirección de un experto, y porque se basan en tradiciones y testimonios orales más que en documentos escritos, son solamente su “memoria”, pero finalmente no es cualquier memoria (2002: 65).

Castillo hace notar que algunos antropólogos como Barabas y Bartolomé “han usado el término ‘memoria histórica’ para referirse al recuerdo del pasado de los grupos étnicos que es transmitido por tradición oral. En ella incorporan tanto a sus héroes históricos como mitológicos en narrativas que son reflejo de su visión del devenir cósmico y social y orientan su propia comprensión de los acontecimientos” (2002: 65). Aún así, Castillo considera que poco afortunado aplicar el adjetivo “histórico” a este tipo de memoria, pues desde su punto de vista, “al categorizar como ‘memoria histórica’ ese tipo de trabajos no ha sido valorada la capacidad que poseen los mismos grupos para traer al presente su pasado” (2002: 66). Explica: “El adjetivo histórico(a) hace alusión a algo que pertenece o figura en la historia, pero la memoria de estos grupos, si bien hace referencia al pasado no se localiza en el pasado por sí misma, no es parte de su historia en tanto forma parte de su conciencia vigente” (Castillo, 2002: 66).

Dicho lo anterior, estamos de acuerdo con Castillo (2002) cuando afirma que la memoria y la historia no son sinónimos. En este sentido, al hacer referencia a la memoria necesariamente estaremos apuntalando a actores sociales contemporáneos cuyos recuerdos forman parte significativa de la vida comunitaria de hoy. A través de ellos se identifican como miembros de cierto grupo social y cultural y se distinguen de los que no pertenecen. Como bien señala Joël Candau, “la memoria es la identidad en acto” (2008: 15). Aún más, afirma que

De hecho, memoria e identidad se compenetran. Indisociables, se refuerzan mutuamente, desde el momento de su emergencia hasta su ineluctable disolución. No hay búsqueda identitaria sin memoria e, inversamente, la búsqueda memoralista está siempre acompañada de un sentimiento de identidad, al menos individual. Desde este punto de vista, la expresión “memoria identitaria” utilizada por Janine Ponty a propósito de la memoria de los polacos del norte de Francia o incluso de Anne-Marie Granet-Abisset en su investigación sobre la memoria de los Queyrassins revela la dificultad de disociar estas dos nociones. Es incluso inútil intentar distinguirlas sin un esfuerzo preliminar de depuración conceptual (Candau, 2008: 16).

Otra aclaración que queremos hacer es que la memoria comunitaria nunca es compartida strictu sensu por todos los habitantes de la comunidad. Si bien existen algunos discursos o “retóricas holistas” (Candau, 2008), siempre existirán diferencias en cuanto a qué recuerdan y cómo recuerdan ciertos hechos, experiencias, etcétera, los diferentes habitantes de la misma comunidad. Así, cuando nos planteamos conocer la memoria de una comunidad, existe un peligro de homogeneizar e, inclusive, “cosificar” ciertos recuerdos, pues por su naturaleza no escrita sino oral y la relación que guarda con ellos cada sujeto que los produce, son fluidos, cambiantes, sujetos a variaciones, incompletitudes, olvidos, etcétera. De esta manera, más que memoria colectiva o memoria histórica o memoria comunitaria estamos ante un complejo conglomerados de recuerdos de los actores comunitarios quienes –por su fuera poco– cuentan sus historias de maneras diversas dependiendo del interlocutor con quien están dialogando .

Dicho lo anterior, estamos ante un problema del registro de la memoria, puesto que, como acabamos de señalar, el objeto del rubro de “memoria histórica y vida cotidiana” es indisociable de los sujetos, es plural, va variando junto con sus creadores y, más aún, su vitalidad obedece a las variaciones, cambios e incompletitudes. Además, es un “objeto” que “se comporta” situacionalmente, en la medida en que es producto de un proceso de interacción social comunicativa entre los sujetos comunitarios y/o no comunitarios participantes. De allí que, sin duda alguna, es menester que los registros de la memoria reflejen su pluralidad, dinamismo y carácter inacabado. Nos parece que, en este sentido, los portadores/ creadores de la memoria son los que califican mejor para poder dar testimonio de sus vaivenes.

Un segundo aspecto a considerar tiene que ver con las decisiones sobre qué recuerdos, de qué actores y de qué comunidades, son “más memorables”. Al respecto cabe mencionar que existen múltiples ejemplos de proyectos académicos individuales y colectivos en los que los investigadores, guiándose por lógicas y premisas distintas, delimitan sus objetos de estudio y seleccionan a sus sujetos, aquéllos que compartirán sus memorias para ser registradas en el papel, analizadas, interpretadas y en algunos casos devueltos para convertirse en piezas tangibles (libros, artículos) de la cultura de la comunidad.

Otros actores que se han interesado por la memoria de las comunidades son las OSC y, en particular, aquellas que buscan promover los procesos de desarrollo local, entendido éste como un proceso eminentemente participativo, endógeno, que más allá de esquemas teóricos abstractos, valora y promueve las particularidades culturales y saberes propios de cada grupo social. Para los promotores del desarrollo local, la memoria de las comunidades es tanto su pasado como la ventana hacia el futuro. El reconocimiento de la cultura propia, de un estilo de vida que define la realidad presente, es la fuente para pensar proyectos futuros. Para ello es necesario que las comunidades se descubran a sí mismas para darse cuenta de sus fuerzas y debilidades como actores sociales autónomos, con un pasado lleno de sabiduría que abre puertas a un futuro donde la sabiduría –de ayer y de hoy– puede entretejerse con nuevos conocimientos en un proceso constante de adaptación cultural que no borra las diferencias culturales, sino se nutre de ellas.

Las OSC que reconocen el valor de la identidad cultural que se nutre en la memoria de las comunidades, no seleccionan comunidades según su carácter más o menos “distintivo” e interés “científico”. Las OSC de asistencia y desarrollo se rigen por las demandas económicas, políticas y culturales propias de las comunidades con las que trabajan. Estas comunidades pueden considerarse más o menos “tradicionales” . Lo importante son sus necesidades reales y su deseo de sobrevivir y aún más posicionarse como actores por su propio derecho en el mundo que impone lógicas culturales y económicas ajenas a la vida comunitaria. Dicho lo anterior, consideramos que estas OSC, a través de sus miembros, y las comunidades, a través de sus pobladores, deben poder convertirse en participantes legítimos en las discusiones sobre el patrimonio cultural vivo y es menester que sus voces sean tomadas en cuenta a la hora de la toma de decisiones en materia de su preservación.


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