BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

PROCESOS INTERCULTURALES

Víctor Ortiz y otros




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Caciquismo y Relaciones Interétnicas en la Sierra Tarahumara

Uno de los primeros antropólogos que tratan el tema de relaciones interétnicas, tanto para definir el concepto como para dar una explicación del mismo, es Julio de la Fuente. Refiriéndose a este autor expresa Gonzalo Aguirre Beltrán:

No siempre era posible distinguir con certeza a los indios, integrantes de la clase explotada, de los mestizos burgueses que con ellos convivían. Las características raciales, desde luego, carecían de valor para diferenciar a los nativos de sus mezclas; las características culturales, como lengua, indumentaria, alimentación y otras tampoco ofrecían garantías como rasgos diferenciales (Citado en De la Fuente, 1989: 10).

Para Aguirre Beltrán, de la Fuente “esbozó la resolución del problema valiéndose del criterio de la integración regional”. De la Fuente contemplaba el carácter de las relaciones interétnicas en grupos que trascendían sus fronteras como comunidad y así demostraba que la interacción entre indios y no indios originaba tendencias manifiestas a la unidad que llevaban a unos y a otros a considerarse miembros de un solo grupo regional y a calificarse con una misma designación étnica (Citado en de la Fuente, 1989: 11). Es decir, después de un trato prolongado entre indios y mestizos, se daba una integración cultural en una región, y resultaba luego difícil distinguir las diferencias.

Entonces, para de la Fuente, la integración antes de ser nacional, habría que ser regional. Sin embargo, con todo la organización social de los grupos y los tipos de relaciones que haya entre ellos, los ladinos (mestizos) y su cultura se ubican en una jerarquía de valores superior a la indígena, considerando a esta minoría étnica sujeta a una discriminación y dependencia económica. Las relaciones han sido conflictivas y parecidas a las del mundo colonial, aun cuando no se dé un antagonismo racial (de la Fuente, 1989: 14).

Algo importante que señala de la Fuente para distinguir a los indios de los no indios es el idioma…

Pero el idioma distinto por excelencia es el español, de las gentes de Castilla y los mexicanos, llamado comúnmente castellano (de la Fuente, 1989: 39,49).

Se refiere al idioma castellano como distinto al zapoteco de Oaxaca, lo mismo que hace alusión a los zapotecos, a los que se refiere en su estudio cuando expresa que quienes lo hablan pueden ser más o menos castellanos, de acuerdo con el color u otros rasgos físicos, la indumentaria y las costumbres.

Para de la Fuente, otro elemento que también distingue a ambos grupos es el modo de vestir, ya que los castellanos o “catrines” visten pantalón, calzan zapato o visten de vestido, en tanto que los indios hacen uso de una indumentaria que puede variar de pueblo a pueblo y de región a región, y que en cierta forma puede estar ligada al idioma o a las costumbres y creencias.

Con todo, de la fuente plantea que cualesquiera que sean las diferencias de raza o cultura entre dos pueblos que entran en contacto, el mismo contacto se traduce en una fusión de las características originales de ambos, con más evidencia en casos de interacción prolongada (de la Fuente, 1989: 48).

Una de las conclusiones a las que llega de la Fuente es:

Que el indio en México no es definido racial, sino culturalmente, pero que la raza biológica y sociológica aún desempeña un papel en varios casos importante, en las actitudes y relaciones de indios y no indios (de la Fuente, 1989:69).

Otro autor que trata el tema de las relaciones interétnicas es Miguel Bartolomé, en su estudio sobre las identidades étnicas en México (1997). Refleja una visión más actualizada del asunto, aunque coincide en buena parte con de la Fuente y otros autores, cuando afirma, por ejemplo, que en México la pertenencia racial no es un indicador suficiente para denotar una adscripción étnica específica:

El proceso de mestizaje no ha sido sólo biológico sino sobre todo social y cultural […]. De esta manera ser o no ser indígena representa un acto de afirmación o de negación lingüística y cultural (Bartolomé, 1997: 23).

Pero Bartolomé se refiere también a lo que se ha llamado el tránsito étnico, o sea, que un indígena puede llegar a incorporarse al sector mestizo por la renuncia a su cultura tradicional, cuando sus condiciones materiales se lo permiten.

Para Bartolomé el crecimiento demográfico favorece tanto a la presencia física como social de las etnias, pues les ofrece un mayor marco dentro del cual inscribir su identidad colectiva. El autor atribuye el crecimiento de la población indígena en buena parte a los avances más recientes de la medicina preventiva, la reducción de la mortalidad infantil y al incremento de la esperanza de vida. Sin embargo, para Bartolomé el llamado proceso de desindianización se debe entender no sólo como un proceso biológico, sino político e ideológico en el cual la población nativa se vió obligada o inducida progresivamente a renunciar a su herencia lingüística y cultural (Bartolomé, 1997: 26,31).

Entre los factores que contribuyeron a que se diera esta situación destaca las políticas desarrollistas de la época orientadas a las regiones pobladas por comunidades étnicas.

En el contexto actual de los debates sobre la identidad indígena Bartolomé señala que una de las cuestiones más importantes es la que se refiere a la configuración de autonomías indígenas, pues lo que se pretende es precisamente encontrar mecanismos políticos, económicos y sociales que permitan la articulación de la diversidad (Bartolomé, 1997:33). No obstante, una de las formas coloniales o neocoloniales de explotación económica es la que deriva del hecho que las poblaciones indígenas habitan en regiones potencialmente ricas, pero sus recursos naturales son apropiados por grupos externos. Se trata que los indígenas tengan más participación en las comunidades de su región, y los mestizos tengan más respeto de los usos y costumbres indígenas, así como de sus recursos. Comportarse de manera contraria uno de los grupos, genera un conflicto en las relaciones interétnicas.

Otro de los autores que tratan el asunto de las relaciones interétnicas, es Gonzalo Aguirre Beltrán, en su texto clásico Regiones de refugio (1991). El autor se refiere a las regiones subdesarrolladas indígenas y las designa con el nombre de regiones de refugio porque en ellas la estructura heredada de la colonia y la cultura arcaica de franco contenido preindustrial, han encontrado abrigo contra los embates de la civilización moderna. Cuando se refiere a la estructura de los grupos étnicos subordinados, afirma que ésta “fue transformada violentamente para que se convirtiera en un instrumento de uso de la metrópoli” (Aguirre, 1991: 31,44).

Para Aguirre Beltrán la población indígena fue sometida desde la colonia y se le impusieron nuevos patrones de organización. Luego el autor hace referencia a la explotación de los recursos naturales del área colonizada en la forma como se llevó a cabo:

…El área colonial es explotada como hinterland de la metrópoli para la producción de materias primas; éstas son exportadas para su proceso en la madre patria o en otros países occidentales (Aguirre, 1991: 47).

En otras palabras, la metrópoli establecía ciudades cabecera en el territorio nacional y las poblaciones circundantes eran explotadas como proveedoras de dichos recursos.

Aguirre Beltrán hace notar que los grupos de población indígena en la medida que conservan sus viejos valores y costumbres, apenas modificados por la aculturación, se muestran como el sector de la población nacional más retrasado en su evolución y, por tanto, sujeto a la subordinación y explotación de los grupos más desarrollados técnica y económicamente. Describe posteriormente lo que él llama regiones de refugio:

Estas regiones de orografía abrupta, que están apartadas de las vías de circulación por barreras físicas difíciles de salvar, cuyo recorrido es áspero y de rendimiento agrícola parco, constituyen las regiones de refugio por antonomasia (Aguirre, 1999:59).

Para Aguirre Beltrán en estas regiones vive la mayor parte de la población indígena de América distribuida en un compendio de pequeñas unidades territoriales a lo largo de la cordillera continental. Los grupos van quedando rezagados en estas regiones y mantienen una vida de mera subsistencia por que su situación marginal y su aislamiento las protegen de la agresión de los grupos más adelantados.

La implantación mestiza en la Sierra Tarahumara

En su etnografía clásica sobre esa región, Plancarte (1954) sostiene que la población mestiza residente en la Sierra Tarahumara no es el resultado de la mezcla biológica entre españoles e indígenas de la región, sino más bien producto de la descendencia de españoles que emigraron a la zona en busca de riquezas minerales. Con el tiempo, las nuevas generaciones de mestizos se orientaron también hacia las actividades agropecuarias y forestales (Plancarte, 1954: 17-18).

Para Plancarte son dos las formas de radicación o asentamiento de la población de la Tarahumara: La de pueblo hispánico y la de diseminación rural.

La primera consiste en la erección de un centro residencial semiurbano, alrededor del cual se mueven los habitantes para conseguir sus medios de vida. Este es el caso de las cabeceras municipales, centros de explotación minera, algunas estaciones de ferrocarril, centros comerciales y algunos pueblos agrícolas.

La segunda forma de asentamiento se caracteriza porque sus habitantes no constituyen zonas residenciales, sino que viven dispersos sobre una vasta área. Las casas están separadas a una distancia considerable; cada familia se ha asentado en los lugares que ha juzgado más favorables, sin seguir un patrón.

Por otra parte, afirma Plancarte:

Los llamados pueblos indígenas no constituyen en forma alguna centros de población del primer tipo. Se componen de un número determinado de familias aborígenes cuyas casas están diseminadas sobre una gran área (Plancarte, 1954:18).

Debido a las condiciones del terreno, a la escasez de tierras de labor y al deseo de permanecer lo más alejados posible de los mestizos, a quienes consideran intrusos, este tipo de asentamiento es predominante ente los indígenas.

En cuanto a los cuatro grupos étnicos que constituyen actualmente la población indígena de la Sierra (tepehuano, guarojío, tarahumara y pima), son sobrevivientes y descendientes de las numerosas tribus que poblaban la región a la llegada de los españoles, comprendida dentro del territorio de los estados de Sonora, Sinaloa, la sierra norte de Durango y la porción occidental de Chihuahua. Según Plancarte, cada grupo resguardaba y conservaba por las armas su propio territorio (Plancarte, 1954: 21,23).

Estas fueron pues las primeras formas de la interacción entre los grupos indígenas de la Sierra Tarahumara y los mestizos que fueron asentándose en la misma.


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