BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL, ARTE Y LITERATURA

Héctor Ruíz Rueda y otros




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Primeros pasos literarios

No sabemos con precisión de dónde nace la vocación del joven Gorostiza por la literatura. Sabemos sí, que en sus ancestros no hubo quien compartiera de manera acentuada su amor por la creación literaria. En cambio, sabemos que tomó clases de literatura con Fernando Ledesma cuando estudiaba la preparatoria en la ciudad de Aguascalientes. Y que su hermano menor, Celestino, también compartió la misma vocación literaria, éste con ciertas veleidades narrativas, pero con marcada inclinación hacia la dramaturgia. Aunque José ya había incursionado en la aventura de la creación poética con anterioridad, sus primeros poemas publicados aparecen en la revista estudiantil San-Ev-Ank y están fechados a mitad del año de 1918, cuando complementaba sus estudios de bachiller en la Escuela Nacional Preparatoria de la ciudad de México, a la escasa edad de 17 años. Se trata de cuatro poemas titulados: “Los árboles del camino”, “Yo no conozco el mar”, “Cuando asomo a mi ventana” y “Válgame la penumbra de la sala desierta”. Textos donde se detectan las huellas de una marcada influencia modernista, corriente literaria que había tenido una significativa influencia a principios del siglo XX en casi toda Hispanoamérica. Se considera al poeta nicaragüense Rubén Darío el fundador de dicha tendencia poética –con el poemario Azul (1888)- y que sobresale por ciertas características, tan variadas y contradictorias que resulta difícil enumerarlas todas, aunque las principales son:

-El culto de las formas, plástica y colorista a veces, y casi musical.

-El amor místico de la belleza.

-La elegancia y exquisitez.

-La aristocracia del sentimiento y el desdén hacia lo feo, lo sórdido y lo vulgar.

-La búsqueda de lo remoto, lo antiguo, lo raro y aún lo extravagante y exótico.

-La evasión del mundo material.

-La exaltación de la sensibilidad sobre la razón.

-La inclinación hacia el paganismo (dentro de las normas cristianas más sentimentales que teológicas)

-La tristeza y la nostalgia.

-El individualismo (la originalidad, la libertad creadora y el retorno a la intimidad individual).

-El cosmopolitismo.

Tal vez se puedan incluir a estas, otras características debido a que el movimiento modernista fue de amplias perspectivas y variados matices, pero de manera general es un movimiento aglutinador de nuevas voces latinoamericanas y en la opinión de José Luis Martínez –reconocido crítico literario- productor de una nueva estética y por primera vez, originado auténticamente, por las culturas mestizas latinoamericanas:

En su conjunto, el modernismo fue un movimiento unánime de América Latina que significó fundamentalmente una renovación formal y la conquista plena de la expresión original y de la modernidad. Fue un intento poderoso para formar parte del mundo y del tiempo, para hacer resonar en esa América todas las voces significativas de la hora y para sonar junto a ellas. Como se ha dicho tantas veces, con el modernismo América Latina toma la iniciativa y se adelanta a España. Ahora serán los escritores españoles de la generación del 98 los que sigan a América y reconozcan el imperio de un movimiento y, sobre todo, de Rubén Darío.

Para algunos críticos, los temas del modernismo son principalmente reminiscencias desvaídas del simbolismo francés, delicuescente sentimentalismo lunar y exaltación monótona de los paisajes. Y, aunque algunos historiadores de la literatura valoran en exceso este movimiento, por ser la primera escuela literaria latinoamericana que no tiene origen europeo, Francisco Montes de Oca igual que otros críticos, la considera como una continuación e incluso imitación de corrientes francesas:

Fascinados por el brillo de estéticas foráneas, francesas sobre todo, ensayan algunos vates modernizar la lengua y la sensibilidad de sus lectores y adaptar al castellano las escuelas poéticas postrománticas: el Parnaso y el Simbolismo francés singularmente. Pretenden, al igual que ellas, pintar y hacer música con las palabras; música y color son supuestos previos de todo poema modernista y algunos inspirados logran espléndidas realizaciones tanto en lo armónico como en lo cromático.

No creemos correcto afiliarnos a ninguno de los dos bandos extremistas, ni los que demeritan el valor del modernismo ni el de aquellos que desmesuran sus aportaciones. Pero tampoco podemos dejar de reconocer aportaciones significativas a la literatura universal. Sin embargo, y a pesar de esa sombra de continuismo o imitación que algunos le endilgan, debemos consignar que la mayoría de los especialistas lo valoran como un movimiento artístico que aportó una nueva estética al siglo XX, como lo afirma María Edmée Álvarez:

Los modernistas no se limitaron a introducir temas y motivos ni a expresarlos por medio de un léxico, esmaltado de imágenes novedosas y sorprendentes. Fueron más lejos. Renovaron el lenguaje literario. A la prosa le dieron soltura, agilidad, gracia, transparencia y poder de sugestión, apartándose así del lenguaje académico tradicional; al verso le dieron cadencias y ritmos de maravillosa variedad.

Lo cierto es que el modernismo impactó fuertemente en el hacer literario finisecular y en los albores del siglo XX, generando abundantes prosélitos tanto en Hispanoamérica como en la vieja Europa, dando con ello muestras de una búsqueda de originalidad y cierta independencia cultural.

En el panorama poético del modernismo mexicano existe un amplio registro de escritores afiliados a dicha estética, pero sobresalen los nombres de Justo Sierra, Manuel José Othón, Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo, Luis G. Urbina, Enrique González Martínez, José Juan Tablada y Ramón López Velarde. Estos dos últimos son incluso considerados por Octavio Paz los precursores de la poesía contemporánea en México.

Sin embargo es el médico y poeta Enrique González Martínez (1871-1952), quien en las dos primeras décadas del siglo XX, logra mayor influencia en los círculos de los jóvenes escritores que -al igual que José Gorostiza- apenas realizaban sus estudios de bachillerato y sus primeras publicaciones. Con una abundante producción poética cuyas primeras obras estuvieron signadas por un acentuado estilo modernista, González Martínez pretende marcar una pauta de distanciamiento con dicha estética en su famoso soneto “Tuércele el cuello al cisne”, incluido en su libro Los senderos ocultos (1911), con el mismo que intenta liquidar una cuenta pendiente e iniciar otra ruta literaria:

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje

que da su nota blanca al azul de la fuente;

él pasea su gracia no más, pero no siente

el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Huye de toda forma y de todo lenguaje

que no vayan acordes con el ritmo latente

de la vida profunda…y adora intensamente

la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

Mira al sapiente búho cómo tiende las alas,

desde el Olimpo, deja el regazo de Palas,

y posa en aquel árbol su vuelo taciturno…

Él no tiene la gracia del cisne mas su inquieta

pupila, que se clava en la sombra, interpreta

el misterioso libro del silencio nocturno.

Como podemos apreciar, el autor intenta sustituir al cisne –que es el símbolo por antonomasia del modernismo rubendariano- por el búho, que remite a la sabiduría en el contexto de la cultura griega, es decir, del clasicismo. A pesar de su intento por abandonar la policromía y musicalidad del modernismo, siguen presentes los rasgos de esta escuela en su producción posterior: Jardines de Francia (1915), El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño (1917), Parábolas y otros poemas (1918), Bajo el signo mortal (1924), El romero alucinado (1925), La señales furtivas (1925), Ausencia y canto (1937), El diluvio de fuego (1938) y Babel (1949). Finalmente lo que alcanza González Martínez es una enseñanza de práctica moral donde la serenidad y la paz espiritual coinciden con la hondura meditativa y la contemplación fecunda. Y la incitación a la torcedura cisnácea, que tanto deslumbró a sus púberes seguidores, incluyendo a su propio hijo, sólo queda en un gesto de estéril rebeldía estética. A pesar de ello el joven Gorostiza transita en sus primeros pasos por los caminos de ese modernismo renegado como lo podemos observar en seguida en sus primeros poemas publicados:

I

(…)

El ruiseñor no desgrana

los vidrios de sus arpegios:

La noche es tan triste para

las aves y el pensamiento…

Vemos en esta estrofa que la noche es concebida como lo más triste porque no ha cantado el ruiseñor ni para él mismo ni para el poeta. Gorostiza destaca el elemento musical de manera extrínseca al poema, pero dicho elemento también se encuentra implícito como elemento consustancial al ritmo de los versos. En el siguiente fragmento se detecta el mismo elemento musical pero provocado por un mar desconocido por el poeta, y comparado con las lágrimas del otro, que se puede adivinar como la amada o compañera:

II

Yo no conozco el mar.

Se me antoja una música propicia

para llorar,

donde pululan olas, disonantes

como tus lágrimas

sobre la música de tu mirar

En el marco del modernismo mexicano y en la vertiente de Enrique González Martínez, la vida es simbolizada por el camino que todo ser humano transita, así como la principal carga emotiva tiende hacia la nostalgia y la tristeza. El poeta se asume como el caminante que busca en los temas de la poesía un lugar para el descanso donde espera la mujer amada cuyo amor es garantía de tranquilo reposo vespertino en el arropo de un paisaje idílico. Esta concepción bien pudo llegar a Gorostiza a través de González Martínez, pero también es posible que los dos la hubieran obtenido de manera independiente y por rutas diferentes, abrevando en la obra poética de Miguel de Unamuno, miembro de la generación española del 98 y que compartiera en gran medida la estética modernista rubendariana, sobre todo cuando Darío radicó en España. En Unamuno, el camino es un tema obsesivo, es símbolo, imagen y metáfora de sus poemas y es un elemento que recorre su cuerpo y espíritu de lado a lado. Es innegable pues, también la influencia de Unamuno en el primer Gorostiza, como lo podemos leer en los siguientes fragmentos:

VUELVO A TI

AMADA, vuelvo a ti como de un largo viaje

con la frente ceñida por un buen pensamiento

y en los ojos ilusos mi ansiedad de paisaje,

Yo soy como un celaje

en las manos solemnes y rústicas del viento.

(…)

Porque es grato a los hombres reposar su tristeza

en un viejo poniente de labios de cereza

donde hilvana la vida los hilos de su tul.

Y a la sed del viandante un recuerdo muy vago

es como la rivera cristalina de un lago

azul, azul, azul!

(…)

ROMANCE EN ORO VIEJO

(..)

El oro viejo de octubre

se remansa en los caminos.

El oro viejo desborda

como un torrente de trinos,

sobre las canas de polvo

de los caminos

(…)

En este fragmento podemos observar esa referencia, aunque indirecta, a los caminos y que ya mencionamos como una constante en Unamuno. Y también se observa el poema casi como un cuadro impresionista, donde el paisaje naturalista tiene la nota privilegiada. En el siguiente, el tono interrogativo sobre la vereda le presta al poema un cierto aire indagatorio pero también meditativo:

¿CONOCES LA VEREDA?

¿Conoces la vereda? Fiel noticia

del rumbo no prestará el campesino;

pero de un libro largo la avaricia

descubre en su papel letras de lino

y cada paso imprime una caricia

en el folio de plata del camino

(…)

¿Conoces la vereda?

El rumbo no indicara un campesino

por no verte llorar: La letra mata

y en idioma de pasos mortecino

una trémula angustia se relata

sobre el folio de plata del camino…

Queda superada ya en la poesía de estas primeras décadas del siglo XX, la desesperación y el arrebato pasional del romanticismo, que en muchos casos rayó en el paroxismo y la locura. Ahora estamos en el tono de la voz discreta y la semipenumbra de la melancolía o incluso en ese estado de ánimo que Baudelaire llamara spleen y algunos más: el mal del siglo. Que no es sino la expresión propia del hombre moderno, y que es la compleja expresión de un mal espiritual en que se juntan angustia, melancolía, duda y descontento.

Nos percatamos que el tránsito de nuestro joven vate por las sendas de este modernismo será rápido, fugaz y, que su búsqueda literaria lo llevará a beber en otras fuentes que satisfagan su insaciable sed de cultura. Entre ellas destaca su acercamiento a Pedro Henríquez Ureña joven intelectual e insigne humanista dominicano asentado en México hacia 1906 y que el lado de José Vasconcelos fundara en 1914 la Escuela de Altos Estudios. Es en el curso-seminario de 1922 en donde iniciará Gorostiza sus actividades de investigador y crítico con el tema: “El Ars Amandi en la poesía medieval”. Es proverbialmente conocido el rigor que Henríquez Ureña imbuía a los estudiantes de sus seminarios. Sin embargo y por desgracia no se conoce existencia ni vestigios del trabajo de investigación realizado por Gorostiza en dicho seminario. Quede solamente de referencia este dato, por muy pocos conocido.


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