BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DIVERSIDAD CULTURAL IDENTIDADES Y TERRITORIO

Héctor Ruíz Rueda y otros




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Los teenek y los dtak chám (nahuas)

A lo largo de su historia, los teenek y los nahuas han entablado relaciones de vecindad y de matrimonio, esto es más evidente en San Luis Potosí. En lo que respecta a las comunidades de Querétaro, existen descendientes de matrimonios entre teenek y nahua, generalmente el padre proviene del primer grupo y la madre es nahua. En este tipo de relación se ha identificado que predomina la matriz cultural de los primeros, principalmente en aspectos como el idioma.

Los nahuas son denominados dtak chám -narices blancas- o “mexicanos”. Se convive con ellos en los días de plaza y en las fiestas de Tamapatz, Tancanhutz entre otras cabeceras poblacionales; lugares en donde la mayoría de los teenek han formado sus concepciones a cerca “de cómo son los mexicanos”. Así, reconocen sus diferencias en el idioma, la indumentaria, la música y las relaciones de poder que sostienen frente a los mestizos:

“Ellos son más iguales que los laap (mestizos), porque aunque tengan la idioma, algunos sí viven en los pueblos, tienen vacas, tienen ganado, nosotros no, nosotros no tenemos todo eso, nosotros estamos más pobres” (Doña Apolonia, La Cercada, 2009).

Los nahuas, entre otros aspectos, son reconocidos por sus habilidades como médicos tradicionales y curanderos de maleficios hechos por los brujos practicantes de la magia negra. Referente a la indumentaria y a la música, los teenek mencionan que:

“Esos mexicanos han perdido mucho costumbre porque salen a otros lados a vender cosas y tardan en regresar o luego ya no regresan. Usan unos vestidos parecidos a nuestras señoras pero tienen más pliegues en sus blusas, en la parte de abajo. Tienen unas danzas como nosotros pero esos si han ido perdiendo más” (Don Alejandro, La Cercada, 2007).

Existen también características culturales compartidas como algunos conocimientos en medicina tradicional, alimentos como el zacahuil, el culto a deidades como el espíritu del maíz , la mitología con sus respectivas variaciones y las festividades en común.

Históricamente los nahuas al igual que los teenek fueron despojados de sus territorios por las grandes haciendas que se establecieron en la región huasteca, pero debido a su incorporación sin resistencia o, en algunos casos, a sus movimientos de sublevación pudieron conservar mayores porciones de tierra, lo cual los ha venido colocando en una posición asimétrica en su relación con los teenek quienes comentan que:

“Los mexicanos viven mejor que nosotros, nosotros siempre vivimos en la sierra y ellos casi siempre viven en el pueblo, ellos tienen casas más grandes porque viven allá y tienen más que comer y nosotros siempre tenemos más necesidad” (Don Alejo, La Cercada, 2006)

Los otros teenek

Para los teenek en cuestión es preciso establecer las diferencias existentes entre ellos y el resto de los miembros de su mismo grupo étnico, construyendo así la idea de “los otros teenek”. Algunos de esos “otros teenek” se asocian a los que “están perdiendo el costumbre” expresado en el olvido de la lengua, en la omisión de las prácticas rituales y las fiestas causado, en gran medida, por haberse “mezclado” con los mestizos de la región a través del matrimonio. Como ejemplo de ello se encuentran los que viven en comunidades como San Juan de los Durán (Jalpan, Querétaro) en donde existen, aproximadamente cuatro familias procedentes de Tampáxal (Aquismón, SLP). La gente de La Cercada menciona que la migración de aquellos teenek es más antigua que la de ellos, llegando a principios de los años sesenta; igualmente les queda claro que sus vecinos están en las mismas condiciones agrarias, aun no son dueños legítimos de la tierra. Saben que ellos están más integrados con los mestizos, pues debido a que no es una comunidad puramente teenek, algunos se han casado con los laap (mestizos).

Ilustración 3. Mujeres teenek en la plaza de Tamapatz, Aquismón.

Aguirre (2009)

Para los teenek de comunidades potosinas como El Zopope, quienes han dejado este lugar para asentarse en el vecino estado de Querétaro, también se han convertido en parte de “los otros teenek” Algunos piensan que aquella gente emigró porque les gustó el terreno debido a que sus características topográfica y climatológicas son más favorable para el cultivo de maíz, así fundaron una nueva comunidad. Se sabe que varios de ellos decidieron regresar cuando se percataron de que en la sierra de Querétaro no podían talar árboles pues el perímetro que corresponde a La Cercada forma parte de la zona protegida por ser reserva de la biosfera.

Los teenek que habitan en la Sierra alta de Aquismón consideran que “los huastecos de abajo”, los asentados en lugares como San Vicente y Huehuetlan son “personas más canijas y peleoneras”, percibiéndose a sí mismo como una “gente tranquila”.

En El Zopope se dice que son más teenek los que viven en comunidades como Cuetab y Alitze, Tamapatz porque “allá acostumbran el estilo más huasteco” (Doña Catarina, El Zopope, 2009). En aquellos barrios, a diferencia de El Zopope, todavía se ven ancianos portando calzón de manta blanca, se habla un teenek con menor número de préstamos lingüísticos del español. Lo más teenek se distingue pues, en el uso del idioma y en las características de la indumentaria: mujeres adultas y jóvenes portando el petop, faldas negras y blusas con holanes.

Los teenek que viven en el barrio de San Rafael y otros perteneciente a Tanzozob son vistos como “más ricos” en comparación con los de El Zopope, pues en ocasiones aquellos los ocupan como peones y albañiles.

“Los otros teenek” son también los veracruzanos que han conocido durante sus migraciones hacia Tamaulipas, Monterrey y las zonas cañeras de Veracruz; la mayoría de éstos son procedentes de Panuco y Tantoyuca, se comunican entre sí con la otra variante lingüística teenek y si bien comparten algunas costumbres, se diferencian notablemente en otras prácticas. Esos teenek son objeto de burlas, debido a la manera en que hablan la lengua:

“Hablan como niños chiquitos, usan mucho la ‘ch’, así hablan los niños chiquitos. Uno empezó a hablarme así pero yo mejor conteste en español porque era más claro que su idioma, son buenas personas, trabajan como nosotros, algunos tienen más dinero, pero hablan chistoso, no me gusta como hablan la idioma” (Doña Apolonia; La Cercada, 2007).

“Una vez me encontré a un teenek de Veracruz, le quise hablar en mi idioma pero me di cuenta que ellos pronuncian diferente, no nos entendemos, por eso mejor nos hablamos en español” (Emerenciano, El Zopope, 2009).

A pesar de que “los otros teenek” comparten algunas características culturales con los teenek de El Zopope o La Cercada, no resulta suficiente para que ellos los consideren como parte del mismo grupo. No es lo mismo ser de San Juan de los Durán o de Carrizal de los Durán, a ser teenek de La Cercada; ni da igual venir de Tampáxal a venir de Tamapatz; tampoco es lo mismo emigrar a Matamoros o desplazarse continuamente entre San Luis Potosí y Querétaro, ni hablar en ‘la idioma’ o avergonzarse de ello. Sus distinciones radican en la multiplicidad de procesos sociales, esto ha permitido la configuración de diferentes formas de ser teenek, lo cual se va definiendo por el lugar de origen, las relaciones de parentesco que han articulado, la territorialidad que han ido delineando, las maneras de hablar y utilizar la lengua, la conformación de distintos sistemas de valores. Todo esto ha dado como resultado la recomposición de sus identificaciones como colectividad.

Los teenek y los laap (gentes de razón)

Los teenek tienen dos formas para referirse a los mestizos, uno de ellas es ‘ejek’ (mestizo) y la otra, la más utilizada, es la de ‘laap’ (gente de razón). Para ellos, los laap son la gente que tiene un color de piel más claro, que viven en los pueblos más grandes de la zona y en las ciudades donde “hay mucho comercio, fábricas y lugares para trabajar”. Los laap hablan español y como tienen dinero hacen ‘casas grandes’ construidas de tabique y cemento, muchos de ellos cuentan con la posibilidad de migrar hacia los Estados Unidos y “hacerse de trocas”.

Los jóvenes suelen hacer comparaciones sobre las posesiones que dotan de prestigio a los mestizos y los ponen en condiciones económicas inferiores:

“Allá en Valle Verde hay un plan, se puede cultivar, las casas son grandes, de puro material, la gente trae carros que parecen aviones, camionetas lobo del año, casi todos van a los Estados Unidos y luego vienen para acá, llegan con su música, sus camionetas y nosotros no tenemos eso, andamos en pura bici” (Emerenciano, El Zopope, 2009)

La mayoría de los laap cuentan con un grado de estudios superior al de los teenek. Debido a todos estos factores la relación existente entre teenek y laap se encuentra, generalmente, caracterizada por la subordinación y discriminación:

“Nosotros como somos de la sierra no tenemos todo lo que los laap de Valle Verde tienen, allá si hay escuela y la gente se pone a estudiar, allá hay carretera y andan en camionetas paseándose por todo el pueblo, luego cuando se van al norte se traen otras diferentes, y a uno que es de la sierra lo mal miran cuando uno llega todo lodoso, todo tierroso de tanto caminar, de tanto trabajar… hay tiendas en las que luego ni te quieren atender porque eres huasteco” (Don Plácido, La Cercada, 2007).

Es frecuente encontrarse con testimonios de teenek adultos y ancianos que en su niñez le tenían miedo a la gente mestiza:

“Cuando yo era chica le tenía miedo a los mestizos, me escondía porque pensaba que nos iban a pegar, a golpear, nos escondíamos detrás de las matas de árboles…” (Doña Apolonia, La Cercada, 2007).

En la memoria colectiva de ambos grupos existen relatos que argumentan la razón de este temor:

“Más antes los huastecos le tenían miedo a los de razón porque los comerciantes mestizos llegaban a las comunidades a abusar de las mujeres, por eso corrían, para que no las agarraran” (Don Macario, La Cercada, 2006).

Se menciona que una de las maneras en que los teenek fueron apaciguando su temor fue asistiendo al catecismo y a la escuela, así comenzaron a aprender español. Actualmente las cosas han cambiado debido a que existe más interacción entre teenek y mestizos en los días de plaza, las iglesias y las tiendas. En Valle Verde y Tamapatz varían las formas de coexistir; algunas personas piensan que en este último pueblo los laap son más cordiales debido a que ellos son mayoría:

“…allá hay gentes de razón pero casi la mayoría somos gentes huastecas, en la tienda la gente que habla español también se enseña a hablar huasteco para poderte atender” (Doña Apolonia, La Cercada, 2007).

Los teenek comprenden que en Tamapatz, a diferencia de Valle Verde, los mestizos no los maltratan porque “desde siempre” se han acostumbrado a convivir. Además de ello, consideran que a últimas fechas el asistir a la escuela les ha ayudado para poder defenderse del maltrato de los laap:

“Ya cuando empezamos a ir a la escuela también tuvimos que aprender español, entonces nos empezábamos a dar cuenta de lo que nos decían y ya ahorita si se maltrata ya no son dejados por el estudio, porque mucha gente de nosotros ahorita ya estudia hasta el COBACH y ya la gente no les dice nada…allá en el centro es gente de mestizos y en la sierra todos son indígenas pero allá no se mira eso, no son dejados…” (Doña Apolonia; La Cercada, 2007).

Existen teenek que han entablado relaciones de compadrazgo con los mestizos de Tamapatz y barrios aledaños como El Mirador, para ellos los laap son gente buena y generosa porque aceptaron apadrinar a alguno de sus hijos. Cuando un teenek recibe la visita de un mestizo que goza de su estima, suele invitarle de comer y servirle café con leche de polvo pues desde su concepción, los laap no son buenos para tomar café negro, -costumbre propia de los huastecos-. Si carecen de ese producto prefieren no servir nada, pensando que su pobreza quedará evidenciada.

No obstante, algunos teenek se sienten discriminados por los mestizos de Tamapatz quienes los denominan de manera despectiva y los ocupan como mano de obra con una baja retribución económica:

“Nos dicen indios, nosotros no somos indios. Para nosotros los indios son otras personas que no viven aquí. Nosotros somos huastecos, los que por necesidad van a trabajar allá, les pagan la tarea a $40, cuando aquí entre nosotros la pagamos a $70. No aprenden el idioma porque nunca les gusta platicar con nosotros, te miran de menos. Hay unos [teenek] que ya saben contestar y ya no se dejan. También cuando uno sale a trabajar, unas patronas si son consideradas, otras te tienen desde las siete de la mañana hasta las diez de la noche. Yo una vez me quemé el brazo con el vapor de la olla y no me hicieron caso, no me dejaron ir al doctor” (Procora, El Zopope, 2009).

En el Zopope gran parte de los jóvenes prefieren entablar noviazgos y matrimonios con mujeres de su mismo pueblo ya que las jóvenes mestizas de Tamapatz “son más exigentes, quieren una casa de material, una camioneta y a educar a los hijos en español” (Emerenciano, El Zopope, 2009). Mientras que una teenek se conformará con una casa con techo de paja y poco dinero para vivir. Sin embargo, se tiene noticia de poblaciones mestizas donde los teenek son bien aceptados, tal es el caso de Soledad de Guadalupe y otras localidades de Querétaro. Los teenek potosinos van a dichos lugares para pasear, trabajar, jugar futbol, entre otras actividades. A diferencia de la gente de Tamapatz, los mestizos de aquellos lugares les hablan, crean relaciones amistosas o uniones matrimoniales. Los teenek piensan que esto se debe a que aquellos laap “son humildes”, compartiendo condiciones de vida similares.

En Valle Verde la situación es muy distinta. Siendo un asentamiento de origen mestizo es común oír que a los teenek se les llame ‘lengua mocha’, señalando la dificultad que les presenta hablar ‘bien’ el español, también se les denomina ‘los indios huastecos’ o ‘los huastequitos’ de la manera más amable, y son identificados como “los que vienen de la sierra” por el aislamiento de sus comunidades

En La Cercada viven tres mestizos, dos de ellos procedentes de Valle Verde llegaron a la par que los teenek, en busca de la obtención de tierras, éstos suelen llamarlos “indios patarrajada” pues acostumbran andar descalzos dentro de sus casas y en sus solares, por lo que sus pies se ven maltratados con algunos rasguños o heridas; hecho que los mestizos aprovechan para burlarse. Debido a la controversia generada por la repartición agraria hay frecuentes confrontaciones entre los teenek, los mestizos vecinos y los de Valle Verde, que también buscan ser beneficiarios; así, existen comentarios como el que sigue:

“Esa gente…nada más cayeron aquí porque son indios y el gobierno ayuda más a los indios. Un día le dijeron al licenciado que se vinieron porque dijeron que iban a dar tantas hectáreas y regaladas…regaladas ni madres –dijo- cómo creen que se las van a regalar…” (Anónimo; Valle Verde, 2006).

Desde hace varios años es requisito indispensable para los indígenas de la región (xi’ói y teenek) contar con una carta de buena conducta emitida por las autoridades de su lugar de origen, a fin de garantizar su confiabilidad y honradez, y de esta forma poder ser acreedores a las porciones de tierra que han venido solicitando durante varias décadas. Los mestizos de distintas comunidades han acogido con aceptación este tipo de requisitos que los posicionan en ventaja frente a los teenek y los xi’ói, prueba de ello es la siguiente opinión:

“Me dijeron los del gobierno: ustedes necesitan tomar en cuenta a la gente que llega, si les conviene o no, no nomás porque son indios, no debe ser así. Deben comportarse bien, porque si no se portan bien yo los voy a destapar. Se les deja un tiempo hasta que esa gente se da a conocer, un medio año, un año, ya del año pa’ adelante podemos darle apoyo, pero que se comporte bien” (Anónimo; La Cercada, 2006).

Aunado a lo anterior es importante señalar que no basta con que se presenten las mencionadas cartas de buena conducta sino que además se toman en cuenta las acciones que se lleven a cabo como vecino de la comunidad. Los mestizos son los principales jueces, dándoles el calificativo de aceptables o reprobables. Es a partir de estas circunstancias que el sentimiento de pertenencia al grupo étnico aparece “como una manera eficaz de defender ventajas (tierra, autonomía relativa, derecho consuetudinario…) y de superar desventajas (sociales y económicas) por la solidaridad y la igualdad de condiciones” (Ariel, 2003: 210).

Conclusión

A lo largo de este trabajo hemos observado a las relaciones interétnicas como una de las maneras para vivir el territorio y configurar espacios socio-simbólicos. Se puede subrayar la importancia de distintos habitus como rectores de ideas y prácticas que organizan un sistema de interacciones más amplio, en donde todos los participantes tienen una perspectiva específica.

En términos de Bourdieu, los conocimientos locales y las relaciones que en este caso los teenek establecen con otros pueblos circunvecinos constituyen un conjunto de estructuras mentales “a través de las cuales [los agentes] aprehenden el mundo social” (2000: 134)

Es precisamente mediante las diversas estrategias para conocer, catalogar y significar el espacio y sus componentes, como los teenek mantienen vigente aquello que es identificado como el costumbre o la tradición: “un conjunto heterogéneo de factores que incluyen la multiplicidad de posiciones particulares no siempre convergentes en redes sociales que se expanden o se comprimen en función de ciertas necesidades que pueden ser materiales o meramente sentidas” (Tomé, 2000: 50). Asimismo se puede hablar de una contante “re-tradicionalización” que posibilita el cambio y el dinamismo de su identidad, expresada por una parte en la práctica de las danzas, la invención de diferentes figuras en los bordados, la reinterpretación de mitos, narrativas y melodías ancestrales, la apropiación de nuevos espacios sagrados, pero también de su contante confrontación con los otros.

En la actualidad los pueblos originarios han tenido que expandir sus ideas sobre lo que significa “ser teenek” – en este caso- y vivir en determinado espacio, para dar cabida a las influencias de “lo moderno”, en gran parte propiciado por sus procesos migratorios regionales, nacionales o internacionales. Como lo señala Pérez Ruiz “más que un ente social homogéneo, autorregulado y ensimismado la comunidad indígena, constituye, por tanto, una unidad de pertenencia y organización social asociadas real o simbólicamente a un territorio y una historia comunes, y en las cuales coexisten el cambio y el conflicto junto al interés por la reproducción y la continuidad, por lo cual es un espacio social contradictorio y dinámico” (2005: 95).

Difícilmente se puede hablar de grupos que no se articulen al resto de la región y del país por relaciones de carácter interétnico, en su mayoría de tipo asimétrico, sobre todo con los mestizos. El espacio social de estos teenek no se puede concebir sin su dependencia a las administraciones municipales a la que pertenece, sin las influencias de los medios de comunicación y sin todo lo aprendido fuera de sus comunidades. La definición del territorio y de lo que significa ser teenek permanece pues, en un constante proceso de organización y producción de elementos simbólicos, lo cual permite su continua reelaboración.

Bibliografía

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