BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

SEXUALIDAD Y PODER. TENSIONES Y TENTACIONES DESDE DIFERENTES TIEMPOS Y PERSPECTIVAS HISTÓRICAS

Ángel Christian Luna Alfaro y José Luís Montero Badillo (Editores)




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Sexualidad y conversión religiosa. Los discursos sobre la sodomía en el proceso de evangelización de los nahuas, siglo XVI.

Óscar González G. 1

Estrategias de conversión.

El 13 de agosto de 1521, la ciudad México-Tenochtitlán cesaría su reacia defensa al consumarse la victoria de los conquistadores españoles y sus aliados indígenas; la tarea de levantar un nuevo establecimiento colonial ―lo que posteriormente se instituyó como virreinato— en las tierras que alguna vez fueron dominadas por la confederación mexica, sería una labor complicada; era necesario instaurar la estabilidad política no sólo apaciguando la avaricia de los conquistadores sino que también era indispensable que los indígenas acataran la disposiciones de su nuevos gobernantes, porque aunque dominados por los españoles seguían siendo fieles a sus instituciones y, también, a sus creencias. A pesar de que Hernán Cortés pretendió hacer pasar la conquista como una transferencia legal de poderes, la estabilidad de la colonia estaba condicionada por la nobleza indígena que continuaría ejerciendo la administración de las tierras y el gobierno de los macehuales pero sólo como colaboradores de la empresa castellana, su papel estaría limitado para asegurar el orden y la obediencia al dominio español.2 Asimismo, a esta instauración colonial le faltaba emprender el desarrollo de la conversión de los indígenas al cristianismo, cuya supuesta necesidad, fue uno de los argumentos con lo que se concedió legitimidad a la ocupación española.

1 Maestro en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente desarrolla la tesis: Entrecruces discursivos sobre la homosexualidad en la América Latina Colonial de los siglos XVI y XVII para doctorarse en el posgrado de Estudios Latinoamericanos de la UNAM. Su domicilio es Salvador Díaz Mirón 142, Interior 1, Colonia Santa María la Ribera, Delegación Cuauhtémoc CP 06400 Tel:5557740237 E-mail: kinoscar@hotmail.com

2 A la nobleza indígena mexica, le fue conferido un lugar propio dentro de las elites gobernantes del nuevo establecimiento colonial; en la cultura nahua prehispánica eran reconocidos bajo el título de pipiltin, quienes legitimaban su poder a través de conocimientos del cosmos y con los cuales conferían las normas, las medidas y la estabilidad social. Ocuparon los principales puestos de la organización social, ya sea en la administración civil, en el ejército o en el sacerdocio. Los plebeyos eran reconocidos bajo el título de macehuales, dedicados en su mayor parte a la agricultura y, los pochtecas, también fue considerada una clase social diferenciada porque su labor en el comercio era fundamental en el desarrollo de la confederación nahua.

Las primeras misiones cristianas en territorio mesoamericano comenzaron a desarrollarse institucionalmente desde 1523 por los frailes franciscanos flamencos: Johan Dekkers, Johan van der Auwera y Pedro de Gante. En 1524, la llegada al puerto de Veracruz de 12 frailes españoles, misioneros también franciscanos, comandados por Martín de Valencia, activarían el apoyo secular a la empresa castellana; si bien, los primeros colonos de la Nueva España y los conquistadores que habían logrado establecerse como encomenderos ya habían comenzado a esbozar la hegemonía occidental con la organización institucional del virreinato conformado por dos etnias muy diferenciadas ―la república de españoles y la república de indios— desde su llegada, los misioneros franciscanos adoptarían un papel activo dentro del proceso por lo que su intervención en la estructura colonial tuvo un fuerte peso en la decisiones políticas al interior del virreinato y, de manera contundente, con respecto a la impartición de justicia a los indígenas.

Los primeros años de la empresa evangelizadora estuvieron marcados por un proceso de experimentación, ante la complejidad que suponía la conversión de masas de indígenas, las estrategias misioneras estaban dominadas por una absoluta ignorancia de la cosmovisión de los pueblos conquistados; según, Serge Gruzinski3, en 1523, se recurrió a la destrucción de la memoria pictórica, de lo que actualmente se denomina códices por ser considerados como prueba irrefutable de sus cultos “demoníacos”;4 en 1525, se emprendió la demolición sistemática de los templos y de las esculturas de los “ídolos” del Valle de México y Tlaxcala; se prohibieron los rituales y ceremonias públicas e, igualmente, se inició la persecución de los sacerdotes indígenas y el desmantelamiento de las instituciones educativas. 5

3 Gruzinski, Serge, “La colonización de lo imaginario Sociedades indígenas y occidentalización en el México español. Siglos XVI-XVIII”, México D.F , Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 23.

4 Además de cierto número de inscripciones en varios monumentos, se desarrollaron diversas formas de expresión a través de múltiples medios de apoyo, como los denominados amoxtli, hoy conocidos como códices o libros del México antiguo; consistían en una tradición pictográfica e ideográfica, pintadas en largas tiras plegadas a modo de biombo; manufacturados mayoritariamente, con papel hecho de la corteza de amate (árbol del género del ficus) y, en otros casos, aprovechando pieles de venado, a modo de pergaminos. Estos libros articulaban tres formas de signos: pictogramas, que son representaciones estilizadas de objetos y de acciones: animales, plantas, edificios, cerros, escenas de danza, procesión, sacrificio, guerra, dioses, sacerdotes, etc. Ideogramas, que evocaban cualidades, atributos, conceptos vinculados con el objeto figurado: un ojo significa la vista, las huellas de pasos designan el viaje, los escudos y las flechas expresan la guerra, etc. Por último, signos fonéticos, poco numerosos, que se aproximan a la expresión glífica de los alfabetos occidentales.

A esta destrucción, se le yuxtaponía un fase de imposición del modelo cultural de occidente, el cual consistía en la enseñanza de técnicas, ya fueran éstas de construcción para la creación de las primeras iglesias, de pintura, para la decoración de las mismas, de sastrería, orfebrería, herrería y elaboración textil, todo a favor de la imposición de los usos arquitectónicos y de vestido europeos; en otro extremo, se desarrollaría un amplio programa de cristianización de las elites nahuas, se formularían matrimonios mixtos entre las indígenas de la nobleza y los conquistadores; a los descendientes de esos linajes, los mestizos y, también a los de la nobleza mexica, indígenas, se les educaría bajo los lineamientos de los misioneros: enseñanza de la fe cristiana, aprendizaje del castellano y latín y, la iniciación en estudios musicales, teológicos, históricos y literarios.

Serge Gruzinski y David A. Brading6, refieren que la llegada de los 12 misioneros también trajo consigo referencias teológicas que conferían a su labor en el nuevo mundo el carácter de utópica y providencialista; Savonarola o Joaquín de Fiore, serían su inspiración, de este último asumían sus tesis mesiánicas por lo que se creía que el proceso de evangelización cumplía una vieja profecía que estipulaba la llegada del fin de los tiempos y del juicio final, por lo que su tarea en México formaba parte de esta última época. Es por eso que, muchos de sus actos de conversión se caracterizaban por una exagerada protección a los indígenas fincada en el paternalismo; también, creían que con bautizar a millares de indígenas podrían obtener una respuesta espontánea, incluso llegaron al extremo de considerarlos materia moldeable que podría corporeizar el cristiano ideal, llevaron a los niños indígenas a vivir a su lado para sustraerlos de la influencia familiar; los criaron con gran rigor, su intención fundamental, la construcción de un mundo cada vez más perfectible.

6 Brading, David A., “Orbe Indiano De la monarquía católica a la república criolla 1492-1867,” México, D.f., Fondo de Cultura Económica, 2003.

Así, aunque el proceso de conversión tuvo como primer objetivo a las elites de los pueblos conquistados, no sucedía lo mismo con los macehuales, su acogimiento a la fe católica por medio de los bautismos masivos, iba precedido de la total ignorancia hacia los preceptos y sacramentos de la fe que simbólicamente recibían. A pesar de que la conversión intentaba ejecutarse en todos los ámbitos de la vida colonial, sus resultados no fueron del todo efectivos; entre el entusiasmo y las estrategias de los misioneros había un enorme vacío que no permitía la evangelización; esa carencia fue el desconocimiento de la cosmovisión indígena, el de sus creencias y su lengua, lo que sugiere que, por mayores esfuerzos que se hicieran, para ellos esas tradiciones y credos de la cristiandad sólo eran aparentemente aceptados por estar permeados bajo el yugo de la imposición.

Esta experiencia llevaría a los mendicantes a aprender la lengua de los catecúmenos e indagar sobre sus creencias, rituales y costumbres, todo con el fin de conocer las conductas y normas que se consideraba como indispensable transformar. Ese proceso también los llevaría a la recuperación de los pocos registros históricos que sobrevivieron a la destrucción, a la transcripción de la tradición oral indígena documentándola en su propia lengua con el apoyo del alfabeto latino y la memoria de la conquista con los testimonios de los sobrevivientes. Dicho proceso serviría de base para la elaboración de doctrinas, catecismos, manuales de confesionarios, plegarías, sermones y autos que intentaban hacer comprensible la fe cristiana en las lenguas aborígenes, por lo que entre 1524 y 1572, se publicaron alrededor de 109 títulos con estas características.7

7 Brading, David A., op. cit., p. 137-138.

La sexualidad según el dogma cristiano

Con la traducción e impresión de las enseñanzas del dogma católico en las lenguas vernáculas, arrancó un nuevo proceso de conversión, predicándose e imponiéndose la ética cristiana a través del idioma de los catecúmenos. Con respecto a la sexualidad, es justo en esos documentos donde se despliegan detalladamente los usos correctos del cuerpo y de las prácticas sexuales permitidas por la Iglesia católica; por el momento vamos a remitirnos a la manera en que se conceptualizó la sexualidad en los dogmas cristianos de la época para poder comprender las peculiaridades de su predicación durante la conversión de los indígenas. El sexto mandamiento, “No cometerás adulterio” y, el noveno, “No codiciarás la mujer de tu prójimo”8 fueron el eje rector de las interpretaciones que conformó la doctrina cristiana entorno a la sexualidad; en el sexto se prohíbe las relaciones sexuales extramatrimoniales o entre personas que no fueren cónyuges; en el noveno, se despliega la misma idea pero la prohibición obedeció en concebir a la mujer como propiedad del varón que con ella se casara; en el matrimonio católico la esposa fue considerada en función de bienes materiales, formaba parte de las propiedades de su esposo.

8 En (Éxodo 20,17) No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimo. Y que a la posteridad se sintetizó como: “No codiciarás los bienes ajenos.”

Así, la interpretación del orden divino, consideró que la única sexualidad permitida debía mantenerse dentro del matrimonio, las otras, pese a su existencia, serían clasificadas con el fin de estipular su prohibición y la gravedad de su pena, por eso se distinguieron siete formas de caer en los vicios del pecado mortal por medio de la lujuria: fornicación, adulterio, incesto, estupro, rapto, sacrilegio y el considerado como el más grave de entre todos los pecados, el pecado contra natura.

La fornicación suponía las relaciones sexuales entre dos personas solteras sin vínculo alguno, consumadas fuera del matrimonio; se llegaba a calificar de adulterio, cuando por los menos alguno de los participantes de la relación estuviese casado; el incesto especificaba y, restringía, la formación de parejas y, por consiguiente, la prácticas sexuales entre personas que mantenían parentesco de primer o segundo grado; otros grados de parentesco también eran dignos de supervisión pero su prohibición tendía a reducirse por el distanciamiento de los lazos. Se nominaba estupro al acto sexual forzado o cometido sin el consentimiento de la mujer; el rapto sería definido como el secuestro de una mujer y, el sacrilegio se refería exclusivamente al ámbito clerical, ya que uno de los participes del acto sexual anulaba el voto religioso de la castidad9. Con el pecado contra natura se distinguían

tres formas de sexualidad reprobada: ya sea la polución voluntaria o las molicies (masturbación), la bestialidad (lo que en la actualidad se denomina zoofilia) o, la sodomía, que generalmente se aplicaba para nombrar la copula entre individuos del mismo sexo pero qué también se utilizó para especificar la relación sexual ―entre un hombre y una mujer, casados o no— realizada en una posición o región corporal que no fuera considerada como natural: extra vas debitum.

Por tanto, la lujuria entrañaba a las expresiones sexuales mantenidas fuera del sacramento del matrimonio, entre personas con un lazo de consanguineidad cercano, las forzadas por alguno de los participantes, en las que los implicados quebrantan los votos cristianos y, con fines o medios incompatibles a la reproducción de la especie.

9 Lavrin Asunción, “La sexualidad en el México Colonial: un dilema para la iglesia,” en Sexualidad y matrimonio en la América Hispánica siglos XVI-XVII, Asunción Lavrin (coordinadora), México D.F., Editorial Grijalbo, 1992. P. 59

De entre toda la gama de sexualidades consideradas punibles, el llamado pecado contra natura fue considerado el peor de todos los males, pero, ¿bajo qué fundamentos se desplegó su absoluta condena?, ¿será a caso que sus propósitos fueron considerados inmorales? o, ¿quizá la manera en que se ejecutaban incumplía ciertas reglas? Bien, será necesario analizar los propósitos y cualidades de dichas prácticas: la masturbación es una actividad hedonista, el objetivo que persigue es la satisfacción del placer; con la bestialidad ocurre lo mismo pero su finalidad es obtenida con animales y, no con personas del sexo contrario. La sodomía también se efectúa a favor del deleite, comprende tanto al coito entre personas del mismo sexo como el practicado en lugares de la anatomía humana considerados inapropiados. Sin duda, éstas mantienen una lógica común, como ya hemos visto, el principio que ejercita su alcance es el del placer y su desacato es análogo a las otras prácticas reprobadas: infringen la permisividad del acto sexual, no están orientadas a la procreación. Pero, si observamos las cualidades de su ejecución, es justo ahí que adquiere su condena absoluta, pues en su procedimiento intervienen dos omisiones. Primera, son actos en los que no opera la correspondencia sexual reproductiva, es decir, no hay concordancia genital entre varón y mujer porque se llevan a cabo ya sea por la estimulación individual, con animales, personas del mismo sexo o en partes anatómicas que fueron juzgadas como indebidas. La segunda es resultado de la anterior y, será la que determinó tajantemente el carácter mortal del pecado, pues con el beneficio del placer hay una consecuencia biológica decisiva, especialmente en el caso de los varones: la expulsión de semen, que para el pensamiento de la época se dictaminaba como el desperdicio del germen procreador; porque si Dios instauró la vida, se concluyó como lógico que dicha creación requiriera de manutención continua, que día a día la existencia se supeditara al mandato divino, que se reprodujera la naturaleza, que se reprodujeran los humanos. Pero en el acatamiento de dicha fórmula los teólogos no reconocieron la corresponsabilidad de los sexos, el principio de equivalencia procreativa no fue estimado en su interpretación por lo que el único responsable en la realización de la obligatoriedad divina fue el varón.

En su estudio sobre el tema, Francisco Tomás y Valiente10 descifra la trascendencia que ocupó la sexualidad masculina en los dogmas de la doctrina cristiana, él asegura que de entre los géneros, el varón sería considerado como socio de Dios en la creación continua, entendiéndose como tal, su imperiosa colaboración para la generación de la vida, porque con él y, particularmente con su semen existe el potencial que permitirá la fecundación de nuevos seres humanos. Bajo este supuesto, la mujer tenía un papel subordinado ya que su existencia derivaba de la costilla del varón, fue concebida “varona” y, aunque participe en la reproducción de la especie, su contribución sólo sería valorada porque en ella se depositaba la simiente, la importancia de su colaboración en la procreación fue considerada una actividad pasiva mas no creativa.

Si el semen se convirtió en el elemento necesario para la consumación del orden dispuesto por Dios, su emisión debía ceñirse a la imposición reproductiva: intro vas naturale. Las sexualidades ajenas a esta disposición fueron calificadas, en su generalidad, como pecado contra natura, es decir, se suscribió su contrariedad porque el orden natural o, mejor dicho, la ley natural, fue por excelencia el mandato divino de la fecundación; así, con el ejercicio de estas prácticas “el directamente ofendido es Dios, porque es su imagen de la creación la que se altera. Es el orden natural el que se perturba. Y es la posibilidad de seguir procreando la que se desperdicia”.11

10 Tomás y Valiente Francisco. “El crimen y pecado contra natura” en Sexo barroco y otras transgresiones premodernas, Madrid, España, Alianza Editorial, 1990, p.35.

11 Ibíd. p. 37

12 Olmos Andres de, “Tratado sobre los siete pecados mortales,” Paleografía del texto náhuatl,versión española, introducción y notas de Georges Baudot. México, UNAM, 1996.

La sodomía en las pláticas de los siete pecados capitales de Andrés de Olmos

Estas formas de restricción sexual fueron exaltadas y enseñadas en el proceso de conversión religiosa de los nahuas; para nuestro estudio, primero nos detendremos en los sermonarios, puesto que con ellos se hizo factible la predicación del dogma cristiano entre los catecúmenos indígenas del siglo XVI. En particular, nos centraremos en el “Tratado de los siete Pecados capitales”12 compuesto entre 1551 y 1552 por el fraile franciscano, Andrés de Olmos, cuyo modelo y referente es la obra de otro misionero evangelizador, San Vicente Ferrer intitulada Sermones de Pecatis capitalibus pro ut septem petitionibus orationis Dominacae opponuntur; aunque el género al que pertenece son los llamados sermones parenéticos, el fraile prefirió exponer la materia de los siete pecados mortales y las circunstancias en las que se originan a manera de pláticas; escritos en lengua nahua conel firme propósito de que su predicación fuere accesible a los catecúmenos sorteando la obligatoriedad de los sermones ya estipulados en la doctrina cristiana o las homilías ya preparadas por sus compañeros sacerdotes. Su obra arranca con indicaciones precisas sobre el sentido de la oración, en particular, el “Padre Nuestro” ya que la califica no sólo como un rezo, sino aduce que es una invocación para que la protección divina nos libre de caer en los pecados. Por eso sugiere que debe practicarse con la mayor sinceridad posible:

Padre Nuestro que estás en los cielos, Santificado sea tu nombre (contra la soberbia), Que llegue el día de tu reino (contra la avaricia), Hágase tu voluntad (contra la lujuria), Danos hoy nuestro pan de cada día (gula), Perdona nuestras deudas (contra la ira), Y no nos induzcas en tentación (contra pereza). Pero líbranos del mal. Amén (contra la envidia)13

13 Ibíd. pp. 5.

Así, la explicación sobre los pecados mortales está precedida por cada uno de los enunciados de la oración del “Padre Nuestro” ya que según Olmos, funcionan como defensa del suplicante ante los tentadores pecados; a ello, le seguirá la definición de cada uno de ellos, ordenados de la siguiente forma: soberbia, avaricia, lujuria, gula, ira, pereza y envidia; estos, a su vez, se desglosarán de acuerdo a las variantes que se pueden derivar de cada uno, él les denomina hijas o circunstancias. En el caso de la lujuria, es decir la sexualidad punible, el tema que nos ocupa, Olmos hace patente la obligación de orar a Dios porque agracia la vida en la tierra y, le sirve de introducción, para invitar a los catecúmenos a la reflexión de sus actos. Lo que sigue es la explicación del porqué se le considera pecado, es decir, que elementos del mandato divino se contravienen en su práctica; en este caso, Olmos se sirve del universo, de cómo ha sido concebido por la divinidad cristiana con la finalidad de exponer que los astros y la naturaleza en sus cuatro elementos obedecen plenamente al único Dios y jamás han quebrantado su voluntad; el objetivo, ratificar que su mandato siempre ha sido acatado en el cielo y en la tierra y, sólo el hombre es el que no le obedece. Por eso explica que se reza: “hágase tu voluntad” para actuar en concordancia de lo que Dios espera de los humanos, es decir, que las relaciones sexuales sólo deben mantener bajo el sacramento del matrimonio y con el fin de procrear, de ser participes con él en la creación continua de la vida.

En seguida, Olmos divide su predicación sobre la lujuria en tres grandes bloques temáticos; primero, que la lujuria, la concupiscencia está siempre cerca de nosotros; segundo, explica como a Dios le ha repugnado su existencia; tercero, lo que cada individuo debe hacer para frenar la vida lujuriosa. No obstante, antes de desarrollar, esos temas advierte que la lujuria, no sólo se efectúa cuando se mantienen relaciones sexuales con alguien, sino que también puede ser sancionable cuando llega a manifestarse en los pensamientos, por medio de las palabras e incluso entre los deseos y los sueños nocturnos.

Cuando la vida lujuriosa se ha mantenido con una persona, Olmos especifica como se le denomina a cada una de sus faltas; en este caso es peculiar que no haya encontrado palabras en lengua nahua que fueren equivalentes para nombrar a la fornicación, incesto, estupro, rapto y, mucho menos, del sacrilegio por lo que opta por transcribirlas en castellano pormenorizando en qué consiste el carácter de su pecado. Con el adulterio y la sodomía ocurre lo contrario, son las únicas actividades sexuales reprobadas por la moral cristiana que encuentran su traducción literal en náhuatl: tetlaximaliztli, tecuilontiliztli, respectivamente; son al mismo tiempo de las que más se ocupa en detallar y las que le sirven para ejemplificar que la repulsa de Dios es inquebrantable frente al desacato de su ley; sin duda, tal caracterización nos hace suponer que dichas prácticas eran reconocidas por los indígenas nahuas aunque no sabemos hasta qué grado eran toleradas o sancionadas y, a su vez, fueron las más perseguidas durante el proceso de su conversión religiosa.

La sodomía será presentada para exponer la ira de Dios por los pecados de lujuria, Olmos, se sirve de su evocación para demostrar que en las sagradas escrituras existe el testimonio de la manera en que opera el castigo divino; pero no sólo se ocupa del pasaje bíblico que funcionó tradicionalmente a la moralidad cristiana para fundamentar la condena a la sodomía, el de la destrucción de las cinco ciudades, en especial de Sodoma y Gomorra, sino que también, afirma que en la época del nacimiento de Jesús, él mismo había encontrado que el universo estaba infestado de sodomitas, lo que le sirve de argumento para ratificar que por eso Dios actuará contra y, mucho aborrecerá, al adulterio y la sodomía.

Sin embargo, Olmos, también se ocupa de advertir la manera en que se puede evadir a la lujuria, propone seis pasos a seguir cuyo alcance estará mediado por la reflexión individual con el acoso consciente de la culpa cristiana: primero, es necesario pensar en Jesucristo, en su sufrimiento en la cruz para el perdón de nuestros pecados; segundo, recordar la importancia de la abstinencia, desde la alimentaria hasta la sexual; tercero, encomendarse a Santa María, la virgen, que bien protege y apacigua de las tentaciones lujuriosas; cuarto, pensar en el castigo, en el sufrimiento que provoca la condena divina; quinto, apoyarse en el ángel guardián como representante de Dios e inseparable protector de los humanos; sexto, pensar en la dignidad del alma ya que ella simboliza el regalo que Dios otorga a los humanos para vivir, es su fiel representación en la existencia humana por lo que es imperdonable que su imagen se ensucie con los pecados. A partir de estas alocuciones, Olmos, define cada uno de los pecados mortales, el pecado contra natura es el penúltimo de su prédica y lo define de la siguiente manera.

Aquí, algo que proviene de la lujuria es el pecado contra natura que es espantosísimo, gravísimo, asqueroso. Hay cuatro modos de pecado contra natura: Primero, cuando un hombre que no anda durmiendo voluntariamente saca, vierte su esperma, tiene acceso haciéndoselo con la mano y así siente placer. Quizá porque no se atreve a seguir a una mujer, quizá sirva de modelo, sea cortado. O aun es una mujer que así se lo hace con la mano, que se acaricia sus partes, o aun en el hombre o la mujer se acarician, se tocan. Es pecado, cuando la criatura de buen grado incurre en este espantosísimo pecado llamado molicie.

El segundo modo se llama Sodomía, en él incurre el hombre que tiene acceso con otro hombre, y es la más temible de las faltas. Y también cuando la mujer tiene acceso con mujer, masturba a una mujer. O aun cuando el hombre tiene acceso con la mujer del mismo modo con que tiene acceso con un hombre, sólo le gusta el hombre y desprecia a la mujer, y es espantoso, horrible, será necesario matarlo con fuego si se llega a saber.

El tercero se llama a lo venado, bestialidad, si es con un venado, con una bestia que el hombre o la mujer tienen acceso. Y el venado o aun el perro, la bestia serán quemados también aunque el pecado del venado no sea tan espantoso, tan horrible, tan despreciable, tan censurable como el de la criatura.

Cuarto, cuando la mujer se echa a alguien a menudo se deshonra, se envilece se hace indigna de recibir semen. Sólo es como los cerdos, los puercos, los cochinos que se revuelcan que se encenagan, que se amontonan para entregarse mejor al placer carnal.14

14 Ibíd. pp. 135-136.

A lo igual que la tradición cristiana, Olmos, enumera las formas en que se puede presentar el pecado contra natura, no obstante salen a relucir algunas diferencias, en el caso de las molicies no hay cambios sustanciales; con la zoofilia, la única diferencia es que se sirve de los venados para ilustrarla ya que en el altiplano mexicano no existían los becerros o las mulas por lo que se convierten en el único referente de animal cuadrúpedo que a su consideración puede ser objeto para la satisfacción sexual; con las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo hay algunas diferencias a lo que se acostumbraba a sancionar en el mundo ibérico, porque si bien, acentúa que la practicada entre varones es la más temible de las faltas, le suma que estos hombres no gustan de las mujeres e incluso sólo llegan a mantener relaciones sexuales con ellas del mismo modo con que tienen acceso con un hombre, es decir, por medio de la penetración anal, por lo que ratifica que es necesario matarlo en la hoguera. También, se ocupa con mayor detenimiento en focalizar la sexualidad femenina, ya sea cuando ésta se inclina por mantener relaciones sexuales con mujeres, masturbándolas o cuando las mantiene con hombres pero sólo por placer; así, la mujer que mantenga relaciones sexuales sin fines reproductivos será comparada como los cerdos que se amontonan al entregarse a los placeres carnales.

La predicación sobre los pecados capitales no fueron los únicos preceptos cristianos que se inculcaron a los catecúmenos nahuas, más bien, formaba parte de un complejo mecanismo que fundamentado en la religión cristiana servía para la sujeción y dominación de los indígenas. Dicho mecanismo estaba constituido por dos estrategias que aseguraban la imposición de la moral católica en todos sus aspectos: por un lado el adoctrinamiento basado en la predicación y enseñanza del dogma cristiano por medio de doctrinas, catecismos, plegarias y sermones; en el otro extremo, su ratificación, la comprobación de que con dichas enseñanzas se había logrado la conversión, esto se verificaba ya sea por medio de los comportamientos de los catecúmenos en la liturgia o de modo contundente con la confesión. Esta apreciación no es fortuita, el mismo Andrés de Olmos lo sugiere cuando al final de su exposición sobre la lujuria, recomienda a sus escuchas:

Tendrán que hablar con rectitud, sin disimulos al padre cuando se confiesen, porque a veces pocas saben si han cometido un gran o un pequeño pecado. Y así toda perversidad, todo vicio habrá de ser dejado, rechazado, para cumplir perfectamente con lo que dios quiere y para rezarle.15

El confesionario de Molina y la sexualidad punible

Los confesionarios en lengua nahua, también fueron elaborados como parte de las estrategias evangelizadoras de los misioneros cristianos, para esta ponencia, analizaremos el elaborado por el fraile franciscano Alonso de Molina “Confesionario mayor en la lengua mexicana y castellana.”16 Aunque ya ha sido estudiado con los mismos propósitos por Serge Gruzinski,17 lo hemos retomado para comprender como se afianzó la imposición de la moral cristiana en el proceso de conversión religiosa de los nahuas con respecto a la sexualidad. A diferencia de Olmos, Alonso de Molina, opta por desarrollar un cuestionario que se adopte a la circunstancias de la confesión, por lo que en su redacción se hace patente la permisividad, para que el sacerdote que lo vaya a utilizar, decida que preguntas debe dirigir al penitente. Además, no se basa en los confesionarios que se desarrollaron en la Península Ibérica sino que lo conforma de acuerdo a su experiencia como misionero y, lo apoya, con las obras que ya habían escrito sus compañeros de orden, como Motolinia, Olmos y Sahagún, de modo qué, se hace evidente que la mayoría de las preguntas que propone llevan el propósito de ahondar sobre aspectos particulares de la religión y las costumbres de los indígenas nahuas, cuyas prácticas a transformar ya se habían identificado durante los primeros años de la evangelización.

15 Ibíd. p. 137.

16 Molina Alonso (Fray), “Confesionario mayo.r en la lengua mexicana y castellana” (1569) (Edición facsimilar), México, Suplementos al boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1972.

17 Gruzinski Serge, “Individualización y aculturación: la confesión entre los nahuas de México, entre los siglos XVI-XVII”, en Sexualidad y matrimonio en la América Hispánica, siglos XVI-XVII, México, CONACULTA-Grijalbo (los noventa), 1991.

La estructura del confesionario se basa en los dogmas predicados por la Iglesia católica, por lo que las preguntas sugeridas en él, están basadas en cada uno de los preceptos de su doctrina, por eso, arranca con cuestionamientos concernientes a cada uno de los diez mandamientos bíblicos, le secundan las correspondientes a los cinco mandamientos de la iglesia, después las que se efectúan antes de la administración de alguno de los sacramentos, le siguen las preguntas acerca de las siete obras de misericordia, posteriormente sobre los cinco sentidos, para rematar con las acordes a las virtudes teologales y las cardinales.

Las preguntas que intentan profundizar sobre la vida sexual de los nahuas conversos se desarrollan de manera sistemática en los apartados correspondientes a los diez mandamientos bíblicos, en particular el sexto y el noveno; pero también se sugieren interrogaciones en tal materia en el bloque donde se intenta verificar si el penitente a sucumbido ante los pecados de lujuria; dicho cuestionario está jerarquizado dependiendo del género del penitente, pero sin duda la mayor parte de las preguntas se centran en la vida sexual de los varones, se les cuestiona sobre sus pensamientos o deseos sexuales, la cantidad de veces que le sucede, que tipo de mujer era a la que deseó; después se le pregunta sobre su vida sexual con que mujeres a tenido acceso: casada, viuda, soltera, si guardaba castidad, si tenían algún grado de parentesco; también se le interrogaba como obtuvo el consentimiento por parte de la mujer, si por medio del engaño, la seducción o se atrevió a tocar su cuerpo; para finalizar con cuestionamientos sobre los pensamientos sexuales, de si llegaban al grado de provocarle eyaculaciones. Si el penitente era casado, se recomienda cuestionarle si su matrimonio había sido bendecido por la iglesia, si tenía algún grado de parentesco con su esposa, si en su vida sexual habían impedido la procreación. En el caso de ser mujer, se le cuestionan tres elementos concretos, si había palpado los genitales de algún varón, si alguna vez había mantenido relaciones contra natura con otra mujer o si tuvo un arreglo personal para ser codiciada por los hombres; en el caso que fuere casada sólo se recomendaba cuestionarle si alguna vez había impedido la procreación.

Como habíamos estudiado con anterioridad, no es fortuito que la sexualidad masculina haya merecido mayor atención en los confesionarios, sin embargo, la considerada como la más grave de todas las faltas no se menciona en el cuestionario y sólo aparecerá cuando se interroga la vida sexual de las mujeres. Esta peculiaridad permite reconocer cuáles eran las faltas sexuales que ocuparon la atención de los frailes y que se orientaban a enmendar la vida sexual de los catecúmenos varones. Sin embargo, esta omisión no debe entenderse como una indiferencia a la sodomía, ya vimos que se sugería su cuestionamiento a las mujeres, el mismo Molina se da cuenta de que no puede pormenorizar cada una de las prácticas sexuales que se consideran desviadas, por lo que incluso sugiere al penitente al final del cuestionario sobre el pecado de lujuria:

Y acerca de los otros pecados y offensas de nuestro señor Dios, que se comenten con el suzio deleyte de la luxuria si por ventura cometiste algunos, o pecaste en alguno dellos, lee el sexto mandamiento de nuestro señor Dios para que en el pienses todas las particularidades que allí se ponen, para que veas si cometiste alguna dellas, porque te confiesses de todas ellas. 18

La sugerencia no está de más, los confesionarios funcionaban como la prueba final de la evangelización de los catecúmenos pero tal ratificación del aprendizaje no sólo infería en las cuestiones netamente doctrinarias, su puesta en práctica llevaba implícito un complejo proceso de aculturación fundado en la incorporación del esquema conceptual de sujeto, de individuo, lo que Guruzinski llama individualización; ya que los confesionarios imponían a los indígenas una serie de categorías establecidas por la ética cristiana para evaluar sus propios actos y pensamientos a través de la reflexión individual, se les impuso el concepto de libre albedrío, se remarcaba que sus elecciones estaban permeadas por la voluntad propia y, por tanto, debían asumir sus actos con absoluta responsabilidad con la única condición de que dicha elección sería valorada y enjuiciada por los representantes de Dios, es decir, se le condicionaban formas aprobadas de individualidad y culpabilidad bajo el esquema binario cristiano .

18 Ibíd. p. 78

La respuesta indígena ante los discurso de la sodomía.

Como parte final de esta ponencia, propongo analizar cuál fue la respuesta de los indígenas ante las predicaciones que en materia sexual se les había predicado en los sermones y que se les cuestionaba para su sanción en los confesionarios. Voy a remitirme a un documento contemporáneo a las obras de Olmos y Molina, la “Historia General de las cosas de la Nueva España”19de Fray Bernardino de Sahagún, cuya elaboración perseguía el propósito de conocer las costumbres indígenas que se debían enmendar, por eso, en el prólogo de su obra hace patente sus intenciones apoyado por una analogía en la que compara su labor como mendicante en relación a sus catecúmenos, con la de un médico y su paciente enfermo:

El medico no puede acertadamente aplicar las medecinas al enfermo sin que primero conozca de qué humor o qué causa procede la enfermedad, de manera que el buen médico conviene sea docto en el conocimiento de las medecinas y en el de las enfermedades, para aplicar conveniblemente a cada enfermedad la medecina contraria.

19 Sahagún, Bernardino, Historia general de las cosas la Nueva España, México, D.F. Cien de México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2002.

Los predicadores y los confesores, médicos son de las ánimas; para curar las enfermedades espirituales conviene tengan esperitia de las medicinas y de las enfermedades espirituales, el predicador de los vicios de la república, para enderezar contra ellos su doctrina, y el confesor, para saber preguntar lo que conviene y entender lo que dixesen tocante a su oficio, conviene mucho que sepan lo necesario para exercitar sus oficios.20

El prólogo obedece a las solicitudes con las que se elaboró la obra y, asimismo, propone una solución a la problemática que enfrentaban sus compañeros en el proceso de conversión; su perspectiva se distancia de aquellos misioneros qué, a pesar de haber defendido la causa de los indígenas no se atrevieron a comprender su cosmovisión, por eso advierte que, antes de condenar y enjuiciar “las enfermedades espirituales” conviene que se comprenda a quienes se está dirigiendo la conversión. No obstante la advertencia, Sahagún reitera su crítica a las formas con las que se venían enjuiciando a los indígenas:

Ni conviene se descuiden los ministros desta conversión con decir que entre esta gente no hay más pecados de borrachera, hurto y carnalidad, porque otros muchos pecados hay en ellos muy más graves, y que tienen gran necesidad de remedio: los pecados de idolatría y ritos idolátricos, y supresticiones idolátricas y agüeros y abusiones y cerimonias idolatricas no son aún perdidas del todo. 21

Sahagún no es indiferente a la perspectiva que legitimaba la conquista enjuiciando y menospreciando las costumbres de los indígenas, pero en lugar de retomarla a favor de sus objetivos, crítica a sus compañeros por justificar que la carencia de una conversión efectiva se debía a que los indígenas eran borrachos, ladrones y de excesos carnales; de modo qué, subraya que el real objetivo de su misión es la de expurgarles sus creencias religiosas.

20 Ibíd., p. 61.

21 Ídem.

Por eso, su obra se conformó teniendo como base los testimonios dados por las elites indígenas; con la ayuda de sus discípulos, las primeras generaciones de indígenas convertidos al cristianismo, preguntó e indago a los nahuas del altiplano mexicano, sobre cuál era su historia, el significado que le otorgaban a sus creencias y rituales, las maneras en que se organizaba y reglamentaba su vida social. Entre ellas, también logró penetrar en las prácticas sexuales e, incluso, investigó sobre las prácticas sexuales entre varones y, asimismo, cómo eran percibidos y tratados los individuos a los que les eran atribuidos o que eran participes de dichos actos. En el Libro X, En que se trata de los vicios y virtudes, ansí espirituales como corporales, de todas manera de personas en el capitulo donde se encarga De personas viciosas como son rufianes y alcahuetes, según el fraile, las élites nahuas consideraban que:

El sodomético paciente es abominable, nefando y detestable, digno de que hagan burla y se rían las gentes. Y el hedor y la fealdad de su pecado nefando no se puede sufrir por el asco que da a los hombres. En todo muestra mujeril o afeminado, en el andar y en el hablar, por todo lo cual merece ser quemado.22

Los informantes de Sahagún no dudan en condenar la sodomía; el inculpado merece morir en la hoguera; son obvias la reminiscencias de la normatividad ibérica y de la doctrina cristiana, se hace manifiesto que los mexicas y sus conquistadores ibéricos, casualmente, disponían de las mismas condenas para los sodomitas por lo que en ambas sociedades, el inculpado sería condenado a muerte en la hoguera.

 En la obra de Sahagún se distingue como sodomético a quien comete sodomía; También se hace la diferenciación tomando como referencia la posición que se mantiene en el acto sexual de ahí se acuña sodomético paciente, llamado así quien en el concúbito entre varones mantiene el rol pasivo.

22 Ibíd., p.880.

Aquí no es fácil obtener una visión concreta de la cultura mexica, bien pareciera que el narrador y su traducción no corresponden a los informantes indígenas sino a la valoración del propio fraile; aunque esto se intuye por la jerga utilizada, al relacionarlo con los instrumentos de evangelización que hemos analizado, nos hace patente que los catecúmenos nahuas ante los cuestionamientos hechos por el fraile repetían los conceptos de la ética cristiana con los que ya se les había adoctrinando; recordemos que los informantes de Sahagún fueron los miembros de las élites gobernantes que fueron el primer objetivo en el proceso de conversión religiosa, por lo que estos pudieron omitir, reservarse o transformar las observaciones que se les atribuyen ante las circunstancias en que éstas se emitieron, ya que podría intuirse, no ser viable externar lo que habían sido sus creencias y costumbres —que en la mayoría de los casos aun permanecían vigentes— ante los sacerdotes cristianos que eran parte del orden hegemónico y dominante.

Sin embargo, la obra de Sahagún aborda otras esferas de la vida cotidiana; por ejemplo, cuando sus informantes dan testimonio del acontecer cotidiano en los tianguis, se hace evidente que son otros informantes los que hablan, pertenecen a otra de las jerarquías sociales, en este caso, son los pochtecas que también contribuyen con su perspectiva sobre la cultura nahua, son conocedores de las cuestiones comerciales, en el Libro X, capítulo ”de los que venden gallinas, huevos, medicinas”, detallan las labores de cada uno de los comerciantes del tianguis y, entre las cuales, se enumeran a los vendedores de huevos de aves, los yerberos, los hacedores de esteras y tapetes; al momento de detenerse para describir la rutina de los hacedores de sahumerios e incensarios, evocan al chapuputli ya que con él se hacían las mezclas aromáticas de los cañutos para chupar humo.

De ahí, se deriva una larga explicación sobre los usos del chapuputli, esto parece inspirar a los informantes de Sahagún e inmediatamente, abordan otros aspectos sobre las costumbres de los pueblos nahuas, la de los usos y significaciones del chicle, en náhuatl tzictli; en la narración se distingue que la obtención y preparación del chicle provenía de diversas fuentes: el que era hecho con chapopote se mezclaba con un ungüento llamado axin, pero su utilización provocaba algunos malestares en la cabeza; había otras fuentes para la elaboración de los masticatorios, como el elaborado a base de la resina del árbol chicozapote, que según los informantes de Sahagún, fue el más popular; también se mascaba el tepetzictli, un chicle agreste elaborado con la raíz de una hierba (hoy no identificable), quizá el menos socorrido. La descripción de los tipos de chicle no es ociosa, en el imaginario mexica no sólo se utilizaba para darle unas mascadas, en el mismo relato encontramos que el tzictli tenía otros usos y, el simple hecho de mascarlo, tenía sus propios significados:

Y por la mayor parte suélenla mascar las muchachas y las mozas que ya son adultas, y las que ya son mujeres; pero no la cascan todas en público, sino las solteras o las doncellas, porque las casadas y viudas, puesto caso que la masquen, pero no lo hacen en público, sino en sus casas. Y las que son públicas mujeres, sin vergüenza alguna ándala mascando en todas partes: en las calles, en el tiánguiz, sonando las dentelladas como castanetas. Las otras mujeres que no son públicas, si lo mesmo hacen, no dexan de ser notadas de malas y ruines mujeres por aquello. E la causa porque las mujeres mascan el tzictli es para echar la reuma, y también porque no les hieda la boca, o porque el mal hedor de su boca que ya tienen no se sienta, y por aquello sean desechadas. Los hombres también mascan el tzictli es para echar también reuma y para limpiar los dientes; empero, hácenlo en secreto. Y los que son notados de vicio nefando, sin vergüenza la mascan, y tiénenlo por costumbre andarla mascando en público; y los demás hombres, si lo mismo hacen, nótanlos de sodométicos. 23

 Chicle, masticatorio en general.

23 Sahagún, Bernardino de, op. cit., p.915.

El chicle fue usado por hombres y mujeres debido a los patrones de aseo personal pero esta misma necesidad mantenía una segunda significación, su uso tenía que limitarse y restringirse en el orden de lo privado; entonces, existían tres personas que evadían o se excluían de este formalismo. Mascaban el chicle, libremente, las mujeres adultas que tuvieran la condición de ser solteras o doncellas; las conocidas como mujeres públicas o prostitutas24 y, los hombres notados de vicio nefando o también cuiloni. En el caso de las primeras, no se marca ninguna sospecha, parece ser que la norma se hace flexible en tanto significa que las doncellas o solteras aun no tienen ningún compromiso social como lo es la formación de una familia, por lo que podría significar que eran vírgenes y, posiblemente, aptas para procrear. La segunda permisividad del uso público del chicle, lo tenían, las llamadas por Sahagún, mujeres públicas, éstas sí, sin ninguna precaución, porque el indicio de mascarlo era reconocido socialmente como la señal de su condición; la tercera excepción nos deja absortos, la relación entre el chicle y los hombres que lo mascan públicamente, da como resultado la significación de ser notados como sométicos o en lengua náhuatl, cuiloni ; este testimonio nos parece contradictorio, porque si en la traducción de Sahagún, hemos leído que ante la evidencia de sodomía, al acusado se le perseguía y condenaba a muerte, en la cotidianeidad, el somético o cuiloni, es imaginado y reconocido en la sociedad, por el simple acto de mascar chicle en público. Lo que sugiere esta lectura es muy significativo, más allá del uso higiénico del chicle, su utilización en público se mutaba en símbolo de cierta autonomía; se les permitía a las mujeres solteras, a las públicas y a los cuiloni, los miembros de la sociedad mexica que por su condición no tenían o no eran participes de un compromiso social como lo es la familia; por tanto, el hecho de mascar el tzictli públicamente, subrayaba su situación en la sociedad y, posiblemente, su disponibilidad erótica.

24 En náhuatl se les denominaba ahuianime, que quiere decir alegre.  Según la traducción de Sahagún la puta es mujer pública y tiene lo siguiente: que anda vendiendo su cuerpo; comienza desde moza, y no lo pierde siendo vieja, y anda como borracha y perdida [...] Tiene también de costumbre sahumarse con algunos sahumerios olorosos y andar mascando el tzictli para limpiar los dientes, lo cual tiene por gala; y al tiempo de mascar suenan las dentelladas como castañetas. Sahagún, Bernardino de, op. cit., p.891.

No obstante, la obra de Sahagún nos confunde, nos lleva de la credulidad a la duda, bajo las contradicciones nos queda preguntarnos, si la condena que efectuaban los pueblos nahuas a la sodomía era la de merecer morir quemado, ¿por qué los notados sodomitas, se mostraban y sin vergüenza mascaban tzictli? ¿a caso les era indiferente ser inculpados y morir quemados?

Bibliografía

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Gruzinski Serge, “Individualización y aculturación: la confesión entre los nahuas de México, entre los siglos XVI-XVII”, en Sexualidad y matrimonio en la América Hispánica, siglos XVI-XVII, México, CONACULTA-Grijalbo (los noventa), 1991.

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Lavrin Asunción, “La sexualidad en el México Colonial: un dilema para la iglesia,” en Sexualidad y matrimonio en la América Hispánica siglos XVI-XVII, Asunción Lavrin (coordinadora), México D.F., Editorial Grijalbo, 1992.

León-Portilla, Miguel, “Introducción” en Cantos y crónicas del México antiguo, Edición de Miguel León-Portilla, Madrid, España, Editorial Dastin Historia, 2003.

Molina Alonso (Fray), “Confesionario mayor en la lengua mexicana y castellana” (1569) (Edición facsimilar), México, Suplementos al boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1972.

Olmos Andres (Fray), “Tratado sobre los siete pecados mortales,” Paleografía del texto náhuatl, versión española, introducción y notas de Georges Baudot. México, UNAM, 1996.

Sahagún, Bernardino, “Historia general de las cosas la Nueva España,” México, D.F. Cien de México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2002.

Tomás y Valiente Francisco. “El crimen y pecado contra natura” en Sexo barroco y otras transgresiones premodernas, Madrid, España, Alianza Editorial, 1990.


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