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ANÁLISIS Y VALORACIÓN JURÍDICA DEL JUICIO PENAL EN CONTRA DE JESUS DE NAZARET

Jesús Cerda Cruz




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b. Segundo interrogatorio, sentencia y remisión al Procurador

El Presidente del Senado judío, José Caifás, administró personalmente el segundo interrogatorio a Jesús de Nazaret –el primero lo había conducido, también ilegal y arbitrariamente, el ex Presidente Anás-, preguntándole: “¿Eres tú el Cristo, Hijo de Dios Bendito?” El indiciado contestó a la pregunta inmediatamente; El conocía perfectamente lo que ocurriría a su persona al afirmar que lo era; y El, siendo todo valor y todo verdad, contestó con absoluta verdad: “Yo soy, y aún te digo más: un día verás al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo”.

Cuando el reo concluyó de decir esto, en el mismo instante la máxima autoridad administrativa, judicial y religiosa de los judíos, José Caifás, se rasgó su vestimenta de sumo sacerdote y exclamó ante todo el Senado: “Ha blasfemado”. “Reo es de muerte”, contestaron los miembros del resto del gobierno judío, y en el mismo acto procedieron a golpear al inculpado y a escupirlo en su cara y en su cuerpo, injuriándolo y maldiciéndolo, llenando su persona de toda clase de improperios y vejaciones, lastimando su cuerpo con empellones, y su rostro lo ensuciaba la saliva que le arrojaban, permaneciendo ésta sobre su cara, encontrándose atado de sus manos.

El Hijo de Dios Padre, con tales agresiones, estaba en forma gradual siendo acabado físicamente en su naturaleza de hombre. Desde el sufrimiento corporal, mental y espiritual padecido en el jardín de Getsemaní cuando se inició y El preveía el resto de su Pasión: fue demasiado grande su dolor al sentir y vivir ahí mismo la traición de uno de sus amigos, Judas, quien era entre todos los apóstoles su único paisano judío igual que El, y al que también como los otros once había preparado para que fuera Obispo; el hecho de la hematidrosis –sudar sangre- en el mismo Huerto de lo Olivos, lugar de la ilegal detención; el desvelo de toda la madrugada más los ataques a su físico y humillaciones, el cansancio y la debilidad, hacían que corporalmente disminuyera su energía y su fuerza. .

"Avanzó Cristo unos pasos y, de repente, sintió en su cuerpo un ataque tan amargo y agudo de tristeza y de dolor, de miedo y pesadumbre, que, aunque estuvieran otros junto a El, le llevó a exclamar inmediatamente palabras que indican bien la angustia que oprimía su corazón: 'Triste está mi alma hasta la muerte.' Una mole abrumadora de pesares empezó a ocupar el cuerpo bendito y joven del Salvador. Sentía que la prueba era ahora ya algo inminente y que estaba a punto de volcarse sobre El: el infiel y alevoso traidor, los enemigos enconados, las cuerdas y las cadenas, las calumnias, las blasfemias, las falsas acusaciones, las espinas y los golpes, los clavos y la cruz, las torturas horribles prolongadas durante horas. Sobre todo esto le abrumaba y dolía el espanto de los discípulos, la perdición de los judíos, e incluso el fin desgraciado del hombre que pérfidamente le traicionaba. Anadea además el inefable dolor de su Madre queridísima. Pesares y sufrimientos se revolvían como un torbellino tempestuoso en su corazón amabilísimo y lo inundaban como las aguas del océano rompen sin piedad a través de los diques destrozados".

"Alguno podrá quizás asombrarse, y se preguntará cómo es posible que nuestro salvador Jesucristo, siendo verdaderamente Dios, igual a su Padre Todopoderoso, sintiera tristeza, dolor y pesadumbre. No hubiera podido padecer todo esto si siendo como era Dios, lo hubiera sido de tal manera que no fuese al mismo tiempo hombre verdadero. Ahora bien, como no era menos verdadero hombre que era verdaderamente Dios, no veo razón para sorprendernos de que, al ser hombre de verdad, participara de los afectos y pasiones naturales de los hombres (afectos y pasiones, por supuesto, ausentes en todo de mal o de culpa). De igual modo, por ser Dios, hacía portentosos milagros. Si nos asombra que Cristo sintiera miedo, cansancio y pena, dado que era Dios, ¿por qué no nos sorprende tanto el que sintiera hambre, sed y sueño? ¿No era menos verdadero Dios por todo esto?"

"El miedo a la muerte o a los tormentos nada tiene de culpa, sino más bien de pena: es una aflicción de las que Cristo vino a padecer y no a escapar. Ni se ha de llamar cobardía al miedo y horror ante los suplicios. Sin embargo, huir por miedo a la tortura o a la misma muerte en una situación en la que es necesario luchar, o también, abandonar toda esperanza de victoria y entregarse al enemigo, esto, sin duda, es un crimen grave en la disciplina militar. Por lo demás, no importa cuán perturbado y estremecido por el miedo esté el ánimo de un soldado; si a pesar de todo avanza cuando lo manda el capitán, y marcha y lucha y vence al enemigo, ningún motivo tiene para temer que aquel su primer miedo pueda disminuir el premio. De hecho, debería recibir incluso mayor alabanza, puesto que hubo de superar no sólo al ejército enemigo, sino también su propio temor; y esto último, con frecuencia, es más difícil de vencer que el mismo, enemigo". (3)

(3) Santo Tomás Moro. La angustia de Cristo ante la muerte.

http://www.aciprensa.com/reportajes/passion9.htm; Ed. Rialp, 1989, pp. 12-22

Dios Padre, desde la oración del Huerto y durante toda la Pasión, dejó a su único Hijo totalmente sólo, sin que en tal soledad interviniera en su favor más que su condición humana -en ningún instante de estos acontecimientos el obrero de Nazaret echó mano de su poder de Rey del universo-, sujeto a la voluntad de los hombres, y sin que entrara en su ayuda su naturaleza suprema, soberana, justiciera, omnipotente de hombre-Dios.

"Jesus suffered not only on the cross but also before it. He was in such great fear and appalling agony that, as stated by Luke (22/24), His sweat became like great drops of blood falling down to the ground. Many scientists (Barbet 1953, Davis 1965, Micca 1969, Edwards et. al. 1986, Ball 1989) maintain that Jesus presented the very rare phenomenon of hematidorsis". (4)

(Traducción por Jesús Cerda Cruz): Jesús sufrió no únicamente en la cruz sino además antes de ésta. El estaba en tal gran miedo y aterradora agonía que, como lo establece Lucas (22/24), Su sudor se hizo como grandes gotas de sangre cayendo al suelo. Muchos científicos (Barbet 1953, Davis 1965, Micca 1969, Edwards et. al. 1986, Ball 1989) mantienen que Jesús presentaba el muy raro fenómeno de hematidrosis.

(4) EL JUICIO DE JESUCRISTO\ANATOMIA, FISIOLOGIA e HISTORIA EN LA CRUCIFIXION DE JESUS.htm

Así transcurrió todo el resto de la madrugada con toda forma de ofensas hacia el sentenciado y violaciones al Derecho. Hasta que llegó el amanecer del viernes veinticuatro de marzo. Legalmente, debido al tratado internacional entre Judea y Roma, la autoridad imperial era la única que podía administrar los procedimientos judiciales que tuvieran como máxima sanción la aplicación de la pena de muerte; para la autoridad judicial judía estaba prohibida por el Derecho romano toda diligencia en relación a estos juicios penales.

Las autoridades judías no podían convertir en legal la acción de asesinar a Jesús de Nazaret, ni querían ejecutarla directa y personalmente para así evitar la responsabilidad del crimen. El Derecho judío no establecía tampoco la crucifixión como aplicación de la pena de muerte. Jesús habría preferido ser muerto mediante lapidación, a pedradas, como habían sido ejecutados los profetas bíblicos; pero los miembros del Senado judío hasta ese derecho le quitaron. Consiguientemente, las autoridades judías no podían justificar legalmente ninguna de sus actuaciones; tampoco pudieron fundamentar su comportamiento ni la acción que pretendían de eliminar a Jesús de Nazaret.

Mientras tanto, Judas Izcariote, apóstol del reo, al conocer la condena del Senado judío, confesó por remordimiento de conciencia su actuación de delator en contra del detenido; se retractó de sus hechos de traidor, -había revelado a los judíos el lugar secreto (el Huerto de los Olivos) en el que en la madrugada del jueves se encontraba Jesús, para que ellos lo apresaran- por lo que regresó a devolverles el dinero en efectivo que les había cobrado a los gobernantes judíos al vender su indiscreción.

Las autoridades se negaron a recibir el dinero que Judas les devolvía, y le respondieron que toda la responsabilidad del hecho de delación era asunto exclusivo de él.

Los jueces del Senado judío condenaron al reo a muerte por el delito de blasfemia, y al amanecer, a las seis de la mañana, lo llevaron atado y en esa forma lo entregaron al Procurador Lucio Poncio Pilato, acusándolo en el Pretorio –lugar oficial en el que las autoridades romanas efectuaban los procedimientos judiciales de los extranjeros- de un delito muy distinto fraguado por ellos: el delito de maiestas, o delito en contra de la seguridad del Imperio de Roma.


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