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LAS RELACIONES ECONÓMICAS ENTRE ARGENTINA Y VENEZUELA (2003-2008). EL IMPACTO SOBRE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES

Mariano Roark


 

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Capitulo 2: Estructura económica argentina 2003-2008

2.1 Introducción

La evolución reciente de la estructura económica argentina se encuentra signada por los graves efectos socioeconómicos y políticos producidos por el colapso del modelo de desarrollo neoliberal profundizados desde principios de la década de los noventa, que terminó con la salida anticipada del presidente Fernando De la Rúa a fines del 2001. Las consecuencias estructurales de dicho modelo, las nuevas propuestas de política económica a partir de 2003 y los cambios en la economía internacional constituyen referencias claves para determinar el carácter de la dinámica actual de la economía nacional.

De este modo, con el objeto de brindar los elementos adecuados para elaborar un balance general acerca del perfil de la estructura socioeconómica de Argentina durante el período 2003-2008, el presente capítulo se abocará al estudio de cuatro parámetros fundamentales: la evolución de los principales indicadores macroeconómicos, la composición sectorial de las actividades productivas internas, el seguimiento del panorama social y el patrón de relacionamiento comercial externo.

2.2 Principales indicadores macroeconómicos

Tras el grave cataclismo que siguió al agotamiento del modelo de desarrollo neoliberal, a mediados del 2002, la economía argentina comenzó a mostrar signos de recuperación. Como se aprecia en el gráfico Nº 27, luego del derrumbamiento del 2001-2002 (donde el PIB se contrajo en alrededor de 11 puntos porcentuales, retrocediendo a valores de 1993), la economía mantuvo un ritmo constante de expansión, exhibiendo un índice promedio de crecimiento del PIB total y por habitante del 8,5% y 7,5% respectivamente entre 2003 y 2008, lo que permitió un aumento exponencial del producto interno bruto desde US$ 102.011 millones en 2002, a US$ 326.474 millones en 2008.

El origen de esta recuperación responde a un proceso complejo en el que se conjugaron, por un lado, el surgimiento de un contexto internacional favorable para la estructura exportadora tradicional de Argentina; y por otro, la puesta en marcha de un programa de política económica distinto al implementado durante los años noventa.

Respecto al contexto externo, el análisis del índice de precios de las materias primas (IPMP), elaborado por el Banco Central de la República Argentina (BCRA), demuestra que durante el período 2003-2008 la economía internacional experimentó un alza sostenida de los precios internacionales de las materias primas (motorizados principalmente por la demanda creciente de China e India), aumentando alrededor del 600% e iniciando un período particularmente beneficioso para el sector externo argentino (gráfico Nº 28). De hecho, los diez productos que se tienen en cuenta para la elaboración del IPMP , tuvieron una participación promedio del 41% en el total de las exportaciones argentinas entre 2003-2008.

En segundo lugar, en lo que hace al contexto interno, la llegada al gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007) marca una serie de rupturas importantes con la política económica mantenida durante la década anterior. A partir de la crisis 2001-2002, “en la Argentina se cierra un ciclo de casi 30 años y se abre un período de transición, donde se intenta definir un patrón de acumulación alternativo al de la valorización financiera” (Araya y Colombo, 2009). Este concepto de apertura hacia un proceso histórico de transición a partir del 2002 también está presente en Neffa, quien sostiene que se trata de “una crisis de un modo de desarrollo específico que, sin dar lugar a un cambio de modo de producción (capitalista), introdujo de lleno a la economía en un período incierto de transición” (Neffa, 2008: 45).

De esta manera, al constituir los años 2003-2008 un período esencialmente de transición hacia una nueva estrategia de desarrollo, si bien persisten ciertos rasgos del modelo económico neoliberal, es posible sostener que se han modificado una serie de pilares básicos del régimen de acumulación anterior. En este sentido, en contraposición al modelo económico mercado-céntrico de los años noventa, cuyas prioridades giraban en torno a sostener el equilibrio macroeconómico a través de la apertura comercial, desregulación financiera, flexibilización laboral y privatizaciones, el objetivo expresado por Kirchner ha sido reconstruir un capitalismo nacional, donde el Estado adquiera un papel principal como reparador de las desigualdades sociales en un trabajo permanente de inclusión (Kirchner, 2003a), redefiniendo el interés nacional en términos de proyecto productivo, industrialización, inclusión social y defensa de los derechos humanos (Araya y Colombo, 2009).

Este acercamiento a una estrategia de desarrollo de tintes keynesianos, que se ha dado en llamar “modelo de acumulación de matriz diversificada con inclusión social” (Kirchner, 2007), supone además del “regreso del Estado” como actor clave para el desenvolvimiento económico, la puesta en marcha de un programa amplio de promoción de exportaciones capaz de “apuntalar el programa económico interno, mejorar la posición internacional del país y reinsertarlo plenamente en el mundo” (Bielsa et al., 2005).

En este sentido, desde su discurso de asunción la administración Kirchner ha manifestado su convicción de “profundizar la estrategia de apertura de mercados, incrementar sustancialmente nuestro intercambio con el resto del mundo, diversificar exportaciones hacia bienes con mayor valor agregado, desconcentrar ventas por destino y multiplicar el número de exportadores de modo que los beneficiarios del comercio exterior se derramen sobre todas nuestras ramas productivas” (Kirchner, 2003a:8). En base a estos objetivos, el Ejecutivo desplegó una política comercial activa que incluyó la puesta en marcha de numerosos servicios públicos al exportador y la suscripción de una serie de acuerdos comerciales guiados bajo un criterio de “integración productiva” con países como China, Corea, la India, Sudáfrica, Venezuela o México, que consiguieron apartar las trabas que impedían el ingreso de varios productos locales.

Una forma eficaz para medir el impacto de estos nuevos lineamientos es el coeficiente de apertura de la economía argentina, estimado como el promedio de la suma de exportaciones e importaciones en relación con el Producto Interno Bruto. De acuerdo con cálculos estimados a partir de datos del CEI y del INDEC, el coeficiente de apertura pasó de 11% para el trienio 1996-1998 al 22% en 2006. La consecuencia inmediata que sigue a esta observación es que el sector comercial externo se ha convertido en un factor relativamente importante de la demanda agregada. Ahora bien, “parte de este incremento se explica por la corrección nominal a la baja en el PIB medido en dólares introducida por la fuerte devaluación del tipo de cambio real en enero de 2002; pero otra parte de ese brusco cambio en el grado de apertura responde, fundamentalmente, al desempeño de las exportaciones de bienes y servicios” (Bianco et al., 2007: 13).

La importancia de la alta performance del sector exportador se volvió aún más visible desagregando el coeficiente de apertura en términos de la contribución individual de las importaciones y exportaciones en el PIB. En este sentido, como se aprecia en el gráfico Nº 29, entre 1990 y 2001 el coeficiente de exportaciones arrojó un promedio de 7,5% respecto al PIB, mientras que durante el período 2003-2008 representaron el 22,1%. Esta expansión en la contribución de las exportaciones en el PIB, resultó de un crecimiento de las colocaciones externas argentinas de alrededor del 267% entre 1998 y 2008, pasando de 26.434 millones de dólares, a 70.588 millones de dólares respectivamente.

Ahora bien, “es inevitable asociar este comportamiento a una reacción positiva del aparato productivo al esquema de rentabilidades y precios relativos implícitos en el cuadro macroeconómico post devaluación, que, en general, alienta la producción doméstica de bienes transables” (Bianco et al., 2007: 108). De este modo, la piedra angular de la estrategia de reinserción internacional giró en torno a la finalización del régimen de convertibilidad, impuesto durante el gobierno de Carlos Menem en la década del noventa. Como se aprecia en el gráfico Nº 30, durante el período 2003-2008, el modelo de paridad de cambio fijo con el dólar ha sido sustituido por un tipo de cambio controlado que flota en una franja de alrededor de los tres pesos por dólar, a través de una intervención activa del Banco Central.

En suma, como señala Kosacoff (2007), la conjunción de una demanda externa en expansión, que absorbió mayores volúmenes a precios más altos, sumado al establecimiento de un tipo de cambio real que permaneció en valores históricamente elevados tras la devaluación marcó la evolución macroeconómica del período. Gracias a esta doble influencia, como se observa en el gráfico Nº 31 el saldo en la cuenta corriente durante el período 2003-2008 arrojó un resultado positivo sostenido, promediando un superávit de $6.504 millones de dólares anuales.

Este fenómeno constituye otra de las diferencias del período 2003-2008 en relación al modelo económico de los años noventa. Como sostiene Daniel Berretoni (2006), el hecho de que el superávit comercial se haya mantenido elevado a pesar del dinamismo de la economía resulta algo inédito en relación a los períodos previos. En la década del noventa el crecimiento de la economía estaba asociado a un crecimiento del déficit de la balanza comercial y de la cuenta corriente del balance de pagos.

En este sentido, de acuerdo con Damill (2000), durante el régimen de convertibilidad, en particular en las fases de crecimiento, la lógica de funcionamiento de la balanza de pagos suponía el financiamiento de los crecientes déficit de cuenta corriente a través de la cuenta capital y financiera. En tanto el ingreso de capitales fuera suficiente, posibilitaba un incremento en las reservas internacionales compatible, dentro del régimen monetario vigente, con la expansión monetaria y de crédito interno reclamada por la evolución de la economía local. En momentos de insuficiencia de capitales externos, se disparaba automáticamente un mecanismo de ajuste recesivo que disminuía el déficit corriente, en línea con la menor disponibilidad de financiamiento externo por el lado de la cuenta capital.

De este modo, a lo largo del período de la Convertibilidad, se produjo una importante acumulación de reservas, sustentada esencialmente por la colocación de deuda externa pública, que funcionó de manera compensatoria ante la aparición de déficit de los sectores privados, sobre todo durante los períodos contractivos (gráfico Nº 32).

Asimismo, íntimamente ligado con la expansión fenomenal del sector externo, las reservas internacionales de divisas absorbidas por el Banco Central experimentaron una fase sostenida de crecimiento entre 2003-2008, pasando de 10.485 millones de dólares en 2002 a 46.386 millones en 2008, lo que significó un aumento del 342% (gráfico Nº 33).

Respecto a las cuentas públicas, la contribución de los derechos de exportación y el fuerte incremento de la recaudación por impuestos sobre la actividad y los ingresos internos elevó al coeficiente de tributación a niveles netamente mayores que en períodos previos (gráfico Nº 34). Esto sostuvo apreciables superávit primarios y, al mismo tiempo, permitió un considerable incremento del gasto del gobierno que resultó clave para el incremento de la demanda interna (Cetrángolo et al., 2007).

Por otro lado, la reestructuración de la deuda pública formalizada a comienzos de 2005 redujo el volumen de las obligaciones y alivió los flujos de pagos comprometidos (gráfico Nº 35). De acuerdo con Berretoni (2007), la relación deuda externa/PIB se ubicó en 72% luego de la reestructuración, después de alcanzar 160% durante el 2002, pero todavía permanece en un nivel muy elevado dentro de los parámetros de las economías periféricas.

En consecuencia, el sector público generó excedentes financieros, de manera que no presionó sobre los mercados de crédito, ni estuvo especialmente condicionado por los vaivenes de opinión en esos mercados. En este sentido, de acuerdo con Kosacoff (2007), el mantenimiento de holguras fiscales y en las cuentas externas ha sido un rasgo característico y saliente del episodio, y alejó la perspectiva de un freno originado en el endurecimiento de esas restricciones de presupuesto.

Por último, la evolución de la inflación en la economía argentina, quizás el agregado macroeconómico más discutido durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, ha permanecido como un problema difícil de controlar. En un contexto donde la estructura de precios relativos seguía en transición, con el gasto interno en fuerte expansión, y tendencias a la apreciación real frente a valores crecientes de los bienes transables, se configuró un movimiento inflacionario que tomó cierto impulso, dentro de rangos moderados (gráfico Nº 36) y en el que el juego político de sectores de poder opuestos al gobierno también jugó un rol destacado. La política económica manifestó preocupación por esa evolución (ya que entre otras cosas, amenazaba con neutralizar la competitividad-precio del “modelo de dólar alto”, base fundamental del modelo económico), y, al mismo tiempo, buscó evitar frenar la suba de la demanda interna disminuyendo el gasto público.


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