BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

CATARSIS POR BARRÍOS

Mario Antonio Turcios Flores


 


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Capítulo 5 Osicala, pasión y muerte

Mi primera compañera en esta revolución fue mi madre. Ella una partera de profesión por ende defensora y comprometida con la vida me enseñó a involucrarme a ser activo en los cambios sociales y no un simple espectador.

La década de los 70 del siglo pasado fue una antesala de convulsión, la guerra en el plano político estaba llegando a su fin, las manifestaciones y descontento social de obreros, estudiantes, profesionales y campesinos aumentaban cada día, al igual que el accionar de los Escuadrones de la Muerte, paramilitares de ultraderecha que eran el azote en manos de los verdugos.

Las expresiones de descontento llevaban a muchos a tomarse las calles e iglesias para denunciar la injusticia social del momento. En las zonas rurales los grandes terratenientes se sentían tan seguros y negaban a los campesinos el acceso a las tierras. En ese marco llegó Ramón Fuentes al caserío Barríos, trajo su ganado y con el pretexto de que necesitaba pastarlo nos negó el acceso a la tierra, ya no nos rentó los terrenos para la siembra de maíz, maicillo y frijol. Alimentos básicos para la población campesina.

Al igual que todos los habitantes de Barríos tomamos la decisión de irnos, nos iríamos a vivir a Osicala, un pequeño pueblo ubicado al norte de San Francisco Gotera, pues teníamos el apoyo de mi tío Carlos Flores. Barríos se dispersó. El tío Carlos era mayor que mi papá, un hombre fuerte de unos 60 años. Pertenecía a la Comisión Cantonal de Agua Zarca de Osicala en el departamento de Morazán. Se encargaba de mantener el orden en la comunidad y reclutaba jóvenes para el servicio militar del gobierno.

Nos esperaba un futuro incierto. Era temporada de cortas de café y necesitábamos dinero para alquilar tierra y cultivar. Recuerdo a Jorgito Guevara era un joven de 23 años de edad, estatura mediana, barba entera y piel blanca. Tenía una tienda de artículos de primera necesidad. Vivíamos frente al cementerio de Osicala en un cruce de calles, camino a San Simón y a la hacienda de Los Calderones.

Jorgito Guevara decía que se sentía orgulloso de tenernos como vecinos, nos regalaba maíz, frijoles y arroz y todo lo que necesitábamos en casa. Yo tendría 10 años y como todo niño gustaba de las golosinas. Jorgito nos regalaba dulces y frutas, a mis hermanitos, sobrinos y a mí. Era un buen hombre nos ayudó a conseguir trabajo y ayudó a mi mamá a poner su propia tienda. Decía que “si todos fuéramos amigos no tendríamos guerras y reinaría la paz…yo creo que las guerras son caras y la paz es gratis”. Decía.

Mi mamá no era mujer de negocios, ella era una mujer comprometida con la vida, abnegada y leal a sus ideales y fiel a sus principios espirituales. Era una partera autorizada por el Ministerio de Salud y pertenecía a la orden Franciscana de San Francisco Gotera, así que no tardó en hacer contactos con las autoridades eclesiales y de salud de Osicala. Esto nos traería serios problemas.

Mi mamá se hizo responsable del control prenatal, natal y posnatal de las áreas, ella coordinaba las actividades religiosas referente a las fiestas patronales junto al párroco de Osicala. Eso la convirtió en activista revolucionaria y enemiga del gobierno, no por que ella así lo quisiera, sino por que el gobierno elige a sus enemigos.

Mi madre vivía entre el pueblo y para el pueblo, se solidarizaba con su dolor, compartía sus tristezas y mitigaba así sus sufrimientos.

Era 1978, yo cumplía los 11 años, he iniciaría el tercer grado, yo era el penúltimo de 15 hijos. El sueño de mi mamá era que yo fuera un sacerdote; conversó con el párroco al respecto y él se comprometió a ayudarnos por medio de unas familias en España. Pronto viajaría a España, pero mientras el sacerdote sería mi instructor, yo le apoyaría en sus actividades cotidianas; ordenar el pulpito, subir al campanario y repicar las campanas anunciando el inicio de la misa; pero entre todos esos menesteres había una actividad muy particular; cada semana el sacerdote me mandaba a dejar recados a personas extrañas. A veces iba al río, otras a la cancha de futbol me parecía misterioso aquel sigilo. Algo me decía que nunca iría a España y que nunca sería un sacerdote.

Recuerdo a mi padrino Porfirio Zaravia, era originario de San Antonio Silva en el departamento de La Unión, huyendo de la represión vino a vivir a Osicala. Tenía 30 años de edad, estatura media y poco gordo, se dedicaba al cultivo y a la ganadería. Era un hombre de fe, en su casa se realizaban predicas católicas.

En una ocasión el sacerdote me mando a dejar un recado muy especial, a la persona más especial para mí: a mi madre; el recado tenía información sobre una reunión que se realizaría en la casa de mi padrino. Mi mamá me asignó vigilar el camino que de Osicala conducía a la casa de mi padrino, me pidió que le avisara si veía venir hombres vestidos de verde, cascos, polainas y con fusiles; me di cuenta que se refería a la guardia; temible y despiadado cuerpo de seguridad al servicio de la oligarquía.

Como todo niño yo era muy curioso y quise enterarme de lo que sucedía en esa reunión, así que con mucha cautela me acerqué a la casa y por las hendiduras de la pared vi hacia adentro, increíble ahí estaban las personas a quienes yo les entregaba recados y que por primera vez las veía en “la predica”.

Estaba ahí una jovencita de baja estatura, morena, muy bonita, vestía zapatos de hombre, pantalones de lona y camisa manga larga, se veía linda aunque vestida de hombre, se llamaba Emérita Vásquez. Mi hermano Alfonso estaba impresionado con ella. El amor tocó a su puerta, pero las cosas no serían fáciles, mi hermano sólo tenía 16 años de edad, fue su primer amor. Conversó un momento con ella y luego todos se marcharon.

Emérita aparecía una vez cada dos meses y lo primero que hacía era visitar a mi hermano, sin importar lo que la gente murmuraba, pasaban horas platicando en el parque del pueblo; ambos alimentaban el sueño de ser libres y tener su propia familia.

A medida el tiempo transcurría la crisis política se agravaba, el riesgo de un día ser aprendidos y desaparecidos aumentaban para los jóvenes enamorados; la gente continuaba susurrando y lo que antes era un secreto ahora ya todos sabían que la pareja estaba comprometida con la revolución. Esta causa tarde o temprano los llevaría a una desgracia.

Beto el careto era un hombre muy moreno, ojos negro, cabello lacio y muy alto, él era el informante de la guardia, era el fantasma que rondaba los novios, su misión era capturarlos y torturarlos e incomunicarlos; de pronto y mientras mi padrino apacentaba el ganado en el potrero, apareció el famoso Beto el careto con los guardias; ataron a mi padrino de los dedos pulgares y con las manos hacia atrás, lo torturaron golpearon su rostro hasta desfigurarlo, lo ataron a un árbol de nance y le dispararon por la espalda. Eran las 4 de la tarde, los guardias se marcharon no sin antes dejar un recado a mi hermano y a su novia sobre el cadáver de mi padrino.

La guardia volvía a causar terror, dejaron a una viuda con cinco niños en la orfandad. Jorgito el vecino bueno, ante ese panorama suplico a mi mamá que nos fuéramos de aquel lugar, pues estábamos en peligro. Una vez los soldados entraron a la casa, con los fusiles rompieron las puertas y le exigían a mi mamá que entregara las armas; nosotros no teníamos nada. Después nos dimos cuenta que lo que buscaban era un periódico que mi mamá recibía de manos de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, obispo asesinado por un escuadrón de la muerte en 1980. Mi mamá había escondido el periódico en el entejado de la casa.

Yo acostumbraba a visitar todos los domingos a la familia de Emérita, sus hermanos eran casi de mi edad, nos gustaba ir al río a bañar, e íbamos a los trapiches a tomar guarapo, mientras los trapicheros extraían el jugo de la caña de azúcar, pero todo eso despareció cuando días después de haber matado a mi padrino, los guardias llegaron a la casa de Emérita, violaron y mataron a una de sus hermanas llamada Miriam y mataron también a su madre María.

Miriam se parecía a Emérita, tenía 20 años de edad; don Valerio Vásquez era el papá de Emérita. Luego de ese hecho se unió al ERP junto a sus hijos: Lucio de 11 años de edad, Meo de 12 años y Juancito el mayor de todos. Cuando mataron a Doña María también mataron a la esposa de Juancito y a sus dos hijitos de 2 y 3 años de edad. Pero sería la última de las fechorías de Beto el careto pues si como soplón era muy hábil con las armas no lo era; acariciando una granada fragmentaria de fabricación estadounidense le explotó en las manos, su cuerpo voló en mil pedazos.

Emérita ya no fue más Emérita y se convirtió en la comandante Carolina engroso las filas del ERP. Mis padres decidieron que volviéramos a Barríos ante tanta persecución. Mi hermano Alfonso tuvo que separarse de su gran amor y solo quedaron como testigos los espíritus de las víctimas inocentes de aquella sangrienta revolución.

Mis sueños y sueños de mi madre de que yo fuera sacerdote se quedaron en Osicala. La historia de amor de mi hermano y Emérita despertaron en mi las ansias de amar y ser amado. El celibato habría matado mis ilusiones y yo no había nacido para ser esclavo del voto de castidad. Más bien debía antes cumplir con el compromiso de luchar por aquella anhelada libertad y construir mi propia familia.


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