BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

SOCIEDAD, DESARROLLO Y MOVILIDAD EN COMUNICACIÓN

Jorge Nieto Malpica (editor)


 


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Televisión, espectáculo y goce

Basilio Casanova Varela*

Abstract

Tratamos de pensar la relación existente entre la eclosión del espectáculo televisivo en la actual sociedad mediática y la crisis del sistema de valores que constituyó hasta hace no mucho tiempo el universo simbólico de la civilización occidental.

Palabras clave: espectáculo televisivo, reality-show, desmitologización, goce.

1. Desmitologización

Es un hecho prácticamente demostrado que Occidente se ha desmitologizado casi por completo. Es decir, que ha entrado en crisis, después de un largo y agónico proceso de deconstrucción, el sistema de mitos, leyendas, relatos y cuentos maravillosos que habían venido sosteniendo el universo simbólico de nuestra civilización. El universo simbólico, sobre todo, de las clases populares que constituyen el grueso de dicha civilización.

Un universo, habría que añadir, esencialmente narrativo —es decir, mitológico; incluso religioso—, constituido primordialmente por relatos, es decir, por formas narrativas y simbólicas cuya estructura básica era la de un trayecto simbólico que conducía hacia un fin, hacia un horizonte. Eran precisamente tales estructuras las que hacían posible la existencia misma de sentido, pues sabemos que no existe sentido en lo real.

Y bien, datos concretos de ese paulatino pero inexorable proceso de deconstrucción —y de desmitologización— los hay en abundancia. El profesor Jesús González Requena ha insistido suficientemente en ello:

“Nosotros los occidentales, modernos, posmodernos, no creemos en mitos. Y estamos satisfechos de ello, en ello ciframos nuestra superioridad sobre todos los otros pueblos.

Ahora bien, entonces, ¿en qué creemos? Creemos en la razón, en la ciencia, en la objetividad. Es decir: no creemos en nada; pues eso no es, en rigor, creer, sino constatar; constatamos lo que hay, lo contamos, lo medimos, calculamos su valor de cambio” (González Requena, 2005: 39).

El más claro, el más sintomático es, sin duda, el sendero que han ido tomando los medios de comunicación de masas, y especialmente el medio rey: la televisión.

El televisivo constituye hoy en día el texto —en el sentido que González Requena da a la noción de texto (González Requena, 1996) — más influyente a la hora de configurar nuestra realidad. De configurarla, de construirla, pues ¿de qué otra cosa puede estar hecha la realidad sino de aquellos textos que la configuran —y prefiguran—, que ayudan a construirla –pero también a destruirla, a aniquilarla, en la medida en que son ellos mismos, los textos, lo deconstruido?

Y quién puede dudar a estas alturas de que el texto emblemático, al menos hasta hoy, de nuestro tiempo, el más determinante, es el televisivo. Y bien, si un término conviene para definir este texto, éste es el de espectáculo: el espectáculo televisivo.

Pues a eso esencialmente, a puro espectáculo, puede afirmarse que ha quedado finalmente reducido el que otrora fuera un discurso, además, informativo —aunque siempre haya tenido, dada la naturaleza de su peculiar dispositivo, un fuerte componente espectacular.

2. Televisión y espectáculo de masas

¿Cómo, de qué manera podríamos caracterizar esa espectacularidad de la televisión actual? Pues diciendo, en primer lugar, que nada como ella nos devuelve, como afirma González Requena, la gravedad de nuestro actual marasmo civilizatorio:

“millones de espectadores abocados al consumo de un espectáculo incesante en el que la pulsión visual se alimenta de las huellas brutas —y brutales— del sufrimiento humano de manera inmediata, en ausencia de toda configuración simbólica, de toda estilización representativa” (González Requena, 2006: 3).

La energía que mueve hoy a millones de telespectadores a colocarse delante de la pantalla de su televisor a contemplar este tipo de programas, es esencialmente ésta: la de un deseo —aunque mejor sería llamarlo pulsión— sobretodo visual. Pero hablar aquí de deseo es hacerlo de una manera incorrecta, pues se trata en el fondo de movilizar algo todavía más intenso: el goce. El goce que produce por ejemplo contemplar el dolor y el sufrimiento ajenos — ¿qué otra cosa muestran si no hoy en día los reality-show o los talk-show televisivos? El dolor y el sufrimiento, decíamos, de los otros. Fracasos, desengaños, rupturas, infidelidades… y todo ello convertido en puro espectáculo; es decir, en algo sacado de ese espacio que debiera ser el de la intimidad, para hacer de él un espectáculo ofrecido a la mirada del espectador.

Es preciso hablar aquí, por tanto, de un consumo visual, escópico, de ese sufrimiento, que es así mostrado a quien lo contempla —y goza contemplándolo—, sin ningún tipo de mediación, de estilización, ni de representación. Porque nada del orden de una representación —y menos una de índole trágica—, se da en estos espectáculos televisivos: simple y llanamente la presencia —la presentación— bruta, lo más directa posible, de las huellas del sufrimiento humano capturadas y registradas por una cámara.

Los efectos antropológicos de dicho consumo espectacular parecen claros. El primero, y quizá también el más importante, la abolición de uno de los derechos fundamentales del ser humano: el derecho a la intimidad.

Pero hablar de abolición de un derecho es decir demasiado poco tratándose del espectáculo televisivo. Nos hallamos en presencia, por el contrario, de un proceso más radical y devastador; un proceso que amenaza con arrasar todo espacio íntimo. Pues no debemos olvidar que convertir una escena que debería ser íntima, en una escena espectacular es aniquilar, es destruir la intimidad misma.

Pero hay algo más. Y es que la persona que contempla dicho espectáculo, hecho con trozos capturados por una cámara del sufrimiento y del dolor de los demás, por hacerlo como lo hace, es decir, en el salón de su casa, ante una pantalla de televisión, convenientemente protegido y a distancia, es alguien que no puede en ningún caso tener acceso a la pasión del otro, ni saber nada de la compasión, sino ser más que un mero espectador de la misma; alguien, en definitiva, que disfruta y que goza viendo como otros sufren.

Si en el caso de los textos artísticos, por ejemplo, quien se acerca a ellos, quien los lee, puede en alguna medida hacer suya la pasión de su autor —la pasión de quien hizo esos textos, esas obras—, reviviendo así la experiencia en ellos cristalizada, nada de eso resulta posible ante textos puramente espectaculares como los que la televisión nos ofrece. Reducidos a la condición de espectadores de la miseria humana, la vemos —y disfrutamos viéndola— en el espectáculo televisivo, pero nada podemos saber realmente de ella, como tampoco nada hace posible, en ese dispositivo espectacular, una salida digna, por no decir heroica, a esa miseria hecha sólo con restos, fragmentos y desgarros.

Y muchos de los protagonistas de estos programas no dudan en exhibir, orgullosos, su triunfo ante las cámaras, haciendo gestos de victoria o mostrando, de manera casi obscena, los signos —un cheque (F.1) o un maletín (F.2)— de la única verdad que constituye la base de este dispositivo espectacular: que todo —incluidos ellos mismos— es mercancía; o también: que en este mercado todo se compra y se vende.

3. Punto de inflexión

Hace ya tiempo que las élites intelectuales descreyeron de la mitología e hicieron de la razón, del hombre como ser únicamente racional, su bandera. La Ilustración constituyó sin duda un momento decisivo de ese descrédito, pero ya antes, con Descartes, la hegemonía absoluta de la razón había empezado a consolidarse en Occidente. Un peldaño más en ese reinado casi total de la razón —de los hechos, de su facticidad— lo constituyó el naturalismo, a cuya cabeza podríamos situar la obra del Marqués de Sade.

Y está bien, sin duda, reivindicar la razón, siempre y cuando no olvidemos que ésta, actuando sola, puede, como bien nos recordó el pintor romántico español Francisco de Goya, “engendrar monstruos”. Y es que desde la pura lógica de la razón cualquier cosa es posible: es sabido que la solución final que el régimen nazi tomó de exterminar al pueblo judío, fue el resultado de un razonamiento lógico —y científico— casi perfecto. Y sin embargo cuanto sufrimiento humano no hubo de causar ese tan lógico como inhumano, y por eso también monstruoso, uso de la razón.

En fin: que hemos llegado en Occidente a ese punto —que quizás lo acabe siendo de inflexión—, en el que no queda más remedio que preguntarse si el desmoronamiento del universo simbólico constituido por nuestros mitos —también el mito cristiano, socialista en el fondo—, leyendas, ritos y tradiciones en general, ha tocado fondo. Y sobre todo: si no ha sido precisamente ese desmoronamiento de lo mitológico —que lo es del relato en general— lo que ha permitido esa eclosión final de lo espectacular a escala de masas, de ese consumo masivo del sufrimiento ajeno sin ningún tipo de freno ni contención. Al punto de que podemos hablar aquí de espectáculos esencialmente no muy diferentes a los que constituían la base del “circo romano” o los “autos de fe” medievales.

En definitiva, la llamada de los medios de comunicación de masas, de la televisión en especial, a gozar aniquilando toda intimidad.

Bibliografía

GONZÁLEZ R., J. (2005). “Dios”, Trama y Fondo nº 19, En: Asociación cultural Trama y Fondo, Madrid.

____________ (1996). “El texto: tres registros y una dimensión”, En: Trama y Fondo nº 1, Madrid.

____________ (2006). Clásico, manierista, postclásico. Valladolid: Castilla Ediciones.


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