BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

EL MIEDO EN EL NUEVO MILENIO: UN ABORDAJE ANTROPOLÓGICO PARA COMPRENDER LA POSTMODERNIDAD

Maximiliano E. Korstanje




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El Riesgo/Temor en el Turismo

La imagen destino ha sido un tema obligado de muchos investigadores en turismo de los últimos años, por no decir décadas. Al respecto, el profesor G. McCartney desde 1971 hasta la actualidad existe aproximadamente 65 estudios sobre las dimensiones y los factores que influyen en la construcción de un destino turístico. Sin embargo, no fue hasta el 11 de Septiembre, reforzado por los atentados un año después en Bali que el cuerpo de conocimientos disponibles en la materia fue puesto en duda (McCartney, 2008). Para Regina Schluter, es necesario considerar la posibilidad que el Turismo sea un fenómeno retráctil. Es decir, que se contraiga ante eventos y situaciones que impliquen cierto peligro para los viajeros como ser atentados, robos, asesinatos, crímenes u actos de otra naturaleza. Según nuestra autora, el protagonismo actual de la actividad puede verse condicionado por variables que el propio mercado no puede controlar. El consumo, y sobre todo el turístico, es un “acto voluntario” sensible por demás a la publicidad negativa de los destinos. La idea de hacer del viaje un momento memorable y positivo como recuerdo es el factor principal por el cual una persona elige (generalmente) un destino seguro (Schluter, 2008: 147-150).

Sobre los efectos específicos que las tragedias aéreas o los atentados provocan en la percepción de los turistas, un reciente trabajo de J. Weber sobre una encuesta de 520 personas de 62 países diferentes demostró que existe un gran contraste entre el género, edad y país de origen de los participantes sobre el riesgo a volar luego de los eventos sucedidos el 11 de Septiembre. La muestra se llevo a cabo en dos momentos, uno antes del 11-09 (Mayo y Junio) y el otro después (Febrero y Marzo de 2002). Validando otros hallazgos, Weber sugiere que los hombres consultados con una educación superior tienen menos probabilidades de dejar de volar en comparación con aquellos que no tienen títulos universitarios mientras que los estadounidenses tienen más probabilidades de dejar de volar que los no americanos. En este sentido, el comportamiento de los consumidores en los vuelos parece no estar afectado por los programas sensacionalistas de la TV (Weber, s/f). No obstante, la línea causal aquí se confunde. Otros estudios en la materia apuntan a que personas desarrolladas en medios rurales tiene menos probabilidades de verse afectados que aquellos residentes en áreas metropolitanas. Así lo demuestra el profesor Michael Yuan con su estudio sobre la percepción de sectores rurales canadienses y sus niveles de satisfacción al viajar a los Estados Unidos. La hipótesis del trabajo sugiere que estos viajeros no se han visto influenciados por los atentados al WTC en la medida de otros segmentos, lo cual a su vez parecería ahondar en la hipótesis que en contextos de urbanidad los impactos son mayores que en contextos de ruralidad; no obstante el autor asume que los niveles de satisfacción positiva se deben a los lazos familiares que unen a unos y a otros –ya que su motivo principal es la visita a familiares y amigos (Yuan, 2005).

Un extenso trabajo sobre 348 hogares clasificó a los consultados según el riesgo percibido a la hora de elegir un destino turístico. En forma general, los tipos con mayor ponderación fueron el riesgo a sufrir un accidente (3.5-2.95) y a sufrir un atentado (3.45-2.61). Pero en lo particular, el cluster 1 varía en consideración con el 2. Si bien, se acuerda que el viaje es un factor de riesgo y la seguridad es un aspecto más que importante a la hora de vacacionar en el primer grupo (cluster 1), el segundo grupo (Cluster 2) la percepción del riesgo es notablemente menor. El grupo número 1 estuvo formado en su mayoría por jóvenes, mujeres y personas semi o desocupadas mientras el segundo se conformaba con personas de mayor edad, jubilados o empleados full-time. Dentro de estas consideraciones, Floyd y Pennington-Gray (2004) sugieren que la edad, la ocupación y el género son variables influyentes en la percepción de riesgo. Pero nuevamente, el trabajo muestra fallas epistemológicas serias que sesgan los resultados. En primer lugar, las dos muestras (clusters) son desproporcionadas (n1= 134 y n2= 214). Aun cuando los autores den detalles sobre su conformación etárea y generacional, el método de recolección de información parece poco fiable. Los investigadores han recolectado la información por teléfono, y no especifican cuantas personas se han negado a participar.

Inmediatamente luego del atentado al WTC Floyd, Gibson, Pennington-Gray y Thapa midieron la percepción de riesgo entre los habitantes de Nueva York encontrando las siguientes características: a) los ataques o episodios trágicos interrumpen enseguida el tráfico aéreo, b) los riesgos en viajes de negocios son menores en comparación a los viajes de placer, c) los viajes y el turismo decrecen por la pérdida de confianza en la seguridad, d) la experiencia pasada moldea y reconfigura la percepción del riesgo, e) los viajes internacionales poseen una mayor percepción de riesgo, f) los encuestados no manifestaban intenciones de viajar en los próximos 12 meses, g) existen diferencias sustanciales con respecto a como los consultados perciben el riesgo y h) la renta y el ingreso condicionan las respuestas, aquellos con mayor ingreso mostraban mayor intención de viajar que los de menos ingresos (Floyd, Gibson, Pennington-Gray y Thapa, 2003). Uno de los mayores problemas de esta investigación fue el método de acopio de información. En efecto, los autores dicen haber recolectado las respuestas por medio de llamadas telefónicas. Cabe aclarar, que si bien esta metodología puede ser válida para ciertos temas, parece algo inocente que se pueden bucear en la profundidad del temor (y la vergüenza que ello implica) por un medio tan impersonal. Pero no todos los abordajes han ido por este rumbo.

Dentro de este contexto, un ejemplar estudio sobre una muestra de 1.180 viajeros internacionales de 14 países diferentes (con encuestas dirigidas en los Aeropuertos), revela que el riesgo es parte inherente en la toma de decisiones en cuanto a los destinos turísticos. Si bien los Kozak, Crotts y Law comprenden que las tragedias externas como el SARS, los ataques terroristas y las guerras condicionan los flujos turísticos, parece haber destinos inmunes a esta clase de eventos como el caso de Hong Kong. Tomando como marco referencial los aportes de G. Hofstede en cuanto al estudio de la cultura, los autores esbozan las siguientes conclusiones: a) un 83.8% respondieron que los riesgos elevados hacen cambiar los destinos, b) Aquellos que desean no cambiar de destino son hombres, mayores y catalogados en la escala de Hofstede con una tolerancia media a la incertidumbre; c) entre los riesgos percibidos primero está las enfermedades infecciosas y luego el “terrorismo”, d) la percepción negativa en caso de desastre natural o atentados también afecta a los países vecinos, e) los riesgos no recaen los países sino sobre regiones geográficas como un todo homogéneo y f) mientras los casos de terrorismo pueden ser identificados geográficamente países industrializados, el riesgo a una pandemia es focalizado en países subdesarrollados o del tercer mundo; g) los desastres naturales parecen no ser causales de cambio o cancelación de viajes; finalmente los autores invitan a complementar los estudios sobre las preferencias demográficas y sociológicas que podrían llamarse macro y su influencia sobre la percepción del riesgo/temor con las micro psicológicas estructuradas como las de Plog en la personalidad (Kozak, Crotts, y Law, 2007).

En Psicología Social de los Viajes y el Turismo, José Manuel Castaño presentando estadística comparativas a nivel mundial entre 2001 y 2002, pone realmente en duda que el Turismo háyase visto afectado por los atentados en Nueva York, Bali, Madrid y Mombasa o Egipto; como ya hemos sugerido sus bajas luego de un lapso tienden a repuntar o dirigirse hacia otros puntos. Si bien el autor reconoce los efectos adversos de este tipo de eventos, sostiene la OMT ha registrado en 2002 un total de 715 millones de llegadas por turismo internacional, unos 22 millones más que en 2001. En España según datos del IET a lo largo de 2002 arribaron 79.9 millones de visitantes extranjeros superando al año anterior en un 4.3%. Asimismo, escribe el autor “respecto a las repercusiones del atentado en Madrid (11 de Marzo de 2004), no parece que hayan tenido una gran significación en las cifras de visitantes” (Castaño, 2005: 2).

La postura del autor suscita el debate por cuanto no siempre los destinos colapsan por motivo del riesgo y el peligro, sino por motivos de saturación visual y ambiental que derivan en pérdidas del interés. En otras ocasiones, el famoso Dark Tourism enfatiza en la observación y visita de hechos históricamente trágicos. Por este motivo, analizar el impacto que ha tenido el 11 de septiembre en la opción de tal o cual medio de transporte como el destino turístico no siempre resulta sencillo y va acompañado de la incidencia de la actividad al P. B. I (u otros indicadores económicos). En ciertas circunstancias, cuando un destino es percibido como riesgoso o peligroso la demanda turística se re-encausa hacia otros destinos o regiones. En sí, los flujos turísticos no decaen sino que cambian. Por otro lado, para Aziz (1995) el capitalismo y el consumo parecen inscriptos en el turismo moderno occidental hecho por el cual los “atentados” como formas reaccionarias de protesta extrema hacia turistas se comprenderían desde una perspectiva simbólica como un ataque hacia los atributos distintivos de occidente.

La posibilidad de definir al turismo y a su evolución ayuda a Castaño en su tercer capítulo dedicado íntegramente al turista, viajero y a la teoría de los roles. Pertinementemente, el autor se pregunta ¿es todo viajero un turista?; y sobre esa cuestión basa todo el desarrollo posterior. En consecuencia, Castaño considera que para responder esa pregunta es necesario adentrarse en la teoría de los roles en Pearce (1982) por el cual se establecen diferentes parámetros de comportamiento y reacción en los viajes en concordancia con el rol ejercido. Bajo una tipología de 15 categorías que van desde el turista clásico hasta el antropólogo, Castaño sugiere que las conductas humanas en y hacia los viajes se encuentra relacionada con el rol del viajero.

De particular interés, asimismo, es el modelo de Plog (1972) (1991) por el cual los viajeros se dividen según el tipo de personalidad que representan. Estos constructos pueden clasificarse en tres alocéntricos, mid-céntricos y psico-céntricos. Por medio de un continuum los tipos alocéntricos buscan variedad y aventura, son seguros de sí mismos y no necesitan de viajes organizados; por el contrario, los psicocéntricos se mueven acorde a normas establecidas, son en ocasiones miedosos o nerviosos y necesitan de un viaje organizado. En trabajos posteriores Plog (1991) enumera 28 características que son extraídas de tres rasgos dominantes en la personalidad, a) la limitación del territorio, b) la ansiedad y c) el sentido de la impotencia. A estas dimensiones les agrega la energética/no energética como categorías anexas. El objetivo de Plog (cuyo proyecto fue financiado por compañías aéreas) llevaba como objetivo demostrar que aquellos con un alto poder adquisitivo que no deseaban volar (non-flyers) en sus viajes desarrollaban una personalidad de tipo fóbica con un alto tradicionalismo, y dependencia con “fuertes vinculaciones territoriales” a los cuales encasilla dentro del tipo psico-céntrico (Plog, 1973) (Plog, 1991).

En este contexto, se podría afirmar la siguiente hipótesis de trabajo, las personalidades psico-céntricas posee un mayor grado de sensibilidad y reclusión a los eventos negativos (riesgo) como atentados y/o similares en comparación a las personalidades de tipo alo-céntrico. Sin embargo, con respecto a estos trabajos Castaño (2005:84) sugiere irónicamente “Stanley Plog, uno de los psicólogo del turismo cuya popularidad tal vez no se corresponda, creo, con el rigor científico que presentan algunos de sus trabajos”, da que pensar sobre los resultados de tales abordajes. Más específicamente, los resultados de Plog fueron seriamente cuestionados por los hallazgos de Hoxter y Lester por el cual los destinos caracterizados por tipos alo o psicocéntricos no se corresponden en nada con las tipologías psico-graficas de ese tipo (Hoxter-Lee y Lester, 1988) (Castaño, 2005:89).

Hasta aquí hemos intentado reseñar en forma lo más objetiva posible todos los trabajos teóricos y empíricos relacionados al origen y efecto del 11 de Septiembre. En lo particular, comenzamos sugiriendo la idea que si bien el milenarismo, la creciente ola de percepción de la inseguridad que trae consigo la modernidad, o la culpa de acciones no asumidas son aspectos importantes a la hora de establecer las causas de esta nueva época que nos toca vivir, no parecen ser las causas principales. En concordancia con Holloway y Peláez sugerimos que toda guerra o estado de inestabilidad tiene como objetivo el adoctrinamiento interno de las poblaciones. El turismo y la migración moderna desafían no sólo la lógica misma del capitalismo sino además de los propios Estados Nación. Dentro de este contexto, los atentados y las ofensivas bélicas tienen como función lograr el equilibrio del propio sistema manteniendo las cadenas de solidaridad hacia la propia estructura nacional y excluyendo hacía los límites externos al extranjero. Si bien es cierto, que estos estadios implican sobre los ciudadanos una creciente inseguridad e inestabilidad cuya respuesta se encuentra orientada en la manipulación político-ideológica de lo que se denomina “el bien” y el “mal”. Siguiendo los aportes freudianos, surgen diversos grupos minoritarios sobre los cuales se depositan diversos estereotipos negativos con el fin de reducir la angustia y la ansiedad. Así como los inmigrantes representan un grupo fácil de identificar, por su parte, los turistas también parecen blancos fáciles en el extranjero para cualquier ataque cuya reivindicación geo-política busque la atención de la opinión pública internacional. El enemigo externo permite la consolidación hegemónica de la autoridad y la reproducción de la legitimidad.

En este sentido, coincidimos con el profesor Grosspietsch (2005) en que no existe una línea clara causal entre terrorismo y turismo; desde su perspectiva, la desigualdades económicas en combinación por otro tipo de deprivaciones provocadas por el turismo se ubican como la causa por la cual los turistas se ubican como blancos para los atentados políticos; sin embargo, también en cierto que en destinos como Bali donde existe una reproducción y distribución de la riqueza en la población local asociada a un efecto multiplicador del empleo, los atentados también son comunes. Tal vez, habrá que pensar seriamente que el Islam no es contrario a la idea de conocer otras culturas y gentes como tampoco a las excursiones, pero que en el turismo moderno sea vinculado al capitalismo occidental. Asimismo, cabe cuestionarse como bien lo hacen Paraskevas y Arendell, cuales son las construcciones que se hacen en torno al “terrorismo” y a la “violencia”. Ideológica y discursivamente en el caso del consumo turístico, en ocasiones el fin de milenio predispone para considerar la costumbre del otro como “corrupta y maldita” y por tanto plausible de ser castigada.

Desde una perspectiva micro-sociológica, diversos investigadores se han preguntado sobre los efectos que el 11 de septiembre ha traído tanto para al transporte masivo como para el turismo, entre ellos podemos señalar los siguientes: a) las mujeres tienen una mayor percepción del riesgo que los hombres, b) los hombres mayores tienen una menor percepción del riesgo que los jóvenes, c) los vínculos familiares disminuyen la posibilidad de experimentar riesgo en los destinos turísticos, d) los medios de comunicación son un interesante comunicador y transmisor de los eventos trágicos, en ellos el riesgo se transforma en temor, e) existen estructuras psicológicas que evaden el riesgo y otras que se ven atraídas por éste, f) la ansiedad y el pánico aumentan cuando no se muestra una salida clara al conflicto, g) entre los riesgos percibidos primero está las enfermedades infecciosas y luego el “terrorismo”, h) la percepción negativa en caso de desastre natural o atentados también afecta a los países vecinos, i) los riesgos no recaen los países sino sobre regiones geográficas como un todo homogéneo y j) mientras los casos de terrorismo pueden ser identificados geográficamente países industrializados, el riesgo a una pandemia es focalizado en países subdesarrollados o del tercer mundo; k) los desastres naturales parecen no ser causales de cambio o cancelación de viajes, y l) los viajes de placer parecen ser más sensibles a los riesgos que los de negocios.

Sin embargo, la mayoría de los estudios reseñados confunden morfológicamente riesgo, miedo y pánico. En ese contexto, las técnicas utilizadas para medir el riesgo/temor que puede experimentar un sujeto a la hora de elegir un destino turístico se hacen con una rigurosidad cuestionable. A este problema se le suma que las composiciones muestrarios son desproporcionadas para realizar comparaciones deductivas pertinentes o no estadísticamente representativas, y las pre-concepciones occidentales adquiridas (prejuicios) con respecto a la “violencia y el terrorismo”; estos estudios focalizan sobre los efectos negativos de un “enemigo externo” ajeno y enemigo de la cultura occidental. Si partimos de la base que el impacto negativo del terrorismo es transitorio en los destinos turísticos (Paraskevas y Arendell, 2007), también debemos comprender el mantenimiento implícito de sus usos discursivos. Durante mucho tiempo, a pesar de los esfuerzos de Irlanda del Norte por mejorar la imagen de Belfast, Londres había creado diferentes estereotipos, prejuicios y construcciones que vinculaban al irlandés con el vocablo “terrorista” y de esa forma perpetuar el orden socio-político británico dentro y fuera de la misma Irlanda del Norte (Korstanje, 2008). Por lo tanto, no queda del todo claro las direcciones que van tomando las diferentes percepciones de los consumidores y los usos que de ello pueden hacerse.

Es posible que la relación entre el sujeto y el “otro absoluto” quede vinculada por la acción de lo tremendo como categoría destinada a enfatizar esa desigualdad política. El punto central es que lo tremendo crea una dependencia casi absoluta entre el sujeto y el otro inmanente. En esta instancia, las categorías mencionadas se disocian del terror por cuanto establecen una oscilación entre lo concreto y lo totalmente desconocido. En ese contexto, el peligro no es ni religado y ritualizado (como en los casos anteriores) sino queda en suspenso de toda denominación posible y específica. Si tememos a lo posible, tenemos terror de lo imposible, y así la propia incapacidad de sentir la seguridad de nombrar y representar algo. En sí, el terror trae consigo una incongruencia de tipo lógico-racional por cuanto se remite a una ordenación sólo tenida en cuenta para ser transgredida. En este caso, no existe hábito sino solamente huida, fuga y el sujeto se encuentra constantemente en retirada. Al igual que lo siniestro, el terror tiene como función la despersonalización simbólica del sujeto por parte de la no pertenencia y la destrucción del ámbito. Por último cabe destacar que las posiciones que cada ciudadano experimenta con respecto al temor post-evento (traumático) son subjetivas, pero tienden a reproducir y perpetuar el orden político y económico del capitalismo moderno. Por lo general, las consecuencias negativas de los “atentados” tanto en pérdidas materiales como humanas son usadas para generar lazos de solidaridad que pueden o no ser políticamente manipulados. Esperemos, no sea el turismo o mejor dicho el daño que sobre él genera el terrorismo una excusa para otro tipo de prácticas cuya naturaleza no queda del todo clara. Porque en definitiva, el 11 de Septiembre no sólo ha representado un cambio cualitativo en como percibimos el mundo que nos rodea, sino también los límites que separan nuestra mismidad identitaria de la otreidad; y es específicamente sobre ello que el fenómeno amerita seguir siendo investigado en forma inter-disciplinar. Todo parece indicar, que desde los griegos la construcción o la versión del otro no ha cambiado mucho como así tampoco esa obsesión paranoica por el orden y la seguridad.

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