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EL MIEDO EN EL NUEVO MILENIO: UN ABORDAJE ANTROPOLÓGICO PARA COMPRENDER LA POSTMODERNIDAD

Maximiliano E. Korstanje




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El Milenarismo como potenciador del World Trade Center

Es cierto que como testigos del cambio de un milenio, estamos en una situación privilegiada con respecto a otras generaciones. Precisamente, esta condición parece haberle dado al imaginario colectivo cierta perspectiva dramática con respecto al 11 de Septiembre, una especie de fin profetizado o guerra natural de las fuerzas del “bien” contra “las fuerzas del mal”. En otras palabras, cada mil años los hombres se cuestionan no sólo sus formas de organización socio-político y económicas sino además sus valores morales y religiosos. En este contexto, el milenarismo se presenta como una ola cuyo objetivo principal es la reforma moral por intermedio de la imposición del temor y la esperanza que un “mundo mejor” es posible.

La mayoría de las sociedades han interpretado a su manera la escatología “del fin de los tiempos”, apoyados en eventos políticos previos cuya simbología y significación se orientaron hacia una dinámica bipolar que apunta a señalar el propio grupo de pertenencia como los “elegidos de Dios” y a los adversarios como los enviados del “Anti-Cristo”. En este contexto, las siguientes conclusiones se presentan ilustrativas para ir resumiendo el trabajo de referencia:

1) Las sociedades se construyen acorde dos fuerzas en oposición; por un lado las fuerzas del orden y el bien situadas en antagonismo con el caos o el mal. En este punto, si el mundo en sus orígenes fue fundado por las fuerzas del orden, en su fin será destruido por las del caos. Pero esta supuesta destrucción implica el renacer de una nueva etapa de prosperidad y entendimiento.

2) La presencia de la muerte en la vida biológica del hombre implica una proyección con miras a una transformación y no a un deceso total. Así, como los hombres las sociedades mueren y se transforman.

3) Los contextos socio-políticos proyectan su telos o visión en las diferentes interpretaciones sobre los mitos escatológicos del fin del mundo. El grupo de pertenencia es afirmado en la creencia de ser los “elegidos” a la vez que los enemigos son denostados y despreciados como “hijos de las fuerzas del mal”.

4) Todo proceso histórico no es ajeno sino que alimenta un proceso que le sucede. En este sentido, el milenarismo ha sido transmitido de generación a generación a lo largo de los años, aun cuando en su superficie parece diferente no ha variado sustancialmente en su contenido.

5) El milenarismo se compone de dos elementos: por un lado, la idea del fin del milenio acompañado de un terror generalizado a la destrucción del mundo como lo conocemos va asociado a la esperanza del advenimiento de “un mundo perfecto”; por el otro, la presencia de la utopía como ideal discursivo que les da a las acciones de los hombres un sentido en el plan divino (o fin último).

6) El postmodernismo, a diferencia de otras épocas carece del elemento utópico y en consecuencia los movimientos milenaristas se ven envueltos en un terror insoslayablemente vinculado al fin sin esperanza. Esta especie de nihilismo existencialista occidental se ve en oposición con respecto a los movimientos nacionalistas y mesiánicos fuera de Europa.

Evidentemente, como señala el profesor M. Bull “en la historia de occidente, la creencia religiosa acerca del futuro ha consistido básicamente en la convicción escatológica de que la historia llegará a su fin con la llegada, o el regreso, de una figura mesiánica que vindicará a los justos, acabará con los enemigos de estos e imperará sobre un reino de paz y prosperidad” (Bull, 1998: 14). Es precisamente, la idea de un el principio y fin como procesos cíclicos renovados que siempre vuelven sobre sí (específicamente donde los extremos se tocan) lo que se ha puesto en duda en el occidente post-moderno y anti-utópico, y lo que genera mayor terror y desesperación.

Cabe preguntarse, entonces, ¿cuál es el papel o el sentimiento que predomina en aquellos que se denominan ciudadanos del milenio?. Para responder esta cuestión es menester adentrarnos en el segundo de los trabajos llevado a cabo por el profesor Christopher Rowland de la Universidad de Oxford. El autor analiza las doctrinas milenaristas adoptadas en la Europa del siglo XVII de los círculos judeo-cristianos; sobre todo del judaísmo antiguo y primeros cristianos. Más específicamente, Rowland sugiere que las primeras comunidades de cristianos recurrieron al género apocalíptico para reforzar la estima como los “elegidos”, o llegados al fin de los tiempos. En un análisis minucioso de los aspectos principales de los movimientos milenaristas, el autor sostiene que el propósito del Apocalipsis es revelar lo oculto para quien lo lea pueda comprender su situación presente desde una perspectiva que generalmente es otorgada por un poder divino. Así, la aceptación de un salvador se asocia con la lucha entre potestades con contenidos escatológicos. La devastación del mundo actual, corrupto y cuyas costumbres son abominables “ante los ojos de Dios”, viene seguida de una reforma constructiva y regeneradora del mundo caracterizada por una suerte de reforma moral profunda. Pero ¿cual es la diferencia de los milenarismo anteriores con el nuestro?.

Por otro lado, el trabajo de Krishan Kumar de la Universidad de Canterbury titulado El Apocalipsis, el milenio y la utopía en la actualidad, parece ser uno de los intentos más serios para responder a esta cuestión. En este trabajo el autor examina los sentimientos que predominaron en las sociedades europeas por el año 1.000 D.C. estableciendo ciertas comparaciones con el fin de nuestro segundo milenio. Aun cuando existían ciertos temores y tensiones años antes y después de esa fecha. En parte debido a las premisas de San Agustín sobre la época sexta y última, y también con la interpretación de algunos monjes medievales como Beda -el venerable- quien afirmaba que el mundo se acabaría en el año 1.000, lo cierto parece ser que el 1.000 D.C. no representó una etapa de gran cambio o terror para la sociedad europea. En tal contexto, si bien la Iglesia Católica de la época consideraba esta clase de vaticinios como herejías, lo cierto es que en la práctica las permitía y las fomentaba sobre todo cuando éstas eran funcionales a sus intereses políticos. De esta forma, la reforma Protestante haría lo propio continuando con las revisiones apocalípticas de la Iglesia Romana intentando vincular los diferentes signos a la figura de un anticristo real en la figura del Papa.

En la mayoría de los casos, los Apocalipsis contienen elementos discursivos tanto vinculados al terror que genera la destrucción de una realidad, pero también asociados a la esperanza que implica la refundación de un orden nuevo y más justo. Mismos sentimientos del fin de milenio en el siglo X, pueden observarse según el autor en nuestro propio mundo actual en los albores de los siglos XX y XXI; nuestro mundo así se torna mucho más peligroso e inestable en que siglos anteriores a la vez que un nuevo desorden mundial parece haber llegado a su punto de clímax. Occidente es testigo de guerras intestinas como así también de los largos períodos de recesión con cifras de desempleo que suben el 15%, generando una parálisis en la economía, el surgimiento de enfermedades mortales de características pandémicas, los desastres de tipo ecológico, etc. Sin embargo, si el milenarismo del siglo X traía consigo la idea de redención, de paz y de esperanza, el actual milenarismo post-moderno parece algo distinto.

Según nuestro autor, estamos en presencia de un milenarismo “de la perdición total” sin esperanzas ni deseos de una renovación moral profunda. El milenio ha llegado pero con él la idea de un futuro deprimente y desolador. El cálculo económico y la economía de mercado han hecho declinar la imaginación combinadas con una sensación de desasosiego y melancolía. Entiéndase ésta última en el sentido freudiano como un estado de “luto crónico”. En el desarrollo de su interesante ensayo, Kumar entiende que si modernidad, de los siglos anteriores, se ha caracterizado por una total negación a todo cierre utópico con una apertura hacia el futuro, la postmodernidad progresista significa una anulación de los tres tiempos (pasado, presente y futuro) generando una falta de alternativa y un vaciamiento de los valores morales; ya no se confía un futuro “siempre mejor” sino en el principio de la “anti-utopía”.

Es precisamente, según Kumar la negación de la utopía lo que caracteriza a la sociedad occidental de finales del segundo milenio, por tanto que el supuesto fin del mundo se torna una “llamarada de violencia” o una decadencia moral por medio del hastío sin posibilidad de que la muerte signifique una refundación; al hombre moderno no lo angustia tanto el fin del mundo o la venida del “Anti-Cristo” tanto como los problemas de superpoblación o la recesión económico mundial. En este contexto, Kumar explica que estamos en presencia de un “milenarismo devaluado” desprovisto de visión utópica que compense el inminente terror de la destrucción.

Encaminado el tema en tal dirección, el milenarismo cristiano prepara a los hombres para una “apacible espera” del fin de los tiempos y aun cuando no da fechas ciertas del suceso, esboza una serie de señales que nos llevarían a suponer o a imaginar por medio de la utopía en la prometida resurrección del mundo; empero el sentimiento post-modernista no sólo nos niega esa posibilidad sino además no nos da motivos para creer en ese momento. Como ya se ha mencionado, históricamente la idea de un nuevo milenio ha aportado un mensaje de esperanza a la vez que la utopía provee de un porque debemos cambiar aportando un elemento de deseo por la cual cualquier cambio es factible; aunque factible no es deseable.

Ahora bien, Kumar no niega que la utopía haya desaparecido totalmente de Occidente sino que sólo se ha agotado; los ecologistas por ejemplo siguen creyendo en los métodos para el fin ideal (telos) que persiguen pero sus convicciones no han podido traspasar las rígidas barreras de una sociedad indiferente ancladas en el consumo y el derroche energético; sólo la población se acuerda de los temas ecológicos cuando sobreviene alguna catástrofe de gran alcance. Por último, advierte el autor existen brotes de utopismo fuera de los límites occidentales cuya expresión puede observarse en los mesianismos nacionalistas y religiosos que promueven no la muerte del Estado Nacional (en manos de la globalización) sino su transformación radical en vistas de una emancipación total y purificada por acción divina. Entonces, concluye el autor “no deseo defender todo lo que se ha hecho en nombre de la utopía. Pero creo que muchos de los ataques contra ella interpretan erróneamente su carácter y su función. Como he tratado de sugerirlo, la utopía no trata principalmente de ofrecernos planes detallados de reconstrucción social. Su preocupación por los fines trata de hacernos pensar acerca de mundos posibles. Trata de inventar y de imaginar mundos para nuestra contemplación y nuestro deleite. Abre nuestro criterio ante las posibilidades de la condición humana” (Kumar, 1998: 259-260). En este punto, ¿ha sido el 11 de septiembre potenciado por el fin del milenio?; ¿Cómo comprender dicho evento y su influencia en los medios de locomoción a la luz de las disciplinas científicas que lo estudian?.


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