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EL MIEDO EN EL NUEVO MILENIO: UN ABORDAJE ANTROPOLÓGICO PARA COMPRENDER LA POSTMODERNIDAD

Maximiliano E. Korstanje




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El Miedo Político en N. Elías

Humana Conditio es un libro que focaliza en la naturaleza intrínseca de la humanidad, en sus miserias y en aquellas cuestiones que se tornan incomprensibles para el intelecto humano como el mal extremo. Como ensayo filosófico posee interesantes conclusiones y aportes que Norbert Elías propone como corolario del Aniversario del fin de la Segunda gran Guerra y la caída del Nacionalsocialismo. Si bien, el autor había precisado años antes una idea de evolución cíclica, evidentemente, las dos guerras mundiales son un claro revés para su tesis principal (una preocupación que comparte con Fromm y Arendt). Partiendo de la base que la humanidad tiende a ejercer menos violencia sobre el prójimo a medida que se refinan sus costumbres, hábitos y técnicas, las dos, pero por sobre todo la Segunda Guerra pone en jaque todo su desarrollo previo. ¿Cómo se explica la muerte injustificada de miles de civiles y personas inocentes de un pueblo que según los parámetros de Elías alcanzaba el grado de civilizado?.

Dentro de ese contexto, es necesaria una vuelta de tuerca a la teoría antes estipulada que permita comprender los hechos en base a un “diagnostico sociológico”. Recordemos al lector lo siguiente: en términos del propio Elías, el médico quien elabora su diagnóstico con respecto a la condición de un paciente movido por sus deseos personales, tiene probabilidades de arruinar la objetividad del reporte. Asimismo, el sociólogo debe llegar a un diagnostico, sobre el fenómeno que examina, dejando a un lado sus propia ideología o deseos personales. El principio de objetividad positiva en combinación con un método heurístico comprensivo al mejor estilo weberiano caracterizarán el trabajo de este gran pensador por el resto de su vida. Empero, mejor retornemos a la obra en cuestión.

En la actualidad, la ciencia y la técnica han hecho olvidar al hombre sus temores arcaicos al medio ambiente. La superstición y las creencias religiosas, considera Elías, han dado lugar a formas de creencias más “civilizadas” relacionadas al conocimiento y al avance tecnológico. Hoy un terremoto no es entendido como un castigo divino, sino que es estudiado contemplando todas las posibilidades físicas y variables intervinientes. Aun cuando resulten penosas sus consecuencias sobre la población indefensa, el hombre no mira al cielo preguntándose porque, sino que investiga las verdaderas causas del desastre. La diosa Fortuna ha dejado su lugar a la Ciencia. En palabras exactas del autor, “ante la amenaza de fenómenos naturales extra-humanos, el hombre es capaz de reprimir sus deseos y fantasías. El camino ha sido largo y laborioso, pero ahora, en las sociedades industriales más desarrolladas, se ha llegado a una homogeneidad social del lenguaje y del saber que ya permite a los niños de estas sociedades contemplar la naturaleza domesticada en la que viven sin temor a espíritus y hechiceros” (Elías, 2002: 26)

Los peligros y las amenazas, de esta manera, parecen haberse visto reducidas notablemente por medio de la “desmitificación” del mundo natural. No obstante, existen todavía temores y supersticiones de las cuales el hombre moderno no ha podido desprenderse. Elías se encuentra interesado en examinar (en detalle) como actúa el miedo político en las sociedades y su relación con la seguridad, la soberanía y la guerra. A diferencia de Foucault quien consideraba a la guerra como continúa ya sea en períodos bélicos o no, Elías intenta reforzar la apuesta conviniendo una clase de principio o ley humana universal: la necesidad de seguridad y la hostilidad.

Para una mejor comprensión del fenómeno, el autor introduce en su discusión al “principio de Prometeo” quien, según cuenta la mitología griega, ha sido castigado por desobedecer los deseos de Zeus y otorgarle al hombre la capacidad técnica de dominio sobre la naturaleza. Misma analogía puede observarse con Adán y Eva y el árbol de la sabiduría. El saber y la tensión cultura/naturaleza cumplen un rol primordial en la configuración de la política; no necesariamente distorsionantes (en términos foucaultianos) sino superadores. Eso lo revela, la historia de todas las civilizaciones humanas. Bajo la palabra furor hegemonialis o fiebre hegemónica, Elías enfatiza que una de las características básicas de los hombres es la necesidad de seguridad interna. Pero este sentimiento, lejos de ser satisfecho definitivamente, actúa en forma entrópica. La sociedad fija su régimen político, su ideología y sus fronteras estableciendo un clima de estabilidad en lo interno pero tarde o temprano comienza a percibir a su vecino como amenazante y peligroso. Hecho que lo lleva a movilizar sus recursos en un enfrentamiento armado. La dialéctica entre la guerra y la paz constituye el eje central para un nuevo estadio de civilización, más refinado y estable.

Por ese motivo, se ve en el deber “moral” de conquistarlo y expropiarle sus tierras, una vez que su empresa tuvo éxito considera que su nuevo vecino sigue siendo igual de peligroso y promueve una nueva acción bélica. Esta fiebre hegemónica, exige temporal y constantemente la anexión de nuevos territorios con el fin de reducir la angustia y el temor interno. “Cuando Alejandro hubo derrotado al rey persa, no se contentó con haber eliminado definitivamente el peligro de los griegos mediante la destrucción del reino persa y la formación de un imperio unificado griego-persa. Encontró en las fronteras asiáticas del reno persa pueblos que aún no estaban sometidos a su dominación y que, por consiguiente, representaban una amenaza para sus fronteras recién conquistadas. Cuando hubo vencido también a estos pueblos y ampliados las fronteras de su imperio hasta la desconocida Asia, encontró otros pueblos detrás de las nuevas fronteras que podrían amenazar la seguridad de su reino” (ibid, 35-36).

La lucha hegemónica se dirime por la conflagración bélica; y en consecuencia los estados intervinientes se involucran en luchas eliminatorias hasta que quedan dos o tres potencias que pueden logar estabilizar la región por un lapso de tiempo dado. La identidad de cada sociedad fija los valores y mitos por los cuales sus integrantes van a poder comprender los hechos que les rodean. Las sociedades infectadas con la fiebre hegemónica (Macedonia, Roma, España, Holanda, Alemania, Estados Unidos o Rusia entre muchas) construyen alrededor de sí una imagen distorsionada y exacerbada las cuales los llevan a legitimar la expansión territorial. En otras palabras, se instituye un mito de grandeza “por derecho de la historia” o por derecho natural” de la propia nación a pacificar o expandir el grado de civilización a otros pueblos. Aquí, la noción de civilidad y civilización, admite Elías, poco tiene que ver con la verdadera evolución humana la cual se desprende de la dialéctica hegeliana del enfrentamiento entre opuestos. Los hechos que atentan contra ese ego-nacional son distorsionados, olvidados y eliminados del pensamiento colectivo y los sistemas educativos. Ello implica que no sólo la historia sea contada siguiendo parámetros específicos sino también la sociedad refuerza su sentimiento de superioridad por medio de la imposición ideológica. Ideología, no huelga decir, que va a llevar e imponer en los pueblos conquistados.

El ejemplo de la derrota en la primera Guerra mundial de La Alemania de Bismarck que el nacionalismo germano no pudo soportar en conjunción al pacto de Versalles dio como resultado un sentimiento que señalaba Alemania había perdido por la traición de quienes habían pactado con Inglaterra y Estados Unidos en vez de las propias desinteligencias militares del propio Kaiser. Esta construcción ideológica no sólo fagocitó el “orgullo” y ese sentimiento de superioridad que ha caracterizado a los “germanos” sino que desembocó en el advenimiento al poder del Tercer Reich. Ricos, pobres, empresarios y campesinos encontraron en la tesis de la “puñalada” la excusa y la explicación que alimentó su nacionalismo. Empero, dicha observación se aplica también a otras situaciones y contextos. Si bien algunos eruditos sostienen que el mundo moderno se ha caracterizado por un alto grado de secularización y racionalidad política, Elías infiere que la ideología ha reemplazado a la religión pero lejos se encuentra aún la humanidad de encontrar un grado de madurez necesario para evitar vivir sin idolatría. La filiación de grupo, en este sentido, se ve acompañada por la solidaridad y el prestigio que condicionan el comportamiento individual de cada uno. “La participación del individuo en el destino y la reputación de su grupo o sus grupos es, como ya he apuntado, un hecho. Pertenece al destino del ser humano; es un aspecto de la conditio humana. Nada es más peligroso que la tendencia a esquivar esta realidad a través del disimulo o la postergación” (ibid: 62).

El miedo político en Elías al igual que en Robin, opera en dos dimensiones. Por un lado, el temor a una expoliación física por parte de los adversarios mientras por el otro existe un temor interno a que la “forma de vida” del enemigo destruya las propias instituciones. Entonces, cada grupo intentará demonizar a su rival considerándolo no sólo inferior sino “maligno” o “monstruoso”, creará del él una imagen distorsionada que permita identificar el propio estilo de vida como “el correcto, el virtuoso o el bueno”. Si el otro representa el mal, lo propio comprende al bien. La dignidad, la pureza y el peligro juegan en esta fase un rol primordial en la organización social (Douglas, 2007). Como ya hemos analizado, Elías intenta presentar “una condición humana” universal que explique la relación entre el temor político y la ideología. En este sentido, los esfuerzos del sociólogo alemán se pueden contrastar con E. Fromm o M. Foucault de quienes nos ocuparemos en un futuro no muy lejano.


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