BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

EL MIEDO EN EL NUEVO MILENIO: UN ABORDAJE ANTROPOLÓGICO PARA COMPRENDER LA POSTMODERNIDAD

Maximiliano E. Korstanje




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Diferencia entre temor y angustia

Uno de los problemas principales en los estudios relacionados con los miedos (desde uno leve hasta las fobias), es distinguir el sentido que se le ha de asignar a los términos riesgo, angustia y miedo. En ocasiones los investigadores confunden las definiciones o no las aclaran apriorísticamente en sus trabajos, hecho por el cual se complican las aplicaciones metodológicas posteriores y los resultados quedan seriamente comprometidos. Una definición operacional de riesgo se refiere a las probabilidades de concreción de consecuencias indeseadas producidas por cierto evento ajeno al sujeto, el cual a su vez puede afectarlo en forma parcial o total (Tierney, 1994).

A diferencia del riesgo que expresa una categoría cognitivo-perceptiva, el miedo o temor adquiere un carácter emocional y simbólico. De esta manera, el temor puede considerarse una “emoción humana básica e intencional cuya característica general es estar circunscripto a algo limitado, concreto e identificable en un determinado objeto, tiempo o espacio”. La proximidad del riesgo con respecto al sujeto condiciona la percepción de una amenaza y la posterior reacción, la cual puede ser de enfrentamiento o huída. El temor genera dentro del sujeto procesos de ritualización cuyo fin último es destruir, en virtud de una acción, el suspenso y el peligro que lo afectan de una manera imaginaria o simbólica. Sin embargo, aun luego de orquestados estos mecanismos regulatorios, en algunos casos el miedo puede resultar acechante hasta derivar en un grado extremo de terror o pánico. Cuando ello sucede, el sujeto abandona la confrontación directa y emprende la huida (Quarantelli, 1975) (Saurí, 1984) (Dupuy, 1999) (Quarantelli, 2001).

Desde esta perspectiva, P. Fraisse explica que una emoción (como el miedo o temor) puede experimentarse cuando la intensidad del riesgo supera a la capacidad del sujeto de dar una respuesta acorde a la situación. De ellas, tres situaciones son posibles como disparadores: a) lo novedoso, b) lo insólito y c) lo repentino. Por lo general, lo novedoso resulta cuando el sujeto no se encuentra preparado para enfrentar el estímulo externo. En este punto, a medida que el aprendizaje avanza, menor es la posibilidad de sentir temor. El segundo caso se refiere a situaciones las cuales, aunque no se repitan, ejercen un gran desconcierto en la persona, generando una gran carga de incertidumbre. Por último, lo repentino puede comprenderse como la situación en la cual existe un desfasaje entre el ritmo en que se lleva a cabo la actividad y la espera; por ejemplo una visita a familiares que, aun siendo planeada, se adelanta o se pospone. En esta línea de argumentación, el temor como cualquier otra emoción, sostiene Fraisse, es producto de estados elevados de motivación que trascienden las posibilidades o recursos del sujeto involucrado, en los cuales el temor desaparece en el momento en que éste emprende la acción; a medida que el aprendizaje proporciona recursos e instrumentos para hacer frente a las diversas restricciones del entorno, el temor se hace más tenue (Fraisse, 1973: 127-131).

La angustia, por el contrario, adquiere una característica longitudinal y estable que atraviesa todas las etapas históricas del sujeto; su conformación se encuentra ligada a valores mito-poéticos impersonales –en algunos casos ancestrales– y permanentes a lo largo del tiempo en la cultura. Su naturaleza obedece a un estado afectivo secundario de pesar y malestar cuya aparición inicialmente se da por una reacción ante un potencial peligro pero se mantiene presente en la vida social del sujeto. Según M. Heidegger la angustia debe ser comprendida como un estado de doble carácter. Mientras por un lado hunde de todo apoyo y apego en el territorio, por otro lado, deja al sujeto clavado y anclado en el vacío; así, existe entre el miedo y la angustia un diálogo constante. Según este autor, la angustia surge cuando el “Dasein” se encuentra con la nada y decide en su libertad continuar existiendo (Heidegger, 1997) (Heidegger, 1996) (Zubiri, 1991). Mientras la angustia está condicionada por lo que viene y se manifiesta en el ser hacía fuera, el miedo surge del accionar específico de los otros en mí, hacia dentro. Heidegger (1996: 47) aclara que mientras el miedo se funda a sí mismo en un objeto determinado (miedo-a o miedo-de), la angustia se caracteriza por una constante indeterminación (angustia-por).

Para S. Freud existe una distinción conceptual entre la angustia realista y la neurótica. La primera se refiere a la generada por peligros o riesgos externos al sujeto mientras la segunda se origina en amenazas pulsionales derivadas de la represión o la energía transmutada. De esta forma, el sujeto cae en una “neurosis de angustia” cuando se torna incapaz de reequilibrar la excitación sexual endógena. Por otro lado, la situación traumática es resultado del “desvalimiento del yo” por acumulación de deseos insatisfechos (Freud, 1996: 87-92). Al respecto, escribe J.P. Sartre, el hombre que en su libertad de elección se ve comprometido con su propia existencia se encuentra vinculado a un sentimiento de angustia. Asimismo, ella no es propia de la inacción sino que surge de la responsabilidad por la decisión que se ha adoptado. Un jefe militar, al toma la responsabilidad de atacar, tiene a su cargo una cantidad de soldados de quienes depende su vida; de la interpretación de una persona que ejerce la jefatura surge la angustia ya que enfrenta una pluralidad de alternativas pero sólo puede tomar una (Sartre, 1997: 18). En resumidas cuentas, el sentimiento surgido de la posibilidad de caer-enfermo por la gripe A, antes de contraerla realmente, obedece a una dinámica de segundo orden más relacionada con la angustia que con el miedo; sin embargo, ambos de un extremo a otro dialogan entre sí.


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