BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DESARROLLO HUMANO MULTIDIMENSIONAL

Julian Sabogal Tamayo


 


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EL VIRAJE DE LOS AÑOS SETENTA

La reflexión sobre modelos alternativos de desarrollo debe necesariamente analizar los cambios que ha sufrido el sistema capitalista en los últimos decenios. El cambio más significativo, en ese sentido, es el que tuvo lugar, a mi entender, en la década de los años setenta del siglo XX; en ese cambio nos detendremos en este apartado. Unas eran las condiciones con que se enfrentaron los socialdemócratas a finales del siglo XIX, que eran las analizadas por Carlos Marx y Federico Engels, otras las que enfrentaron los comunistas, en la primera mitad del siglo XX, y otras diferentes son las condiciones con que debe contar quien se proponga pensar en nuevas alternativas de futuro a inicios del siglo XXI.

La gran mayoría de los analistas comparte la idea de que estamos viviendo una nueva época en el desarrollo del sistema en el ámbito mundial. Pero las opiniones difieren cuando se trata de precisar el momento de ruptura y, más aún, la esencia de los cambios que han tenido lugar. A manera de ejemplo veamos lo que nos dice Peter Drucker.

Es discutible si la transformación actual empezó con el surgimiento del primer país no europeo, el Japón, como una gran potencia económica, o sea hacia 1960 — o con el computador, es decir, cuando la información se hizo central. Yo propondría como comienzo la Declaración de los Derechos de los Veteranos Norteamericanos después de la Segunda Guerra Mundial, que les dio a todos los soldados que regresaban de la guerra el dinero para asistir a la universidad, cosa que no habría tenido ningún sentido treinta años antes, al terminar la Primera Guerra Mundial (Drucker, 1994: 3).

En mi opinión, esta manera de ver el problema confunde las causas con los síntomas. Yo voy a proponer que el viraje tiene lugar aproximadamente alrededor de la década de los años setenta del siglo XX y que el componente esencial del cambio de época lo determina un nuevo modelo de acumulación de capital. Desde los tiempos de la revolución industrial, la tendencia de la producción era hacia la formación de empresas cada vez de mayor tamaño. De hecho la gran industria, y la fábrica como la expresión de su síntesis, fue la culminación del proceso de constitución del capitalismo en un modo de producción, la maquinaria es el reino de la plusvalía relativa, que es, a su vez, la forma avanzada de explotación capitalista. En este nivel, la producción capitalista no es ya un tipo de producción entre otros, como lo fue en las épocas de la cooperación capitalista simple y la manufactura, sino un modo de producción con supremacía indiscutible.

La máquina produce plusvalía relativa no sólo porque deprecia directamente la fuerza de trabajo, abaratándola además indirectamente, al abaratar las mercancías que entran en su reproducción, sino también porque en sus primeras aplicaciones esporádicas convierte el trabajo empleado por su poseedor en trabajo potenciado, exalta el valor social del producto de la máquina por encima del valor individual y permite así al capitalista suplir el valor diario de la fuerza de trabajo por una parte más pequeña de valor de su producto diario (Marx, 1976: tomo 1, 334).

Los primeros pasos del capital, como modo de producción desarrollado, se caracterizan por dos tendencias. De una parte, la producción industrial, particularmente la gran industria, y, de otra, la gran empresa. Esta tendencia permaneció inmutable a lo largo de dos siglos y alcanza su máxima expresión, su punto culminante, en las empresas automovilísticas, que llegaron a tamaños empresariales nunca antes vistos. El empresario norteamericano Henry Ford fundó en 1903 la Ford Motor Company, que, además de ser una empresa gigante, revolucionó los métodos de trabajo y de organización empresarial. Este fue el laboratorio en el que se pusieron a prueba las ideas administrativas de la llamada administración científica de Frederick Taylor. Este método logró la máxima expresión científica en la manera de explotar al obrero; V. I. Lenin lo llamo el método científico de exprimir el sudor. Con base en esta empresa alcanzó su máxima expresión el modelo de acumulación de capital iniciado con la revolución industria, en esta fase el modelo tomó el nombre de Fordismo. Se trata de una forma de organización de la producción industrial sobre la base de la producción masiva y en serie de los bienes de consumo duradero, la división funcional y operativa del trabajo –la banda de ensamble de Henry Ford y el trabajo taylorista– la distribución jerárquica de los salarios y la regulación administrativa de la acumulación de capital.

El biógrafo de Iacocca, uno de los más importantes ejecutivos de la Ford Motor Company, dice que es válido hablar del país de Ford:

Y nadie podía ignorar el hecho de que en este sector de Dearborn, Michigan, hasta donde alcanzaba la vista -hacia el norte, el sur, el oriente y el poniente- todo llevaba la marca de Ford. A la derecha, al sur de la salida de Ford Road, incluso algunas empresas ajenas a Ford, como el hotel Hyatt Regency y el inmenso centro comercial Fairlane, se ubican en terrenos pertenecientes al emporio automovilístico (Abodaher, 1986: 7-8)

En la década de los años setenta el modelo fordista, cuyo producto estrella es el automóvil, termina por perder el liderazgo y dar paso a un nuevo modelo, el de la empresa flexible cuyo producto estrella es el computador personal y, sobre todo, el software. No significa lo anterior que la gran industria o la gran empresa se hayan agotado, lo que significa es que estas ya no constituyen la vanguardia de la producción capitalista.

El nuevo modelo tiene como sustento material una serie de cambios tecnológicos, que constituyeron verdaderas revoluciones en su campo, como las siguientes: la revolución microelectrónica, las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones, la sustitución de materiales, la biotecnología, la ingeniería genética, etc. Lo que algunos denominan el machismo maquinista dio paso a la empresa flexible; en sentido figurado, se pasó de la guerra de posiciones a la guerra de guerrillas. Como anota Alvin Toffler:

A medida que el viejo sistema se desmembra, los anónimos burócratas-directivos que lo regentaron son expulsados por una tropa de guerrilleros compuesta por inversores, promotores, organizadores y directivos dispuestos a asumir riesgos. Muchos de estos guerrilleros son individualistas antiburócratas y todos están especializados en adquirir conocimiento (a veces ilegalmente), o en controlar su difusión.

La llegada del nuevo sistema supersimbólico de creación de riqueza no sólo ha cambiado el poder, sino que también ha cambiado su estilo. No tenemos más que comparar los temperamentos de, por ejemplo, John DeButts, el pausado y solemne caballero que llevó las riendas de la “American Telephone and Telegraph Company” durante el decenio de 1970 antes de que fuese desarticulada, y de William McGowan, que deshizo el monopolio de “AT&T” y creó la “MCI Communications Corp.” para competir con ella. Impaciente e irreverente, hijo de un sindicalista ferroviario, McGowan empezó vendiendo bolsos de cocodrilo de puerta en puerta; después recaudó fondos para los productores cinematográficos Michael Todd y George Skouras cuando éstos hicieron la versión cinemascópica de Oklahoma; más tarde fundó una pequeña empresa contratista de proyectos de defensa, antes de poner su punto de mira sobre “AT&T”.

O compare al cauto “estadista empresarial” que dirigió la “General Electric” durante casi dos decenios con Jack Weich, que se ganó el apodo de “Jack el Neutrón” por la forma en que desmanteló al gigante y volvió a darle nueva forma (Toffler, 1994a: 50-51).

Es válido pensar que el materialismo histórico, como método para comprender las tendencias de la historia, tiene vigencia en la interpretación de estos cambios. No fue la decisión subjetiva de los empresarios la que permitió los cambios, son, por el contrario, las revoluciones tecnológicas las que obligan a los mismos.

La nueva empresa es totalmente diferente de la fordista. Su tamaño es relativamente pequeño, en materia de instalaciones hay una enorme diferencia entre Ford Motor Company y Microsoft, Bill Gates no es Henry Ford. Como dice el pensador polaco contemporáneo Zigmunt Bauman:

Lo pequeño, lo liviano, lo más portable significa ahora mejora y “progreso”. Viajar liviano, en vez de aferrarse a cosas consideradas confiables y sólidas –por su gran peso, solidez e inflexible capacidad de resistencia–, es ahora el mayor bien y símbolo de poder (Bauman, 2006: 19).

La nueva empresa no ocupa un espacio específico, no pertenece en sentido estricto a un país. Los nuevos productos no solamente determinan el tamaño de la empresa, sino que han puesto en comunicación a las distintas partes del mundo; es eso lo que ha acelerado el movimiento del capital financiero por todos los países en tiempo real. Esto es lo que se ha dado en llamar globalización. A su vez, la posibilidad de la competencia entre pequeñas unidades y la ilusión de que todos los individuos pueden aspirar a ser millonarios, como lo logró Bill Gates, ha puesto de nuevo sobre el tapete la concepción liberal de la economía, esta vez con el nombre de neoliberalismo.

A la par con el cambio en el modelo de acumulación, ha sufrido una metamorfosis la subordinación del trabajo al capital. En la gran empresa y, por ende, en el modelo fordista, la subordinación del trabajo al capital es directa, al interior de la empresa, los obreros están subordinados al capitalista individual propietario de la empresa o a los socios propietarios de determinado monopolio, en la empresa flexible los trabajadores del mundo le rinden tributo al capital mundializado. Esto evidencia aún más la existencia de un Sistema mundo capitalista. Queda claro ahora, más que nunca antes, que el sistema capitalista no es un sistema particular o nacional, sino universal.

Un sistema mundial es un sistema social, un sistema que posee limites, estructuras, grupos, miembros, reglas de legitimación, y coherencia. Su vida resulta de las fuerzas conflictivas que lo mantienen unido por tensión y lo desgarran en la medida en que cada uno de los grupos busca eternamente remodelarlo para su beneficio. Tiene las características de un organismo, en cuanto a que tiene un tiempo de vida durante el cual sus características cambian en algunos aspectos y permanecen estables en otros. Se puede definir sus estructuras como fuertes o débiles en momentos diferentes en términos de la lógica interna de su funcionamiento (Wallerstein, 2005: tomo 1, 489).

Es claro que el actual sistema mundo, al igual que cualquier sistema social, es histórico. Es decir, tuvo su origen en un momento determinado de la historia y tendrá fin en otro momento.

Por su parte, la independencia relativa de un obrero respecto a un capitalista particular, ha echado por tierra muchas de las conquistas de los trabajadores, logradas en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. Entre las conquistas perdidas se pueden mencionar la estabilidad laboral, la jornada de trabajo y la misma organización sindical. Tomemos solo un ejemplo que nos trae el famoso economista norteamericano Jeffrey Sachs:

Esta empresa tiene un acuerdo singular con un hospital de Chicago, en el cual, al concluir cada día de trabajo, los médicos dictan los informes clínicos y los envían vía satélite, en forma de archivos de voz, a la India. Como entre uno y otro lugar hay una diferencia de diez horas y media, el final de cada día de trabajo en Chicago es el inicio de otro en Chennai. Cuando se reciben los archivos de voz, decenas de mujeres jóvenes que han seguido un curso especial de transcripción de datos médicos se sientan con los auriculares puestos ante pantallas de ordenador y teclean a toda velocidad introduciendo los informes clínicos de pacientes que se encuentran a unos quince mil kilómetros de distancia... Según su nivel de experiencia, ganan aproximadamente entre 250 y 500 dólares mensuales, es decir, entre una décima y una tercera parte de lo que podría ganar un transcriptor de datos médicos en Estados Unidos. Sus ingresos constituyen más del doble que los de un obrero industrial poco cualificado de la India, y tal vez multiplican por ocho los de un trabajador agrícola (Sachs, 2005: 44-45).

Las trabajadoras indias ganan mucho menos que las norteamericanas del mismo trabajo, no tienen jornada de trabajo ni estabilidad ni seguridad social, pero están satisfechas con su trabajo. Esta situación habría sido imposible medio siglo antes. La separación espacial entre el explotador y el explotado, es un fenómeno novedoso, propio del nuevo modelo de acumulación.

El fin del panóptico augura el fin de la era del compromiso mutuo: entre supervisores y supervisados, trabajo y capital, líderes y seguidores, ejércitos en guerra. La principal técnica de poder es ahora la huida, el escurrimiento, la elusión, la capacidad de evitar, el rechazo concreto de cualquier confinamiento territorial y de sus engorrosos corolarios de construcción y mantenimiento de un orden, de la responsabilidad por sus consecuencias y de la necesidad de afrontar sus costos (Bauman, 2006: 16-17).

Esto implica una mayor movilidad del capital en todo el espacio del planeta, desconociendo las fronteras, es el globo en su totalidad a disposición del capital. Pero unido a esto está el empeoramiento de la situación de los trabajadores. Junto con la ausencia de contratos a término indefinido, prestaciones sociales, etc. está el paso de lo que Bauman llama del desempleo a la superfluidad. Anteriormente, una parte de los trabajadores permanecía temporalmente desempleada, constituía un ejército industrial de reserva. Recordemos, a propósito, lo que afirma Carlos Marx en su obra El Capital.

Este descenso relativo del capital variable, descenso acelerado con el incremento del capital total y que avanza con mayor rapidez que éste, se revela, de otra parte, invirtiéndose los términos, como un crecimiento absoluto constante de la población obrera, más rápido que el del capital variable o el de los medios de ocupación que éste suministra. Pero este crecimiento no es constante, sino relativo: la acumulación capitalista produce constantemente, en proporción a su intensidad y a su extensión, una población obrera excesiva para las necesidades medias de explotación del capital, es decir, una población obrera remanente o sobrante (Marx, 1976: tomo 1, 533).

La disminución relativa del capital variable, de la parte del capital que se invierte en salarios, lleva a que una parte de la población asalariada permanezca cesante. Pero en las épocas de auge en el ciclo económico dicha población desempleada es absorbida por el aparato productivo. En otras palabras, el desempleo no es permanente. En la actualidad, los obreros que pierden su empleo, en su mayoría, no vuelven a recuperarlo. Las personas mayores de 35 años son consideradas viejas para obtener empleo. Por eso se habla de población sobrante para el sistema.

Antes la prueba de fuego de una buena sociedad consistía en puestos para todos y un papel productivo para cada uno. El prefijo “des”, en “desempleo”, solía sugerir una salida de la norma. Nada semejante sugiere el concepto de “superfluidad”. Ningún indicio de anormalidad. Que te declaren superfluo significa haber sido desechado por ser desechable.

La “población excedente” es una variedad más de residuos humanos. ...las “vidas indignas de ser vividas”, las víctimas de los diseños de construcción del orden, no son “blancos legítimos”… Se trata más bien de “víctimas colaterales” del progreso económico, imprevistas y no deseadas (Bauman, 2005: 57).

Los nuevos excluidos de los beneficios del sistema, que lo son en forma definitiva, acuden a maneras nuevas para buscar su supervivencia, mientras logren hacerlo. Al cambiar la situación de los seres humanos desfavorecidos en el modelo imperante, al pasar de ser un ejército industrial de reserva, ocupado por el capital en forma intermitente, a ser un conjunto de desechados por el modelo, sin ninguna esperanza futura, cambia el tipo de amenaza que los excluidos representan para los favorecidos del modelo: los dueños del capital y su ejército de gerentes, planificadores, asesores, etc. La lucha de los obreros en el capitalismo tradicional es básicamente una lucha sindical por mejores condiciones de vida, por mayor salario, por menor jornada de trabajo y por contratos a término indefinido, para impedir en la medida de lo posible el incremento del contingente de desempleados. Estas formas de lucha han venido siendo normadas, gracias a las conquistas obreras, el código laboral las garantiza.

En la nueva etapa, cuando los excluidos no son desempleados temporales sino permanentes, es decir desechados, las formas de lucha son muy diversas y novedosas, en su mayoría ilegales. La gran dificultad de la supervivencia impulsa a las personas a luchar desesperadamente por adquirir los medios indispensables para seguir viviendo.

Los métodos de defensa de los favorecidos del modelo también son diferentes ahora, en comparación con las del capitalismo sólido. En el caso de la lucha sindical los capitalistas, obligados a incluir los derechos de los obreros en la legislación, utilizaban contra ellos sus ejércitos de abogados y de economistas. Particularmente estos últimos se esfuerzan por demostrarles a los trabajadores, por ejemplo, que les son más favorables los salarios bajos que los altos. Los salarios altos, dicen en las negociaciones con los sindicatos, producen inflación lo cual es perjudicial para los mismos trabajadores, además de que disminuyen la contratación siendo causa del aumento del desempleo. Aunque estos argumentos luzcan contraevidentes, los economistas, en nombre de los empresarios y con el apoyo de los gobiernos, insisten en repetirlos presentándolos en una envoltura de teorías científicas y de modelos matemáticos. En cambio, los métodos que utilizan los desechados del capitalismo líquido para arrancar al capital los medios de vida no pueden ser enfrentados por los empresarios ni con malabares jurídicos ni con teorías científicas, sencillamente porque tales métodos no están en legislación alguna. Los métodos de defensa de los capitalistas en esta nueva etapa del modelo son las murallas de concreto y las alambradas electrificadas, que convierten las residencias de los empresarios en fortalezas similares a las de la Edad media, y los ejércitos de vigilantes y guardaespaldas. Estos se empiezan a utilizar no solamente por los empresarios individuales, sino también por los países. Nunca antes la lucha de los países del centro contra las migraciones de la población periférica había sido tan encarnizada. Por esa razón hoy los muros se levantan no solo por los empresarios para protegerse de los desechados, sino por los europeos para defenderse de los habitantes de África y por los Estados Unidos para protegerse de los habitantes de Centro y Suramérica.

Ha habido otra serie de cambios, de los cuales se habla con frecuencia, que es necesario analizar con algún detalle. Es el caso de la gran movilidad del capital por el globo, facilitada por el acelerado avance de las ciencias y las tecnologías de la información y las comunicaciones. Pero, además del componente técnico, no hay que olvidar el hecho de que la forma predominante del capital es el capital financiero, se trata de un capital especulativo que se moviliza fácilmente por canales virtuales. Asistimos hoy a la fase final de una hegemonía, donde la forma fundamental del capital es la mencionada.

A mediados de la década de 1970, como resultado de estas dinámicas que se reforzaban entre sí, el volumen de las transacciones puramente monetarias realizadas en los mercados monetarios extraterritoriales ya era varias veces mayor que el valor del comercio mundial. Desde entonces, la expansión financiera se hizo imparable. De acuerdo con algunas estimaciones, en 1979 las operaciones con divisas equivalían a 17,5 trillones de dólares o, lo que es lo mismo, a once veces el valor total del comercio mundial (1,5 trillones de dólares); cinco años después, las operaciones con divisas habían ascendido a 35 trillones de dólares o casi veinte veces el valor total del comercio mundial, que también se había incrementado, pero tan solo en un 20 por 100 (Arrighi, 1999: 359).

Esta tendencia persiste, en la actualidad de cada 100 dólares que se mueven internacionalmente 97 son simples transacciones financieras. Este fenómeno, al decir de Arrighi, no es novedoso sino cíclico, según la etapa en que se encuentre el dominio de una potencia hegemónica.

Expansiones financieras de este tipo se han producido de modo recurrente desde el siglo XIV, como reacción característica del capital frente a la intensificación de las presiones competitivas que han seguido invariablemente a todas las expansiones cruciales del comercio y de la producción mundiales (Arrighi, 1999: 360).

Este nuevo capitalismo está desmaterializado. Da la sensación de que el capital dinero se moviera autónomamente, ya no en dependencia de la producción.

Las funciones de finanzas, servicios y distribución estaban subordinadas a esta función productiva industrial o eran movilizadas por esta. Dos procesos han erosionado visiblemente este orden antiguo. El primero es la desintegración del núcleo anterior, en el que las funciones de finanzas, distribución, propiedad, servicios, e investigación y desarrollo conservaban su autonomía. El segundo es la formación de un nuevo núcleo, donde “la cola posindustrial del orden anterior empieza a mover efectivamente al perro fordista e industrial”. El nuevo núcleo se agrupa en torno de la información, las comunicaciones y los servicios avanzados para el productor, y otros servicios, como telecomunicaciones, aerolíneas y sectores importantes del turismo y el ocio (Lash y Urry, 1998: 35-36).

Cada potencia hegemónica pasa, a través del tiempo, por determinadas etapas. La primera de ellas es la expansión de la industria y con ella el comercio. Esta es la etapa que conoció la economía norteamericana después de la Segunda Guerra mundial, hasta inicios de la década de los años setenta. Luego viene la etapa de expansión del capital financiero. V. I. Lenin, en su obra El Imperialismo, fase superior del capitalismo, consideraba que el capital financiero era característico de esta última etapa, que constituía el fin del sistema capitalista. Quizás se trataba de la última fase solamente de la hegemonía de Inglaterra, que se aproximaba a entregar el turno histórico a una nueva potencia hegemónica, esta vez a los Estados Unidos.

En cuanto a la libertad en la competencia, el sistema capitalista ha conocido, a través de su historia, etapas en que los capitalistas exigen la protección o la ayuda del Estado, otras en que solicitan entera libertad para competir y, finalmente, otras en las que ellos mismos llevan a cabo organizaciones monopólicas que les permitan el control del mercado. La primera etapa en el desarrollo capitalista inglés fue proteccionista. Al respecto afirma Marx:

El sistema proteccionista fue un medio artificial para fabricar fabricantes, expropiar a obreros independientes, capitalizar los medios de producción y de vida de la nación y abreviar el tránsito del antiguo al moderno régimen de producción (Marx, 1976: tomo 1, 643).

A este proteccionismo le sigue otro de librecambismo, en la medida en que los empresarios se consideran con suficiente músculo económico para arreglárselas por su cuenta.

El Estado inglés no solamente protegió, por medio de aranceles, a sus empresarios, sino que reprimió violentamente los intentos de creación de industria en los países dependientes como lo hizo en Irlanda y más tarde en la India. Solo mucho después, ya en el siglo XIX, las empresas capitalistas se consideraron suficientemente fuertes como para reclamar libertad para competir, sin intervención estatal. Los primeros esfuerzos en solicitud de libertad para comerciar tienen lugar en Manchester en 1838, con la constitución de la Liga de lucha contra las leyes del trigo, dirigida por Cobden. Es a esta nueva época que corresponden las posiciones librecambistas de los Clásicos de la Economía Política (Sabogal, 2004: 260).

A finales del siglo XIX y, sobre todo, a inicios del XX viene la etapa de organización monopolista, considerada por Lenin como la última fase del sistema.

La particularidad fundamental del capitalismo moderno consiste en la dominación de las asociaciones monopolistas de los grandes patronos. Dichos monopolios adquieren la máxima solidez cuando reúnen en sus manos todas las fuentes de materias primas, y ya hemos visto con qué ardor los grupos internacionales de capitalistas se esfuerzan por quitar al adversario toda posibilidad de competencia, por adquirir, por ejemplo, las tierras que contienen mineral de hierro, yacimientos de petróleo, etc. (Lenin, 1976: 453).

Las nuevas tecnologías y la empresa flexible permiten, como quedó dicho, el funcionamiento de unidades pequeñas, incluso individuales o familiares, con gran valor. Estas empresas pueden enmascarar la existencia de los monopolios y hacer creer en la competencia libre; no significa que tal competencia no se haya revitalizado en determinados ámbitos. Lo que tenemos es una convivencia de empresas relativamente pequeñas, en su forma física, con grandes empresas monopolistas. Además que las empresas pequeñas en su tamaño físico pueden ser también monopolios; un buen ejemplo de esto es Microsoft. Y al mismo tiempo, continúan allí las grandes empresas productoras de carros, las empresas de transporte y las grandes petroleras, que no solamente explotan el recurso natural a gran escala sino que azuzan y financian guerras para apoderarse de los yacimientos allí donde algún gobierno intente salirse de la órbita de la potencia hegemónica; ejemplos de esta actividad son la guerra de Irak y las intrigas contra el gobierno de Irán. Pero unidos con la posibilidad de empresas pequeñas y competitivas y la imposibilidad de que el modelo garantice empleo a los nuevos vendedores de fuerza de trabajo, se estimula la competencia individual, a fin de que particularmente los nuevos profesionales busquen la posibilidad de garantizarse los medios de vida por su propia cuenta. Son estas las condiciones que han proporcionado el renacimiento del pensamiento liberal, que es lo que se ha dado en llamar neoliberalismo. El discurso neoliberal, que, al igual que la globalización, son categorías de tipo publicitario, esconde la incapacidad del modelo para garantizarle condiciones de vida a todos los asociados y presenta con el disfraz de estímulo a la iniciativa individual lo que en esencia es la incapacidad del sistema para absorber la mano de obra disponible.

Otra característica obvia, del nuevo modelo de acumulación, es el importante papel del conocimiento en el proceso productivo, incluso como uno de los componentes fundamentales en la producción de riqueza. No solamente que la ciencia y la tecnología juegan un papel importante en los procesos económicos, esto ha tenido lugar de mucho tiempo atrás, sino que ese papel es fundamental. Detengámonos un poco en la historia de la tecnología, para poder entender su verdadera importancia (Cfr. Drucker, 1994: capítulo 1).

El concepto de técnica se remonta a los antiguos griegos, la téchne de que hablara Platón. Se trataba de una habilidad para una acción práctica, no de un conocimiento, no era generalizable. Dicha habilidad solo podía aprenderse por medio de la experiencia personal. Ya en el segundo milenio de la era cristiana, los inventos técnicos podían replicarse para su aplicación. Lo característico de aquella época era la demora entre el invento y su aplicación y principalmente que un invento determinado tardaba muchos años antes de que se descubriera la posibilidad de darle una aplicación distinta a aquella para la cual había sido inventado. Un ejemplo de este caso lo podemos ver en los lentes para los ojos, invento hecho en 1270 por el fraile franciscano inglés Roger Bacon. Si bien su aplicación en varios países del mundo fue relativamente rápida, tardó solo unos 40 años para que su aplicación llegara al cercano y al lejano oriente, pasaron más de 200 años, después de esto, antes de que el invento tuviera una segunda aplicación. Otro ejemplo significativo lo constituye la rueda de alfarero, que se utilizaba en el Mediterráneo hacia 1500 a. de C., pero debieron transcurrir 2.500 años para que tuviera un uso nuevo. Otro ejemplo interesante es el del molino de viento. Si bien el viento había sido utilizado para mover los barcos esto solo podía hacerse en la dirección que el viento llevara, fue así que Agamenón debió sacrificar a su hija Ifigenia a los dioses para que ellos le dieran al viento la dirección que necesitaban sus barcos de guerra, sin embargo, el uso del molino en la navegación debió esperar 300 años, después de que había sido inventado en el año 800 de nuestra era.

Solo con la revolución industrial, segunda mitad del siglo XVIII, se generalizan las habilidades técnicas. Es decir, se une la téchne con el logos, la habilidad experimental con el saber, con el pensamiento, y nace lo que hoy conocemos como tecnología. Es la universalización de las artes.

El primer esfuerzo en la historia por teorizar, por describir las artes con palabras, lo encontramos en la Enciclopedia, obra escrita por los filósofos Denis Diderot y Jean d'Alembert, con la colaboración de varios pensadores de la época, entre ellos el filósofo Voltaire, publicada entre 1751 y 1772. Los enciclopedistas son considerados como los ideólogos de la Revolución francesa. En la Enciclopedia se describieron en prosa, los oficios, la téchne.

El invento más significativo que alcanzó un uso generalizado en la revolución industrial fue la máquina de vapor. Esta se inventó con el propósito de evacuar el agua de las minas de carbón, pero no tardó mucho en ser usada en las industrias manufactureras de hilados y tejidos. Después de esto pasaron solo 35 años antes de que fuera utilizada en un barco de vapor en el río Hudson, en Nueva York y luego pasaron otros 20 años para que naciera la locomotora. Unos cuantos años más y la máquina de vapor había transformado todos los procesos industriales.

En el siglo XX la tecnología tiene una presencia muy destacada en todos los procesos productivos, pero es hasta la década de los años setenta, con la difusión masiva de computador personal, cuando nos encontramos ante la mayor de todas las revoluciones tecnológicas conocidas, la que constituye un cambio de modelo en la acumulación de capital. A este hecho histórico, el papel del conocimiento en la producción, algunos pensadores como Drucker lo consideran la llegada de la era postcapitalista, yo pienso que es un cambio cualitativo al interior del mismo sistema. He aquí las palabras de Drucker:

Que el conocimiento se haya convertido en el recurso más bien que en un recurso, es lo que hace nuestra sociedad postcapitalista. Cambia fundamentalmente la estructura de la sociedad. Crea una nueva dinámica social. Crea una nueva dinámica económica. Crea una nueva política (Drucker, 1994: 50).

Algunos cálculos aritméticos nos dan una idea de los cambios en la velocidad de la historia humana (Cfr. Toffler, 1994b: capítulo I). Pensemos en los últimos 50.000 años de la historia del hombre; supongamos, a manera de ejemplo, que cada generación dura 62 años. Estamos hablando de 800 generaciones. De ellas, 650 vivieron en las cavernas; de las últimas sesenta tenemos noticias escritas, antes no existía la escritura; en las últimas, seis han tenido oportunidad de la lectura masiva de textos impresos; las dos últimas han tenido oportunidad de utilizar el motor eléctrico; la mayor parte de los electrodomésticos han sido inventados en la última generación. Con razón, un habitante del mundo actual, que pase de los sesenta años, puede afirmar que se han conocido más inventos durante su vida que los que conoció toda la historia anterior a su nacimiento. En materia de producción: fueron diez mil años de agricultura. Un siglo o dos de industrialismo. Y ahora se abre ante nosotros el superindustrialismo (Toffler, 1994b: 21)

De igual manera, podemos ver la historia a través de las fundamentales revoluciones de la producción: revolución agrícola, revolución industrial y revolución del conocimiento. Carlos Marx considera que una revolución se inicia cuando se remplaza, en la producción, un órgano humano.

Cuando John Wyatt anunció en 1770 su máquina de hilar, que había de desencadenar la revolución industrial del siglo XVIII, no mencionaba que la maquina hubiese de estar movida por el hombre, sino por un asno, a pesar de lo cual correspondió a este animal el papel de fuerza motriz. En su programa se anunciaba una maquina “para hilar sin la ayuda de los dedos” (Marx, 1976: tomo 1, 303).

Es el reemplazo de los dedos lo que había de desencadenar la revolución industrial. Con la misma lógica vamos a suponer que la revolución agraria se desencadena con el reemplazo del músculo del hombre por el del animal y la revolución del conocimiento con el remplazo del cerebro por el computador. Lo que nos interesa aquí es comparar los tiempos de esas revoluciones y el conocimiento de las mismas. Pasaron muchas décadas, tal vez siglos, antes de que existiera consciencia de que había tenido lugar una revolución agraria. Los hombres que fueron protagonistas de la revolución industrial tampoco tuvieron consciencia de la misma; fue solo al siglo siguiente que los historiadores y los economistas empezaron a escribir sobre el hecho de que había existido una revolución. En cambio, la generación de la revolución del conocimiento, la generación del computador, tiene conciencia de que está viviendo en medio de una revolución, esta revolución ha tenido testigos presenciales.

Al lado de los cambios mencionados, relacionados con la tecnología, es bueno tener en cuenta las tendencias de las ciencias per se. Una tendencia muy significativa de las ciencias en el momento actual es hacia la superación de las disciplinas y la búsqueda de una ciencia unificada, que permita acercarse mejor a la realidad compleja. No olvidemos que la división del trabajo y su efecto, la división de las ciencias en disciplinas, fue el resultado de la revolución industrial.

Tener en cuenta las nuevas condiciones, el nuevo modelo de acumulación de capital, es muy importante al pensar un modelo endógeno de desarrollo. La historia de la producción de los 200 años anteriores a la década de los setenta del siglo XX fue la historia del crecimiento de la empresa, la marcha de la pequeña empresa hacia la gran empresa, de la pequeña industria hacia la gran industria. Esto situó a pensadores como Marx o Lenin ante la alternativa única de que la marcha hacia el futuro pasaba necesariamente por la gran producción; todo planteamiento que contemplara una alternativa basada en la pequeña empresa era considerada una marcha hacia el pasado y, por lo tanto, una alternativa conservadora.

Esa historia ha cambiado. Un modelo alternativo en una región periférica como el sur de Colombia no debe tener como base la construcción de grandes empresas ni un avance hacia la gran industria, esto significaría mantenerse en el modelo fordista, lo cual es cada vez más anacrónico. Por el contrario hoy se deben pensar alternativas novedosas, que tengan en cuenta el viraje en el modelo de acumulación de capital.


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