BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DESARROLLO HUMANO MULTIDIMENSIONAL

Julian Sabogal Tamayo


 


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CAPITULO I. APROXIMACIONES TEÓRICAS PARA UNA PROPUESTA DE MODELO ALTERNATIVO DE DESARROLLO

INTRODUCCIÓN

Las preguntas que sirven de punto de partida para una reflexión, en búsqueda de la justificación de un Modelo Alternativo de Desarrollo, son fundamentalmente dos. La primera tiene que ver con la necesidad de reemplazar el modelo imperante, ¿por qué este modelo no satisface las aspiraciones humanas? y la segunda con la posibilidad de otro modelo, que sea alternativo, ¿es posible un modelo a la medida de los sueños de la mayor parte de la población? Una tercera pregunta, que se encuentra entre las dos anteriores, es sobre las posibilidades de la ciencia social existente en la construcción de alternativas ¿se necesita un pensamiento alternativo? En ese sentido, desarrollaré en este capítulo tres ideas fundamentales. En primer lugar, llevaré a cabo una crítica al modelo imperante, para justificar la necesidad de su reemplazo y analizaré las condiciones actuales, que es necesario tener en cuenta al pensar un modelo alternativo. En segundo lugar, argumentaré sobre las características del pensamiento económico imperante, que lo inhabilitan al pensar nuevas alternativas y la consiguiente necesidad de crear nuevo pensamiento. Y, en tercer lugar, describiré algunos antecedentes teóricos que podrían tenerse en cuenta en la búsqueda de modelos alternativos.

EL MODELO IMPERANTE

Lo primero que justifica la propuesta de un modelo nuevo o alternativo es que el imperante no satisfaga las aspiraciones de la comunidad humana. Qué queremos decir con esto. El modelo que impera hoy en el mundo, que es el Sistema mundo capitalista, es un sistema histórico que surgió en determinadas condiciones y responde a ciertas expectativas, a ciertos intereses. Dicho sistema, como bien sabemos, surge en Europa alrededor del siglo XV y se consolida definitivamente a finales del siglo XVIII con el proceso conocido como la revolución industrial. Muy rápidamente se convierte en un sistema de carácter mundial. El mismo responde, por una parte, a procesos productivos históricos y, por otra, a los intereses de determinada clase social, que según algunos pensadores era la clase de avanzada en su momento. La idea europea de progreso y de desarrollo alimenta esta visión. En primer lugar, se piensa que desarrollo es el mejoramiento de los medios de producción, el avance de la tecnología, y el progreso es un proceso histórico objetivamente necesario, estrechamente ligado al mejoramiento de las técnicas productivas. En cada momento de la historia, se considerara como clase de avanzada a aquella que más favorece el desarrollo, entendido en los términos anotados. Por esas razones, Carlos Marx considera a la clase dominante en el sistema capitalista, la clase burguesa, como una clase revolucionaria, en las primeras etapas del sistema.

La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario.

La burguesía ha revelado que la brutal manifestación de fuerza en la Edad Media, tan admirada por la reacción, tenía su complemento natural en la más relajada holgazanería. Ha sido ella la primera en demostrar lo que puede realizar la actividad humana; ha creado maravillas muy distintas a las pirámides de Egipto, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas, y ha realizado campañas muy distintas a las migraciones de los pueblos y a las Cruzadas.

La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. …La revolución continúa en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de llegar a osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas (Marx, 1969: 37-38).

Si aceptamos las bondades del modelo desde el incremento de la producción y la eficiencia, no hay duda de que el modelo imperante es el que mejor cumple esa función. Por eficiencia se entiende la obtención de mayor cantidad de producto con la misma cantidad de trabajo, en el mismo tiempo. En otras palabras, eficiencia es incremento de la productividad del trabajo. Si un modelo tiene como propósito la producción per se, el actual es sin duda el mejor de los posibles.

Pero ese propósito termina por tornase impropio de la razón humana, no es razonable. Se constituyen en la práctica unos carruseles en los que las personas circulan una y otra vez sin ser conscientes de su situación. En el campo de la producción, los empresarios se esfuerzan por producir nuevas tecnologías con el fin de incrementar la productividad, esto para obtener más producción a menor costo, esto a su vez para obtener mayores ganancias, que deben invertirse nuevamente en tecnología, con el mismo propósito; se constituye en un simple círculo vicioso. El mismo círculo vicioso lo podemos encontrar en otras actividades. Si le preguntáramos a un estudiante universitario, por qué razón se preocupa más por obtener buenas notas que por aprender, después de pensarlo nos dirá sin duda que lo hace porque las asignaturas no se aprueban con conocimientos sino con notas. Si le preguntáramos de nuevo por qué su interés principal está en aprobar las asignaturas, nos responderá que la Institución no le otorga un título por sus conocimientos sino por sus notas. Si insistimos en preguntarle por qué le interesa el título, sin duda responderá, esta vez sin pensarlo mucho, que sin el título no obtiene empleo. Si quisiéramos cansarlo y le preguntáramos por qué está interesado en obtener un empleo, seguramente nos dirá que para ganar el dinero necesario para comprar los medios de vida, pero además para comprar el carro propio del empleo y llevar sus futuros hijos a un colegio que les garantice entrar a la Universidad, a obtener notas para graduarse, para obtener empleo…

La manera en que se desarrolla ese proceso no es natural, como se cree con frecuencia. En formaciones sociales anteriores, los propósitos eran diferentes. Veamos el ejemplo de los griegos antiguos, cómo ellos entendían el uso de la tecnología y su beneficio para los humanos. El invento del molino de agua, fue cantado por el poeta Antípater de la siguiente manera:

Dejad de moler, ¡oh! vosotras mujeres que os esforzáis en el molino; dormid hasta más tarde aunque los cantos de los gallos anuncien el alba. Pues Demeter ordenó a las ninfas que hagan el trabajo de nuestras manos, y ellas, saltando a lo alto de la rueda, hacen girar su eje el cual, con sus radios que dan vueltas, hacen que giren las pesadas muelas cóncavas de Nisiria. Gustemos nuevamente las alegrías de la vida primitiva, aprendiendo a regalarnos con los productos de Demeter sin trabajar (Citado, Mumford, 1971: 132).

La racionalidad aquí es totalmente diferente. Si se obtiene mayor cantidad de producto en el mismo tiempo, existe la oportunidad de dedicar más tiempo al sueño o al ocio. El modelo actual, en cambio, ha decidido que independientemente de que cada vez se obtenga más producto en el mismo tiempo, los humanos debemos trabajar más y más. Hoy es vista de mala manera la persona que no se esfuerza suficiente, que decida dedicar más tiempo al descanso. La razón es que el objetivo último del modelo es el lucro, y el medio para obtenerlo es la producción y por supuesto la venta, entonces la obtención de productos es un fin en sí mismo y no un medio para la vida.

Por las anteriores razones, los seres humanos solo importan, para el modelo imperante, en cuanto compradores o intermediarios para la venta. Al ser humano se le ha convertido en un hombre unidimensional.

El mecanismo de funcionamiento del modelo es el mercado, es decir, la compraventa de mercancías. Todo lo existente en el modelo reviste la forma de mercancías: cosas vendibles, cosas con precio. Finalmente no queda nada que escape a esta condición; igual la conciencia que la dignidad, igual la ideología que la belleza, igual la inteligencia que la creatividad; todo termina por tener la misma condición que la coca cola, los automóviles o las papas fritas. Además, tradicionalmente una mercancía tenía la condición de tal, porque contaba con condiciones naturales que le permitían satisfacer determinadas necesidades de un consumidor, bien fuera del cuerpo o del espíritu: el paño para librar del frío, las proteínas para alimentar el cuerpo, las obras de arte para alimentar el espíritu, etc. Con el tiempo han ido adquiriendo precio muchas cosas inútiles, incluso dañinas; las necesidades a satisfacer no son las propias de la naturaleza humana, sino que los oferentes de los productos crean también las necesidades, con ayuda de la publicidad. El concepto mismo de consumo ha cambiado por completo de naturaleza.

Si (el consumo) fuese relativo al orden de las necesidades, se habría de llegar a una satisfacción. Ahora bien, sabemos que no hay tal: se desea consumir cada vez más. Esta compulsión de consumo no se debe a alguna fatalidad psicológica (el que ha bebido beberá, etc.), ni a un simple constreñimiento de prestigio. Si el consumo parece ser incontenible, es precisamente porque es una práctica idealista total que no tiene nada que ver (más allá de un determinado umbral) con la satisfacción de necesidades, ni con el principio de realidad. Es porque está dinamizada por el proyecto perpetuamente decepcionado y sobreentendido en el objeto. El proyecto inmediatizado en el signo transfiere su dinámica existencial a la posesión sistemática e indefinida de objetos-signo de consumo. Ésta, entonces, sólo puede rebasarse, o reiterarse continuamente para seguir siendo lo que es: una razón de vivir (Baudrillard, 2004: 228).

Como el consumo se vuelve ilimitado, la venta también debe hacerlo y en este propósito el modelo compromete a todas las personas posibles. La publicidad, que se ha constituido en una condición sine qua non del proceso económico, somete a todo el que haga uso de los medios masivos de comunicación a su reinado. No hay divulgador científico, educador, animador deportivo, periodista, político, representante de cualquier organización, incluidas las religiosas, que no esté obligado, al utilizar los medios de comunicación, a promocionar la venta de algún tipo de producto. A mediados del siglo XIX un pensador alemán habló de alienación de las necesidades, en el sentido de que estas dejaban de ser una exigencia interna de la persona, bien sea de carácter biológico, fisiológico, espiritual o social, para convertirse en una exigencia externa, que más que satisfacer las necesidades del consumidor, satisface las necesidades de lucro de los productores. Estas son las palabras del pensador mencionado:

Cada cual trata de crear una fuerza esencial extraña sobre el otro, para encontrar así satisfacción a su propia necesidad egoísta. Con la masa de objetos crece, pues, el reino de los seres ajenos a los que el hombre está sometido y cada nuevo producto es una nueva potencia del recíproco engaño y la recíproca explotación. El hombre, en cuanto hombre, se hace más pobre, necesita más del dinero para adueñarse del ser enemigo, y el poder de su dinero disminuye en relación inversa a la masa de la producción, es decir, su menesterosidad crece cuando el poder del dinero aumenta. La necesidad de dinero es así la verdadera necesidad producida por la Economía Política y la única necesidad que ella produce. La cantidad de dinero es cada vez más su única propiedad importante. Así como él reduce todo ser a su abstracción, así se reduce él en su propio movimiento a ser cuantitativo. La desmesura y el exceso es su verdadera medida (Marx, 1993: 160-161).

Es decir, la satisfacción de las necesidades propias de los humanos deja de ser el fin en sí misma, para pasar a ser un simple medio en manos de los productores de mercancías que les permite obtener su rentabilidad. Los humanos son seres necesitados, homo miserabilis, esto es así porque no es considerado como persona sino como consumidor, el consumo se constituye en un fin en sí mismo, cada artículo consumido crea una necesidad nueva, y el valor de la persona se mide por los objetos que consuma según el condicionamiento de la publicidad. Los valores intrínsecos han perdido su vigencia, en lugar de admirarse la inteligencia o la correcta manera de hablar de las personas, solo se admira su automóvil, sus muebles o sus aparatos electrónicos.

El filósofo Herbert Marcuse lo explica de la siguiente manera.

De nuevo nos encontramos ante uno de los aspectos más perturbadores de la civilización industrial avanzada: el carácter racional de su irracionalidad. Su productividad y eficiencia, su capacidad de incrementar y difundir las comodidades, de convertir lo superfluo en necesidad y la destrucción en construcción, el grado en que esta civilización transforma el mundo-objeto en extensión de la mente y el cuerpo del hombre hace cuestionable hasta la noción misma de alienación. La gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une el individuo a su sociedad ha cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido (Marcuse, 1999: 39).

El sometimiento al modelo no es propio únicamente de los desposeídos. De igual manera los empresarios y, en general, los propietarios del capital carecen de los espacios para librarse de la rutina, del círculo infernal. Ellos están obligados a buscar beneficios para aumentar el capital y aumentar el capital para obtener más beneficios, ad eternum. Un propietario de miles de millones de dólares no tiene la posibilidad de gastar su riqueza en el consumo que permita satisfacer necesidades y, por lo tanto, no la utiliza para sí, sino que vive para servirla. Por supuesto que no es lo mismo la esclavitud de los desposeídos que la de los propietarios, aquellos muchas veces no pueden satisfacer las necesidades mínimas vitales.

Entre el propietario y el trabajador existe una relación contradictoria permanente. La contradicción se resuelve siempre a favor del propietario, del capitalista. En la práctica del modelo, las cosas se dan de la siguiente manera. Los propietarios compran la fuerza de trabajo (dan empleo) solo en la medida en que se trate de un trabajo productor de mercancía y estas puedan ser vendidas para la obtención de lucro. Es decir, se compra solo la cantidad de capacidad de trabajo necesaria y a los precios más bajos posibles (siempre es posible pagar salarios muy bajos, porque la competencia entre obreros y patronos es desigual y estos tienen más fuerza para vencer); el obrero entrega su vida a cambio de un salario. La vida humana, por lo tanto, se constituye en un medio para producir mercancías, que vendidas proporcionan lucro. Por esa razón el modelo es depredador de vida humana. La explotación del obrero hasta límites extremos acorta su esperanza de vida y, como si fuera poco, los trabajadores que no tienen la oportunidad de vender su capacidad productiva carecen de los medios necesarios para vivir. Es decir, los que tienen la oportunidad de ser explotados y dejar parte de su vida en el trabajo son los que corren con mejor suerte.

El modelo imperante, además de ser inapropiado para el desarrollo humano, es insostenible. Dado que el fin último del modelo es el lucro, la ganancia, y que la necesidad de lucro es infinita, se vuelve insostenible en el largo plazo. El modelo es, por esa razón, depredador de la naturaleza. Un buen ejemplo de esto es el país considerado hoy más desarrollado del mundo, los Estados Unidos. Este país cuenta con menos del cinco por ciento de la población del mundo y alcanza aproximadamente el 25% del consumo mundial de energía; lo anterior significa que si todos los países de la Tierra alcanzaran niveles de consumo de energía equivalentes a los actuales de los Estados Unidos, la producción de energía debería multiplicarse por cinco, lo cual agotaría las fuentes energéticas del planeta en poco tiempo. De igual manera ese país es responsable del 38% de la contaminación del planeta. Si todos los países del mundo alcanzaran los niveles de desarrollo del país del norte la contaminación se multiplicaría cerca de ocho veces. Traigo el ejemplo de EE UU, porque ese país es el paradigma del modelo vigente, es el ejemplo a imitar por todos los otros países del mundo.

No se trata de que el planeta tierra sea insuficiente para la población con que cuenta, por su espacio o por sus recursos. Lo que sucede es que el consumo actual de una parte de la población y las perspectivas del consumo futuro no guardan relación con las necesidades propias del género humano. Por ejemplo, una persona que vive a una distancia de mil metros de su lugar de trabajo, no requiere un medio de transporte o requiere un medio muy discreto (una bicicleta, un carro pequeño), pero como la publicidad lo ha hecho entrar en competencia por el consumo con las otras personas de su mismo estrato, esa persona se siente obligada a adquirir un vehículo de mayor tamaño y de más potencia, tal vehículo no se requiere para satisfacer la necesidad de transporte, sino para crear status; estos objetos pasan a formar parte de la personalidad de sus dueños, como dice Marcuse. Ese vehículo con mayor potencia y tamaño implica mayor consumo de recursos naturales en materias primas, más energía para su funcionamiento y es más contaminador del ambiente.

Una muestra de que el planeta no es insuficiente para la población es lo relativo a la alimentación. Según cifras de la FAO, con el avance actual de la ciencia y la tecnología el planeta puede producir alimentos para 12 mil millones de personas, con 2.700 kilocalorías diarias cada una. Pero la población actual del planeta es poco más de la mitad de la cantidad posible y, sin embargo, dos mil millones de personas en el mundo viven en la miseria y cerca de mil millones sufren de hambre física. Es evidente que el problema no es de falta de producción, sino de la irracionalidad del modelo. La solución sería sencilla, un cambio en la finalidad del modelo.

Hay características del modelo imperante, que bastaría suponerlas en el largo plazo para comprender su absoluta irracionalidad. Veamos algunos ejemplos, en el ámbito universal. La potencia nuclear bélica que existe actualmente en el mundo es suficiente, de llegar a usarse, para destruir todas las formas de vida del planeta; en otras palabras, una guerra nuclear hoy convertiría la tierra en un planeta sin vida. Ya anotamos el caso relacionado con el deterioro ambiental. El deterioro de las condiciones de vida del planeta, causado por la industrialización descontrolada y el consumo desmedido, puede llegar a eliminar al menos las condiciones para la vida humana. Esta tendencia a la destrucción de las condiciones de vida no es, como piensan algunos, propia de la condición humana, sino una característica del modelo, como lo sostienen los autores del Manifiesto por la vida.

La crisis ambiental es una crisis de civilización. Es la crisis de un modelo económico, tecnológico y cultural que ha depredado a la naturaleza y negado a las culturas alternas.

Es evidente que el problema de la humanidad de hoy no es de producción. En la actualidad, se produce tanto en dos años como se produjo en toda la historia de la humanidad, hasta iniciado el siglo XX. El problema, en cambio, es de la tendencia general a la concentración de la riqueza en pocas manos y el aumento de la miseria y el hambre en grupos humanos cada vez mayores.

El ejemplo de la salud es particularmente significativo, mientras aumenta el conocimiento científico y tecnológico en la producción de medios para curar enfermedades, aumenta el número de enfermos, incluso de enfermedades endémicas que habían sido erradicadas como la tuberculosis, la sífilis y el cólera. Veamos otras cifras estadísticas mundiales y colombianas, para abundar en la ineficiencia del modelo, desde el punto de vista de la humanidad en su conjunto.

Mientras hay países, como Japón, donde la esperanza de vida es de 85 años, hay otros, como Zambia, donde la misma es de 32 años, menos de la mitad de lo que la ciencia y la tecnología podrían proporcionar. El consumo calórico, que en Islandia es de más de 3.600 kilocalorías por persona, en El Congo es de apenas 1.700. Otro ejemplo contundente lo muestran los datos de concentración de la riqueza. Los cinco hombres más ricos del mundo poseen una cantidad de riqueza equivalente a lo que produce anualmente la mitad de la población del mundo. Para el caso de Colombia, digamos que más del 60% de los colombianos son pobres, lo cual significa que viven con dos dólares o menos por día. En un país como el nuestro, en el que el sector agropecuario es muy importante, solo el 0.4% de los propietarios de tierras poseen más del 60% de estas. Existe, sin lugar a dudas, un serio problema de inequidad en el mundo actual y el modelo imperante no podrá disminuirla, sino que tenderá a incrementarla cada vez más. La razón del aumento de la inequidad se encuentra en el propio mecanismo de funcionamiento del modelo. Este mecanismo es el mercado, es decir la competencia. Como es lógico, en una competencia entre desiguales los más poderosos saldrán favorecidos, en otras palabras, los ricos serán cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.

No hay duda de que, como lo indica la historia, lo que ha tenido lugar en el paso de un modelo a otro se puede asimilar a una marcha permanente hacia la irracionalidad; el comportamiento propio de la producción económica es cada vez menos razonable. Nos encontramos con una especie de marcha hacia la estupidez. Veamos las cosas con algún detalle.

Nuestro antepasado de hace 50.000 años, estaba obligado a producir para satisfacer las necesidades propias de su supervivencia. Hace 10.000 años los humanos aumentaron las relaciones entre los grupos e intercambiaron parte de lo que cada uno producía, con lo cual lograban satisfacer mejor sus necesidades, porque efectivamente esos primeros pasos en la división del trabajo permitían que la sociedad en su conjunto dispusiera de un número mayor de bienes consumibles. Con la aparición del dinero, 3.000 años atrás, se generaliza el cambio de los productos, pero aún se compraban únicamente los productos requeridos para la satisfacción de las necesidades personales. En el modelo surgido hace 500 años, por el contrario, la satisfacción de necesidades humanas pierde importancia, la compra y la venta llegan a ser un fin en sí mismas. Lo propiamente humano pasa a un segundo lugar y el sitial preponderante pasa a ser ocupado por el lucro; todo lo demás, como quedó dicho, la satisfacción de las necesidades, la naturaleza, la vida humana, se reducen a la condición de medios. El dinero ha adquirido vida propia, se mueve en un proceso de autocrecimiento, mientras que millones de personas mueren por imposibilidad de satisfacer sus necesidades puramente biológicas. A eso es a lo que llamamos la marcha hacia la estupidez.

El planteamiento de la necesidad de incrementar la productividad del trabajo tiene, como dijimos antes, una validez relativa. El mismo se vuelve falso cuando se le da carácter de absoluto. En esta manera de ver las cosas, de la eficiencia como fin en sí misma, se identifican incluso algunos contradictores del modelo imperante, es el caso de V. I. Lenin, quien afirmó en este sentido lo siguiente.

…va colocándose necesariamente en primer plano una tarea cardinal: la de crear un tipo de sociedad superior a la del capitalismo, es decir, la tarea de aumentar la productividad del trabajo y, en relación con esto (y para esto), dar al trabajo una organización superior. (Lenin, 1977: 108).

La falacia teórica consiste en situar la producción como objetivo último de la economía. La actuación con base en los anteriores principios produce una ruptura entre los medios y los fines. En la práctica, efectivamente aumenta la cantidad y la calidad de los bienes que se producen, pero al mismo tiempo aumenta el número de personas en el mundo que no tiene acceso a los mismos.


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