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DE KEYNES A KEYNES. LA CRISIS ECONÓMICA GLOBAL, EN PERSPECTIVA HISTÓRICA

Federico Novelo Urdanivia




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LA ERA DE KEYNES.

“El decadente capitalismo internacional pero individualista, en cuyas manos nos encontramos después de la guerra, no es un éxito. No es inteligente. No es bello. No es justo. No es virtuoso. Y no satisface las necesidades. En corto, nos desagrada y comenzamos a despreciarlo. Pero cuando buscamos con qué reemplazarlo, nos mostramos extremadamente confusos” .

La emergencia de Keynes, al menos en su propuesta contra cíclica, encuentra su puerta de acceso en este ambiente, y corresponde a uno de los más intensos momentos de la reflexividad, de la relación entre pensamiento y realidad, con la que se planteó –cuatro años antes de la aparición de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero- una nueva dimensión de la gestión económica gubernamental: “... la intervención directa del Estado para promover y subvencionar nuevas inversiones. Antiguamente no se consideraba adecuado que el Estado se endeudara para llevar a cabo otros gastos que no fueran los propios de la guerra, por lo que con frecuencia había que esperar a una guerra para poner fin a una depresión importante. Espero que en el futuro no mantengamos esa actitud financiera purista y que estemos dispuestos a gastar en empresas pacíficas lo que las máximas financieras del pasado sólo nos permitían gastar en la devastación de la guerra. ¡En cualquier caso, afirmo con seguridad absoluta que lo único que podemos hacer es descubrir alguna excusa que aun las cabezas huecas consideren legítima para incrementar ampliamente el gasto!” .

La dinámica de la crisis, a partir de las indiscutibles demostraciones de progreso económico, cuando los beneficios superan sensiblemente a los costos, se hace visible con la aparición de aquello que, en la opinión del propio Keynes significaba (y significa) lo peor: la deflación, que es el momento en el que los costos superan a los beneficios, con lo que desaparecen los verdaderos incentivos para invertir, y que, de manera suplementaria, se acompaña de los problemas derivados de la asimetría y de la inoportunidad. Hay asimetría en el hecho que hace de la caída de los precios de alimentos y materias primas básicas (agropecuarias y mineras) un fenómeno mucho más apresurado y de más lenta recuperación, que lo que puede observarse en la industria; hay, también, asimetría entre las variaciones de los precios y la recuperación de las industrias productoras de bienes de consumo y de bienes de capital, a favor –si así se puede decir- de las últimas. La comprensión de lo que Keynes llamó su método, permite comprender, también, la inutilidad de enfrentar a la deflación y a la depresión resultante, con las llamadas soluciones de mercado de la sabiduría económica convencional. Ni la reducción de la oferta, en el propósito de elevar los precios, ni la reducción salarial, en el de reducir los costos, podrán producir efectos plausibles en un ambiente general de reducción del consumo o, lo que tiene el mismo resultado práctico, de mantenimiento del consumo con arreglo a un tipo de crédito impagable. La insolvencia –ya como imposibilidad de gasto presente, ya como imposibilidad de pago futuro del crédito con el que se financia el consumo presente- aparece como el más alarmante síntoma de la depresión y de su prolongación.

Para Keynes, que construye su método como un sistema económico de tres variables independientes (la propensión marginal a consumir, la eficacia marginal del capital y la tasa de interés) que determinan a dos dependientes (el nivel de ingreso y el volumen de ocupación), la verdadera determinación del ciclo económico, la que marca el ritmo, proviene de la inversión, misma que no se ve incentivada (lo que hoy es totalmente evidente) por el bajo precio del dinero (bajas tasas de interés), cuya abundancia –manipulada o no- zozobra en la trampa de liquidez, sino por el incremento de la demanda efectiva o demanda agregada (demanda de bienes de consumo, de bienes intermedios y de bienes de inversión), que en ambientes deprimidos, de rentismo financiero y de déficit fiscal cero, deja de cumplir su encomienda, como la más general falla de mercado.

El tema merece cierta desagregación: la propensión marginal a consumir es la parte de la variación en el ingreso que se destina al consumo; sus características son: que es positiva (el consumo se mueve en la misma dirección que el ingreso), que es menor que la unidad (no todo el ingreso incrementado toma la forma de consumo) y que tiende a cero (hay un momento en que ninguna porción del ingreso incrementado se destina al consumo). Mientras que lo que Keynes definió como economía clásica supone que la inversión deriva de la abstinencia en el consumo, él afirma que entre mayor sea la parte del ingreso que se gasta de esta forma, mayor será el efecto (multiplicador) que la inversión tendrá sobre el ingreso y, en último término, sobre la ocupación. La mecánica es la siguiente:
El multiplicador (k) es igual al ingreso (Y) dividido por el propio ingreso menos la parte de él destinada al consumo (c): k = Y / Y – c; lo que es igual al ingreso dividido por la parte de él destinada al ahorro (s): k = Y / s; como c y s son fracciones de Y, el multiplicador es igual al recíproco de s, lo que permite afirmar que k será mayor entre mayor sea c. Si se asume que el nuevo nivel de ingreso (Y´) es igual a la inversión (I) multiplicada por el multiplicador (k), Y´ = I x k, resulta que un mayor nivel de consumo habrá de generar un mayor nivel de ingreso. Si este último se divide por la unidad de salario, se tiene una adecuada aproximación al nuevo nivel de ocupación (N). Esto es un gancho al hígado de la economía clásica, pero sólo un primer gancho.

La eficacia marginal del capital (r) es la rentabilidad de las inversiones, expresada como una tasa de descuento (la que viaja del futuro hacia el presente) y que iguala el precio de la oferta industrial (Po) con los Beneficios esperados (Be) de la actividad productiva durante toda la vida útil de los bienes de inversión (Son esperados, y no corrientes, en función de la incertidumbre que deriva de la competencia y corresponden a la producción que el productor espera realizar en el mercado). La expectativa se vuelve pesimista con el tiempo, en virtud de la incómoda e inevitable presencia del espíritu animal de los empresarios, que acuden a las ramas más rentables. La formalización de la rentabilidad, igualita a la muy posterior tasa interna de retorno (TIR), fundamental en la evaluación de proyectos de inversión, y que no se encuentra en la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, es: Po = Be / (1 + r) n, donde n corresponde a los años de vida útil del bien de inversión o al número de plazos de capitalización sobre el mismo bien.

Por último, la tasa de interés (i) es, simultáneamente, el precio del dinero y el premio por renunciar a la liquidez, y corresponde a la relación entre los tres motivos de preferencia por la liquidez (transacción, precaución y especulación) y la oferta monetaria (M): i = Motivos de preferencia por la liquidez / M. Keynes jamás emplea el término demanda de dinero para referirse a los motivos precitados, aunque es del todo válida esa identidad. Lo que sí hace es establecer dos funciones de preferencia por la liquidez, donde los dos primeros motivos representan una función relativa al ingreso que, ahora sí, demandan una parte de la oferta monetaria (M1), mientras el tercer motivo, relativo a la propia tasa de interés futura, demanda otra parte de la misma M, (M2):
L1 (Y) = M1,
L2 (i) = M2.

Las proporciones de M1 y M2 entran en conflicto, por cuanto ambas son partes de M:
L1 (Y) + L2 (i) = M1 + M2 = M.

Si, con Keynes, suponemos que M1 sirve a las tareas de consumo e inversión y M2 a las de especulación, el éxito de la primera describe un círculo virtuoso de operación del sistema económico, por cuanto con ella crecen el ingreso y el empleo; mientras que el éxito de M2, siempre como proporción de M, describe la conversión del sistema en una economía de casino. La conclusión relativa a aquello que corresponde a la política monetaria salta como rana, si se asume el peso extraordinario de la especulación para esterilizar los esfuerzos gubernamentales para reducir, con arreglo al incremento de la oferta monetaria, a la tasa de interés y hacerlo de manera perdurable:
GRÁFICA 1
TRAMPA DE LA LIQUIDEZ


En una situación de equilibrio, con una tasa de interés alta, M0 = (M1o + M2o)→io, la autoridad monetaria realiza un esfuerzo por disminuir la tasa de interés, mediante el incremento de la oferta monetaria, M´ > (M1 + M2) → i1, con lo que crecerá la demanda de dinero para consumo e inversión, M11 y la correspondiente a la especulación, M21; el resultado de estos incrementos, especialmente el correspondiente a propósitos especulativos, es una nueva presión al alza de la tasa de interés. Esta esterilización de la manipulación monetaria para reducir los costos financieros, es la trampa de liquidez.

Este análisis del sistema económico, despojado de las limitaciones autoimpuestas en la economía estándar (escasez, equilibrio con pleno empleo, neutralidad del dinero y supuestos irreales), significó un soplo de aire fresco para los estudios económicos.

De aquí, seguramente, deriva el entusiasmo del estudiante de Cambridge, Bensusan-Butt, tras la lectura de la Teoría general: “Gozosa revelación en tiempos oscuros. Pensábamos que Keynes había descubierto el fallo en el sistema capitalista y había inventado un remedio ... El misterio de la injusticia contemporánea quedaba revelado por una obra maestra de esfuerzo intelectual sostenido ... Por eso la Teoría general era para nosotros menos una obra de teoría económica que un manifiesto por la Razón y la Alegría ... Daba una base racional y un atractivo moral a la fe en la posible salud y cordura de la humanidad contemporánea tal como los jóvenes de mi generación no habíamos encontrado en ningún otro sitio” .

Los efectos de la Gran Depresión, particularmente referidos a las condiciones de la clase trabajadora, se describen crudamente por Eric Blair (desde 1933, en la firma de su libro Sin blanca en París y Londres, George Orwell ): “...jóvenes mineros y recolectores de algodón que contemplan su destino con la muda estupefacción del animal caído en una trampa. Simplemente no pueden entender lo que les está sucediendo. Los habían educado para trabajar y ahora parece como si nunca fueran a tener la posibilidad de hacerlo de nuevo” .

Esta infausta situación derivó de la censurable apología del liquidacionismo, con el que se justificaba una suerte de castigo metafísico, aunque totalmente terrenal, a la ineficiencia económica. Andrew Mellon, secretario del Tesoro del presidente Calvin Coolidge (1925-1929), lo exaltaba de la manera siguiente: “... liquidar la fuerza de trabajo, liquidar los stoks, liquidar a los agricultores y liquidar hasta los bienes raíces. Purgará la podredumbre acumulada en el sistema. El alto costo de la vida y el despilfarro desaparecerán. La gente trabajará más y vivirá una vida más moral. Los valores se ajustarán y la gente emprendedora enmendará los estragos causados por gente menos competente” . Mellon fue el más notorio liquidacionista, pero, por supuesto, no fue el único: “Dos de las principales figuras de la época, Joseph Schumpeter, en ese momento profesor en Harvard, y Lionel Robbins, de la London School of Economics, salieron a la palestra para exhortar concretamente a que no se hiciera nada. En efecto, la depresión debía seguir libremente su curso, única forma en que llegaría a curarse, de modo espontáneo. La causa de la crisis era la acumulación de venenos en el sistema; a su vez, las penalidades resultantes eliminarían la ponzoña y devolverían la salud a la economía. Según lo declaró explícitamente Joseph Schumpeter, el restablecimiento del sistema siempre tenía lugar espontáneamente. Y añadió: <<Y eso no es todo: nuestro análisis nos conduce a creer que la recuperación sólo puede ser efectiva si se produce por sí misma>>” . Por su parte, Keynes contemplaba a los liquidacionistas como víctimas de un severo problema mental:
“Les parece que sería un triunfo de la injusticia si tanta prosperidad no se viera subsiguientemente equilibrada por una bancarrota universal. Según dicen, necesitamos lo que educadamente llaman una liquidación prolongada que nos ponga en el buen camino. La liquidación, nos dicen, no se ha completado todavía; pero con el tiempo lo hará. Y cuando haya pasado suficiente tiempo para que se complete la liquidación, todo volverá a ir bien. Las voces que nos dicen que la vía de escape se halla en la economía estricta y en abstenerse, siempre que sea posible, de utilizar la producción potencial del mundo, son voces de insensatos y locos de atar” .

Es éste, el espacio adecuado para exponer la interpretación keynesiana de La Gran Depresión, con una atendible advertencia del autor, acerca del carácter esquemático de su presentación: “Diré demasiado para el profano y demasiado poco para el experto. Porque –aunque nadie lo creerá- la economía es un tema técnico y difícil. Incluso se está convirtiendo en una ciencia. Sin embargo, haré todo lo que pueda”. Veamos cuánto pudo hacer:
“Tomemos, ante todo, los bienes de consumo que van al mercado para la venta. ¿De qué dependen los beneficios (o pérdidas) de los productores de tales bienes? Los costes totales de producción, que son la misma cosa que los ingresos totales de la comunidad contemplados desde otro punto de vista, se dividen en una cierta proporción entre coste de bienes de consumo y coste de bienes de capital. Las rentas del público, que son de nuevo la misma cosa que los ingresos totales de la comunidad, se dividen también en cierta proporción entre gasto en la compra de bienes de consumo y ahorros. Ahora bien, si la primera proporción es mayor que la segunda, los productores de bienes de consumo ganarán dinero; porque sus ingresos, que son iguales al gasto del público en bienes de consumo, serán menores (como lo muestra una breve reflexión) que lo que les ha costado producir esos bienes. Si, por el contrario, la segunda proporción es mayor que la primera, entonces los productores de bienes de consumo obtendrán pérdidas excepcionales. De lo cual se deduce que los beneficios de los productores de bienes de consumo sólo pueden restablecerse o porque el público gaste una parte mayor de sus recursos en tales bienes (lo que significa ahorrar menos), o porque una mayor proporción de la producción tome la forma de bienes de capital (dado que esto significa una producción menor proporcionada a los bienes de consumo). Pero los bienes de capital no se producirán en una escala mayor a menos que los productores de tales bienes estén obteniendo un beneficio. Así llegamos a nuestra segunda cuestión: ¿de qué dependen los beneficios de los productores de bienes de capital? Dependen de si el público prefiere mantener sus ahorros líquidos en forma de dinero o su equivalente, o emplearlos para comprar bienes de capital o su equivalente. Si el público se muestra reacio a comprar los últimos, entonces los productores de bienes de capital sufrirán una pérdida; en consecuencia, se producirán menos bienes de capital, con el resultado de que, por las razones que antes se han dado, los productores de bienes de consumo también sufrirán una pérdida. En otras palabras, todas las clases de productores tenderán a sufrir una pérdida; y sobrevendrá el desempleo general. Esta es una descripción excesivamente simplificada de un fenómeno complejo. Pero creo que contiene la verdad esencial. Pueden sobreponerse muchas variaciones, fugas y orquestaciones, pero la melodía es esta” . La pésima distribución del ingreso, que caracterizó al sistema económico de los Estados Unidos, durante los no tan felices veintes, fortaleció una demanda preferente de bienes de capital, sobre los de consumo y, así, favoreció un ambiente depresivo . Antes de Keynes, y desde otra posición heterodoxa, ya se había enfrentado esta cuestión, por lo que aquí se incluye una digresión, que no lo es tanto:
Con notable antelación, y de manera aun más esquemática, Carlos Marx –quien fallece el mismo año en que nació J. M. Keynes (1883)- analiza los componentes, las tres figuras, de lo que denominó el proceso cíclico del capital; esta relevante aportación que, como se desprende de sus resultados, es una clara negación de la llamada Ley de Say, comienza con la forma dineraria del capital (D), asumiendo que el dinero es capital si, y sólo si, se metamorfosea en dos formas específicas de mercancía (M) que son los medios productivos en un sentido amplio (instalaciones, maquinaria, materias primas) y la fuerza de trabajo; hasta aquí, los ciclos del capital se verifican en la esfera de la circulación, constituyendo un simple intercambio de las mercancías D–M. A partir de este momento, se interrumpe la circulación y se inicia una nueva metamorfosis, en la que el capital toma una forma productiva (P), de manera que: D-M...P; éste es el proceso productivo en el que las mercancías medios productivos y la fuerza de trabajo que se le asocia, conforman una función producción comandada por el capitalista y en la que una parte del trabajo es impaga y apropiada por el mismo capitalista. De la forma productiva (P), resulta una nueva mercancía, distinta a aquellas que la hicieron posible y que contiene una magnitud de valor mayor que M y conforma el inventario de la producción (M´) que habrá de volver a la circulación para intercambiarse por otra magnitud dineraria (D´), también, por lógica, mayor que D:
D-M... P-M´-D´ ; el hecho de que M´>M y, consecuentemente, que D´>D, demuestra lo desatinado de la conocida, e inútil, Ley de Say y permite ver que, donde la economía clásica vio una puerta hacia el pleno empleo, Marx descubriera la mecánica de las llamadas crisis de realización del valor. Estos ciclos demuestran también, que –en la lógica marxista- el capitalismo es un sistema que produce mercancías por medio de mercancías, casi como tituló a su obra el afamado investigador ricardiano, Piero Sraffa .

En la vinculación entre las categorías marxistas, especialmente las correspondientes al esquema de reproducción ampliada y los agregados keynesianos, y gracias a las aportaciones de Shigeto Tsuru, tenemos una relación extraordinariamente estrecha, por lo que hace a ambas interpretaciones del sistema económico y de sus vulnerabilidades: Tsuru agrega los dos sectores de la elaboración de Marx (producción de bienes de capital y producción de bienes de consumo), en un solo capital constante (C), y otro variable (V), al tiempo que suma y desagrega la plusvalía, en función de su destino: para consumo de los capitalistas (Pc), para capital constante adelantado (Pac) y para capital variable adelantado (Pav). De la suma de todos los componentes proviene el producto (W):
• C + V + Pc + Pac + Pav = W
Veamos la relación con los agregados keynesianos:
• Consumo = W- (C + Pac) = V + Pc + Pav
• Inversión = Pac + Pav
• Costo de uso = C – Pav
• Ahorro = (C + Pac) – (C – Pav) = Pac + Pav; es decir, igual a la inversión;
• Ingreso Nacional= W – (C – Pav) = V + Pc + Pac + Pav + Pav
El capital variable adelantado aparece en dos ocasiones, al formalizar al Ingreso Nacional: primero, como inversión y, segundo, como consumo proletario . Ésta, digamos, estrecha cercanía entre ambos análisis, permite abrigar grandes sospechas respecto a la indisposición de Keynes por mostrar una brizna de simpatía por los padres fundadores del marxismo, tal como se lo comunicó a su amigo George Bernard Shaw, en carta fechada el 1º de enero de 1935:
“De los dos, prefiero a Engels. Puedo darme cuenta que inventaron cierto método y una manera abominable de escribir, caracteres ambos que sus sucesores han conservado con fidelidad. Pero si me dice usted que descubrieron una clave para el rompecabezas económico, sigo sin comprender, pues no puedo descubrir en ellos nada que no sea un afán anacrónico de controversia ... Creo que estoy escribiendo un libro de teoría económica que revolucionará en gran parte –no en seguida, supongo yo, pero sí durante los próximos diez años- el modo de pensar del mundo sobre los problemas económicos” . La ambigüedad no es un pecado capital (puede ser incluso virtuosa ) y aquí comenzamos, y continuaremos, con la vertiente keynesiana. Para ello, además de la convicción intelectual, hay una razón política: La reacción conservadora piensa poco en la propuesta marxista, por conformar una utopía en el sentido de la inviabilidad, y tiende a espantarse poco –si algo- con ella; Keynes produce un temor mucho mayor, al menos por dos razones que tienen que ver con que su propuesta postula otro tipo de capitalismo del todo distinto al de los mercados competitivos, en primer lugar y, en segundo, porque esa propuesta es viable justa y necesariamente en los propios términos de la democracia, misma que, para Marx y seguidores, resultaba del todo prescindible. Ese otro tipo de capitalismo, igualitario, democrático y regulado, reivindica la percepción del mercado como institución de la sociedad, a muy considerable distancia del pensamiento económico convencional que, cada vez de manera más visible, convierte a la sociedad en rehén del mercado.


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