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DE KEYNES A KEYNES. LA CRISIS ECONÓMICA GLOBAL, EN PERSPECTIVA HISTÓRICA

Federico Novelo Urdanivia




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CONCLUSIONES.

“Pero, tarde o temprano, son las ideas y no los intereses creados las que presentan peligros, tanto para mal como para bien” .

En el análisis de la crisis actual, es visible la persistencia de numerosos autores por señalar a algunas medidas específicas de política económica, especialmente monetarias, como las fallas que explican el pavoroso problema o, por lo menos, su origen. En este libro, aunque esas medidas toman su sitio, me he empeñado en escapar de tal simplismo, intentando describir a la crisis como un notable fracaso intelectual de las expresiones –ya no tan recientes- de la llamada sabiduría económica convencional que, con arreglo a la creciente sofisticación matemática (la que Galbraith denominó fuga técnica), reivindica la añeja idea relativa a que las rigideces en salarios y precios explican los fenómenos críticos y, muy especialmente, el desempleo.

Esos cuerpos teóricos fracasados iniciaron el camino de su propia ruina, que ha originado la ruina, hoy visible, de todo el sistema económico mundial, con la pretensión de desaparecer o, en una versión menos soberbia, de controlar al ciclo económico, de forma que las instituciones, instrumentos y políticas que permitieron enfrentarlo terminaron convirtiéndose, primero, en prescindibles y, no mucho después, en perniciosos. Enviar al olvido las lecciones de la Gran Depresión y a la hoguera a la teoría y políticas que paliaron sus efectos, pese a todo no fue un proceso ni veloz ni sencillo. Fue un proceso histórico de, más o menos, larga duración que, como aquí se ha demostrado, requirió del previo retorno del conservadurismo en campos distintos al del pensamiento económico.

Las similitudes entre la Gran Depresión y la crisis en curso son, en verdad, grandes y alarmantes a los efectos de su origen en la inequidad y en las finanzas y sus inquietantes reflejos en las contracciones del crecimiento de la economía, del empleo, del comercio internacional, del crédito para la producción y de las esperanzas sobre el porvenir; y a los efectos, también, de las reacciones inmediatas, como el nacionalismo económico, las devaluaciones competitivas y la anemia de los mecanismos de cooperación internacional para superarla. Contra un cierto optimismo presente, las diferencias, también visibles, no radican en la aún indemostrada afirmación que esta crisis es un evento menor, y mucho más controlable, que la que arrancó en octubre de 1929.

Una diferencia notable radica en la fortaleza de la memoria colectiva de la primera de ambas crisis, tanto por su profundidad cuanto por lo que significó su verdadera solución, la Segunda Guerra Mundial, cuyos efectos materiales compensaron poco y mal las cuantiosas pérdidas en vidas humanas y en incapacidades físicas y mentales de buena parte de los combatientes. La Gran depresión y la guerra, por ejemplo, enseñaron las enormes ventajas de establecer –como lo hizo el Nuevo Trato- una sociedad igualitaria; y esa trascendente lección, hoy está olvidada:

Hay similitudes, también, en la impresentable desregulación financiera y en los míseros conocimientos económicos, que Galbraith describió -para el caso de la Gran Depresión- como variables explicativas de la conexión entre el crack del 29 y la propia depresión.

En la crisis actual, como señala el propio Krugman, la primera década del siglo XXI será recordada como aquella en la que “No conseguimos nada ni aprendimos nada” . Otra diferencia de gran importancia es que una nueva guerra, con características similares a aquella, simplemente no se encuentra en el horizonte mediato, por lo que cualquier proceso de recuperación –en el ámbito que realmente importa, el del empleo- será lento, errático y vulnerable a nuevas recaídas. Mientras no se experimente un crecimiento sostenido de la ocupación, el cuerpo de recuperaciones técnicas, brotes verdes y el haber dejado atrás lo peor, sólo representa aquello que, con gran tino, John Gray bautizó como un falso amanecer, ni más ni menos.

La perspectiva histórica, bajo cuyo cobijo quise desarrollar este trabajo, permite reconocer la magnitud, profundidad y pertinencia de las grandes enseñanzas del extraordinario antecedente de la crisis en curso y sus notables secuelas; también favorece el conocimiento del proceso mediante el cual el conservadurismo retornó, con más vitalidad que novedades, para combatir las propuestas, teóricas y políticas, de Keynes. El fracaso intelectual de la economía estándar probablemente permitirá una revaloración, mucho más allá que declarativa, de esas trascendentes propuestas.

La insistencia en reconocer el peso inescapable de la incertidumbre, especialmente en lo relativo a la decisión de los agentes económicos para invertir (la previsión en el corto plazo es relativa a los precios y, a largo plazo, a la inversión, diría Keynes), resulta indispensable –entre otras cosas- porque la economía dominante tiende a confundirla con el riesgo que, además y para esa sabiduría, es mensurable. La circunstancia por la que la incertidumbre (lo que no sabemos sobre el futuro) es una constante en el capitalismo, obliga a otorgarle el mismo sitio en el proceso de su comprensión y, más específicamente, de la comprensión de sus fluctuaciones. Para entender a Keynes, tal cual lo plantea en el más luminoso capítulo de la Teoría general, el XII, es un elemento fundamental, como nos lo recuerda Minsky: “Sin la incertidumbre, Keynes es una especie de Hamlet sin el príncipe”.

El descrédito en el que ha caído la teoría económica estándar y sus derivados diversos, no implica –por desgracia- la recuperación profunda del pensamiento keynesiano; al menos, no por lo pronto. La severidad de la crisis, su duración y la lentitud e incertidumbre que escoltarán a la recuperación, son elementos que habrán de favorecer una reivindicación plena de aquellas trascendentes aportaciones. Sin embargo, y como se ha demostrado, la sabiduría convencional y sus apologistas han sido y son de una recurrencia rayana en la necedad. El regreso de Keynes, en su caso, o es profundo o será aparente, agotándose en formas puntuales de regulaciones, de gastos públicos o de dinero barato. Con tales vulgarizaciones, la instauración de facultades institucionales del Estado para intervenir activamente en la economía, para socializar el dinero y la inversión, para reedificar una economía mixta guiada por el extraordinario propósito de alcanzar el pleno empleo, tenderá a posponerse... hasta la nueva crisis.

Tal riesgo está presente en la indulgencia con la que hoy se juzga el fracaso de la economía convencional y en la resistencia para asumir las enseñanzas profundas de esta crisis. Es éste, un espacio propicio para hacer votos por un cambio que, inicial y fundamentalmente, favorezca la asimilación de las lecciones de la crisis y, a partir de ahí, haga visible la disposición colectiva para edificar una sociedad igualitaria y, de una vez por todas, dispuesta a superar los vulgares problemas materiales para que, como diría Keynes, “... nuestra cabeza sea ocupada o reocupada por nuestros problemas reales: los problemas de la vida y de las relaciones humanas, de la creación, del comportamiento... Y sucede que hay una razón sutil , extraída del análisis económico, por la que, en este caso, la fe puede obrar. Porque si actuamos consistentemente sobre la hipótesis optimista, esta hipótesis tenderá a realizarse; mientras que actuando sobre la hipótesis pesimista podemos enterrarnos para siempre en el pozo de la necesidad” .

La lectura de la Gran Depresión (y de la crisis en curso), en tanto crisis económicas, y no original, fundamental o únicamente financieras, como se insiste neciamente desde los escombros del fundamentalismo de mercado, está vinculada, como debe ser, al tipo de comprensión y de solución que, ayer y hoy, resulta plausible: Una teoría consistente con la mejor apreciación de la economía política, entendida como la vinculación virtuosa de la teoría económica con el arte de gobernar; que favorezca el entendimiento relativo a la persistencia del ciclo económico, que asuma la presencia de la incertidumbre y que otorgue al Estado el relevante papel de indicar las formas de enfrentarla. A partir de la disponibilidad de tal teoría, la keynesiana en sentido estricto, ensayar las políticas consistentes: Un incremento épico de los gastos públicos, talentoso y aplicado en la ampliación de todo tipo de bienes públicos, en la búsqueda de la mayor equidad en la distribución del ingreso y en la recuperación de rumbo hacia el pleno empleo con la mayor estabilidad de precios (en ese orden). A despecho de la equivocada interpretación friedmaniana de la crisis del 29, que le percibió como un problema de liquidez y de torpeza mayúscula del Sistema de la Reserva Federal, como un problema monetario (¡Faltaba menos!) , Keynes demostró que el problema fue de gasto: “La causa fundamental es la falta de iniciativas debida a un mercado que no motiva la inversión de capital” ; en último término, la falla de mercado que se expresa en una débil demanda agregada, convoca a la intervención económica del Estado, fundamental –aunque no exclusivamente- fiscal. Los presupuestos de Pleno Empleo, como la más plausible criatura legislativa, y apoyados en una amplia recaudación progresiva, deben volver a ocupar su relevante sitio en la confección de las políticas fiscales .

Las aportaciones de Keynes resultaron fundamentales en la superación de la Gran Depresión y en la construcción de la subsiguiente Era Dorada. Su regreso, a partir de este 2010, es una gran noticia, tanto porque resulta indispensable para ocupar el relevante sitio de la teoría económica que, de manera más que interesada, se le arrebató por un pensamiento económico intelectualmente inferior, cuanto porque las políticas que propone, tan cargadas de realismo como los supuestos de su teoría, constituyen una vía cierta, en los propios ámbitos del capitalismo, para alcanzar el ideal, necesario y factible, de sociedad.


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