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OCIO Y VIAJES EN LA HISTORIA: ANTIGÜEDAD Y MEDIOEVO

Mauro Beltrami




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EL VIAJE DURANTE LA BAJA EDAD MEDIA

Al igual que a lo largo de la historia de la civilización occidental, durante el Bajo Medievo se viajaba hacia determinados lugares urbanos y rurales por motivos variados, fuesen estos de carácter político, comercial, religioso, educativo u de otro tipo.

Pero el alcance y la diversidad del viaje va en aumento. Eventos –como festividades o ferias- que se desarrollaban en ciertas ciudades atraían visitantes procedentes tanto de medios rurales como de otras ciudades. Asimismo, hay ciudades que fueron ganando en prestigio, resultando motivo de elogios, y que son destino permanente de desplazamientos como Roma, la cuál va logrando poco a poco salir del ostracismo en que había ingresado a principios del Medioevo, o Florencia, “noble y famosa cual ninguna otra de Italia”. La revolución urbana fomentó la circulación por las rutas de Occidente, llegando durante el siglo XIII a sobrepasarse el volumen crítico en el que las sumas exigidas sobre el comercio permitieron el financiamiento de lo que se ha llamado revolución viaria. El viaje por las vías terrestres sin duda que se había visto favorecido por la apertura de pasos en los Alpes, por la creación de albergues para viajeros en donde las rutas principales pasaban por montañas y bosques deshabitados. Del mismo modo, viajar por medios acuáticos también resultaba más favorable tras las obras portuarias y la construcción de faros. No obstante, no se debe perder de vista las dificultades con las que el viaje se llevaba a cabo, por lo que difícilmente pueda presuponerse como una cuestión placentera.

Desde la segunda mitad del siglo XII, los gobernantes obtuvieron una mayor libertad para elegir su lugar de residencia. Hasta aquel momento, tenían que moverse necesariamente por aquellos lugares que se encontraban dentro de sus dominios, es decir, en los sitios donde podía llevarse a cabo la producción. Pero luego, al crecer la proporción recibida de manos de sus campesinos en dinero -en lugar de en productos-, les resultó a los estamentos dirigentes mucho más fácil quedarse durante largos períodos en la ciudad, con sus cortes y administradores. En realidad, la liberación de vivir en el campo, se aplica a los grupos señoriales en general, muchos de los cuales prefirieron desde entonces pasar en la corte al menos una parte del año, residiendo en casas nobles urbanas recién construidas. Los palacios urbanos señoriales recibieron la denominación de hôtels en Francia, inns en Inglaterra, alberghi en Sicilia y palazzi en Florencia y otras capitales del norte italiano. Geográficamente, se ubicaban en aquellas capitales de importancia en donde quienes ejercieran como gobernantes o sus administraciones, se encontraran de modo permanente. En Francia, durante el siglo XII, en cada una de las capitales de los estados feudales que se encontraban allí –por ejemplo, Gante, Provins, Poitiers, Toulouse, París-, se desarrollaron hôtels señoriales; pero cuando en el curso del siglo XIII los reyes de Francia consiguieron buena parte de aquellos estados feudales, París llegó a absorber los atributos de las capitales menores, centralizándose preferentemente allí los hôtels de los principales señores, laicos y eclesiásticos.

Los nobles trasladaban con ellos las rentas que obtenían de sus dominios rurales –que también podían ser remitidas por sus mayordomos-, y su temporada en la corte resultaba una época de grandes gastos, en un notable derroche y con una significativa demanda de bienes de lujo que solo se encontraban en aquellas ciudades. El fin que perseguían los estamentos nobiliarios con aquel nivel de gastos era ni más ni menos que resaltar la importancia política y social con que contaban en aquellos tiempos.

Pero la nobleza no viajaba sola hacia sus flamantes palacios urbanos. Junto a los nobles, hacia allí se trasladaban un gran número de dependientes, de contables a cocineros, de servidores armados a pacíficos mayordomos. Lo cual también generaba impactos socioeconómicos, pues todos ellos necesitaban también alimento, vestido y alojamiento, del mismo modo que demandaban bienes y servicios, tenderos, juristas, sastres, prostitutas, etc.

Ciudades como París, eran alabadas y admiradas, y es así que se encuentran elogios que la describen como lugares ideales. La necesidad de viajar hacia ellas y conocerlas resulta un hecho deseable, pues el prestigio de la ciudad, sumado a la reputación que le da la presencia de un príncipe poderoso y a la actividad muy estimada de hombres de estudio y de relexión, contribuyen a hacer de ellas no sólo una ciudad, sino un lugar anhelado. Guy de Bazoches es el autor de un elogio de París escrito en 1175, en donde se leen características como las mencionadas:

“Estoy en París, en esa ciudad real que retiene por la tranquilidad y la abundancia de sus dones naturales no sólo a quiénes habitan en ella, sino que atrae a quienes se hallan lejos e invita a quiénes están ausentes. Lo mismo que la Luna, que por la majestad y el mayor brillo de su espejo eclipsa la claridad de los demás, así esta ciudad levanta por encima de las otras su cabeza altiva, ceñida con la diadema de la dignidad real. Está situada en un valle delicioso que corona un círculo de montañas, engalanado por las atenciones fecundas de Ceres y de Baco. El Sena, que está muy lejos de ser despreciable entre la cohorte de los ríos y se enorgullece de su cauce, llega al oriente y forma una isla, rodeando con sus dos brazos la cabeza, el corazón, la médula de toda la ciudad. A la derecha e izquierda se extienden dos arrabales, de los que el menor suscita la envidia de las ciudades envidiosas. Uno y otro tienden hacia la isla dos puentes de piedra; a uno y otro se les conoce por su tamaño; porque el puente grande es aquel cuya cara mira al aquilón y a la mar inglesa; y, en la parte opuesta, al que se abre en dirección al Loira, se le llama puente pequeño. El puente llamado grande, ancho, rico, comerciante, hierve, exhala, abunda en barcos, en riquezas, en mercancías sin número, hierve de barcos, exhala riquezas, abunda en mercancías. He ahí un lugar que no tiene parangón. En cuanto al puente pequeño, está dedicado a los “filósofos” que pasan por allí, se pasean o discuten. De dentro de esta isla se eleva dominante el palacio real (…). Desde hace mucho tiempo la filosofía ha instalado en esta isla un trono real, ella que es la única que al aceptar el estudio como sola compañía y poseyendo la ciudadela perenne de la luz y de la inmortalidad, hola con pie victorioso la flor árida de un mundo desde antaño senescente. En esta isla las siete hermanas han creado un imperio perpetuo y, entonando la trompeta de la más noble elocuencia, aquí se dictan los decretos y las leyes (…).”

Pero no sólo se viaja hacia las ciudades o centros urbanos. También vuelven a aparecer viajes hacia zonas rurales con motivo de recreo, reeditándose un fenómeno que sucedía ya en la antigua Roma, y que ahora resurgía formalmente.

Los estratos aristocráticos eran quiénes gozaban de mayores medios mayores de movilidad y quiénes se dirigían desde sus posesiones urbanas hacia las rurales. Las mansiones rurales aristocráticas constituían un espacio privado, en el cuál se podía tener una larga estadía y desde donde se goza de una amplia vista, encontrándose la villa rodeada de jardines adecuados para la pesca y la caza. También en ellas se produjo el desarrollo de zonas hospitalarias, ofreciéndose a los huéspedes la posibilidad de instalarse durante semanas enteras. Los Peruzzi, ilustres banqueros florentinos, prepararon en 1310-1320 una residencia campestre en las puertas de Florencia que habían adquirido recientemente, trazando un jardín de placer recreado con estanques y fuentes, y cerrado por unos altos muros.

Las peregrinaciones continuaron siendo importantes al igual que en los períodos precedentes. Las consecuencias de los movimientos religiosos en Europa son claramente observables. Los viajes religiosos no sólo favorecieron la aparición de toda una serie de servicios destinados a la satisfacción de las necesidades del viajero. También desempeñaron un papel destacado en el movimiento de metal precioso. Durante todo el período que va desde los años sesenta del siglo XII a los años veinte del XIV, se observan tres factores religiosos que influyeron en forma decisiva en el movimiento de metal precioso: las actividades del papado, las peregrinaciones y la presencia latina en el Mediterráneo oriental. Aquí únicamente interesa tomar el caso de las peregrinaciones. El efecto que tuvieron éstas sobre las corrientes de metales es imposible de medir, pero puede afirmarse que el dinero gastado por los peregrinos ricos en el viaje a Roma y Tierra Santa reforzaba los flujos comerciales de plata hacia Italia y el Levante; en menor escala, los peregrinos extranjeros que acudían al santuario de Tomás Becket en Canterbury sólo contribuían, y de modo no muy importante, al flujo de plata que llegaba a Inglaterra para pagar la lana y el estaño. También había algunas rutas que los devotos emprendían hacia lugares sacros que fluían en dirección contraria al flujo de numerario dominante; por ejemplo, los peregrinos franceses que acudían a Santiago de Compostela: éstos llevaban plata hacia allí, aunque a fines del siglo XII y comienzos del XIII el comercio extraía el oro de España, haciendo que circule hacia el sur y el oeste de Francia.

Los jubileos permitieron que Roma obtuviera numerosos beneficios económicos derivados del peregrinaje, además de un desarrollo destacado de la hostelería y los albergues. Con motivo de dicha celebración, iniciada en 1300, afluían peregrinos de distintos lugares de Europa Occidental y del Mundo Mediterráneo. André Maurois afirma que el número de peregrinos que concurrieron al jubileo de 1300, fue de dos millones de individuos provenientes “de toda la Cristiandad”.

La valorización positiva de la llegada de visitantes, en particular desde el punto de vista económico resultó, a su vez, causa y consecuencia de los jubileos. El Jubileo llevado a cabo en 1350, respondió precisamente a una valoración económica positiva del jubileo anterior. Bonifacio VIII había determinado que el jubileo debía llevarse a cabo cada 100 años; sin embargo, Clemente VI anunció el Jubileo de 1350. Este jubileo permitió a Roma recuperarse del momento crítico en que se encontraba económica y humanamente hablando, tras haberse sucedido dos hechos nefastos para la ciudad: la Peste Negra y un violento terremoto.

Asimismo, el papado aprovechó el Jubileo de 1390 para recomponer sus finanzas, que se encontraban lejos de una buena situación. “También en esta ocasión llegaron peregrinos de todos los rincones de Europa, aportando notables beneficios a las desastrosas finanzas pontificias. Y del negocio representado por este acontecimiento nos proporcionan un claro testimonio los cronistas de la época, cuando nos hablan de “muchos tesoros que hicieron crecer a la Iglesia” o de aurum infinitum (oro infinito) que llenó las arcas pontificias” .

No obstante, cabe aclarar que las dificultades del viaje llevaron a que las altas capas de la sociedad no emprendieran viaje directamente hacia los lugares sagrados, pues podían obtener los mismos beneficios enviando a alguien en su nombre. Y el viaje se desarrollaba, incluso, a un costo menor de traslado, pues no se concedía a los sustitutos el mismo grado de comodidad que el miembro de la clase dirigente se hubiera reservado para sí mismo.

Pero, así como el cristianismo había impulsado al hombre al desplazamiento, con el correr del tiempo también comenzó a mirar con recelo al individuo en movimiento. Antes, hubo un tiempo medieval en que encontrarse en viaje, transitando por los caminos, era una situación normal, pues la propia religión inducía a ello. Ahora, en la Baja Edad Media, no es que se ignore la vida errante, sino que los errantes son considerados como vagabundos: la peregrinación misma, la vana curiosidad –móvil fundamental del viaje preturístico- se vuelven sospechosas a los ojos moralistas y eclesiásticos. Ya en el siglo XII, Honorio de Autún (Augustodunensis) es partidario de condenarla, desaconsejándola: el discípulo del Elucidarium pregunta si “¿hay algún mérito en ir a Jerusalén o en visitar otros lugares sagrados?”; a lo que el maestro contesta que «más vale dar a los pobres el dinero que habrá de costar el viaje”. La única peregrinación que admite es aquella que tiene por objeto la penitencia, y es por ello que dicho desplazamiento pasó de ser inicialmente un acto piadoso y deseado, para transformarse en un castigo para aquellos que habían cometido alguna falta: el viaje peregrinatorio terminó por significar una penitencia, no una recompensa. De éste modo, el maestro del Elucidarium continua diciendo que “quiénes afrontan la peregrinación por curiosidad o vanagloria, el único provecho que obtienen de ello es haber visto lugares agradables o bellos monumentos, o bien recoger la pequeña gloria que buscaban”.

De aquí se obtienen varias conclusiones: en primer lugar, que había peregrinos cuyo interés por viajar surgía de motivaciones preturísticas; luego, que el viaje de tipo preturístico era condenable a los ojos eclesiásticos por ser una vanidad; y, en última instancia, que quiénes viajan y se encuentran en movimiento son unos desventurados vagabundos.

La peste que asoló Europa durante el siglo XIV fue traída desde Oriente, por lo que puede considerársela hija de los desplazamientos humanos, es decir, de los viajes. Independientemente de la motivación por la que éstos hayan sido emprendidos. La peste generó pánico colectivo, mientras devastaba ciudades enteras. Así, quiénes podían hacerlo, huían de las ciudades afectadas hacia tierras aparentemente más saludables. Boccaccio refiere el caso de Florencia en 1348, en donde no fueron pocos los ciudadanos que decidieron emprender este tipo de migración, abandonando sus casas hasta que pasase la terrible peste. Algunos fueron hasta las tierras que se encontraban dentro de la propia comarca florentina; mientras que otros decidieron ir más lejos. No obstante, la huida no resultó provechosa para todos, pues muchos fueron los que murieron pese a ello. Puede interpretarse que estos tipos de movimientos se encuentran enmarcados en aquellos viajes de salud, en donde la protección y el cuidado de la propia vida motivan los desplazamientos, forzando la desgracia y la enfermedad a emprender viaje hacia tierras más venturosas. El carácter de estos traslados es sin lugar a dudas de tipo forzado; por lo tanto, no puede enmarcárselos más que desde el punto de vista meramente formal dentro de los viajes que ingresarían en estudio.

Los viajes por motivos de estudio volvieron a adquirir importancia progresiva, como consecuencia del desarrollo de las universidades. Estudiantes en marcha hacia centros educativos célebres pueblan los caminos, en tal medida que un poema del siglo XII afirma que el exilio (terra aliena) es el patrimonio obligatorio del escolar. La universidad, desde su aparición como nueva forma de escuela científica de la Europa del siglo XIII, atrajo estudiantes de varios países de Europa. Así, las primeras universidades -como París y Bologna-, se vieron inmersas en aquella situación. Respecto a la Universidad de París, un historiador medieval señala que “con el apoyo de los papas Inocencio III y Gregorio IX, y la protección del rey, estudiantes de toda Europa acudían a la Universidad de París (…)”. Si bien algunos de los estudiantes pertenecían a familias ricas, muchos de los estudiantes que acudían a la universidad habían llegado a la ciudad universitaria con medios de vida muy escasos y en esas precarias condiciones continuaban viviendo allí. El lugar típico en donde residían los estudiantes de la Universidad de París se encontraba en la margen izquierda del Sena, donde estaba el Barrio Latino.

Las ferias fueron, ahora más que antes, una fuerza generadora de movimientos demográficos, especialmente de mercaderes y de compradores. Y, en esta línea, habrá quiénes se desplacen para tomar parte de las ferias y que, a su vez, apreciarán determinados estéticos y urbanísticos. Como ejemplo, puede mencionarse que Brujas era una ciudad frecuentada por los mercaderes desde inicios del siglo XIII, formando parte del circuito de las ferias flamencas. Ya hacia los últimos años de la Baja Edad Media, la ciudad será considerada por los viajeros, además, como una ciudad muy interesante y bella. Esto se desprende del siguiente comentario, pues sin duda alguien que opine en el siguiente sentido, es alguien que debe haber viajado (independientemente de las motivaciones) para poder comparar: “En la época de Juan van Eyck (hacia 1380-1440) y de Memling (1435-1494) es indiscutiblemente una de las ciudades más bellas del mundo”. Pero durante dicho siglo la primacía fue de las ferias de Champaña.

Hacia fines de la Baja Edad Media, durante el siglo XV, comenzaron a reaparecer ciertos viajes que tenían como fin el acudir a sitios termales. Este hecho es motivo de polémica entre los historiadores del turismo, pues se discute sobre las motivaciones que habrían tenido los visitantes de dichos centros. Cabe recordar que en algunas ciudades existían baños públicos donde se acudía por cuestiones sociales, médicas o, simplemente, de aseo. Existen básicamente dos posturas contrapuestas, una que relaciona estos tipos de viaje con el placer y el ocio, y otra que los vincula a cuestiones estrictamente médicas. Margarita Barreto refiere que, durante el transcurso de este siglo, en la estación termal de Baden-Baden “había multitudes de visitantes, motivados por las “costumbres licenciosas entre hombres y mujeres” que sucedían durante los baños” . La teoría del viaje de placer hacia las estaciones termales, en particular hacia esta de Baden-Baden, es refutada por R. Boullón. Éste toma como base de su argumentación que era común que quiénes acudiesen a los baños se mostrasen desnudos, y que a aquellos podrían haber acudido personas de distinto sexo; por lo tanto, si esto fuese así, no puede hablarse de viajes de placer hacia Baden-Baden “por la simple razón de que nadie iba a afrontar el riesgo de un viaje, a larga distancia, para buscar algo que podía encontrar en su ciudad” . Boullón sostiene que la motivación de los viajeros hacia Baden-Baden era de tipo médico, es decir, personas que tenían problemas de salud que habitaban en ciudades cercanas a la estación: de este modo, se trataría de desplazamientos forzados.

En lo que hace a cuestiones de género, la mujer, al igual que durante todo el Medioevo europeo occidental, no goza de protagonismo social. Al menos no como para emprender viajes por su cuenta, fundamentalmente en algunas regiones como la Toscana. Si debía emprender un viaje, fuese este de la aldea a la ciudad o de una ciudad a otra -y más aún si se trata de peregrinaciones lejanas-, con frecuencia la mujer se asociaba a una brigata de comadres escogidas –que, por otra parte, se volvían confidentes- para acompañarla mientras se encontrase fuera de casa. Pero, aún así, los prejuicios sociales de la época provocaban que, hasta en situaciones límite, dudase en viajar sin la compañía de un hombre que hiciese o bien de guía, o bien de acompañante. Por ejemplo, durante la peste que devastó humanamente Europa, una buena porción de la población huyó de las ciudades afectadas, pero las mujeres dudaron en abandonar la ciudad sin compañía masculina; así, en el Decamerón, Filomena intenta explicar a sus amigas, luego que una de ellas –Pomponia- quiso convencerla de huir de la ciudad, que “nosotras, por nuestra propia condición, nos dejamos llevar por impulsos y sospechas, y somos medrosas, y por estas razones, temo que, si no tomamos quién nos guíe y gobierne este viaje que nos proponemos hacer, esta compañía nuestra se deshaga y disuelva con menos honra de la que a nosotras convendría; por lo tanto, debemos tomar medidas antes que comencemos”. A lo que Elisa, otra de las mujeres presentes, responde que “verdaderamente los hombres son cabeza de las mujeres, y sin su orden e intervención muy pocas veces nuestras obras alcanzan loable fin (…)”. De este modo, las mujeres no aportaron individualmente al flujo de viajeros más que como acompañantes ocasionales de los hombres; o, en determinados casos, viajando acompañada de un grupo de mujeres. Habrá que esperar un tiempo más para que la mujer viaje como individuo que decida por sí mismo sobre la conveniencia -o no- de desplazarse hacia determinado lugar.


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