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OCIO Y VIAJES EN LA HISTORIA: ANTIGÜEDAD Y MEDIOEVO

Mauro Beltrami




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Olimpia

Olimpia era un lugar sagrado, que se encontraba dedicado a Zeus. Esta ciudad representa un caso interesante de estudio, pues contaba con un número reducido de habitantes estables. Su fama se extendía sobre las demás poblaciones por encontrarse allí el templo consagrado a Zeus Olímpico, donde se detuvieron las sucesivas olas invasoras para adorar al dios, y a donde regresaban sus enviados en tiempos posteriores, periódicamente, para pedirle ayuda y para enriquecer su templo. Allí también se encontraba el templo de Hera, el cuál se remonta al año 1000 a. c. En Olimpia “sentimos el témenos como un real y verdadero “centro del mundo”, incluso dentro de un armonioso “megarón” natural más vasto. El témenos está delimitado por el cuerpo, esculturalmente denso, del templo de Zeus, por el edificio más abierto y más firmemente implantado dedicado a Hera, y por toda la serie de “tesoros”, símbolos de toda la Hélade”. La riqueza de los templos de Hera y de Zeus fue en aumento de generación en generación y, tras la victoria sobre los persas, se llamó a los más prestigiosos escultores y arquitectos de Grecia para restaurarlos y adornarlos pródigamente.

En Olimpia se celebraban los Juegos Olímpicos, precisamente en honor de Zeus Olímpico. “En el mundo heleno, los Juegos Olímpicos fueron, sin duda alguna, el acontecimiento más trascendente desde el punto de vista turístico” . Al participar dentro de estos juegos de carácter panhelénico, los griegos lo hacían, principalmente, por tres cosas: para competir por la gloria personal (o presenciar las competiciones), para rendir culto a los dioses y para celebrar la identidad griega común que unía a los participantes. Según la tradición, la celebración de los primeros juegos, datan de 776 a. c., organizándose cada cuatro años hasta que Teodosio los prohibiera en el año 394, como consecuencia de su política religiosa.

Durante un buen lapso de tiempo, los juegos consistieron únicamente en una carrera pedestre; aunque a lo largo de los años se fueron añadiendo otros elementos; y los competidores se dividieron en categorías según la edad de los hombres y de los jóvenes. Un análisis de la lista de vencedores permite observar la progresiva extensión geográfica que iban alcanzando. Así, en un primer momento, la participación abarcaba sólo la comarca; después, todo el Peloponeso, la Grecia Balcánica y Asia, y, finalmente, los establecimientos de Occidente. Los juegos se encontraban estrictamente reservados a los hombres, y las mujeres ni siquiera tenían permitido participar como espectadoras de las competiciones, con la excepción de alguna sacerdotisa oficial. Según cuenta una historia, quizá apócrifa, una mujer de la isla de Rodas, cuyo padre había sido campeón olímpico y cuyo hijo participaba en la competición, en su deseo de observar a su hijo se disfrazó de hombre, pero tropezó y cayó, por lo que finalmente se reveló su auténtico sexo. Sólo en las competiciones ecuestres, que se celebraban en un hipódromo aparte, podían aparecer las mujeres, y sólo como representantes, propietarias de los carros y de los equipos (no como conductoras). Así fue como Cinisca de Esparta presentó su equipo y alcanzó la victoria en el 396 a. c. y, nuevamente, en el 392 a. c., convirtiéndose así en la primera mujer en ganar una competición.

Los juegos servían también, lógicamente, como escenario político. Es así que, durante la celebración de los juegos, Alejandro Magno dictó una proclama a partir de la cual todas las ciudades griegas debían repatriar a sus desterrados. Esto no estuvo desprovisto de la generación de conflictos en algunas ciudades como Atenas, en donde el patrimonio de los emigrados había sido transferido a otros ciudadanos. Al recibir la noticia, “…los emigrados concurrieron en masa a Olimpia para oír personalmente la maravillosa disposición de un gobernante justo” . Siguiendo con la interrelación entre política, evento y viaje circular, y ya respecto al desarrollo del alojamiento en Olimpia, A. J. Norval afirma que “Olimpia, por ejemplo, tenía una posada que fue construida por los lacedemonios en la que se ofrecía hospitalidad a los reyes y a los embajadores de los estados amigos con origen griego” .

Delfos

La ciudad de Delfos se encontraba situada en la falda del Parnaso, en la Fócida, y, desde tiempos muy antiguos, fue sagrada. Se trató de un famoso centro de peregrinación, al que concurrían tanto griegos como extranjeros. Gente de todo el mundo griego se volcaba hacia allí, conjuntamente con regiones a las que la influencia griega había llegado, como Lidia, Etruria y Roma. A Delfos se viajaba en busca del oráculo de Apolo Pitio; aunque también por otras razones como los juegos Piteos. No obstante, todas las motivaciones se encontraron vinculadas –al menos inicialmente- a cuestiones sacras. Las consultas al oráculo fueron de lo más variadas, obteniéndose desde consejos referentes a detalles de la vida diaria, hasta consejos de estado. En Delfos también se celebraban fiestas en honor de Dionisio, pues allí se conservaba su sarcófago.

Delfos, ya desde tiempos remotos, gozaba de fama por el santuario dedicado a Gea, la Madre Tierra, cuyo símbolo era la serpiente Pitón. El culto a Gea se rendía al borde de un precipicio, en cuyas profundidades moraba precisamente Pitón, símbolo de la tierra. Desde aquella caverna, se emanaban una serie de vapores proféticos, en donde una sacerdotisa (Pitia) entraba en trance. Tras esto, pronunciaba los oráculos. Según cuenta la leyenda, Apolo dio muerte a la serpiente cuatro días después de nacer y tomó posesión del santuario, donde residiría de allí en adelante. En la leyenda citada, hay autores que han observado una gran tensión entre las fuerzas de la naturaleza y el hombre. “La Delfos de la Grecia clásica representa, pues, la victoria del hombre y de sus dioses olímpicos sobre la fuerza primigenia de la naturaleza. Pero la victoria fue ambigua (…); más bien podría definirse como una reconciliación”. Puede considerarse, además, que la entrada de Apolo en Delfos instaura un nuevo orden social y político, pasándose desde una era matriarcal a una patriarcal. “La muerte de la serpiente, símbolo de Gea, la violación del tambú, de la naturaleza materna y su entronización en el recinto oracular, significan un cambio de régimen; la sustitución del matriarcado por el patriarcado, la organización basada en una ley, en normas”. A partir de entonces, desde allí y por medio de su oráculo, Apolo ejerce su papel moral, político y legislativo. Se realizan viajes hacia el oráculo para conocer la opinión del dios sobre la organización de la ciudad, el dictado de las leyes y acerca de la conducta a seguir. Apolo, dios de la poesía y la sabiduría, acabó por asumir el papel de mediador de los significados existenciales. Apolo dio relieve a la idea del respeto a la vida humana, además de inculcar respeto a la santidad de los dioses. “El punto de vista del dios era ritual, pero su doctrina pudo perfeccionarse e, indudablemente, preparó el camino para una moral más elevada”. Así, el propio Apolo se sometió a una purificación total tras haber dado muerte a la serpiente Pitón. Pero sin dudas, la principal tarea de Apolo consistió en asegurar la paz con los dioses. El santuario de Apolo resultaba lucrativo para el organismo que lo administraba, además de ser influyente políticamente; por ésta causa, algunos estados griegos emprendieron la guerra sacra.

Es necesario observar el medio físico desde el cuál Apolo ejercía su poder, para comprender globalmente tanto la significación como el aspecto formal que presentaba para el mundo griego. En el ádito cerrado del templo se encontraba la piedra onfalos u ombligo del mundo. Dicha piedra cónica probablemente cubriera el “bothros” original (o gruta de las ofrendas a la Gran Diosa). El lugar sagrado se encontraba situado sobre la ladera meridional del Parnaso, en una grieta, rodeada de precipicios. “Delfos gozaba de un prestigio singular y sus profecías eran requeridas y apreciadas tanto por griegos como por personas procedentes de fuera de la Hélade” . Norberg-Schulz ha estudiado la arquitectura del templo de Apolo; su trabajo ha sido tomado como base para la descripción de dicho santuario. Es posible que, desde el siglo VIII a. c., se levantara ya allí un templo de madera. El templo dórico cuyos restos han llegado hasta la actualidad procede de una construcción tardía, hacia el 350 a. c. Por su parte, la mayor parte de las restantes estructuras fueron erigidas en el siglo VI a. c., incluido el muro del témenos. El acceso se produce a través de una vía sacra, camino sinuoso que sube y atraviesa el témenos. Hacia el oeste, el templo se pierde de vista; el recorrido lleva más allá de los tesoros y de los templos conmemorativos de las distintas ciudades. Tras las curvas del recorrido que se llevaba a cabo, reaparecen las montanas y se encontraba al pie el muro poligonal de la terraza del templo. Aunque recién cuando el viajero había doblado el ángulo del altar de Quíos, que se encontraba ubicado frente a la fachada occidental, podía sentir el edificio como una totalidad en su ambiente natural, contemplándose las formas de sus columnas.

Los Juegos Piteos, por su parte, también resultaron un polo de atracción significativo durante la antigüedad clásica. Los juegos consistían en concursos poéticos y musicales, a los que, con el correr del tiempo, se agregaron ejercicios gimnásticos e hípicos. Reorganizados en 582 a. c., tomaron luego dimensión panhelénica. Su celebración se efectuaba cada cuatro años, en el teatro y en el estadio délfico. El teatro se situaba más arriba del templo, y, desde allí, podía tenerse una vista significativa del paisaje. El fin de la celebración sacra era cantar, con acompañamiento de cítara, la lucha de Apolo contra la serpiente. Allí puede observarse nuevamente la lucha simbólica entre la naturaleza frente a los dioses y a los humanos.

Durante el período helenístico, el número de fieles que se desplazaban hacia la ciudad presenta un aumento progresivo. Asimismo, también las fiestas aumentan en número, del mismo modo que el embellecimiento monumental de la ciudad. Una buena parte de la población de entonces encontró, tanto en los preparativos como en el aflujo de peregrinos, sus medios de existencia. Los espectadores de las fiestas beneficiaban sin duda la economía de Delfos, pues se veían obligados a gastar más que en su lugar residencia habitual. La afluencia de personas a Delfos –y los beneficios que de ello se obtenía-, hizo que el estado se planteara el hecho de la hospitalidad al peregrino. Se dispuso entonces que se construirían albergues para darles abrigo, en donde los viajeros se hospedarían a costa del estado. Norval habla de posadas: “…en Delphi había posadas en las que se alojaban los extranjeros a expensas del estado”.

Sin embargo, la ciudad iniciaría su decadencia al aparecer en escena los romanos. “A partir del siglo II a. c. comenzó a manifestarse la influencia de los romanos, quienes alternaban consultas al oráculo con saqueos, y después del incendio producido entre el 85 y el 80 a. c. comenzó su decadencia”. Sin embargo, pese a su ocaso, el oráculo continuó funcionando hasta que Teodosio inició su política de persecución contra los cultos no cristianos y contra los cristianos no ortodoxos (arrianos), hecho que se produjo hacia fines del siglo IV de nuestra era.


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