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DESPERTEMOS

Domingo Dell´Aquila


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AMOR, ODIO, LIBERTAD

El espíritu, la moral, la voluntad, el deseo, el egoísmo, la codicia, las ideas, etc., etc. son particularidades inmateriales de ser humano, alimentadas y sostenidas por una parte material del mismo, el encéfalo, centro nervioso superior y fundamental que ocupa la cavidad craneana y que se complementa con el cerebelo en su parte inferior y posterior, y el cerebro en la parte superior y anterior.

Allí llegan todas las sensaciones del humano, absorbidas y transmitidas por la vista, el oído, el gusto, la piel, y el olfato.

El encéfalos, es la parte material del cuerpo que da vida a todas las partes materiales e inmateriales del individuo.

Una pequeña partícula extraña en su interior, o una simple gota de sangre, la misma que alimenta la vida del cuerpo humano, transformada en coágulo, y según el lugar de alojamiento, es más que suficiente para idiotizar o enloquecer.

Puede utilizar el entendimiento, anular al razonamiento o a las sensaciones físicas, llevar a la demencia, a la parálisis o a la misma muerte el más fuerte y poderoso de los hombres.

Existe una diferente función entre lo intelectual y los sentidos.

El intelecto, para mejor decir, la inteligencia, maneja al razonamiento para llegar al conocimiento de las cosas o actos, y lo hace en base a análisis de causa y efecto, de tal suerte que anulando el intelecto, resulta imposible todo razonamiento, lo que da como resultado, la idiotez, cuando no, la locura.

Pero anulando el intelecto, y no los sentidos, se continua recibiendo las impresiones, porque el atrofiamiento parcial del encéfalo, el correspondiente a la alimentación del intelecto, no anula la transferencia de la sensibilidad de lo físico pues queda en funcionamiento lo relacionado al sentir corporal, a lo orgánico, dado que esa transmisión, comunica los efectos sensitivos relacionados a la materia

Muerta la materia, todos los efectos de las partes inmateriales desaparecen junto a ésta.

El ser humano en su calidad de tal libre, puede utilizar la voluntad, y de acuerdo a sus deseos posibilidades, atracciones o aversión, obrar o no obrar, decir o no decir, amar u odiar.

En este último caso, el amar o el odiar dependen de la sensibilidad, virtud inmaterial que inclina al humano tanto hacia la ternura como a la hosquedad, y cuya fuente de origen se halla en determinada sección del encéfalo, denominamos a esa sensación, como sentimientos.

Muchos en forma errónea relacionan a esta sensibilidad como originaria del corazón, y lo hacen debido a que a éste lo afectan las emociones que emanan del sentimiento, haciéndolo palpitar irregularmente, pues altera el funcionamiento, normal, por lo general, acelerando su marcha regular.

Pero esto es solo un efecto transmitido no del corazón, sino al corazón, de lo que la corteza cerebral capta por las sensaciones recibidas.

La sensibilidad humana es manejada por la función sensitiva de la corteza cerebral.

La naturaleza dota de facultades diversas, físicas e inmateriales al humano, entre esas facultades se halla el fluido llamado pensamiento, o facultad de pensar, y que hace posible los análisis de las cosas, causas, efectos, ilustrando al entendimiento, y es gracias a éste, que el razonamiento obtiene el resultado final que la lógica establece.

Si en el encéfalo, merced a una previa educación se hallan depositados fluidos puros, que incitan a obrar conforme a conductas rectas y aceptadas por el conciente para aplicarlas como obligación, a lo que las leyes inmateriales imponen (responsabilidad, moral, ética, etc.etc.), entonces el sentimiento se inclina hacia el afecto y el nutrirse del mismo, puede llevar a la intensa atracción que llamamos amor.

De lo contario, cuando al sentimiento se lo deja libra, sin la sujeción a que obliga el entendimiento, adquiere un estado de libertad, que no se controla, llevando a la irracionalidad, y a una idea de pensamiento fijo, sin la flexibilidad que el razonamiento lleva en sí, en cuanto a los dictados del sentimiento, y puede producirse por efectos de la falta de raciocinio, actos de intolerancia, resentimientos, etc., produciéndose desviamiento abominables que empujan hacia lo que llamamos odio, que cuando más dominante se presenta, más horrendo y desconsiderado se hace.

El amor existe, y porque existe no podemos negarlo, el odio también existe y por lo tanto tampoco se puede negar, pero el amor es una sensación que satisface y llena de felicidad al humano, y sería una vileza no trata de que, aún difícil, o cuando parezca imposible, todos gocemos esas sensaciones de comprensión, de solidaridad, de avenencia y entendimiento que brinda el amor y, porque este es el sentimiento sublime que alimenta nuestro yo real, debe afinarse en la razón absoluta de nuestro fundamento u origen, porque así lo exige el yo interior que puja hacia el nosotros para evitar el odio.

El amor puede empezar con una simple simpatía y trepar hasta la adoración más intensa, pasando por todas las gradaciones, se crea en primer instancia por afinidad sanguínea, el que atrapa sin que medien virtudes o cualidades, comienza en el acto de un nacimiento, y lo experimenta la madre con una emoción intensa, mezcla de ternura y veneración y es donde nace la primera y más grande sensación del afecto, luego existe el que produce la rectitud, moralidad de los actos, caracteres, etc., de las personas a quienes se ama y esta analogía la recibe el encéfalo, y aprobada por el intelecto la transmite de manera especial al sentimiento y cada una de estas ejerce sobre él mismo, distintos grados de afectos, según el incentivo que la atracción motiva.

El amor suele ser un sentimiento que cuando la atracción que lo originó desaparece por un efecto contrario al provocado para su nacimiento, suele y / o puede transformarse en odio, influenciado por el absurdo descontrol que adquiere, y ante la falta de ductilidad en el razonamiento obliga a la mente a aferrarse a juicios recelosos y limitados, y así como por amor puede darse la vida, por ese amor perdido transformado en odio, puede quitarse la vida.

Por eso se hace necesario cuando alguna desavenencia surge para hacer vacilar ese afecto llamado amor, hace intervenir a el intelecto, porque la felicidad durable es la que se logra con la grandeza del sentimiento y la fuerza de la mente.

El sentimiento debe estar en un todo con la razón, para que toda acción al efectuarse sea efectiva, y logara así, con más certeza la senda a seguir en cada acto de la vida. Sin meditar y con la obediencia ciega al sentimiento, se obra por instinto.

No obstante no poder negar al odio porque éste existe, debemos rechazarlo por lo dañino y terriblemente funesto, para que las comunidades no se destrocen afectadas por ese sentimiento absurdo de desamor que anida enconos y malos procederes que desconciertan a la persona humana que habita en un estado de derecho.

El odio instiga hacia los horrores más morbosos. También hacia los errores que llevan hacia la desintegración de la civilización, ejemplo; las guerras.

El odio es un libre acto del sentimiento, que no se sujeta a ninguna de las virtudes que debe poseer el ser humano para convivir en sociedad.

El que libera al sentimiento y esclaviza el pensamiento haciéndolo depender del rencor, produciendo ese estado anormal que engendra un desequilibrio de mutua contratación entre lo sentimental y lo intelecto, pues cuando más libertad obtiene el sentimiento para dotarse de odio, más se esclaviza al pensamiento, anulando el entendimiento, y esa desviación sentimental, dota al interior inmaterial de un hondo resentimiento que se constata a través de la mirada, la voz, los gestos o la acción.

Con el odio el ser humano se hace libre porque pasa de un estado de derecho en un medio civilizado, a un estado de libertad del medio salvaje, no ateniéndose a razonamiento alguno.

No halla el dictamen exacto porque se aparta de la lógica del raciocinio, cualidad para el uso del entendimiento dirigido y apoyado por la reflexión.

Se guía por instinto y se hace irracional, se adueña de la libertad que otorga la naturaleza rechazando el derecho que concede la sociedad, se hace primitivo y salvaje.

A esta clase de individuos, es preciso tratar por todos los medios evitar que entren en las esferas políticas, porque son los absurdos, insensatos e irrazonables que hacen desdichados a los pueblos.

Los pueblos deben ser gobernados por hombres probos, capaces de ver, sentir, y comprender a los humildes, hacia quienes deben sentir y profesar afectos, porque son los que trabajando, agrandan a los países con sus esfuerzos.

Se pregona que la democracia es aquella en la que el poder público está en manos del pueblo (demos pueblo y kratos autoridad) pero todos sabemos que en la práctica, es decir, en la realidad, no es así, porque está probado que los que se hacen poderosos, se adueñan de la libertad y con ella pasan sobre la real indicación a que obligan los postulados y disposiciones de la verdadera democracia, y haciéndose dueños del poder, practican malabarismo político, ejerciendo una excesiva y exagerada influencia de mando sobre los demás habitantes.


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