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REPLANTEANDO LA INTERACCIÓN GOBIERNO-SOCIEDAD: LECCIONES DE LA GOBERNACIÓN AMBIENTAL EN LA FRANJA MÉXICO-ESTADOS UNIDOS

Ricardo V. Santes-Álvarez


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Parte 2. GOBERNACIÓN EN VECINDADES INTERNACIONALES

IV. EL ESCENARIO GLOBAL

4.1. EL PANORAMA DE INTERESES

Las condiciones prevalecientes en un momento y lugar no ocurren por azar o de manera espontánea, su existencia depende de situaciones previas; el estado del mundo tal como lo conocemos resulta de lo que hubo antes, por lo que muchos elementos explicativos de la realidad actual deben hallarse en el pasado. Una pregunta que surge es qué tanto debe hurgarse en el tiempo para explicar la complejidad del presente; pero es precisamente esa complejidad la que obliga a marcar límites al trabajo intelectual, no obstante lo arbitrario que parezcan.

Ante el interés por identificar proyectos de gobernación que se dan en el escenario internacional, sirve partir de un tiempo clave: la segunda post-guerra mundial; esto porque es después de esa inflexión histórica cuando, de manera acelerada, se dan ajustes e innovaciones políticas, económicas y sociales en la comunidad internacional, con la declarada intención de asegurar un mundo menos caótico y conflictivo. Una ojeada a ese período permite constatar que su amanecer estuvo lleno de convulsiones e incertidumbre, como la devastación en Europa, las masacres de Hiroshima y Nagasaki, y la nueva geografía mundial trazada por la voluntad de los triunfadores; asimismo, la animadversión entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), quienes inauguraban otro conflicto, la Guerra Fría.

A la vez que el conflicto Este-Oeste se acrecentaba durante la Guerra Fría, teniendo como eje de motivación el dominio mediante las armas y la ideología, ocurría también el aceleramiento de otra gran escisión, ésta de más larga data, aunque similar propósito de sometimiento, entre los países del Norte y los del Sur. Pero a diferencia de la disputa entre el Este y el Oeste, la hegemonía del Norte sobre el Sur era silenciosa e inexorable. Esta ambición de supremacía agudizó la diferencia, la división entre ricos y pobres, primer y tercer mundos, centro y periferia, desarrollados y subdesarrollados (ahora “en desarrollo”), o como guste llamarse.

La segunda mitad del siglo XX dejó poco margen para el optimismo, pues mientras el Norte siguió imponiendo su agenda, invirtiendo recursos en crear, promover y mantener sus guerras armadas, económicas e ideológicas, o todas juntas, con enemigos creados materialmente o sólo imaginados, poco interés le mereció otear hacia el Sur. Este último siguió enfrascado en sus propias guerras, de alcance tal vez más limitado aunque de esencia mucho más profunda, como pobreza, hambre, analfabetismo, enfermedad, contaminación, inseguridad pública y jurídica, dependencia, desempleo, y corrupción. Al final de la guerra fría, se propaga la idea de que el modelo económico, político, y social que ostentan la potencia triunfante y sus aliados debe ser El Modelo; que los errores de los “otros” deben corregirse, y en ello las concepciones de democracia, elecciones libres, transparencia, derechos humanos, y economía de mercado han de adoptarse sin reparo si es que alguien aspira a mejores niveles de desarrollo como miembro de la “comunidad internacional”.

Al iniciar el siglo XXI, parece entonces que el conflicto Este-Oeste llega a un final feliz, en donde los países que se encontraban más allá de la “Cortina de hierro” buscan ansiosamente incorporarse al tren del Oeste. Es el caso que, hacia 2004 países como Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Polonia y la República Checa eran ya parte de la Unión Europea, y hacia 2007 Bulgaria, y Rumania incrementan la membresía a un total de 27.

Pero la dualidad Norte-Sur se acrecienta, o más bien, parece ser consustancial al sistema hegemónico y, por tanto, ineludible. Hacia noviembre de 2004, Ian Johnson, vicepresidente para el desarrollo sostenible del Banco Mundial, corroboraba la brecha Norte-Sur, cuando afirmaba que, “Hoy, 80 por ciento del producto nacional global va a únicamente el 20 por ciento de la población del mundo”, y en junio de 2005, el informe Metas del Desarrollo para el Milenio (Millenium Development Goals) indicaba que, si bien en regiones como Asia las cosas son más prometedoras, en otras partes del mundo como en países en transición de la Europa sur-oriental, en estados independientes de la Commonwealth, en el norte de África y el occidente de Asia, pero principalmente en el Sub-Sahara africano, la pobreza se ha agudizado. Si bien el informe defiende los compromisos de erradicar la pobreza extrema y el hambre, lograr la educación primaria universal, promover la igualdad de género y el fortalecimiento político de las mujeres, mejorar la salud materna, combatir enfermedades, asegurar la sostenibilidad ambiental, y desarrollar una acuerdo global para el desarrollo, en el supuesto reacomodo a las condiciones del mundo actual, los países del Sur mantienen su histórica posición periférica. Los arreglos internacionales contemporáneos soportan estas afirmaciones.

Durante los últimos cincuenta años, en nombre de la comunidad internacional se ha conformado una agenda política, social, pero sobre todo económica, que encuentra en instancias como la ONU, el BM, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la OCDE, entre otras, los mecanismos institucionales necesarios para hacer valer criterios y visiones del mundo. La apuesta es que los esquemas de gobernaciones nacionales e internacionales se ajusten a las directrices que emanan de esas organizaciones.

La ONU es un intento refinado de “coordinar” al mundo bajo directrices surgidas esencialmente de los miembros de mayor influencia en la organización: Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Francia, Rusia, y China. Los principios de las relaciones internacionales que todos los países miembros deben seguir, están plasmadas en la “Carta de la Naciones Unidas”. Empero, al inicio del siglo XXI, de cara a varios intentos infructuosos por resolver conflictos, diversos sectores reconocen las dificultades de la ONU para cumplir con sus propósitos, en donde cosas tan básicas como el logro de definiciones consensuadas sobre los problemas ha sido una tarea francamente ardua.

El BM y el FMI son dos organizaciones importantes en la gobernación global. El primero, desde su origen tuvo como tema prioritario en su agenda la reconstrucción (su primer apoyo, emitido en 1947, se dirigió a la reconstrucción en Francia), aunque en la actualidad declara que la reducción de la pobreza es meta central de su trabajo. El segundo, pretende construir un marco de cooperación económica que evite la repetición de políticas económicas fallidas y tiene como propósitos “promover la cooperación monetaria internacional, intercambiar estabilidad, e intercambiar arreglos ordenadamente; impulsar el desarrollo económico y altos niveles de empleo; y proporcionar asistencia financiera temporal a los países para ayudarles a facilitar el ajuste de su balanza de pagos”.

Otra organización de influencia mundial, la OCDE, se ve a sí misma como foro de una treintena de democracias de mercado que buscan resolver conjuntamente problemas económicos, sociales, ambientales y de gobernación de la economía mundial globalizante. Democracia y promoción del mercado son principios y condiciones, políticos y económicos respectivamente, para ser miembro en la OCDE. Bajo este esquema, países no democráticos o poseedores de democracias incipientes y con economías aún no insertas en la globalidad no reflejan el ideal de gobernación mundial que defiende la OCDE, en cuyo interés, por cierto, lo social no ha sido relevante.

Desde la post-guerra y durante las últimas décadas, en la agenda internacional ha surgido una diversidad de temas de amplia difusión; en la lista, se encuentran seguridad colectiva, paz, estabilidad y desarrollo económico, promoción de los derechos humanos, empleo, asistencia financiera, combate a la pobreza, y otros no discutidos abiertamente pero ampliamente reconocidos, como lo fue el combate al comunismo, y ahora el terrorismo. En efecto, desde septiembre de 2001 Estados Unidos impone en la agenda el tema del terrorismo, de cara a acciones que ese país califica como tales. En esa suerte, temas que interesan más a otros países, o para quienes la seguridad nacional estadounidense es menos relevante, quedan relegados a posiciones secundarias. Así, se necesita de un tremendo esfuerzo de imaginación para aventurar que el logro de objetivos concretos de la gobernación en contextos nacionales o regionales gire en torno a intereses y directrices distintos a aquellos de los países poderosos.

En la post-guerra y en lo que ha transcurrido del nuevo siglo, la comunidad internacional ha pretendido cobijarse con un discurso promisorio: la búsqueda de una realidad menos incierta, vigilada por nuevas instancias supranacionales, que establezcan lineamientos para mejores estilos de convivencia bajo esquemas de gobernación alternativos. Los resultados, no obstante, han sido escasamente distintos. El informe de las metas del milenio deja en claro que hay un camino mal recorrido y aún mucho por recorrer... o acaso no deba recorrerse, pues tal parece que, en tanto el Sur sea funcional a los intereses del Norte, no hay razones para el cambio.


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