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OTIUM SINE LITTERIS MORS EST ET HOMINIS VIVI SEPULTURA (LAS PRÁCTICAS DE OCIO DURANTE EL ALTO IMPERIO ROMANO)

Maximiliano Emanuel Korstanje


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CAPITULO I (características principales de Roma)

Comenzamos este apartado señalando que la etno-génesis latina estaba conformada por un conjunto de otros pueblos de la región de Lacio. Diferentes tribus como pelasgos, sículos, sabinos, samnios, oscos, latinos, etruscos, volscos, arcadios, peloponesos, troyanos y algunos inmigrantes helénicos fueron conformándose acorde a un identidad común. (Martínez Pinna, 2002:174). Se cree que estos grupos conformaban geográficamente una extensión de 28 kilómetros desde el río Tiber hasta el mar Tirreno. En este sentido, fue recién en el siglo VIII AC que estos asentamientos tomaron el nombre de “Roma Quadrata”. (Grimal, 2002:82)

La historia comienza con el asentamiento en el primer mileno AC en la península italiana de los ligures en el norte, los etruscos en el valle Po, los italiotas en el centro y los griegos en el sur. Algunos latinos de origen pastor y agricultor se asentaron a orillas del Tiber camino a Campania. Aproximadamente, para el siglo VIII, se forma una federación llamada de las siete colinas (septimontium). En el siglo siguiente, los latinos sufrirán las invasiones y conquistas de otro pueblo vecino: los etruscos. Este último, fue el encargado de modernizar Roma trazando una línea urbanística y mejorando los caminos existentes. Recién para fines del VI A.C los latinos expulsaron a los etruscos como resultado de una sublevación constituyéndose como uno de los primeros Estado-Nación de la región. Se estableció una forma de gobierno constituida por dos cónsules elegidos todos los años por los ciudadanos, un senado, y el tribuno de la plebe (con el atributo de vetar las leyes perjudiciales para los plebeyos) (Suetonio, 1985) (Grimal, 2002:84).

Se les debe a los etruscos la constitución del Foro como centro de reunión del pueblo romano. Este se estima estaba atravesado por una vía axial llamada cardo en dirección norte-sur y por una longitudinal o vía principal (decumanus) de este a oeste. En forma ilustrativa, Grimal nos explica que “en este momento, la villa de Roma se constituye seguramente en una ciudad, una ciudad de tipo análogo al de las villas etruscas, asiáticas y griegas con su ágora, el Foro, y más especialmente el comitium, donde se reunía el pueblo, su acrópolis (la ciudadela capitolina) y su Bulé, su sala de Consejo, la Curia, próxima al Comicio, donde tradicionalmente se reunían los Padres … como se ve, ya está en formación, bajo la influencia griega, la constitución de un Estado en que los elementos heredados de la tradición latina se adaptan a las exigencias de una administración menos primitiva y, sin duda, menos exclusivamente sacral” (Grimal, 2002:87).

Por el 391 AC Roma es conquistada, saqueada e incendiada por el avance de una tribu de galos senones. Este hecho generó una rivalidad entre romanos y galos cuya máxima expresión se refleja en la muerte de Vercingétorix por orden de Julio César. Pierre Grimal advierte “la invasión gala dejó profundas cicatrices en el suelo de la ciudad, que hoy pueden advertir los arqueólogos, y también en el espíritu de los romanos, en quienes se despertó un duradero sentimiento de temeroso respeto hacia los galos, del que César se aprovecharía para inmolar a Vercingétorix.” (Grimal, 2002:104)

Desde el punto de vista histórico, existen tres etapas en la vida de la antigua Roma: la etapa de la Monarquía, la República y el Imperio. La primera de estas etapas, la Monarquía se caracterizaba por la regencia de un Rey (Rex) elegido por un consejo de ancianos (Senatus) y su brecha cronológica va desde la fundación de Roma hasta el 509 AC, tras la caída de Lucio Tarquino “el soberbio”. Desde ese año hasta el siglo I AC, surge lo que los historiadores conocen como La República. Esta forma de organización política estaba conformada por cónsules quienes previa lucha con el antiguo senado, se instalaron en el poder expandiéndose en forma gradual y extendiendo los límites de Roma. Así en el III AC ésta enfrenta formalmente a Cartago en las célebres guerras Púnicas.

El historiador Pierre Grimal advierte “sería erróneo imaginar a la Cartago del siglo III como una ciudad de comerciantes encerrada dentro de sus murallas y abierta sólo al mar. En realidad, el resto del país estaba verdaderamente colonizado y en él se encontraban prados, viñedos, campos de trigo y olivares. Cartago no sólo vivía por sí misma, sino que podía exportar el excedente de su producción agrícola. En el siglo II este cultivo intensivo, casi hortícola, de las tierras púnicas sorprenderá mucho a los romanos, que veían en la agricultura cartaginesa una rival peligrosa” (Grimal, 2002:69). Para el siglo I, una nueva lucha entre “patricios” y “plebeyos” se hace inevitable. En resumidas cuentas, el Imperio surge (formalmente) con la victoria de Octavio (más tarde Augusto) sobre Marco Antonio. Desde ese entonces y hasta el 476 DC la estabilidad política de Roma quedará en manos de un nuevo régimen: los emperadores. Si bien la dinastía Julio-Claudia (a la cual pertenecían Julio César y su sobrino Augusto) caería en el 68 con Nerón, el Alto imperio continuará funcionando con Vespasiano, proveniente de la dinastía Flavia.

La expansión militar de Roma se llevó a cabo en cuatro fases, la primera de ellas se ubica en el siglo V AC, más precisamente en las luchas defensivas entre latinos y etruscos. Estiman los historiadores que en el 264 AC Roma pasó al ataque conquistando casi toda la península Itálica (incluyendo Sicilia). Sin embargo, esta expansión colonizadora llevó al enfrentamiento con una potencia militar de esa época: Cartago. Tres sangrientas guerras con Cartago, conocidas como púnicas, llevaron a Roma en el II AC a colonizar nuevas tierras en África, Asia Menor, Grecia. Luego en el siglo I AC se expandieron hacia las Galias (actual Francia) y Gran Bretaña en manos de Julio César; Judea, Armenia, Galitzia, y España por Pompeyo. Nacía de esta manera, uno de los imperios más poderosos que la historia ha tenido conocimiento. (Suetonio, 1985)

La organización territorial se llevó a cabo por provincias, empero existían de dos tipos: las senatoriales y las imperiales. Cada gobernador, dependiendo del tipo de provincia tenía funciones especiales que iban desde la recaudación impositiva hasta el cuidado de los intereses financieros del senado en la región. Para el año 177 DC el Imperio se componía de 53 provincias entre ellas: Aegyptus, Baetica, Lusitania, Narbonensis, Aquitania, Bélgica, Britania, Germania (inferior/superior), Corsica, Dacia, Tracia, Armenia, Rhaetia, Pomphylia, Africa, Macedonia, Asia, Arabia Petraca, Dalmatia, Pannonia, Pontus, Judaea, Lycia, Alpes y Lugdundensis entre otras. Algunas provincias formaban regiones tal es el caso de Hispania, Britania, Germania y Galia todas ubicadas en la actual Europa.

En palabras de la prosa del poeta Virgilio, quien escribiera la Eneida por pedido del Emperador Augusto observamos la pomposidad con la cual los romanos construían discursivamente los hechos históricos de la guerra cartaginesa y su fundación: “yo aquel que en otro tiempo modulé cantares al son de leve avena, y dejando luego las selvas, obligué a los vecinos campos a que obedeciesen al labrador, aunque avariento; obra garata a los agricultores. Pero ahora. Canto las terribles armas de Marte y el varón que, huyendo de las riberas de Troya por el rigor de los hados, pisó el primero la Italia y las costas Lavinias. Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar, arrastrando a impulso de los dioses, por el furor de la rencorosa Juno. Mucho padeció en la guerra antes que lograse edificar la gran Ciudad y llevar sus dioses a Lacio, de donde vienen el linaje latino, y los senadores albanos, y las murallas de la soberbia Roma… hubo una ciudad antigua, Cartago, poblada por colonos Tirios, enfrente y a gran distancia de Italia y de las bocas del Tíber, opulenta y bravísima en el arte de la guerra” (Virgilio, I, .p9).

El crecimiento de Roma como civilización fue dándose lenta y paulatinamente, cuyas consecuencias fueron notándose también en su mitología y sus costumbres morales. El profesor Jean Noel Robert nos introduce (por la segunda guerra púnica) en la paulatina incorporación de la Venus del monte Eryx, (lugar en donde se dio la exitosa ofensiva romana contra Cartago). Una forma de demostrar agradecimiento, era la veneración y el tributo a Venus. Asimismo, esta Diosa conformada en Sicilia por costumbres orientales que los antiguos romanos de la República consideraban escandalosa trajo no pocos problemas al senado. Como bien señala el autor, “este culto siciliano, de carácter fuertemente oriental, estaba servido por esclavas de la diosa que se entregaban a la prostitución. Introducir en Roma un culto tan poco moral espantaba a las autoridades, que, sin embargo, en estos inciertos tiempos, consideraron que la victoria no tenía precio, ni siquiera el de la virtud. (Robert, 1992:17).

De esta forma, el senado intentó por todos los medios aceptar a la Venus Erycina, la cual simbolizaba el desenfreno, el amor, la pasión y la lujuria, oponiendo una figura totalmente contraria a ésta: la Venus Verticordia, orientada a la virtud, la castidad, el amor como signo de belleza y pureza. Esta inevitable rivalidad, sostiene Robert, “la del placer, la Venus Erycina, y la de la virtud, la Venus Verticordia, constituye una buena imagen de la evolución de las costumbres en Roma y de la lucha del placer contra la amoral” (ibid: 17). Esto nos lleva a suponer que entonces hubo una era dentro de la historia latina, en la que ocio y placer parecen no haber sido la misma cosa. Aunque por otro lado, si bien la mayoría de los romanos (de poca instrucción) confundiera placer con ocio, existía un grupo de individuos cuya visión sobre el placer adquiere caracteres negativos: los filósofos. “El filósofo aconseja a su discípulo que no siga estos preceptos… el pueblo no es apto para la ascesis intelectual. Lucha contra la muerte, que se presenta como na nada, quiere huir y aturdirse… únicamente la moral puede servir de pantalla para los impulsos del deseo” (ibid: 15).

En el mundo romano, y tal cual lo refleja Séneca, existían tres esferas en la vida de un ciudadano libre: el placer, la contemplación (pensamiento) y la acción. En algún punto, para los filósofos y fiel a la razón estoica, la contemplación se anteponía a las otras dos esferas. Pero a medida, que se ascendía en la jerarquía del Estado, el placer y la acción se convalidaban como poderosas herramientas de control social y político-institucional (Séneca, 2007). Tema que en ocasiones, llevaba al príncipe a enemistarse con su propio senado cómo en los casos de Calígula y Nerón César. De resumir las causas que llevaron a Roma a convertirse en un Imperio, podemos señalar a) los botines y riquezas obtenidas de las conquistas militares y la llegada de capitales en busca de inversiones; b) diversas alteraciones en la forma de producción agrícola.

Más específicamente, muchas tierras eran compradas por el senado o repartidas a una suma muy cómoda, generando una nueva forma de trabajo. Numerosa cantidad de esclavos eran enviados a trabajar los campos; con la excepción de que en este nuevo sistema económico los amos no residían en los latifundios sino que se habían instalado en las grandes urbes. Finalmente, los ex propietarios de las tierras, quedaban casi acorralados en un camino de difícil solución, quedarse en los campos como arrendatarios o incorporarse a las filas de los clientes en las ciudades. (Gerlomini, 2004)

Tras pacificar una zona, los romanos acostumbraban a traer a los pueblos vencidos y alojarlos en las llanuras (castros) , otorgándoles tierras y brindándoles todos los beneficios posibles que implicaba la cultura romana. Sostiene acertadamente Blázquez “los castros no son urbanizaciones de tipo romano; ni existe la presencia romana de la religión en el capitolio, ni los espectáculos de carácter religioso, típicamente romanos, vinculados con la tríada capitolina, teatro, anfiteatro, y circo, todo lo cual indica bien claramente la ausencia de la cultura romana” (Blázquez, 1989:165).

Por otro lado, por medio del patronazgo, Roma ofrecía a la tribu (pacificada/dominada) un protectorado al cual llamaban patronatus. En ocasiones, era motivo de guerra entablar un conflicto directo con un pueblo “aliado” del Imperio, por lo menos así lo demuestran las crónicas de las guerras entre romanos y cántabros, tras los saqueos que éstos últimos incursionaron sobre los autrigones, turmódigos y vacceos (aliados a Roma). A este proceso paulatino de aculturación se lo conoce como la “romanización” (Blázquez, 1989:157). Al respecto de los cántabros, siguiendo los comentarios de Estrabón, García y Bellido afirman “su rudeza y salvajismo no se deben sólo a sus costumbres guerreras, sino también a su alejamiento, pues los caminos marítimos y terrestres que conducen a estas tierras son largos, y esta dificultad de comunicaciones les ha hecho perder toda sociabilidad y toda humanidad. Sin embargo, hoy el mal es menor gracias a la paz y a la llegada de los rhomaíoi. Allí, donde estas dos ventajas no han penetrado, conservan su carácter más feroz y brutal” (García y Bellido, 1945:136-137).

Sin embargo, algunos autores no están de acuerdo en usar este término por cuanto que implica criterios propios de la colonización europea en los siglos XIX, lo cual poco tuvo que ver con la colonización romana. En efecto, como advierte el autor “a no ser que por romanización se entienda explotación de productos materiales, o de los pueblos” (Blázquez, 1989:147) sería correcto referirse a asimilación en lugar de romanización. El problema será comprendido en breve cuando se toque el tema del imperium. (Rostovtzeff, 1962) (Mehesz, 1967) (Pagden, 1997). Desde el punto de vista económico, las conquistas romanas suministraron no sólo equilibrio institucional, sino que emanciparon a las clases menos favorecidas ha emigrar hacia las nuevas tierras en búsqueda de oportunidades bajo la figura legal del ager publicus (propiedad colectiva). Fundamentalmente, este hecho es simultáneo a un proceso masivo de acuñación monetaria, en el cual la moneda clásica de plata de los siglos V y IV es reemplazada para el siglo III por bronce. (Grimal, 2002:109)

En sus orígenes, los romanos comerciaban con animales hasta que instituyen su primera moneda en plata, luego para la República establecieron un rudimentario sistema con los ases (rude/signatum); que a su vez tomaba diversas formas de las cuales nos ocuparemos en otra ocasión, pero cabe mencionarlas: semis (medio as), trines (tres partes de as), cuadrans (cuatro partes de as), sextans (sexta parte de as), uncian (doceava parte de as). Desde el S III AC hasta el III DC, Roma se esmeró en acuñar los famosos Denarios, y los Sestersios (según las fracciones ya mencionadas). Estas ya circulaban entre las dinastías Julias y Flavias. Aproximadamente un romano medio podía ganar entre 700 y 1900 sestersios. El denario equivaldría a 10 ases, cuyo valor también se expresaban en el quinario (5 ases) y el sestercio (dos ases y medio). Parece conveniente mencionar que, las imágenes impresas en las monedas estaban relacionadas a las divinidades como Cástor y pólux; con el tiempo y el transcurrir comenzará a observarse los rostros de las autoridades políticas o económicas.

La Lex imperio era administrada en cada provincia por medio de los pretores para quienes su principal función consistía en confirmar y observar la ley romana en todas las relaciones sociales que se suscitaban dentro su jurisdicción. (Montesquieu, 2004) (Mehesz, 1967). Si bien la cantidad de pretores y sus funciones fue variando acorde a cada emperador, existían de dos tipos bien definidos, los pretores urbanos destinados a guiar las causas y a administrar derecho en las ciudades con ciudadanos romanos, y los pretores peregrinos, cuya jurisdicción era exclusiva sobre los extranjeros o peregrinos (que visitaban la ciudad) y los conflictos que entre ellos se derivaban (Mehesz, 1967:25). Habrá que imaginarse, que los extranjeros una vez que llegaban a las grandes aglomeraciones urbanas, como Alejandría o Roma, encontraban varios obstáculos para hallar a una familia, debido a que las direcciones (como hoy las conocemos con número) no existían. Por lo general, sólo referencias poco precisas sobre el nombre de la región o su número hacían que los “peregrinos” pudieran pasar largas horas del día tratando de dar con una localización. También los monumentos y los teatros funcionaban como nodos de ubicación geográfica. En ese contexto, diversas situaciones surgían (desde los robos hasta las luchas callejeras) que debían ser reguladas por la ley (Paoli, 2007:216).

En este sentido, como claramente señala el profesor Mehesz “el imperium otorgable a un praetor electo y sorteado, podía ser imperium militae, y si era designado para ser pretor urbano o peregrino, entonces le concedían imperium domi. El imperium militar, llamado también imperium duplex, era dado a los pretores que desempeñaron el importante papel de jefes militares o que eran gobernadores de provincias… el imperium domi a su vez se dividía en dos clases principales: imperium nerum e imperium mixtum…el imperium nerum autorizaba al pretor urbano a desempeñar funciones especiales en los tres distintos campos de la vida civil y dentro del ámbito teocrático” (Mehesz, 1967:39). En los espectáculos públicos y en las calles de Roma, los pretores urbanos tenían el poder de desterrar a aquellos espectadores que cayeran en alguna insolencia o falta de buena costumbre hacia los actores. A este hecho se lo llamó el uso del ab libitum. En ocasiones presidían las fiestas Compítales y eran anfitriones en su propia casa de los festejos de Dea Bona (Mehesz, 1967:42) .

Su lengua el latín se puede encuadrar dentro de las lenguas indo-europeas, cuyo nombre proviene de una zona en la Península Itálica, vetus latium. De todos modos, a medida que el imperio se fue extendiendo las elites tomaron como modelo otras lenguas como el griego (distanciándose así del latín vulgar). En efecto, para las elites romanas, los griegos simbolizaban el progreso del espíritu humano cuya máxima expresión eran sus deportes, mitología, lengua, arquitectura, artes, poesía y filosofía. (Bram, 1967) (Grimal, 2002). La cosmogonía del mundo romano (orbis terrarum) está legitimada por la voluntad de los dioses. El objetivo de conquistar, dominar pero a la vez pacificar y equilibrar eran una de las tensiones y contradicciones de la ideología romana como herramienta política. Los límites (limes) del imperio, no sólo marcaban el fin de la autoridad romana, sino que era comprendida como las fronteras de la civilización. El término imperium tenía características ambivalentes; por un lado su acepción hacía referencia a la organización y relación política entre dos pueblos de diferentes culturas que coexistían en paz e intercambio, mientras que por el otro, esa relación se ubicaba en un plano territorial específico y definido. La legitimación de la conquista romana se basaba en estos dos principios diferentes, pero que unidos conformaban un intento por conformar “la comunidad universal entre los hombres racionales” (Kaerst, 1929) (Grimal, 2002).

Por ese motivo, no es extraño observar que en este mundo antiguo las victorias militares significaban algo más que una mera demostración de valentía o de intereses económicos, y de hecho eran celebradas en honor a los dioses y a su póstumo objetivo: la civilización del mundo (humanitas). La figura del emperador, se concentraba el consensum universorum que no significaba otra cosa que la regencia cultural, económica y política de Roma sobre todo el mundo conocido (romanización) (Hidalgo de la Vega, 2005) (Grimal, 2002) . Acorde a lo expuesto, entre los gastos financieros (de mayor envergadura) en que incurría el Imperio se destacan el pago a los oficiales públicos y legionarios, construcciones edilicias y subsidios a los ciudadanos. Sobre estos últimos, es conveniente señalar que por lo general se llevaban a cabo en momentos previos al asenso de un nuevo emperador o con arreglo a una victoria militar extraordinaria (Chamley, 2006). En lo que respecta a sus creencias religiosas, los romanos se adhieren al sistema politeísta, ya que no creían en un dios único. No obstante, existen algunas hipótesis interesantes que señalan al fuego del hogar sagrado, y al culto de los “lares” como elementos arcaicos de la religión romana. Paulatinamente, y con las diferentes transformaciones políticas y sociales, los lazos religiosos a ese fuego sagrado se fueron debilitando. Con la imposición de las doce tablas, las luchas intestinas disminuyeron notablemente. Los plebeyos podían tomar participación indirecta en la vida política por medio de los Comicios. (Solá, 2004:13) (Coulanges, 2005)

Puntualmente, el romano antiguo rendía culto a sus antepasados quienes le esperaban y garantizaban un buen pasar en el “otro mundo”. Extinguido el fuego sagrado, la familia debía desintegrarse inexorablemente (Solá, 2004) (Coulanges, 2005). No obstante, también existían otras necesidades que debían ser satisfechas por los dioses. En este punto, los romanos, como señala Solá “esperaban de ellos tan sólo buena cosecha y negocios prósperos, y para que se llevara a cabo cumplían rigurosamente las ceremonias religiosas aplicando la máxima do ut des (te doy para que me des)” (Solá, 2004:6). Esta época en que al pater familias parece haber tenido una autoridad sacra casi inquebrantable, se fundamentó sobre una vida agrícola y militar de trabajo duro, y escasos momentos de ocios y placeres. La frugalidad, se enfrentaba directamente a la especulación intelectual, el derroche y la ostentación parecía algo impensado en la Roma de Catón. Sin embargo, algo y en algún momento cambio en la moral romana, sobre todo en su forma de concebir el placer mundano. Este tipo de moral estaba constituida en su mayoría por la tradición y el culto a los antepasados (Robert, 1992:22-23).

Las civilizaciones adaptan sus propias condiciones técnicas y valores a la utilidad o necesidad requeridas para su equilibrio. El contacto entre civilizaciones “más evolucionadas” con aquellas “primitivas” generan verdaderos cambios culturales recíprocos (Firth, 1961: 209). Este tipo de efectos “demostración” o procesos de aculturación tienen la función de llevar estabilidad al sistema social. Una de las formas, de poner orden en un nuevo grupo es asimilar pautas y creencias en común sus integrantes.

En este sentido, podemos afirmar que tras la conquista de Grecia, los romanos identificaron su propia religión a la del pueblo conquistado. Con referencias a sus poesías y relatos míticos, tomaron gran parte de la herencia griega, exacerbando valores específicamente políticos relacionados con los atributos de un líder unipersonal; como por ejemplo el caso de Virgilio (contemporáneo de Augusto) con Eneas y su viaje de Troya a Roma. De esta conexión entre leyenda y actualidad histórica se derivan ciertos elementos que resaltan el papel del Estado con arreglo al heroísmo y la valentía. (Cristóbal, 2006) (Grimal, 2002).

Pronto las ciudades se convierten en un peligro “moral” para los campesinos y los legionarios en épocas de paz. Los diferentes entretenimientos puestos al servicio de quienes se dispongan a pagarlo, la prostitución, los días festivos, el mercado conspiran contra la antigua moral de Roma. Poco a poco los romanos van a dejar el trabajo en la tierra para identificarse con el teatro, las termas y las luchas de gladiadores. (Robert, 1992:24). Dicho en otros términos, la sensualidad que despierta la experiencia del placer es considerada corruptora de la moral tradicional; y dicha tensión habrá estado presente en la primera parte del Imperio por varios años. Al respecto, no es extraño observar los intentos desesperados de Octavio por volver a esa moral perdida (mítica y ejemplar), aunque no con el ejemplo personal. En definitiva, hay algo de Cartago en Roma. Tras la terminación de la segunda guerra púnica, ciertas costumbres orientales con arreglo a la ostentación, la riqueza personal, y el individualismo se propagan paulatinamente e invaden la vida cotidiana. Los esclavos aumentan en forma estrepitosa, de calcularse 600.000 en el 225 AC se pasa 3.000.000 para el siglo I AC. La población servil salta de uno a cinco, y los campos quedan bajo la influencia de los grandes terratenientes alojados en las grandes urbes (Robert, 1992:31).

Las diferentes conquistas contribuyeron a la formación de un Estado inmenso, gobernable sólo por medio de la mercantilización del placer, la manipulación política del tiempo libre y la transformación del trabajo en ocio codificado. La rígida moral de los primeros padres de Roma se tornaba insuficiente, para mantener pacificados a esos millares de ciudadanos y peregrinos que invadían las ciudades. Para ello, ha contribuido en gran parte la tergiversación de las doctrinas epicúreas. El mismo Epicuro sostuvo que el placer era necesario para el sufrimiento de cuerpo y espíritu. Sin embargo, pronto los dichos del filósofo griego iban a ser comprendidos acorde al contexto social y político en el cual se vivía en las puertas del I AC. El conductor de esta nueva moral de placer y deseo, han sido el teatro y la comedia en donde la cortesana es la figura principal (productora de placer y dinero) (Robert, 1992:25-27). Si se analizan los textos de Aristóteles, para ser más exactos su octavo capítulo en Política dedicada enteramente a la educación de los jóvenes, se observará que el ocio y la filosofía dentro del ocio ocuparan un papel de privilegio como forma de adoctrinamiento. Así comienza nuestro filósofo “nadie pondrá en duda que el legislador debe poner mayor empeño en la educación de los jóvenes. En las ciudades donde no ocurre así, ha resultado en detrimento de la estructura política …y que el cuidado de ella debe ser asunto de la comunidad y no de la iniciativa privada, como lo es actualmente cuando cada uno se ocupa en privado de la educación de sus hijos” (Aristóteles, VIII, v. I, p. 301).

Siguiendo este razonamiento, el ocio es siempre preferible al trabajo y tiene su razón si puede desprenderse y separarse del juego. En efecto, el juego es para Aristóteles un mal consejero. En resumen, la educación permite adoctrinar a los espíritus y por medio de éste a la estructura política toda. Pero si los ciudadanos se dan ciertas permisiones en sus prácticas ociosas, entonces los placeres exceden a los deberes y eso trae desobediencia. “Está claro, por consiguiente, que deben aprenderse y forma parte de la educación ciertas cosas para poder dirigir nuestros ocios, y que estos conocimientos y disciplinas tienen un fin en sí mismas, mientras que aquellas otras orientadas al trabajo se estudian por necesidad y como medios para otros fines… ni en fin, como la gimnasia, que es útil para la salud y la fuerza (Aristóteles, VIII, V. II, p. 302). Si bien la postura aristotélica no sólo estará presente en todos los filósofos estoicos (incluyendo Séneca y Cicerón), es innegable también que el placer y la desmedida ambición comenzaban a hacerse presentes en la vida de los romanos. En este aspecto, Grimal no se equivoca cuando afirma “Roma, en el momento en que va a entrar en la historia general del Mediterráneo, se ha convertido en un Estado complejo que dispone de considerables recursos, y no ya reducido a una economía agrícola, y abierto, gracias a Capua, a Nápoles y a sus aliadas etruscas, a las grandes corrientes de comunicación que atraviesan la oikumene” (Grimal, 2002:110).

En cuanto al poder militar romano, la investigadora C. Balmaceda analiza el significado de la palabra virtud (virtus) dado en toda la Republica y principios del Imperio. Particularmente, la autora señala “en una sociedad altamente militarizada como la romana, la habilidad física y el coraje- especialmente mostrado en la guerra- permanecieron como los elementos centrales de la masculinidad a lo largo de todo el período republicano y hasta bien entrado el Imperio. Era el valor de sus soldados el que habría ganado a Roma la reputación de una nación fiera e invencible” (Balmaceda, 287). Sin embargo, la valentía es un atributo necesario no sólo para mantener el honor en batalla sino para fundar y sostener a la propia estructura familiar. En efecto, la gloria ganada en el campo de batalla es transferible en épocas de paz al hogar o a la comunidad más cercana.

Por medio de la valentía, la sociedad romana aseguraba la confianza necesaria para mantener las solidaridades entre los agentes. Este sentimiento sublime se ve indefectiblemente orientado hacia la esfera pública aun cuando plausible de ser corrompida tanto por el exceso cómo por el defecto. De esta manera el mundo romano comienza a tejer una densa trama discursiva en donde cada familia se debe al honor de entregar a la República y luego al Imperio a sus hijos varones con el fin de enviarlos a los campos de batalla fuera de la península. Si vivir con honor es un privilegio que los hombres romanos buscan frenéticamente, morir con valentía en el campo de batalla da a la familia de deudos toda una batería de beneficios. Así si bien Roma pudo constituirse como una sociedad de guerreros altamente especializada y conquistar gran parte del mundo conocido, también las diversas campañas bélicas generaron una gran tasa de mutilados o veteranos de guerra quienes engrosaron las filas de las colegiaturas en ocasiones afectando la propia hegemonía romana en forma interna y generando revueltas o guerras intestinas.

Por otro lado, la estructura política de Roma se torna no sólo compleja sino (en cierta forma) ambigua y fascinante. Por un lado, para la muerte de Augusto, el Imperio gobernaba con mano firme a sus provincias, aunque por el otro, los cambios de “príncipe” traían consigo mucho malestar e incertidumbre a los legionarios apostados en ellas. En uno de sus pasajes, Cornelio Tácito cita que tras la asunción de Tiberio varias tropas comenzaron una rebelión en Panonia (situada al sur del Danubio). “Este era el estado de las cosas en la Ciudad, cuando surgió un motín en las legiones de Panonia; no hubo ninguna causa nueva excepto que el cambio de príncipe daba pie a los desmanes de la tropa y a su esperanza en algunas recompensas como las que suelen seguir a una guerra civil. En el campamento de verano estaban juntas tres legiones a las órdenes de Junio Bleso, quien, al enterarse del final de Augusto y de los comienzos de Tiberio, en señal de luto o tal vez de alegría, había suspendido las tareas habituales. A partir de entonces, comenzaron los soldados a relajarse, a estar divididos, a prestar oídos a las palabras de los peores y, en fin, a buscar el desorden y la inactividad despreciando la disciplina y el esfuerzo. Había en el campamento un tal Percennio, antiguo director de obras teatrales y luego soldado raso, procaz en la expresión y experto en alborotar las reuniones con sus dotes histriónicas” (Tácito, I, 16).

El texto que antecede es de una gran valía, básicamente por dos motivos. Como ya hemos dicho, en primer lugar, muestra la fragilidad y la ambigüedad de un Imperio el cual aún debe lidiar consigo mismo, sofocando rebeliones, y manteniendo en equilibrio a sus periferias. Por otro lado, la particular mirada que tenían los aristócratas que residían en Roma sobre el ocio militar. En efecto, Tácito pertenece a un grupo privilegiado dentro de la aristocracia romana . Es en principio, ingenuo sostener que un histrión haya levantado a todos los legionarios apostados en Panonia, mas si así fue, no sabemos con que fuentes Tácito reconstruye ese hecho . Obviamente, que los legionarios en épocas de paz tenían sus momentos de ocio al igual que los ciudadanos que residían en Roma; y claro está que las rebeliones no se iniciaban producto del tiempo libre. A nuestra consideración, este punto es muy importante a los efectos de señalar una hipótesis por demás interesante: para el romano y sobre todo el aristócrata el ocio debía estar regulado en forma de ritual y conducido en ámbitos específicos y fijados para tal fin como por ejemplo un espectáculo teatral o deportivo.

No obstante esto, es posible que el motín haya existido, pero no producto del transcurrir del tiempo libre, sino debido a causas sociológicas más profundas, algunas de ellas arraigadas en la mitología, la jeraquización o estratificación social y la influencia (imagen) de cada emperador tanto dentro como fuera de Roma. En otras palabras, el ocio no sólo se configuraba como una herramienta política sino también como un mecanismo generador de solidaridad social. Lo expuesto hasta el momento, lleva a preguntarnos ¿qué figuras mitológicas fundamentaban y legitimaban el ocio romano?.


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