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OTIUM SINE LITTERIS MORS EST ET HOMINIS VIVI SEPULTURA (LAS PRÁCTICAS DE OCIO DURANTE EL ALTO IMPERIO ROMANO)

Maximiliano Emanuel Korstanje


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Tarraconense

En extensión abarcaba las dos terceras partes de la península Ibérica e incluía regiones que iban desde el río Ebro hasta los límites con Lusitania. Su capital administrativa era la Colonia Iulia Vrbs Triunphalis Tarraco. En su mayoría estaba compuesta por tribus de origen indo (celtiberos) y no indoeuropeos (vascones e iberos). Algunos sugieren dividir la región en dos: la cuenca del Ebro y el norte de la Península. Según Blázquez “La primera cubre una amplia extensión de Hispania muy avanzada culturalmente, asiento de buenas colonias griegas como Rosas, Ampurias, Hemeroscopion, Sagunto, Etc, que favorecieron la causa romana; fue cuna de la civilización ibérica. Los romanos llegaron a esta región en el 218 AC, unos años antes que a la Bética”. (ibid: 39)

Por el contrario, en la segunda región o también conocida Citerior de 293 estructuras político-administrativas contabilizadas por Estrabón, un total aproximado de 179 seguían un parámetro de organización cultural romano, alrededor del 61% del total de las unidades; mientras que el restante 114 mantienen una forma de organización indígena, con un 49%. Esta realidad iba a ser revertida lentamente para mediados del siglo I AC. En este punto, las guerras civiles entre Pompeyo y César movilizaron gran cantidad de individuos a favor de unos y otros. La concesión indiscriminada de títulos y tierras a ciertos grupos iberos como forma de alianza política explica el apego gradual de la Tarraconense a la cultura romana. Blázquez no duda en señalar que “a partir del S. I. AC. El número de hispanos que gozaba del privilegio de la ciudadanía debía de ser elevado en la tarraconense. En el año 90 AC. Pompeyo Strabo, padre de Pompeyo Magno, concedió la civitas romana a treinta caballeros ibéricos de la Turma Saluitana, vascones, ilergetes, edetanos y ausetanos, y después de la toma de Asculum, en el Piceno, durante la guerra Márcica” (ibid: 39).

En lo que respecta a las artes y a la escultura, las obras originarias de Tarraconense comienzan a competir directamente con las itálicas. La Fuente de Tarragona al igual que los discos de mármol, evidencian un refinamiento notable en el estilo de vida de los habitantes. El estilo de arquitectura romana se observaba en el diseño de las fortificaciones, la estructura de las casas y los edificios públicos. Como ya se ha mencionado en varias ocasiones, el reinado de Augusto trae consigo un aumento en la cantidad de construcciones, templos, foros, caminos y vías. Prueba de ello, son los templos erigidos en honor a Augusto en Barcelona, Cartagena, el Templo de Iuno, los circos de Toledo, Sagunto, Calahorra y Tarragona. En estos años se construye asimismo el acueducto de las Ferreas y el teatro de Celsa (ibid: 41-43). Aun cuando, el grado de romanización en Tarraconense sea elevado, a diferencia de Bética, los individuos escogían nombres exclusivamente indígenas ibéricos. Así lo demuestran las inscripciones halladas en el Valle del Ebro a la altura de las cuencas de Duero y Tajo, en Navarra o las Baleares entre otros. Modas con respecto a la cerámica se podían observar en una ciudad como Clunia, de donde se exportaban hacia Numancia, Termancia y Madrid. Asimismo, otros elementos y costumbres se encontraban vigentes en Terraconese en la era romana, tales como el derecho nativo, las vestimentas o tocados femeninos, equipos de guerra para los hombres y el baile de Bastetania. (ibid: 53-54)

En este sentido, el profesor Blázquez sostiene “el derecho indígena se conservaba vigente; se desprende no sólo de la existencia de gran número de ciudades no sujetas a un status jurídico romano, sino del hecho que Hispania es particularmente rica en teseras de hospitalidad, institución que parece remontarse a una práctica indígena anterior a la romanización, acreditada en pactos de hospitalidad, escritos en lenguas indígenas, cuya fecha debe ser relativamente reciente y en tablas de hospitalidad y patronatos: Palencia, 2 A.C; Cortijo de Calvito, Ronda, año 5; Mérida, año 6; Ituqui, año 31; Galicia, año 27.” (ibid: 54)

El patronatum y el hospitium eran dos instituciones que representaban culturas diferentes. En las zonas de mayor penetración cultural romana el patronatum comenzó a desplazar al hospitium como forma de organización político-social. Su forma consistía no en pactos establecidos por medio de la solidaridad y la recepción, sino por el nombramiento de protectores en las diferentes ciudades. Por el contrario, como ya hemos visto en Ramos y Loscertales, el hospitum celta obedece a una dinámica de alianzas pre-establecidas en forma pública. Al respecto, Blázquez nos advierte “D´ors ha deducido del estudio de las tablas de hospitalidad y patronazgo que el hospitium fue la forma más prontamente adoptada en Hispania para revestir un tipo de alianzas públicas que eran tradicionales entre los celtas. En las zonas más romanizadas, en cambio, precisamente las menos célticas, no existía tal tradición y fue preferida la forma del patronato, como forma puramente romana, para nombrar protectores de las ciudades, verdaderos patronos. Con el tiempo, la vieja institución céltica, revestida de hospitium, fue perdiendo terreno a favor de la institución romana del patronato. El hospitium pierde su pureza a medida que nos acercamos al Levante y a medida que pasan los siglos” (ibid: 55).

El patronazgo poseía una presencia mayor en tribus como pelendones, carpetanos, vetones, cántabros y astures mientras que el hospitium se encuentra todavía muy arraigado en los galaicos. En cuanto a las costumbres de las tribus astures, tanto en la gastronomía como en los deportes, Estrabón se esmera en notar que “todos estos habitantes de la montaña son sobrios: no beben sino agua, duermen en el suelo, y llevan cabellos largos al modo femenino, aunque para combatir se ciñen la frente con una banda. Comen principalmente carne de cabrón, a Ares sacrifican cabrones, y también cautivos y caballos; suelen hacer hecatombes de cada especia de víctima, al uso griego, y por decirlo al modo de Pindaros, inmolan todo un centenar. Practican luchas gymnicas, hoplíticas e hípicas, ejercitandose para el pugilato, la carrera, las escaramuzas y las batallas campales. En las tres cuartas partes del año los montañeses no se nutren sino de bellotas, que, secas y trituradas, se muelen para hacer pan, el cual puede guardarse durante mucho tiempo. Beben zythos, y el vino, que escasea, cuando lo obtienen se consume enseguida en los grandes festines familiares…comen sentados sobre bancos construídos alrededor de las paredes, alineándose en ellos según sus edades y dignidades; los alimentos se hacen circular de mano en mano; mientras beben, danzan los hombres al son de flautas y trompetas, saltando en alto y cayendo en genuflexión.“ (García y Bellido, 1945:134)

Seguramente, como describe nuevamente Estrabón, las costumbres cántabras habrían de parecer “extremadas” y “bárbaras” a los ojos de Roma; sobre todo algunas vinculadas a la herencia y los matrimonios. “Así, entre los kántabroi es el hombre quien dota a la mujer, y son las mujeres las que heredan y las que se preocupan de casar a sus hermanos; esto constituye una especie de gynaikokratía, régimen que no es ciertamente civilizado” (García y Bellido, 1945:180)

He aquí, un aspecto que presenta o suscita cierta controversia. A nuestro modo de ver, no existe una correlación tan exacta en afirmar que los pueblos célticos o indo-europeos celtas se afianzaran al hospitum mientras que los no indo-europeos se vincularan al patronazgo. De hecho, los cántabros y astures poseen una raíz indo-europea celta al igual que los galaicos empero mientras unos se abrazan a una institución los otros no. Por otro lado, también hay indicios que presuponen que tanto hospitium como patronatus coexistieron durante algún tiempo.

Otras instituciones nativas que también persistían entre los nativos eran la deuotio y la clientela (ya presentes en épocas de Valerio Máximo). Con el advenimiento al poder de Octavio y afianzado el culto al imperio, ambas decaen progresivamente en su uso y aplicación. Sin embargo, se estima que para el siglo I AC ambas aún estaban presentes en las tribus de la región (aunque el proceso no se da en toda Hispania con la misma intensidad).

En resumidas, cuentas luego del material expuesto podemos afirmar que a diferencia de Bética, Tarraconense, si bien observaba cierta romanización, poseía grado de aculturación era notablemente menor. Es posible, que el régimen de Augusto con respecto a la construcción, el mejoramiento de caminos, el manejo de imágenes haya dado gran publicidad (a favor de Roma) entre los pueblos hispánicos, no romanizados aunque con una notable lentitud. Todos estos símbolos externos, como así la vestimenta romana, sirvieron como mecanismos de aculturación y construcción de imperium. También parece factible afirmar que paulatinamente los usos y costumbres celtas (como así sus instituciones) fueron cayendo en desuso. “Los cultos específicamente romanos en la región comenzaban a propagarse y en los poblados algunos alfareros indígenas adoptaron las modas romanas. En época augustea comienza a acusarse levemente en casas y necrópolis la presencia romana” (ibid: 61). Empero particularmente, nos inclinamos a pensar que existió una fusión entre la cultura celta, más precisamente la institución del hospitium, y la cultura romana. Como sea el caso, luego de un largo viaje imaginario hemos llegado a la última de nuestras estaciones: la región de Lusitania.


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