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OTIUM SINE LITTERIS MORS EST ET HOMINIS VIVI SEPULTURA (LAS PRÁCTICAS DE OCIO DURANTE EL ALTO IMPERIO ROMANO)

Maximiliano Emanuel Korstanje


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CAPITULO III (ROMA Y SUS EMPERADORES: de Augusto a Domiciano)

Con respecto a la función de los ludi o juegos en la vida política de la Roma Imperial y sobre todo en la figura del emperador, Jiménez Sánchez concluye en una de las tesis doctorales más brillantes sobre el tema: “Es significativo observar cómo el incremento en el número de días de juegos en el calendario lúdico coincidió con el aumento del poder imperial. Esto no puede ser algo casual. Los nuevos juegos correspondían mayormente a las celebraciones imperiales; es decir, a fiestas destinadas a exaltar los éxitos del soberano así como sus aniversarios y otros acontecimientos relacionados con su familia. Tal cosa convertía a los juegos en algo más que un mero instrumento de entretenimiento popular. En efecto, los ludi no fueron únicamente un arma de control político sino también un garantizado medio de propaganda. Para ellos se elaboró una compleja teología de la victoria imperial según la cual el emperador era el triunfador perpetuo. Esto se expresaba en el motivo de la fiesta que había reunido al pueblo en el circo – una celebración imperial o de una divinidad asociada en algún modo a la figura del soberano -, a través de una compleja simbología – en la que el emperador era asimilado con el sol que regía el cosmos-, y de las aclamaciones que exaltaban al monarca como el vencedor eterno. Los juegos, por tanto, no sólo evidenciaban la generosidad del emperador sino también su poder y lo imprescindible de su figura dentro de la maquinaria del Estado” (Jiménez Sánchez, 1998:615).

En las próximas páginas intentaremos describir las prácticas de ocio más comunes de parte de los emperadores que simbolizaron y marcaron una etapa dentro del Alto Imperio. Metodológicamente, hemos escogido a Augusto por ser el iniciador de la dinastía Julia, a Nerón por ser el último de los regentes Claudios, y a Domiciano también por ser el último de la dinastía Flavia. Sus diferencias y semejanzas pueden ser contrastadas y analizadas a la luz de más de un siglo de historia; sus caprichos, apegos, visiones e ilusiones hablan y marcan una época en la historia de Roma como civilización.

Octavio Augusto – del 27 Ac al 14 Dc

Sobrino de Julio César, hijo de Cayo Octavio, Octavio Augusto perteneció a la dinastía Julio-Claudia. Durante su regencia (27 AC – 14 DC), emprendió un sinnúmeros de obras públicas en Roma y sus adyacencias. Sin duda alguna, estas empresas ayudaron al desarrollo y la práctica del ocio en todo el Imperio. Una vez coronado Imperator, y pacificada Roma de las luchas internas y las guerras civiles, Augusto mando a construir el Foro, el templo de Marte Vengador, el tempo a Apolo en el Palatium, y entre otros también el de Júpiter Tonante. En este sentido, Cayo Suetonio afirma “el templo de Apolo, en el Palatium, se construyó en la parte de su casa destruida por el rayo, donde habían declarado los arúspices que el dios pedía morada, añadiéndole pórticos y una biblioteca latina y griega … El templo de Júpiter Tonante fue eregido por él en memoria de haber escapado de un peligro durante una marcha nocturna; en una de sus expediciones contra los cántabros, un rayo alcanzó, en efecto, su litera, matado al esclavo que iba delante de él con una antorcha en la mano. ” (Suetonio, Augusto, XXIX-XXX)

Fomentó por medido de ciertos incentivos a que los ciudadanos embellecieran la ciudad, con monumentos nuevos o por medios propios. Se levantaron durante esta época diversas construcciones como el templo a Hércules, diversos museos, el templo a Diana, y teatros etc. Trazó las divisiones de Roma en barrios y secciones, reforzando la vigilancia de las calles y la seguridad por las noches. Entre otras cosas, ensanchó el cauce del Río Tiber, restauró el servicio de correos y emprendió diversas obras de mantenimiento arquitectónico en zonas proclives al derrumbe. Los accesos a Roma fueron mejorados en gran medida, como por ejemplo las obras iniciadas sobre la Vía Flaminia hasta Rimini. Además, Augusto instó a que los ciudadanos volcaran fondos para mejorar todos los caminos y calles de la ciudad por su propia cuenta (Suetonio, Augusto, XXX-XXXI).

Recuerda Tácito sobre su gobierno que: “El mar Océano y largos ríos limitaban el imperio, había conectado entre sí las legiones, las provincias, las flotas y todo lo demás; reinaba el derecho entre los ciudadanos y la moderación entre los aliados, la misma ciudad había sido embellecida con suntuosidad; habían sido realmente pocos los asuntos resueltos por medio de la fuerza, a fin de que el resto disfrutase de la paz” (Tácito, I, 9). Por otro lado, Augusto realzó el uso de ceremonias antiguas y estableció un orden moral limitando el acceso de los jóvenes (sin acompañamiento) a las fiestas Lupercales (hecho que no tenía precedentes en la vida y las creencias romanas). Fomentó los juegos Seculares y anuales en honor a los dioses Compitales. Según Suetonio también “corrigió gran número de abusos tan detestables como perniciosos, nacidos de las costumbres y licencias de las guerras civiles y que la paz misma no había podido destruir. La mayoría de los ladrones de caminos llevaban públicamente armas con el pretexto de atender a su defensa, y los viajeros de condición libre o servil eran aprisionados en los caminos y encerrados sin distinción en los obradores de los propietarios de esclavos … Augusto contuvo a los ladrones estableciendo guardias en los puntos convenientes” (Suetonio, Augusto, XXXII).

Si bien, por un lado el mismo Suetonio resalta el carácter demagógico, autoritario y a veces perverso de Augusto para con sus enemigos. Por el otro, exalta también una figura comprensiva, solidaria e igualitaria. A varios caballeros patricios que habían sido arruinados producto de las luchas internas, y que consecuentemente durante los juegos públicos no podían sentarse en las gradas destinadas para los patricios, el Emperador instó a que se libraran de estas restricciones, permitiendo el acceso tanto a ellos como a sus parientes (Suetonio, Augusto, XXXII). Otras crónicas afirman que no era participe de llevar las peleas entre los gladiadores a la muerte de alguno de ellos. No obstante, consideraba que todo aquel espectáculo de lucha debía ser admirado por el valor de los contendientes. Dentro de su psicología, y fiel al espíritu de Febo, Augusto exacerbaba valores vinculados al coraje y al valor en casi todas sus apariciones públicas premiando a los contrincantes más allá del resultado del combate. En este sentido, podemos afirmar que el Emperador demostraba cierta pasión por la lucha greco-romana, e instaba (así) a la industria de los espectáculos deportivos aunque sometidos a las más severas leyes del Estado (Suetonio, Augusto, XLIV-XLV).

El gobierno de Augusto se caracterizó por un eximio uso de las posibilidades iconográficas como elementos de poder político. El arte y la literatura fueron conductores en la construcción de un discurso que ayudara a suavizar y a convencer sin oprimir (Zanker, 1992). En efecto, durante la época de Octavio-Augusto se realizaron diferentes obras que no sólo mejoraron la fachada de la ciudad sino que además implicaron profundas reformas sociales (como una nueva distribución en los excedentes de trigo). Los caminos mejoraron la economía recibiendo a miles de personas provenientes de diversas partes del Imperio, los monumentos habrían sido la atracción obligatoria para estos viajeros como lo eran las fiestas y el combate de gladiadores. La frase “todos los caminos llevan a Roma” parecía un realidad insoslayable mientras Augusto regía los destinos del imperio.

Desde el punto de vista moral, el príncipe intentó reestablecer los antiguos valores de la sociedad tradicional agrícola, resaltar la sencillez como oposición al lujo desmedido, abogar por el trabajo y la alegría como estilos de vida propios de la “gloria de Roma”. Sin embargo, no sólo sus ideales parecen no haber encajado en la época que se vivía, sino que además él mismo era presa de una doble moral. Públicamente estimulaba la filosofía y la literatura como formas de ocio dignas mientras que en su vida privada se entregaba sin descaro a los grandes placeres que también ofrecía la vida en los palacios. (Robert, 1992:39)

En este sentido podemos afirmar que con respecto a su vida familiar, Augusto no parecía esbozar grandes lujos aunque era sabido su debilidad por las mujeres jóvenes y el juego. Generalmente, en sus retiros fuera de la ciudad, se inclinaba por las casas con vista al mar con una decoración interna muy simple como Lanuvio, Prenesto y Tibur. En cuanto a sus comidas, no tenía un horario pre-establecido, y en ocasiones comía muy poco. Sus platos preferidos eran el pan mezclado, los pescados pequeños, los higos y los quesos caseros. Cuando se desvelaba, por las noches, a veces con frecuencia, obligaba a que le recitasen cuentos hasta el amanecer. También le costaba mucho madrugar y cuando debía dar alguna ceremonia privada elegía hospedarse en cercanías del evento.

En lo que atañe a sus viajes, la mayoría eran por las noches y producto de su experiencia (con el accidente del rayo que casi le cuesta la vida) detestaba los días de tormenta. Por otro lado, era común no ver al emperador viajando de día ya que le molestaba mucho la luz solar. En este punto, cabe mencionar que Augusto era sumamente supersticioso y creía como cierto todos los auspicios. Si antes de emprender un viaje por la mañana le ponían el calzado del pie izquierdo en el derecho, eso era señal de mala suerte; si no caía un rocío matutino antes de salir, eso era un signo que presagiaba peligro. Aun cuando no tengamos registros que evidencien que haya cancelado algún viaje por este motivo, sus biógrafos por medio de sus cartas privadas han podido reconstruir en cierta forma (y debemos reconocerlos con ciertos sesgos) el perfil del Emperador.

Después de un extenuante día, para relajarse tomaba baños de mar y termales, aunque diariamente no era muy adepto de los baños. Otra de sus prácticas en lapsos de descanso se relacionaba con la pesca, la poesía y el teatro. Si bien no observaba mucho la ortografía incursionó en algunos poemas que leía en voz alta frente a sus invitados en los banquetes (Suetonio, Augusto, LXXV-LXXIX). Tras su muerte, Augusto fue recordado con cierta ambigüedad, favorablemente por algunos y cruelmente por otros, no obstante reconocido por las construcciones, las obras de infraestructuras y el embellecimiento de la ciudad. No es de extrañar, este hecho dada la tendencia de éste príncipe para manipular a su favor las imágenes. Dice al respecto Tácito en sus Anales “el mar Océano y largos ríos limitaban el imperio, había conectado entre sí las legiones, las provincias, las flotas y todo lo demás; reiniciaba el derecho entre los ciudadanos y la moderación entre los aliados; la misma Ciudad había sido embellecida con suntuosidad; habían sido realmente pocos los asuntos resueltos por medio de la fuerza, a fin de que el resto disfrutase de la paz” (Tácito, I, 9).


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