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OTIUM SINE LITTERIS MORS EST ET HOMINIS VIVI SEPULTURA (LAS PRÁCTICAS DE OCIO DURANTE EL ALTO IMPERIO ROMANO)

Maximiliano Emanuel Korstanje


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CONCLUSIONES FINALES

Parece que el mundo romano ha fascinado a los medievales y a los modernos por largo tiempo; y parece que lo seguirá haciendo por mucho tiempo más. Obviamente, que por limitaciones personales y de tiempo no nos hemos podido ocupar de todos los aspectos en la vida del Alto imperio, mas sólo focalizar en las formas de ocio que se practicaban en ese entonces y su relación con el mundo político tanto dentro como fuera de las grandes urbes. De todos modos, creemos que los resultados a los cuales hemos llegado se tornan interesantes como nueva forma de estudio dentro de turismología y la historia antigua. Cada civilización ha tenido sus formas particulares de ocio y entretenimiento, consecuentemente estudiando cada una de ellas, es posible aislar ciertos elementos analíticos (que con cierto recelo) pueden ser comparados en sociedades modernas. No obstante, volviendo al objeto de estudio que nos convoca en esta ocasión, creemos necesario exponer las siguientes conclusiones básicas a las que hemos podido arribar: Si bien no existe consenso, hemos seguido a Suetonio y elegido como unidad de estudio una parte de la historia de Roma, precisamente aquella que va desde el comienzo de la dinastía Julia en el poder (27 AC) hasta el final de la Flavia (96 DC).

Esto nos permite poder comparar ciertos elementos analítico-empíricos de tal manera de poder responder las preguntas fijadas en la introducción. Consideramos, a su vez, que las particularidades económicas, militares, sociales e institucionales de las dinastías Julia, Claudia y Flavia difieren en cuanto a la estabilidad de los límes, el apego del culto imperial, y las tradiciones religiosas, con respecto sus sucesoras. Ese fue el motivo, por el cual hemos fijado en la dinastía Flavia como la última perteneciente al Alto Imperio. Por otro lado, el crecimiento de Roma como civilización fue dándose lenta y paulatinamente. De resumir las causas que llevaron a Roma a convertirse en un Imperio, podemos señalar que los botines y riquezas obtenidas de las conquistas militares y la llegada de capitales en busca de inversiones; diversas alteraciones en la forma de producción agrícola.

Asimismo, muchas tierras eran compradas por el senado o repartidas a una suma muy cómoda, generando una nueva forma de trabajo. Numerosa cantidad de esclavos eran enviados a trabajar los campos; con la excepción de que en este nuevo sistema económico los amos no residían en los latifundios sino que se habían instalado en las grandes urbes. Finalmente, los ex propietarios de las tierras, quedaban casi acorralados en un camino de difícil solución, quedarse en los campos como arrendatarios o incorporarse a las filas de los clientes en las ciudades. Desde el punto de vista económico, las conquistas romanas (en sus comienzos) suministraron no sólo equilibrio institucional, sino que emanciparon a las clases menos favorecidas ha emigrar hacia las nuevas tierras en búsqueda de oportunidades bajo la figura legal del ager publicus (propiedad colectiva). Fundamentalmente, este hecho es simultáneo a un proceso masivo de acuñación monetaria, en el cual la moneda clásica de plata de los siglos V y IV es reemplazada para el siglo III por bronce. (Grimal, 2002:109). Aunque a medida, que crecía la pasión de los romanos por las facilidades de la vida urbana, este proceso no sólo fue disminuyendo sino que también fue invirtiéndose.

La moral de Roma se encontraba en un dilema de difícil solución; y aunque Octavio intentó restituir en la vida cotidiana los valores tradicionales, su barco naufragó, en el océano del placer y la ostentación. A esa civilización de humildes campesinos latinos con costumbres rígidas y sagradas, con apego al trabajo y sobre todo a la tierra, se le fue oponiendo un romano competitivo, capitalista, cuya ambición no era otra que el cultivo masivo y la posesión de extensos territorios en las afuera de Roma, la celebración de lujosos espectáculos, y banquetes en donde se pusieran de manifiesto todas sus riquezas y vanidades. Las diferentes conquistas contribuyeron a la formación de un Estado inmenso, gobernable sólo por medio de la mercantilización del placer, la manipulación política del tiempo libre y la transformación del trabajo en ocio codificado. La rígida moral de los primeros padres de Roma se tornaba insuficiente, para mantener pacificados a esos millares de ciudadanos y peregrinos que invadían las ciudades. Para ello, ha contribuido en gran parte la tergiversación de las doctrinas epicúreas. El mismo Epicuro sostuvo que el placer era necesario para el sufrimiento de cuerpo y espíritu. Sin embargo, pronto los dichos del filósofo griego iban a ser comprendidos acorde al contexto social y político en el cual se vivía en las puertas del I AC. El conductor de esta nueva moral de placer y deseo, han sido el teatro y la comedia en donde la cortesana es la figura principal (productora de placer y dinero) (Robert, 1992:25-27).

El profesor Jean Noel Robert nos introduce (por la segunda guerra púnica) en la paulatina incorporación de la Venus del monte Eryx, (lugar en donde se dio la exitosa ofensiva romana contra Cartago). Una forma de demostrar agradecimiento, era la veneración y el tributo a Venus. Asimismo, esta Diosa conformada en Sicilia por costumbres orientales que los antiguos romanos de la República consideraban escandalosa trajo no pocos problemas al senado. De esta forma, la institución intentó por todos los medios aceptar a la Venus Erycina, la cual simbolizaba el desenfreno, el amor, la pasión y la lujuria, oponiendo una figura totalmente contraria a ésta: la Venus Verticordia, orientada a la virtud, la castidad, el amor como signo de belleza y pureza.

Esta hipótesis nos lleva a suponer que entonces hubo una era dentro de la historia latina, en la que ocio y placer parecen no haber sido la misma cosa. Aunque por otro lado, si bien la mayoría de los romanos (de poca instrucción) confundiera placer con ocio, existía un grupo de individuos cuya visión sobre el placer adquiere caracteres negativos: los filósofos. El tiempo libre (el cual era un atributo también de los esclavos), en este sentido, comienza a codificarse de tal manera que da nacimiento a una nueva forma de teatralización del tiempo no obligado cuya base descansaba en el control social y político. Ya al pobre, no le interesaba tanto emigrar hacia los campos en donde sus posibilidades podían mejorar, sino que prefería disfrutar de las fiestas y los ludi gladiatorii en las grandes urbes del imperio. Estas tramas llegaron a ser tan pero tan ambivalentes y contradictorias, que un esclavo podía gozar de un sinnúmero de placeres mientras un ciudadano libre apenas podía contarse con un baño termal.

Durante la dinastía Julia, fecha en que se comienza a conformar el Imperio como tal, se ha observado una tendencia compulsiva a construir edificios y organizar festivales como modo de apoyo político a la gestión personal. Así, el ocio como elemento onírico (político) invierte el orden establecido en la cultura política pero a la vez la legitima. Estas conclusiones parciales, traen consigo cuestiones de otra índole que deben continuar siendo investigadas; ya que los resultados obtenidos (por un lado) sólo son aplicables en un ámbito geográfico determinado: la ciudad de Roma. Empero fuera de ella, existía todo un mundo en ocasiones parecido pero también diferente.

La construcción de la civilidad y la barbarie estaba relacionada al uso de la razón como elemento ordenador del mundo (influencia de la filosofía estoica). Dentro de éste Ethos, existían variados matices y grados mientras que fuera de él, se ubicaban el mundo no civilizado y consecuentemente los bárbaros. El comercio y el intercambio de bienes con Roma no sólo era un elemento que contribuía a la colonización económica política sino que además influía en la asimilación cultural como el caso de Bética y parte de Galia. A medida que los diferentes pueblos iban aceptando las vestimentas, costumbres y formas de ocio romanas iban dejando de lado sus propios estilos de vida. Este fenómeno puede observarse en regiones en las cuales se ubicaba una elite de ciudadanos romanos producto de la explotación minera. En los casos de Germania, o Cantabria parece que los romanos no tenían mucho interés en interactuar con las tribus locales. La germaneidad, luego de las derrotas de Vero (Teutenburg) fue construida tomando ciertos parámetros específicos con mención explicita al salvajismo, el coraje, la comunidad, el desapego a la agricultura y a la posesión territorial, el nomadismo como símbolo de atraso económico y la hospitalidad como modo de pacto político inter-tribal. A pesar de las incursiones de César, el Rin se constituye no sólo como un límite territorial entre el mundo civilizado romano y “la Germania profunda” sino como un límite psicológico de caos y desorden. Los celtas (tanto en parte de Hispania, Galia y Britania) por su parte, se constituyeron en una imagen intermedia con arreglo a valores tales como: la astucia, la ambigüedad, la hospitalidad, el valor, en algunos casos la amistad con Roma, las intrigas, y cierto esoterismo religioso proveniente de un grupo privilegiado de sacerdotes “druidas”. Esta civilización significaba para Roma, el eslabón intermedio entre el salvajismo puro (cuya máxima expresión eran los germanos) y la civilización helénico-latina.

Si bien en parte “es muy difícil querer juzgar un hecho de civilización con unos valores distintos a los que regían en la sociedad que se pretende juzgar” (Robert, 1992:114), Roma y sobre todo su proceso socio-económico de expansión, conquista y romanización tienen mucho para decir (aún) con respecto a la construcción cultural del ocio y/o el placer, como mecanismos de control político, social y económico. En líneas generales, coincidimos plenamente con el profesor Jean Noel Robert, quien siguiendo a Tertuliano señala “allí donde hay placer, hay pasión; es la pasión la que da al placer su sabor. Allí donde hay pasión, hay competencia; es la competencia la que da a la pasión su sabor” (Robert, 1992:113).

Estas conclusiones, aunque necesita y merecen seguir siendo estudiadas nos oponen en latitud de 180 grados con aquellos estudiosos que pre-suponen que el ocio (otium) es una construcción moderna producto de la era capitalista (Dumanzedier, 1954) (Parker, 1971). En efecto, el ocio no sólo es una construcción social ya presente en la antigüedad clásica sino que además ya en ese entonces conservaba una relación directa con las estructuras económicas y políticas como se puede observar en la actualidad. A grandes rasgos, Roma nos ayuda a comprender las dinámicas del ocio, sus manifestaciones y expresiones como así también los aspectos analíticos que en su proceso intervienen. Al respecto, Frederic Munné señalaba “el otium de la sociedad romana presenta unas connotaciones nuevas que responden a un contexto económico y político diferente; en efecto, Roma introduce, por primera vez, el ocio de masas. Desde los ludi y los numera hasta los mimos y la comedia (atellane), organizados por el Estado en los días de fiesta que ocupaban casi la mitad del calendario, el ocio popular, masivo y anónimo, es despreciado por las élites que lo alientan y utilizan como instrumento de dominación” (Munné, 1999:43)

Sin embargo, la observación de Munné es creíble sólo en parte ya que el ocio, en ocasiones, se tornaba algo más que un instrumento de dominación política (como ya hemos visto). Posiblemente, en los ludi, los banquetes, los teatros surge una tendencia a la teatralización y la dramatización de las prácticas sociales, en donde sus participantes no sólo legitimaban sus jerarquías sino que también competían por la adquisición de status, nuevos roles, ostentación, competencia y poder. En resumen, el ocio romano significaba no sólo una forma de esparcimiento sino toda una estructura (industria) al servicio del ciudadano, la cual recordaba constantemente la grandeza de Roma sobre el resto del mundo conocido. Como forma de control política, el otium no sólo era una institución sino que se presentaba como un conjunto de normas, valores, y prácticas específicas a modo de ser manipuladas estratégicamente tanto por los príncipes como por sus soberanos. En este contexto, el emérito profesor de la French School en Roma, J. Carcopino afirma “la política de los Emperadores estaba prescripta por la necesidad de gobernar a las masas. Acabamos de ver principios similares en la Alemania moderna con el Kraft durch Freude, en Italia con el Dopo Lavoro, en Francia con el Ministerio de Ocio. Pero estas políticas no tienen punto de comparación con aquellas que llevaban a cabo los romanos. Por medio del propio ocio, el Imperio Romano pudo legitimar y preservar su propia existencia en una capital que se encontraba superpoblada con gran parte de la población sin sus necesidades satisfechas, manteniendo además la paz en casi un millón de personas” (Carcopino, 1956: 214).

La exhuberancia y la voluptuosidad daban placer a un espíritu que exigía trascendencia, y que siglos más tarde encontraría una nueva crisis (con la llegada del cristianismo como religión del Estado). Es que, algo hay de Roma en Occidente Moderno que aún siendo sociedades tan distantes las hace semejantes en algún sentido. De todos modos, como advirtió Douglas la similitud no explica per se causalidad científica; es por ello que deben estudiarse exhaustivamente los contextos históricos y los elementos que han intervenido en la formación etno-genética de cada civilización. Roma sugiérenos hipótesis de estudio tentativas y nos invita a reflexionar constantemente, quizás esa es la fascinación que ha despertado a lo largo de los siglos. Empero, esta idea asume una de mayor relevancia.

“En este sentido, consideramos oportuno volver a señalar (más allá de Roma) las posibilidades que nos tiende el estudio del ocio en grupos y civilizaciones tan diferentes a la nuestra (pero a la vez tan parecidas). Más aún, consideramos al estudio del ocio antiguo como una forma científica (y disciplinar) que en los próximos años ayudará a los contemporáneos a comprender las dinámicas que adquieren sus propias prácticas con respecto al tema; y en conjunción con sus estructuras políticas y formas de construir la “otreidad”. Es quizás la relación entre tiempo libre, explotación económica, codificación del ocio y asimilación cultural, una fórmula que nos lleva hacia las siguientes preguntas. ¿qué vínculo existe entre el ocio y la estructura política?, ¿es el ocio la codificación política del tiempo no obligado?” (Korstanje, 2008:6).


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