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OTIUM SINE LITTERIS MORS EST ET HOMINIS VIVI SEPULTURA (LAS PRÁCTICAS DE OCIO DURANTE EL ALTO IMPERIO ROMANO)

Maximiliano Emanuel Korstanje


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Los Lujos y la Pobreza

“En sus orígenes, el romano es un soldado y un campesino. El trabajo encarnizado, la frugalidad y la austeridad constituían las tres reglas mayores de la vida de estos hombres de la tierra que podían, como Cincinnatus, y sin transición, pasar de las labores del campo a la dirección de los negocios de Estado” (Robert, 1992:21). El párrafo que antecede ilustra fielmente las formas morales que los antiguos romanos (republicanos) practicaban antes del advenimiento de los procesos imperiales. En este sentido, a medida que Roma comenzó a crecer (por sus adquisiciones de territorio y conquistas) también aumentaba su pobreza (Robert, 1992) (Korstanje, 2008b) (Paoli, 2007).

El siguiente apartado tiene como objetivo analizar críticamente el papel del la pobreza en la Roma de la dinastía Julio-Claudia y su relación con la incorporación de complejas formas codificadas de bienestar como lo fueron el otium y el placer. Para ello hemos usado fuentes de segunda de biógrafos latinos contemporáneos a la antigüedad clásica. En efecto, comprender la historia es comprender el presente en forma reflexiva. Así, como la antropología como disciplina se distingue por su capacidad de observar in situ al “otro” y retornar para comparar esos conocimientos con las sociedades urbanas, un “otro” históricamente localizado (como lo fue el Imperio Romano) puede ayudarnos a comprender el tema de la pobreza y su función social en las sociedades de las que formamos parte. Pero, ¿qué es la pobreza?, y ¿como se diferencia de la marginalidad?

Comprendemos (con Lomnitz) por pobreza a todo proceso estructural relacionado con la falta de insumos para la subsistencia y/o adaptación al entorno desde una perspectiva puramente cuantitativa; por el contrario, la marginación presupone una división y especialización previa de la producción industrial. El punto es que de por sí, todo desarrollo industrial implica cierta marginalidad ya que presupone una especialización en la tarea y una división entre la producción industrial y agro-pecuaria. Pero Lomnitz, es consciente de la operalización de término que ella considera pertinente en el estudio del problema; y en ese sentido crea uno nuevo: la marginalidad de pobreza. (Lomnitz, 1989)

La cuestión del estudio de la pobreza dentro de las Ciencias Sociales amerita ciertas precauciones epistemológicas. En principio, una definición consensuada y certera de lo que se entiende por tal, mientras en un segundo plano establecer un límite teórico preciso sobre su sentido específico. ¿Es la pobreza una cuestión de posesiones o carencias materiales?.

En la antigua Roma imperial, la búsqueda por los placeres sensibles, se constituye como la mayor preocupación de los hombres para con la moral. Algunos pensaban, que la moral tenía como objetivo frenar y obstaculizar los derechos naturales del hombre a sentir placer (Robert, 1992). En efecto, es la introducción de ciertas malas interpretaciones de la filosofía Epicúrea uno de los mecanismos por los cuales comienza a normalizarse la expresión hedonista del placer, y en consecuencia la conformación del otium latino (Korstanje, 2008b). Al respecto, Jean Marie Robert, sostiene una tesis por demás particular. “El placer en Roma toma pues un carácter de cáncer obligado de toda civilización, un mal que todos toman por un remedio de la existencia, pero que contribuye, a la larga, a su decadencia. Es precisamente esta expansión del apetito de goce lo que hemos querido conocer mejor en la civilización romana, tomando el término placer en su sentido más amplio, aplicado a los más variados dominios de la vida cotidiana.” (Robert, 1992:14)

Pero ¿cuál era el rol de la familia en este caso?. En este contexto, la familia se ubica como la principal herramienta de la moral. Esta, a su vez, además de sus miembros, reúne ciertos elementos naturales y sobrenaturales cuyos valores principales se encuentran en la unión familiar. “Es también el marco de la educación de los hijos en el respeto de las tradiciones nacionales y familiares. Los antepasados de las grandes casas constituyen auténticos ejemplos para los descendientes, que se esfuerzan por imitarlos” (ibid: 23). Según el historiador Fustel de Coulanges, fueron las diversas revoluciones entre el patriciado y la población empobrecida una de las causas (entre tantas) de la pérdida por la devoción al culto del Paterfamilae; en consecuencia, paulatinamente, se comenzaron a tener menos hijos, y hubo menos matrimonios. A medida que Roma se agranda comienza no sólo a adquirir otras tradiciones, sino que también se desprende de las suyas. “Uno de los rasgos más notables de la política romana era que se atraía los cultos de las ciudades vecinas, poniendo el mismo cuidado en conquistar a los dioses que las poblaciones. Se apoderó de una Juno de Veies, de un Júpiter de Preneste, de una Minerva de Falerio, así como de otra Juno de Lanuvio …” (Coulanges, 2005:344)

En este sentido, Pierre Grimal sugiere la idea de que las conquistas griegas de Alejandro Magno en Oriente fueron los primeros antecedentes de la importación del placer al mundo helénico, y luego se traspasa al mundo romano. A su vez que “La influencia de Alejandro, sensible en Roma desde el tiempo de la segunda guerra púnica, alcanza, sin duda, su apogeo al final de la República, con César. Alejandro es el modelo declarado de César y el paralelo que los historiadores gustan de establecer entre ellos, desde la Antigüedad, no es sólo un artificio retórico …como sabemos, la Fortuna ofreció a César un magnifico desquite, permitiéndole reunir bajo el poder de Roma, en su edad madura, un imperio casi tan vasto como el de Alejandro” (Grimal, 2002:17). Empero, es interesante detenerse en dos cuestiones las cuales consideramos capitales: una es, que tras la muerte de Alejandro (323 AC) el Imperio helénico se desmembra iniciando una serie de guerras internas constantes; si bien, esto también se observa en Roma el conflicto entre Octavio y Marco Antonio se resume en la constitución del Imperio. Por otro lado, la extensión del Imperio romano, la adquisición de los diferentes valores culturales, costumbres y la articulación del imperium de estructuras políticas tan dispares entre sí, ameritaban la introducción de un mecanismo destinado a crear unión y fraternidad entre los hombres: el placer y el ocio. (Korstanje, 2008b)

Entre aquellos quienes se opusieron al avance del placer como forma de control, estaban los filósofos (sobre todo los estoicos) quienes se iban a remitir miticamente una y otra vez, a los lazos morales de la Republica en sus escritos como así también en las necesidades del sufrimiento y el castigo. Sin ir más lejos, sostenía Séneca, “No es por tanto que las calamidades sean deseables, sino la virtud con que son soportadas. Algunos de los nuestros opinan que la fortaleza en resistir estas cosas no es deseable ni reprobable, pues nuestro anhelo tiene que dirigirse al bien enteramente puro, no perturbado, y libre de molestia. No es éste mi parecer. ¿Por qué?. Primeramente porque es imposible que una cosa sea buena y no sea deseable, después porque si la virtud es deseable y no existe ningún bien sin virtud, todo bien tiene que ser también deseable; y, finalmente, porque la fortaleza es deseable hasta padecer las torturas.” (Séneca, V II,. VII, t. I, LXVII, p.157)

La educación, o mejor dicho, su falta era para los filósofos una de las principales causas del caos provocado por la exacerbación del placer. La moral de la felicidad, era contemplada para estos personajes como un asunto totalmente negativo que sólo podía traer desintegración. Epicuro, en sus escritos sostenía que el placer debe buscarse como forma paliativa a la enfermedad. Pero la introducción de esta tesis en el mundo latino se hace de manera parcial. El placer supremo es la ausencia total del dolor. Pero Epicuro, distinguía los placeres necesarios de aquellos que no lo eran. En efecto, “los placeres naturaleza; los placeres naturales no necesarios, que permiten de manera superflua variar los placeres…y los placeres ni naturales ni necesarios, como la ambición o la codicia, que deben ser reprimidos” (Robert, 1992:25). Pero el epicureismo es confundido como una forma de moralidad en sí misma, expresado en el teatro como vehículo de difusión. “Este ideal es el del pueblo llano y lo llena de alegría en una época en que las autoridades promulgan leyes para luchar contra el lujo, las riquezas y el libertinaje. La cortesana es el personaje obligado de estas obras teatrales, objeto de la concupiscencia general y la emperatriz del placer”. (ibid: 27)

En vano fueron los diferentes intentos de combatir esa voluptuosidad hedónica. Cuenta Tácito que durante la regencia de Tiberio se buscó reprimir a aquellas mujeres (de linaje patricio) que buscaran la prostitución “ese mismo año se reprimió la deshonestidad de las mujeres con unos severos decretos del senado y se prohibió que se traficara con su cuerpo aquella cuyo abuelo, padre o marido hubiese sido caballero romano. En efecto, Vistilia nacida de una familia de pretores, había hecho pública ante los ediles su dedicación a la prostitución siguiendo la costumbre de los antiguos que consideraban que en la misma confesión de su deshonra había castigo suficiente contra las mujeres de mala vida”. (Tácito, II, v.85, p.172). De la narración que precede, se pueden obtener dos ideas interesantes en cuanto a nuestro tema de estudio. Una de ellas es el dinámico contexto económico en el cual se llevaba a cabo la vida durante los inicios de la regencia Claudia. En efecto, un ciudadano de noble cuna podía empobrecer de un día para otro y pasar a formar parte de un grupo clientelar. La segunda idea y más importante aún, la imposición de ciertas pautas y normas acorde a la “moral de los antiguos”. Obviamente, esta política de represión no prosperó.

Pero por otro lado, también las mismas autoridades promueven el uso del otium o de los juegos como formas de legitimación política. The Employment of leisure, es para Carcopino, una cuestión de aplicación económica y demográfica que exceden lo sagrado. Una forma de manejar a las masas por medio de la exacerbación de las sensibilidades y una disminución de sus responsabilidades. Con respecto al ocio y placer, el autor sostiene “by means of them, the Empire preserved its existence, guaranteed the good order of an overpopulated capital, kept the peace among more than a millon men. The zenith of its greatness at the beginning of the second century coincides with the maximum magnificences of its races and its games, the performance in the theatre, the real combats of its arena, the artificial battles, the literary and musical competitions of its agones.” (Carcopino, 1956: 213)

En esta misma línea podemos afirmar que la civilización urbana ofrece a sus súbditos las tentaciones del placer; sobre todo en eras de inflación y desempleo producto del engrandecimiento de la mano de obra esclava. Entonces, la ociosidad se instala como un valor cultural nuevo que se nutre del empobrecimiento de las capas periféricas de la sociedad. En consecuencia, el goce reemplaza al sacrificio, el poder a la virtud, las riquezas a la austeridad. El conocido éxodo rural refuerza esta dinámica junto a los botines de guerra y las indemnizaciones exigidas por Roma a sus “pueblos pacificados”.

El profesor Robert sugiere que “los hombres políticos compran los sufragios de este pueblo ocioso a cambio de los juegos que le ofrecen en diversas ocasiones, y este pueblo manifiesta a quien proporciona los juegos su sostén o su reprobación, según la calidad de los espectáculos ofrecidos (Robert, 1992:32). Roma ensaya por primera vez, y para luego insertarse en occidente, el placer de ser pobre. Una especie de transferencia psíquica de rencor, admiración, imitación y coacción entre el ethos de la opulencia y la carencia. Precisamente, la posibilidad de trascender la pobreza manteniendo el rol de pobre es la ilusión y el sentido de serlo.

Pero, la crítica de los filósofos estoicos a la moral del placer, es indirectamente una incesante y obsesiva búsqueda de retornar al orden republicano. En su libro segundo, Cicerón advierte “cuantas veces he pensado – y estos pensamientos me preocupan con frecuencia y largamente – en los mejores medios de ser útil a mi patria, de servir sin interrupción a los intereses de la República, nada me ha parecido más conducente a este propósito que abrir a mis conciudadanos el camino de los nobles estudios, como creo haberlo hecho ya en muchos libros”. (Cicerón, Libro II, I, p.65)

Otro autor clásico, Cornelio Tácito (aunque en la era Antonina) también se refería al tema cuando señalaba “los hombres primitivos, al no tener aún inclinaciones perversas, vivían sin maldad ni crímenes, y por tanto sin penas ni castigos. Tampoco había necesidad de premios ya que la honradez se perseguía por natural predisposición; y como nada deseaban en contra de la costumbre, nada se les prohibía por medio del miedo. Pero después de que la igualdad empezó a olvidarse, y la ambición y la violencia se fueron imponiendo en lugar de la moderación y la vergüenza, surgieron las tiranías; y en muchos pueblos se afincaron para siempre.” (Tácito, III, v. 26, p.194)

Si bien es cierto que se dictaron diferentes normativas (lex) para hacer frente a la opulencia y al lujo desmedido (como ya se ha insinuado), también los príncipes se veían seducidos en su privacidad por un ocio enajenante que los “embriagaba” de un placer desmedido. Con respecto a la función de los ludi o juegos en la vida política de la Roma Imperial y sobre todo en la figura del emperador, Jiménez Sánchez concluye en una de las tesis doctorales más brillantes sobre el tema: “Es significativo observar cómo el incremento en el número de días de juegos en el calendario lúdico coincidió con el aumento del poder imperial. Esto no puede ser algo casual. Los nuevos juegos correspondían mayormente a las celebraciones imperiales; es decir, a fiestas destinadas a exaltar los éxitos del soberano así como sus aniversarios y otros acontecimientos relacionados con su familia. (Jiménez Sánchez, 1998:615)

Finalmente, la leyenda de voluptuosidad y Psyché no hace más que recordarles a los filósofos romanos y griegos, la naturaleza entrópica que implica la satisfacción del placer constante y la diferencia con la felicidad auténtica; y este mito va a ser invocado una y otra vez, por todos aquellos que critiquen los lujos desmedidos y las prácticas de los ciudadanos urbanos, resumiendo el triste final de Psyqué que perdió a su amor (desconocido) como producto de su curiosidad y la intriga que supieron en ella despertarle sus envidiosas hermanas. (Robert, 1992:43)

Desde el punto de vista moral, Augusto intentó reestablecer los antiguos valores de la sociedad tradicional agrícola, resaltar la sencillez como oposición al lujo desmedido, abogar por el trabajo y la alegría como estilos de vida propios de la “gloria de Roma”. Sin embargo, no sólo sus ideales parecen no haber encajado en la época que se vivía, sino que además él mismo era presa de una doble moral. Públicamente estimulaba la filosofía y la literatura como formas de ocio dignas mientras que en su vida privada se entregaba sin descaro a los grandes placeres que también ofrecía la vida en los palacios. (Robert, 1992:39)

En concordancia, con la figura mítica de Augusto, los emperadores romanos orientaban grandes esfuerzos en mantener una imagen y un montaje. En cierta manera sus medidas de mayor popularidad no trascendían de ninguna forma la lógica imperial; e incluso la de sus propias posesiones y riquezas. Como acertadamente sostiene el profesor Paoli, la otra cara de la opulencia latina, los “sectores marginados”, los esclavos, clientes y ciudadanos pobres comenzó a hacerse notorio en la vida cotidiana. “No hay metrópoli que no presente grandes contrastes … el lujo de los opulentos brillaba sobre un fondo de humillaciones y de miserias: mendici, mimae, baladrones” (Paoli, 2007:49). La diferencia entre ricos y pobres, amos y esclavos era soslayada, pero tomaba un carácter visible e inverso durante las fiestas Saturnalias. Este ritual ofrecido al dios Saturno, quien cuenta la leyenda que expulsado por Júpiter se aloja en al Capitolio (en Saturia). Asimismo, Saturno es considerado un dios igualitario y rememora la época en que todos los hombres eran iguales. Oficialmente, estas fiestas comenzaban el 17 de Diciembre con sacrificios de animales y banquetes públicos. El festejo duraba alrededor de 7 días y consistía en una inversión de la estructura social. En efecto, circulaban regalos por doquier y de toda naturaleza, los esclavos burlaban y parodiaban a sus amos; incluso el orden social vigente parecía suspenderse durante ese lapso.

En su escenificación dramática del descontrol los romanos ejercían un ritual codificado y ordenado de su propio orden. Este hecho, aunque no por sí solo, demuestra la jerarquización de la sociedad romana. (Solá, 2004:252). La sociedad romana estaba fundada alrededor de ciertos valores que sostenían su estructura social como por ejemplo la negociación y la adulación. El romano medio, sin poder y sin riquezas, para sobrevivir debía tejer una estratégica red de relaciones y alianzas. Muchas veces, intercambiando familiares en matrimonio para garantizar la paz, en otras por medio de la adulación y la amistad. Cada día por la mañana, el cliente (siervo) abrazaba las rodillas de su amo besándole las manos y el pecho como símbolo de lealtad. (Mehesz, 2003)

En resumidas cuentas, la posesión material marcaba en Roma antigua, así como lo hace en la modernidad, una diferencia sustancial de rango y estatus entre los hombres. En algunos casos, la paradoja llegó a ser tal, que los hombres empobrecidos preferían no retornar a sus pueblos de origen con el fin de seguir disfrutando de los placeres y beneficios ofrecidos por las grandes ciudades. Por otro lado, un esclavo de un gran patricio obtenía mayores beneficios en comparación con un ciudadano libre. (Robert, 1992) (Korstanje, 2008b) (Paoli, 2007). Lo cierto parece ser también, que en Roma y sus ciudades la pobreza adquiría un carácter estructural definido y sostenido. Estos dispositivos permitían manejar grandes proporciones de población. En consecuencia, el ocio y sus prácticas (derivadas) conformaban toda una industria que no sólo tenía como objetivo el entretenimiento del pueblo romano sino que también el mantenimiento y extensión ideológica de la romanización. La lucha en las arenas y la consecución de los diferentes deportes expresaban y reflejaban al superioridad romana en el manejo tecnológico de la época. Si bien cada dinastía y sobre todo cada regente (Imperator) gobernó los destinos de Roma de forma diferente, en la mayoría de los casos pueden verse indicadores comunes que hacen a la práctica del ocio tales como: a) la tendencia a construir edificios y organizar festivales como modo de apoyo político a la gestión personal, b) una disonancia entre las apariciones públicas (como elemento discursivo) y sus prácticas de ocio privadas, c) el ocio como elemento onírico invierte el orden establecido en la cultura política pero a la vez legitimante y d) la idea de concebir a Roma no sólo como una capital administrativa sino también como una ciudad de inconmensurable atracción para el mundo de la época (Korstanje, 2008b).

La constante oposición dialéctica entre riqueza y pobreza, o entre opulencia y carencia, veremos -como hipótesis central- tenía una función bien definida: establecer al ocio como una forma de control social y deseabilidad estructural. Nos referimos con ésta última, a los mecanismos de demostración, obtención y captación simbólica para la creación de una nueva forma de consumo, hasta ese entonces no conocido por los romanos, el pecuniario. Por medio de ésta práctica, Roma no sólo legitimaba su orden político y cultural dentro y fuera de sus limes (límites) sino adoctrinaba -por imposición- un nuevo orden económico (Veblen, 1974). Los aristócratas romanos mostraban un notable apego a los metales preciosos; tanto dentro y fuera de Roma, las casas estaban decoradas con adornos de oro y plata, así como los vasos y las vasijas. En efecto, cuenta Tito Livio que a los pueblos sometidos los generales obligaban a entregar toda clase de tesoros, joyas y metales preciosos que eran inmediatamente enviados a las ciudades principales del imperio (Tito Livio, XXI, p. 60) (Tito Livio, XXXIV, p. 43). Por otro lado, no es extraño considerar que cuanto más ascendía un ciudadano en la jerarquía social mayores eran sus gastos para mantener esa “fachada”. Sus prácticas, no estaban orientadas a una reproducción del capital sino a cierta clase de consumo político que legitimara su patrimonio y poder. Sin ir más lejos, Nerón César disfrutaba de ir a las playas veraniegas donde celebraba suntuosos banquetes. Allí, se entregaba a los placeres carnales de cortesanas y posaderas. Con un perfil excesivamente ostentoso, Nerón ciertamente dilapidó, a través de fastuosas fiestas, construcciones y juegos, gran parte de la riqueza de Roma.

Según Suetonio, el emperador gastaba sólo para Tíridates unos ochocientos mil sestercios al día. “Al músico Menécrato y al gladiador Spículo les regaló muchos patrimonios… celebró funerales casi regios por el usurero Cercopiteco Panerota, al que había enriquecido con espléndidas propiedades en el campo … jamás se puso dos veces el mismo traje. Pescaba con una red dorada, cuyas mayas eran de púrpura y escarlata. Se asegura que nunca viajaba con menos de mil carruajes, que sus mulas llevaban herraduras de plata y que sus muleros vestían hermosa lana de Camusa” (Suetonio, Nerón, XXXI)

En varias ocasiones, se le encomendaba a Tiberio perseguir y reprimir el lujo desmedido. Sin embargo, vanos e inútiles resultaban aquellos intentos. Entre los documentos que lo prueban encontramos una correspondencia (sin fecha, posiblemente de los archivos del senado) que Tácito ha rescatado en sus Anales. “Los refinamientos en banquetes y orgías, divulgados como temas permanentes de conversación, habían suscitado la inquietud de que el príncipe, hombre de una sobriedad a la antigua, pudiera actuar con excesiva dureza …Pero Tiberio después de sopesar muchas veces consigo mismo si sería posible reprimir unos vicios tan extendidos y si esa represión no causaría un daño mayor a la república, teniendo en cuenta la deshonra que le supondría el intentar algo que, o bien no iba a conseguir o, si alcanzaba , iba a acarrear la vergüenza e infamia de hombres ilustres, redactó finalmente una carta para el senado”. (Tácito, III, v. 52, p.213)

Si nos detenemos un momento, ya para el reinado de Tiberio (según Tácito) parecía irreversible el avance del lujo y la práctica discursiva de la riqueza. Si bien, este hecho preocupaba a los dirigentes políticos, también los excesos comienzan a ser percibidos como signo de distinción frente a aquellos sectores “carenciados” los cuales no podían acceder a ellos. No sólo era una cuestión de tener, sino también de consumir lo que se tenía como una forma ritual de asegurarse tener más. En otras palabras, las riquezas del hombre, en Roma hacían al hombre mismo.

Sin embargo, por un tema de orden metodológico vamos a analizar la carta de Tiberio en forma fragmentada. En su primera parte, ésta dice así “Tal vez en los otros asuntos, senadores, sea más conveniente que esté yo presente cuando se me pregunte y dé mi opinión sobre cuestiones de Estado. En esta deliberación ha sido mejor evitar mi presencia, para que, cuando señalareis vosotros el miedo sembrado en los rostros de todos quienes se fuesen acusando de vergonzoso lujo, no los pudiera mirar yo también a ellos como si los reprendiese. Porque si los ediles, esos hombres valientes, hubieran consultado antes conmigo, no se si no les habría aconsejado pasar por alto algunos vicios tan arraigados y extendidos, antes de sacar a relucir unas infamias ante las que nos encontramos impotentes”. (Tácito, III, v.53, p.213)

Se observa en el príncipe una preocupación innegable por el avance de la ostentación en las diferentes capas de la sociedad romana; en cierta forma la búsqueda frenética del placer es contraria a los intereses del orden y la buena organización; sin embargo, también denota una clara resignación sobre las medidas que ayudan a revertirlo. Considera, en forma objetivante, al lujo como “natural” y legitimante del propio orden político. Es decir, no es el placer sin control (como pensaban los estoicos) degradante ni mucho menos desintegrador o inmoral para con los “pobres” sino reificante para la unión de todos. En otras palabras, Tiberio desea retornar el tiempo atrás, y en efecto considera al pasado como mejor al presente -también realza la figura de los Ediles (policías) como formas de control del Estado- pero por el otro, se ubica en cuestiones de mayor importancia. Entonces, el Emperador continúa: “en lo que a mi me toca, ni es honesto que calle, ni es conveniente que hable, ya que no desempeño funciones de edil, ni de pretor, ni de cónsul; es algo mayor y más elevado lo que exige a un príncipe. … ¿Qué he tratar en primer lugar de prohibir y reducir a las antiguas costumbres?, ¿la inmensa extensión de las villas?, ¿el número y procedencia de las familias de esclavos?, ¿el peso de las vajillas de plata y oro?, ¿las maravillas de estatuas y pinturas?” (Tácito, III, v53. p.214). En su verso 54, Tácito transcribe “no ignoro que todo eso denuncia en los banquetes y en los corrillos, y que se pide moderación; más si alguien promulga una ley y establece penas, entonces serán los mismos los que gritarán que se está atacando a los ciudadanos… ahora bien, ni siquiera las enfermedades del cuerpo, cuando son antiguas y agravadas por el tiempo, se pueden reprimir más que con duras y severas medidas. Y al ánimo, a la vez corrompido y corruptor, debilitado y ardiente, hay que apagarlos con unos remedios que no sean más suaves que las pasiones en las que arde”. (Tácito, III, v54. p.214) …“Tantas leyes dictadas por nuestros antepasados, tantas promovidas por el divino Augusto, como las primeras están abolidas por el olvido y éstas, lo que es más vergonzoso, por el desprecio, han proporcionado una mayor impunidad para el lujo. En efecto, si se quiere algo que aún no está vedado, se puede temer que se prohíba, pero si se pasa impunemente la barrera de lo prohibido, ya no habrá después miedo ni vergüenza …con las victorias sobre los extranjeros, aprendimos a devorar lo ajeno y con las civiles también lo nuestro. ¡Que poca cosa es eso de lo que nos advierten los Ediles! …y si las riquezas de las provincias no prestan su ayuda tanto a los señores y esclavos como a los campos, sin duda nuestros bosques y nuestras villas nos tendrán que defender” (Tácito, III, v.54. p.214-215)

Análogamente, aquí se observa una clara correlación entre los postulados (mutilados) de la filosofía epicúrea, y la interpretación de los placeres como formas derivadas de ella. A esta idea se le suma, una “segunda resignación” sobre la posibilidad de revertir el problema. Pero no sólo eso; Tiberio recurre a su “padre adoptivo”, para recalcar su fracaso en la imposición de un nuevo sistema moral; y si “el gran Augusto” fracasó, entonces ¿que garantizaría el éxito de Tiberio?. Entonces, ya Tiberio culmina su escrito, legitimando el orden y las desigualdades insertas en las “ostentosas ciudades imperiales”: “Que a nosotros nos haga mejores nuestro honor, a los pobres su necesidad y a los ricos su abundancia. Y si algún magistrado promete tanto celo y severidad como para ser capaz de atajarlo, yo lo alabo y confieso que me descarga de parte de mis preocupaciones; pero si quiere acusar a los vicios y después, cuando han conseguido la gloria de esa acción; provocan resentimientos y me los dejan a mi, sabed, senadores, que yo tampoco estoy deseoso de enemistades.” (Tácito, III, v54, p. 215).

En resumidas cuentas, la posesión material marcaba en Roma antigua, así como podría hacerlo en la modernidad, una diferencia sustancial de rango y estatus entre los hombres como así la distancia social que los unía o separaba. En algunos casos, la influencia del placer llegó a ser tal, que los hombres empobrecidos preferían no retornar a sus pueblos de origen con el fin de seguir disfrutando de los banquetes, juegos y baños ofrecidos por las grandes urbes (Robert, 1992) (Korstanje, 2008b) (Paoli, 2007). Lo cierto parece ser que en Roma y sus ciudades, “la pobreza” adquiría un carácter estructural definido. Estos dispositivos permitían manejar grandes proporciones de población a un costo relativamente bajo. En consecuencia, el ocio y sus prácticas (derivadas) conformaban toda una industria que no sólo tenía como objetivo el entretenimiento del pueblo sino también el mantenimiento ideológico de la romanización. La lucha en las arenas y la consecución de los diferentes deportes expresaban y reflejaban la superioridad romana en el manejo tecnológico de la época. La pobreza, en cuanto a que en oposición con la riqueza reforzaba el orden discursivo vigente en dos planos: uno ideológico por medio de la admiración y/o efecto demostración entre las clases carenciadas y las elites; por el otro, el económico al reforzando la producción y enajenación enunciada ya hace tiempo por el marxismo. Según nuestra perspectiva, creemos haber suministrador material empírico suficiente para demostrar los comentarios ya expuestos. Si bien, a la hora de establecer relaciones entre los modernos y los antiguos se necesita de cierta cautela, indagar en las profundidades de la historia antigua, y sobre todo en las prácticas del ocio permiten analizar, dilucidar y explicar cuestiones que de otra manera permanecerían inconclusas.


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