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OTIUM SINE LITTERIS MORS EST ET HOMINIS VIVI SEPULTURA (LAS PRÁCTICAS DE OCIO DURANTE EL ALTO IMPERIO ROMANO)

Maximiliano Emanuel Korstanje


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Los Accidentes y las tragedias

La historia moderna está plagada de hechos trágicos sucedidos en espectáculos públicos, teatros y eventos populares. En la Roma Imperial también existían desastres naturales que sepultaban a toda una villa como fue el caso de Pompeya, ciudad destinada al ocio y al placer de la aristocracia romana que quedó tapada en cenizas tras las erupciones del Vesubio en 79 DC (bajo la regencia de Tito). La erupción llegó a ser de tal magnitud que alcanzó a ciudades vecinas Herculaneum, Oplontis, Stabiae, y Nuceria. El recuento de víctimas a las que llegaron los arqueólogos fue de aproximadamente 2.000. Sin embargo, también los accidentes se sucedían por derrumbes y otros problemas edilicios (y hasta comparativamente en mayor proporción con la era moderna). Es el caso de la ciudad Fidinae en Lacio, situada a unos 8 kilómetros al norte de Roma. En el año 27, sucedió una tragedia que conmovió al mismísimo emperador Tiberio. Un derrumbe en una Anfiteatro de Madera se llevó la vida de 20.000 personas de un total de 50.000 espectadores presentes; este hecho fue recordado como uno de los peores desastres en espectáculos públicos de la historia romana (Suetonio, 1985) (Tácito, 1993). El impacto de tal evento tuvo que haber sido tal, que Cayo Suetonio recuerda que Tiberio suspendió su estadía en Capri al enterarse de lo sucedido. “No tardaron, sin embargo, en llamarle las reiteradas súplicas del pueblo, asustado por el desastre que acababa de ocurrir en Fídenas, donde el hundimiento de un anfiteatro había hecho perecer a veinte mil personas que presenciaban el combate de gladiadores” (Suetonio, Tiberio, XL) . Otra de las tragedias, pero ésta provocada por los designios del emperador fue aquella sucedida durante la regencia de Cayo Calígula. Tras molestarle el ruido de la multitud que iba gratuitamente por las noches a observar los combates del circo, mandó a arrojar latigazos y desalojarla por la fuerza. En las corridas murieron 20.000 personas aplastadas unas contra otras (madres de familia, jóvenes y caballeros). (Suetonio, Calígula, XXVI) .

La literatura (origen de la sátira latina)

Para el siglo III AC los romanos no tenían aún una escuela literaria propia. Algunos historiadores atribuyen a Apio Claudio Ceco (en el siglo IV) ser el primero en intentar una codificación escrita considerada como primera obra de Derecho. Si bien esta compilación (llamada Sententiae) poseía varias nociones morales provenientes de la filosofía pitagórica, las expresiones eran algo improvisadas. Para el 364 AC, durante una epidemia que azotó Roma, se trajeron de Etruria, un grupo de bailarines que realizaban graciosos movimientos y tocaban la flauta. La finalidad de tales juegos estaba orientada a una ofrenda de protección hacia los dioses. Así, la juventud romana parece haberse visto bastante atraída a imitar a estos “personajes” pero dando consistencia al festival por medio de palabras: surge lo que se conoció tiempo más tarde como la satura dramática (Grimal, 2002:304).

En el 240 AC con motivo de las celebraciones por la victoria en la primera guerra con Cartago, el hijo de Apio Claudio Ceco ordena la concreción de nuevos juegos públicos. Para esta ocasión, se le encarga a Livio Andrónico los espectáculos escénicos de Siracusa. De esta manera, se representan en Roma las primeras comedias y tragedias latinas, que a diferencia de las griegas estaban más adaptadas a las saturas. El actor se desempeñaba en forma muda mientras un cantor recitaba el texto escondido tras la puesta. Esta forma de teatro es netamente romano y producto de diversas (complejas) fuerzas culturales y políticas entre los siglos VI y III AC. También Livio escribió obras en versos, sobre todo adaptaciones de Ulises y la Odisea (Ibid: 305).

Las saturas gozaron de gran prestigio y apoyo en toda Roma. En ocasiones, éstas adquirían un carácter moral, o una crítica a las costumbres de la época. Entre los máximos exponentes de este género literario encontramos a Ennio, Horacio, Juvenal, Marcial y Marco Fabio Quintiliano entre otros. Pierre Grimal nos explica “la aparición de una literatura nacional no es, en Roma, el resultado de una fantasía individual, sino la lógica consecuencia de un estado político y social. Es posible que llegada a Roma, en el 240, del rey de Siracusa, Hierón II, provocase o, por lo menos, acelerase la formación de un teatro romano. Protectora de Siracusa, Roma se avergonzaba de su barbarie. Casi todas las piezas compuestas por Livio se referían al ciclo troyano, en el que Roma encontraba, desde hacía mucho tiempo, sus títulos de nobleza” (Grimal, 2002:306). Si nos detenemos por un segundo, en la hipótesis de Grimal, es muy posible que el teatro y la poesía evocaran las epopeyas de los héroes griegos como Ulises en analogía con la victoria de la flota romana sobre Cartago. En este punto, entonces es conveniente preguntarse si el avance de la literatura tiene alguna relación con los triunfos militares y por ende con la configuración del imperio.

Ahora bien, cuando lo poemas, las sátiras o los textos iban dirigidos al emperador, éste podía aplicar la famosa lex laesae maiestatis o ley de lesa majestad, la cual castigaba severamente los delitos en contra de la figura del Estado. Como se suponía al emperador, no sólo como una figura religiosa sino también como la cabeza del Estado mismo. Tácito aduce “Augusto fue el primero que instruyó un proceso de unos célebres libelos apoyándose en esta ley, irritado por el descaro con que Casio Severo había difamado a hombres y mujeres ilustres en unos escritos procaces. Luego Tiberio, cuando le consultó el pretor Pompeyo Macro si debía dar curso a los procesos de lesa majestad, contestó que las leyes estaban para ponerlas en práctica; y es que también a él le había irritado la publicación de unos poemas anónimos sobre su crueldad, su arrogancia y sus enfrentamientos con su madre” (Tácito, I:72).

En este contexto, contradecir públicamente por medio de la escritura o parodiar las medidas o alguna actitud personal del Príncipe podían ser castigadas con el destierro o con la muerte. Según los datos que maneja el profesor Jean Noel Robert (1992:75), existían en el siglo IV unas 28 bibliotecas públicas (sin tener en cuenta las privadas) las cuales contenían unos 10 o 30 mil volúmenes de libros. Este dato, apoya la hipótesis de la importancia que tenía para los romanos las bibliotecas y la lectura (sea como forma de ocio meditada o sea como forma de ostentación). En las librerías ubicadas en el Foro se encontraban diariamente miles de personas, entre lectores y autores que interactuaban entre sí con las últimas novedades en la materia.


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