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EL TÚNEL MÁGICO DE LOS PARADIGMAS ….LA CIENCIA REGIONAL AL ALCANCE DE LOS JÓVENES

Andrés E. Miguel Velasco y otros



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CAPÍTULO 11. EL LADO OSCURO DE LA REGIÓN DE LOS GAVILANES

Sin embargo, Donají y Quetzalcóatl comenzaron a sentirse incómodos cuando poco a poco notaron que no solo los productos o servicios tradicionales tenían un precio, sino también “cosas” como el aire, el agua, la tierra, y lo más extraño aun, valores como la dignidad, la humildad, o la simple contemplación de la belleza. Esto lo confirmó Donají cuando admirando las flores de un árbol, un niño empresario gavilán se le acercó y le dijo:

--Niña, son diez pesos por la contemplación de mis flores.

Afortunadamente Quetzalcóatl resultó ser, además de un buen guía y consejero, un excelente mago que entre otras cosas podía fabricar dinero con el que pudo sacar de su apuro a Donají, pues quien no tenía dinero en esa sociedad no podía prosperar. Esto lo corroboraron cuando caminando por la isla descubrieron unas calles en las cuales había una gran cantidad de Niños Gavilán que se encontraban en un estado lamentable, viviendo en condiciones paupérrimas, dedicados a la vagancia. Por eso Quetzalcóatl fue a la búsqueda de uno de los líderes de la escuela neoliberal para que le diera una explicación de esa situación, a lo cual la respuesta de éste fue:

--No vale la pena perder el tiempo con niños como los que me mencionas, pues aquí el tiempo es oro. Quienes fracasan en esta sociedad son los incapaces, quienes no supieron aprovechar las oportunidades que siempre les ha ofrecido el mercado. Los niños que viste en esas calles son los inadaptados, ellos debían irse a vivir a esas regiones “subdesarrolladas” y pobres. Pertenecen a ese mundo, no a éste, avanzado y progresista. El culpable de todo esto es el gobierno que tenemos, pues es incapaz de cumplir con sus funciones, una de las cuales es eliminar a esos desadaptados. Quetzalcóatl, le comentó entonces lo siguiente:

--¿Cómo puede valorarse la equidad en un lugar donde se sueña siempre con atesorar, donde todo lo deslumbra la acumulación de bienes?. Quien guía su vida por esto, como sucede aquí, no se da cuenta que cadenas y grilletes están atados a su alrededor: ¡aunque sean de oro o de otro relumbrante color!. Deben entender que la equidad es un tesoro que ayuda a las sociedades a desarrollar un espíritu justo.

Donají y Quetzalcóatl no tardaron en descubrir que en Monte Albán de los Niños Gavilán la inequidad se reflejaba en la desigualdad que reinaba entre sus habitantes, pues había unos Niños Gavilán escandalosamente ricos, y otros estrepitosamente pobres. Donají comprendió que lo que inicialmente le había atraído tenía otro significado, pues efectivamente, la vida en la isla era, más que apacible, austera; donde también existía una preferencia por la usura. Quetzalcóatl discutió esto con otro economista neoliberal diciéndole:

--¿No se han dado cuenta que el efecto que la usura ocasiona en la economía se parece a una oruga costurera que hila e hila, y cuando menos espera, llega el viento y su tejido deshila, o es como un caracol que en la playa se pone a amontonar arena, y de pronto llegan las olas del mar para llevarse su trabajo sin pena?.

Donají y Quetzalcóatl se enteraron que en los inicios de la prosperidad económica de la isla, la usura llevó a unos Niños Gavilán a la riqueza y a otros a la pobreza, y como consecuencia, todos fueron conducidos por la senda de la desconfianza mutua. La vida ajetreada de los habitantes de la isla reflejaba la preocupación por destacar y no quedarse al margen de los demás. De alguna manera, comentaron, esto aguijoneaba la ambición de los Niños Gavilán. Y como comentara Quetzalcóatl a Donají:

--Cierto es que la ambición se parece al agua que se derrama cuando echamos agua y está lleno el tazón.

Quetzalcóatl no tardó mucho en advertir a Donají que en la isla la ambición era hermana de la envidia. Y le dijo:

--Y la envidia se asemeja a un árbol que florido creció y en su madurez de frutos se llenó, y cuando éstos maduraban en su punto vinieron a destruirlo los gusanos en punto, y ya nadie pudo consumirlos. Triste es el destino de los seres que rigen su camino por la senda de la envidia y la ambición...

--¿Todo es producto del egoísmo?, preguntó Donají.

--Efectivamente, fue la respuesta de Quetzalcóatl.

El verdadero sentido del vivir de los Niños Gavilán radicaba en su deseo de acumulación de riqueza. Esto lo reafirmó Donají cuando trató de indagar si algún habitante había visto a su hermano José Pablo, sin que nadie le contestara nada si no era a cambio de dinero. El ganar dinero los hacía sentirse bien e importantes ante los demás. Donají criticó la desesperación de los Niños Gavilán por la acumulación, a lo cual Quetzalcoatl agregó:

--Crear riqueza es un don, pero hay tres formás de hacerse rico, buenas todas para otorgar el pan. La primera es acumular dinero, bienes y propiedades hasta llegar a ser el primero en ahogar su existencia con nimiedades. La segunda manera es vivir en la pobreza, permitiendo que la angustia retorne cada mañana. El tercer camino yo aconsejo, y es reducir las necesidades, ya que solo es verdaderamente rico quien desecha lo que le causa desvelo, pues para el que acumula la riqueza es su pesar, y para el pobre la ausencia de pan es su penar, le explicó Quetzalcóatl a Donají.

Al difundirse en Monte Albán el pensar de Quetzalcóatl, los Niños Gavilán comenzaron a asediarlo con la intención de ponerlo en ridículo. Así, en una ocasión delante de él alababan la importancia del esfuerzo aislado, pues aseguraban que sólo la iniciativa individual era capaz de dar mérito a la existencia mundana. Quetzalcóatl afirmó estar de acuerdo con dicho pensar, siempre y cuando esto se reflejara en el mejoramiento tanto del individuo como de los demás, pues de otra manera podría producir muchas desigualdades. Para reafirmar su parecer, Quetzalcóatl habló a los Niños Gavilán de esta manera:

--¿Que mérito es mayor?, ¿cooperar o competir?, pues me tocó observar una camada de perritos, los cuales lucían como hermanos bonitos cuando jugaban alegres. Pero a la hora de comer todos se abalanzaban deseosos de morder no el alimento, sino al supuesto hermano que les causaba contento. ¿No es mejor una sociedad donde se conjuga tanto la cooperación como la competencia?, preguntó Quetzalcóatl a los los niños que lo escuchaban.

En los días subsecuentes, mientras Donají y Quetzalcóatl continuaban en búsqueda de José Pablo, los Niños Gavilán cambiaron su actitud amigable por recelo, alejándose de ambos visitantes. Quetzalcóatl comentó al respecto:

--Por cierto que el aprecio de estos Niños Gavilán se parece a lo que sucedió a un zanate y una paloma. El zanate se avocó a vender narcóticos y bebidas dañinas para los demás, y pronto enriqueció sus manos a más. Por el contrario, la paloma se dedicó a estudiar medicina y remedios para las enfermedades, y poco dinero acumuló el dedicarse a curar. Debido a su riqueza el zanate se hizo importante ante la gente, y por su dedicación la paloma fue apreciada por todos al vencer el dolor. Pero su mérito nunca fue tenido como superior, pues el mundo del dinero hace pedestales a lo superficial.

Después de recorrer todos los lugares de la isla, Donají y Quetzalcóatl decidieron dejarla, pues sabían que José Pablo no se encontraba allí. En su recorrido final descubrieron que la prosperidad de Monte Albán de los Niños Gavilán también descansaba en la destrucción de los recursos naturales a partir de la industrialización de que había sido objeto. Todo lo que existía en la isla desde entonces era artificial: flores, fauna, jardines, árboles, en fin, todo lo que los rodeaba. Para compensar la falta de recursos naturales, Monte Albán de los Niños Gavilán reforzó su comercio con las regiones vecinas, especialmente con la región de la Tradición de los Niños Venado Cola Blanca, a la cual hicieron todo lo posible por comprarle barato y venderle lo más caro posible.

Cuando caminaban buscando su salida, Quetzalcóatl razonó sobre la forma de enriquecerse de los Niños Gavilán, señalando que éstas reflejaban el comportamiento de algunos vendedores que él había conocido tiempo atrás. Dijo así:

--La moralidad económica que se ha asentado en esta región se parece a la manera en que una vez aparecieron en el mercado dos vendedores de rosas, los cuales con el mismo costo produjeron sus formás maravillosas. El primer comerciante sus flores vendió a un precio justo, en tanto que el segundo vendedor cedió a precios cada vez más elevados cada flor, aun cuando ese día de avatares se necesitaban para adornar los altares. Por eso, la gente llamó inmoral al vendedor que subió los precios de repente, pero, ¿no acaso esta cantata practica todo mundo ante sus semejantes cuando de comprar y de vender se trata?.

Donají y Quetzalcóatl abandonaban el territorio de los Niños Gavilán, cuando distinguieron a lo lejos una figura que ya les resultaba conocida: era la Matlacihua, la cual avanzaba portando sus armas, rodeada de un contingente de soldados armados:

--Quetzalcóatl, mira quien viene allí, le dijo quedamente Donají.

--Ya veo...Por primera vez me da gusto verle, pues si te das cuenta no tiene bajo su tutela a José Pablo. Eso significa que tu hermano se encuentra en otro lugar. Conviene que no nos vea, fue la recomendación de Quetzalcóatl.

--¿Quiénes son los hombres que la acompañan?.

--Son los “rubicundos”, los hombres barbados que actualmente habitan en la Región de la Serpiente, los cuales se aliaron con la Matlacihua para apropiarse del Arco Iris mágico.

--¿Y cuál es la razón para apropiarse del Arco Iris mágico?, preguntó Donají.

--La razón es que quien lo posea como bien personal se apropiará de la abundancia, el bienestar, la armonía y la felicidad humanas...Pero la Matlacihua y los “rubicundos” lo quieren no para apoyar a la humanidad, sino para satisfacer su ambición. Su lucha es contra los niños binigulazas, pues desde el inicio de los tiempos el Arco Iris mágico les fue dado a éstos en custodia, por eso la guerra de los “rubicundos” y la Matlacihua es contra ellos.

--Ya comprendo, fue el comentario de Donají.

Ambos caminantes buscaron la manera de perderse de vista de la Matlacihua. Vieron a la deidad ordenar algo a los Niños Gavilán, después de lo cual se puso a discutir con ellos. Notaron que sin meditarlo mucho, la Matlacihua sacó varias de sus flechas, y prendiéndoles lumbre en la punta, comenzó a disparar en diferentes direcciones de la isla, seguida por los “rubicundos” que hicieron lo mismo. En pocos instantes Monte Albán de los Niños Gavilán comenzó a arder. Fue el momento cuando Quetzalcóatl dijo a Donají:

--¡Vámonos, pues este lugar se puso demasiado peligroso!.

Con asombro descubrieron que sin ponerse a pensarlo mucho los Niños Gavilán hicieron lo mismo. Les llamó la atención la pobreza de anhelos profundos de los mismos hacia su región. Los Niños Gavilán, debido a su desapego y falta de cooperación, no supieron que hacer, más que emprender la huída cada uno por su lado, sin preocuparse del lugar que tanto decían amar.

Donají y Quetzalcóatl cruzaron a nado la Laguna Encantada de Monte Albán para continuar la búsqueda de José Pablo. A la distancia vieron como Monte Albán de los Niños Gavilán se incendió debido al ataque de la Matlacihua. Mientras las llamas iluminaban su rostro, Quetzalcóatl le comentó a Donají:

--Los economistas neoliberales creían que la región donde se desenvolvían gozaba de un orden perfecto, pues era un espacio que existía por sí mismo, que era reversible, es decir, que siempre podía retornar a sus condiciones iniciales; y que era homogéneo, en otras palabras, que era similar en todas sus partes. Ellos no concibieron una región para vivir, sino una máquina productiva, a la cual bastaba accionar o regular alguno de sus mecanismos como el mercado o los precios, para que produjera bienes, servicios o ganancias a voluntad de quien los manipulara. Ellos pensaron que su mundo era el único, el mejor, y además eterno.

--¡Pero nunca se imaginaron que aparecería la Matlacihua para destruirlo!, completó Donají.

--Efectivamente, fue la respuesta del niño sabio. Decidieron descansar un poco, para después continuar con la búsqueda de José Pablo.


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