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EL TÚNEL MÁGICO DE LOS PARADIGMAS ….LA CIENCIA REGIONAL AL ALCANCE DE LOS JÓVENES

Andrés E. Miguel Velasco y otros



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CAPÍTULO 21. EL ESPÍRITU DEL ARCO IRIS

Era el tiempo en que la constelación del escorpión marcaba la fecha de los difuntos en el túnel mágico de Monte Albán. Esto lo notó muy bien la Matlacihua cuando pudo descansar en tierra, cansada de nadar mucho tiempo después de ser tirada por la borda del barco de sus antiguos aliados los rubicundos. Con el peso de su derrota, la tenebrosa deidad tuvo que desplegar toda su habilidad para poder alcanzar tierra. A pesar de su agotamiento, se dirigió subrepticiamente a Monte Albán donde los binigulazas celebraban su victoria. Los celos la corroían al ver tanta alegría y unidad. Vio a Donají, José Pablo y Quetzalcóatl participar de este festejo, despertando su envidia aun más. Estaba segura que aun le quedaba un aliado en Monte Albán, así que decidió ir en su búsqueda: se trataba de la muerte, a quien los binigulazas llamaban Jade Sin Luz:

--Te invito a doblegar a ese pueblo rebelde, afirmó la Matlacihua.

--Si es lo que dices lo haré gustoso, fue la respuesta de Jade Sin Luz.

Y es que desesperada, la maliciosa diosa se había dirigido al reino de la muerte en busca de auxilio para derrotar de una vez por todas a los binigulazas. Su propuesta fue muy sencilla: consistió en insistirle a Jade Sin Luz que no hiciera caso a los ruegos de los habitantes de Monte Albán:

--¡Déjalos que se lamenten, que te imploren, que sufran, que nunca mueran!, le sugirió la Matlacihua.

--Si es como dices, lo haré, respondió Jade Sin Luz.

--Ellos se sienten superiores a ti y a mí, y eso no puede ser, argumentó la malosa deidad.

En la hora más obscura de la noche la muerte y la Matlacihua se presentaron disfrazados de comerciantes ante los binigulazas. Éstos los recibieron con grandes muestras de cortesía, pues apreciaban el comercio:

--¿Y qué es lo que venden?, preguntó a los visitantes Plumaje de Quetzal.

--Muerte, respondió con sequedad Jade Sin Luz.

--¿En forma de juguete?, intervinó un pequeño que se unió al grupo.

--Te lo dije, te toman a burla, codeó la Matlacihua a Jade Sin Luz.

--Decimos eso porque nosotros respetamos mucho a Jade Sin Luz, aclaró Plumaje de Quetzal.

--¿Y cómo respetan a Jade Sin Luz?, interrogó la Matlacihua a los presentes, deseando hacerlos quedar mal.

--Le dedicamos una ofrenda, ya que estamos seguros que Jade Sin Luz cumple una importante misión, pues cuando toma nuestra alma nos acerca nuevamente a la naturaleza y al Creador, aseguró Plumaje de Quetzal.

--¿Cómo es eso?, interrumpió la Matlacihua.

--El sol nace y muere en el horizonte, así sucede con los árboles: nacen, crecen y mueren. El pájaro cantor también actúa igual: vive para cantar, y un día su partida interrumpe su canto, ¿por qué el hombre no debe tener el mismo derecho de nacer, crecer y un día poder morirse?, sentenció el abuelo.

--Me parece adecuada tu manera de razonar, aseguró Jade Sin Luz.

--No estoy de acuerdo, afirmó la Matlacihua.

--Pero no discutamos más, ya que curiosamente esta tarde acabamos de colocar la ofrenda anual que dedicamos a Jade Sin Luz y deseamos mostrárselas. Pasen con nosotros, invitó el venerable abuelo a los visitantes, quienes se dirigieron hacia un altar levantado con carrizos y adornado con flores de cempasúchil en medio de la plaza de Monte Albán.

En el altar abundaban frutas de la temporada, tamales, chocolate y diversas viandas. El aroma del copal, que brotaba de una pequeña urna colocada en el altar, proporcionaba una sensación de solemnidad al momento:

--Es hermoso y agradable a la vista, exclamó complacida Jade Sin Luz.

--Y no solo a la vista, sino al paladar, sentenció una abuela que colocaba en el altar otra jícara con chocolate.

--No lo creo, sentenció la Matlacihua.

--Pues los invitamos a probar lo que deseen, pero no del altar, sino de la cocina, pues sólo Jade Sin Luz tiene derecho estos tres días a disfrutar de lo que está frente a ustedes, pronunció la abuela.

--Eso me parece correcto, afirmó complacida la muerte, mientras recibía con agrado una jícara de chocolate, acompañada de tamales y elotes.

La Matlacihua recibió con desagrado sus propios platillos, pero después de probarlos no pudo dejar de exclamar:

--¡Esto sabe delicioso!.

--Así es, expresó complacido Plumaje de Quetzal acercando a los presentes vasos de carrizo conteniendo mezcal.

De un sorbo, la Matlacihua vació su contenido, en tanto que Jade Sin Luz se dedicó a saborear el líquido.

--¿Gustan más?, preguntó la abuela a los visitantes.

--Este...yo..., tartamudeó la Matlacihua mientras le servían el siguiente carrizo de mezcal, al cual le siguió un tercero, un cuarto y muchos más.

Finalmente, llegó un momento en que la Matlacihua perdió la compostura. Y mientras recargaba uno de sus brazos sobre la espalda de la muerte, con una sonrisa bonachona exclamó:

--Querida Jade Sin Luz...tú sabes que yo a ti te estimo...

--Lo sé, respondió la muerte.

--Pero tú no sabes que...intentó exclamar la Matlacihua, pero Jade Sin Luz la interrumpió diciendo:

--Lo sé...

--¿Así que tú sabes que..?

--Lo sé..., dijo la muerte...tú querías engañarme a mí y a los binigulazas.

--¿Y no te enojas por eso conmigo?, exclamó asombrada la Matlacihua.

--No, exclamó impávida Jade Sin Luz.

--¿Podrías decirme por qué?, suplicó la tenebrosa deidad.

--Porque tu mentira me ha ayudado a encontrar a mis verdaderos amigos, los binigulazas. Tu falsedad me ha ayudado a conocer la verdad, expresó secamente Jade Sin Luz.

La Matlacihua dio la media vuelta alejándose penosamente de ahí, en tanto que la muerte dirigía su fría mano hacia los abuelos representantes de los binigulazas. Todo el pueblo se encontraba reunido alrededor de quienes protagonizaban el suceso. Jade Sin Luz, con voz quebrantada dijo finalmente:

--¡Todos ustedes son mis amigos!, y asumiendo la forma de viento helado se alejó del lugar, al mismo tiempo que los binigulazas aplaudían llenos de alegría.

Mientras esto acontecía entre los binigulazas, no lejos de ahí, un cuerpo se movía penosamente entre “espinales”, donde se había atorado debido a su torpeza al caminar: era la Matlacihua que ni siquiera sabía entonces donde se encontraba. Un pequeño binigulaza comentó a todos el suceso:

--La Matlacihua se encontró con un coyote. El coyote miró a la Matlacihua, y ésta esperaba que se le abalanzara para devorarla. Pero el animal ni caso le hizo, provocando el enojo de la Matlacihua: ni de banquete la querían.

--Bueno, es tiempo de partir rumbo al Arco Iris mágico, comentó Quetzalcóatl.

--Así es, lo secundó José Pablo.

--Despidámonos de nuestros amigos, afirmó Donají.

Los tres amigos se dirigieron al consejo de abuelos binigulazas que en ese momento sesionaba, y cuando los tres viajeros les comentaron su decisión de continuar su viaje, Plumaje de Quetzal les dijo:

--Niños y Quetzalcóatl, ha sido un verdadero honor que nos acompañaran en nuestra lucha, la cual resultó muy fructífera para nosotros, pues más importante que rechazar a los rubicundos lo fue el hecho que al fin logramos la unidad de nuestros pueblos y familias.

--Eso es excelente, fue el comentario de José Pablo.

--Hemos decidido fortalecer nuestra unión, para lo cual vamos a remodelar nuestra región de tal manera que ésta sea nuestra grande y verdadera casa.

--¿Y cómo lo lograrán?, preguntó Donají.

--Esta respuesta te la puede dar el Espíritu del Arco Iris mágico, fue el comentario del venerable abuelo binigulaza.

--¿Quién es el Espíritu del Arco Iris mágico?, preguntaron los niños.

Quetzalcóatl estaba a punto de responderles, cuando entre las sombras apareció una deslumbrante figura de luz con los colores del Arco Iris mágico. Su rostro mostraba una paz contagiante, y su actitud infundía una gran confianza.

--Es el responsable de cuidar el Arco Iris por toda la eternidad, aclaró Quetzalcóatl.

--¿Y cómo lo hace?.

--El cuida la luz para que ésta nunca deje de alimentar al Arco Iris, aclaró Quetzalcóatl a Donají y José Pablo, mientras los tres caminaban hacia él para sentir más cerca su presencia.


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