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EL SALVADOR: EL LARGO CAMINO HACIA LA RECONCILIACIÓN

Iván Parro Fernández



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5.2. LA IGLESIA AL FINAL DEL PERÍODO COLONIAL

La iglesia en Hispanoamérica todavía era una empresa próspera en 1800. Diez cardenales y treinta y ocho obispos supervisaban sus actividades. El clero secular guarnecía las iglesias parroquiales en ciudades y poblaciones mayores y había catequistas que instruían a los indios semicivilizados en las aldeas más alejadas. Iglesias y catedrales dominaban el perfil de las ciudades principales. En todas partes había conventos y monasterios.

Teóricamente, las antiguas creencias de los incas y aztecas habían sido desarraigadas. La gran mayoría de los pueblos indígenas habían sido envueltos en la fe y las leyes españolas. Muchos autores criticaron la profundidad de la doctrina enseñada a los indios. Juan y Ulloa, por ejemplo, decía que los llamados conversos generalmente no aprendían más que lo que obtendrían los loros si se les enseñara.

A finales del período colonial la Iglesia se había vuelto demasiado grande, demasiado pesada, demasiado costosa. La multiplicación de edificaciones religiosas (iglesias, conventos y monasterios) era excesiva. Ya en 1644 el cabildo de México pidió al rey que pusiera fin a la fundación de nuevos conventos y monasterios. El mantenimiento de todas estas obras corría a cargo de las generosas aportaciones de los fieles y a algunos de los grandes propietarios o señores terratenientes, que veían en la Iglesia un lugar seguro donde invertir sus bienes, con la recompensa espiritual que recibían por la limosna entregada. Pero no podemos asustarnos de este panorama, pues la Iglesia estaba haciendo lo que hacen hoy las iglesias de todas las denominaciones, lo que hacen los colegios, las universidades, los hospitales y las muchas instituciones religiosas: acumular cuantos donativos pueden para proveer a sus diversas causas (educativas, misioneras, caritativas,...).

La apertura del cargo eclesiástico a los criollos y conversos indios fue una gran lucha, ya que los reyes limitaban teóricamente los nombramientos a los nacidos en España. Después de mediados del XVII algunos criollos fueron designados en obispados, pero estas excepciones no tuvieron importancia porque la Iglesia siguió siendo una institución plenamente española en tiempos en los que la gran mayoría de la población a la que servía se consideraba a sí misma americana. Con este panorama de monopolio eclesial español se abrieron las puertas de la conversión indiana, de la labor evangelizadora en este continente y de un largo camino hacia la reconciliación con un pueblo que había visto y sentido la obra de los jesuitas, tan importante y necesaria en aquellos momentos.

A principios del siglo XIX la situación de la iglesia en Hispanoamérica debe enfrentarse a los nuevos retos de una sociedad liberal, de una sociedad independizada en su mayor parte, de una sociedad que realiza nuevas demandas y que quiere olvidar un legado colonial nefasto en muchos casos. Con estas circunstancias se abre el siglo XX con la esperanza de que las cosas marcharan por mejor camino. Los Papas, preocupados durante todo el siglo XIX por la defensa de sus territorios (los Estados Pontificios), van a mostrar su apoyo a los jesuitas como los únicos que realizan la misión de la Iglesia en América, pero cuando las guerras nacionalistas terminan en el último cuarto del siglo XIX (1868 y 1870), los Papas se dedicarán a labores más catequéticas y evangelizadoras. Prueba de ello son las encíclicas “Rerum Novarum”, de León XIII (1891) o la celebración del Concilio Vaticano I siendo Papa Pío IX en 1870, que abrían una nueva perspectiva al clero y a la gran masa de católicos: “La concordia engendra en las cosas hermosura y orden y, al contrario, de una perpetua lucha no puede por menos que resultar la confusión con salvaje ferocidad” .

Con este espíritu nuevo, con esta mentalidad nueva, la Iglesia afronta los nuevos tiempos. Ya en 1929, con la firma del Tratado de Letrán entre Mussolini y la Santa Sede, se reconoce al Vaticano como un Estado soberano y de pleno derecho, con lo que las luchas por los límites pontificios terminan. La labor social, iniciada con la “Rerum Novarum”, y continuada posteriormente con otras encíclicas como: “Mater et Magistra” (Juan XXIII, 1961), “Populorum Progressio” (Pablo VI, 1967) o “Redemptor Hominis” (Juan Pablo II, 1979), y además una encíclica contra el nacionalsocialismo alemán: “Mit Brennender Sorge” (Pío XI, 1937), es la preocupación principal durante el siglo XX, y todos los esfuerzos de la Iglesia van a ir dedicados a la promoción de la justicia y de la libertad y al respeto y cumplimiento de los derechos humanos debido a la influencia del torrente de ideas y movimientos que surgen a lo largo del siglo, la mayor parte de ellos en Europa, y posteriormente exportados a América para su asimilación y adaptación a las circunstancias de cada región.


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