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EL SALVADOR: EL LARGO CAMINO HACIA LA RECONCILIACIÓN

Iván Parro Fernández



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4. RELACIÓN DE ANEXOS

4.1. LA DEMOCRACIA CRISTIANA

La Democracia Cristiana es un partido de establecimiento relativamente reciente, aunque ya existían sus gérmenes en Uruguay hacia 1910. Fue el partido con más alta afiliación y con más rápida influencia social de Iberoamérica. Sus raíces son europeas, pero sus líderes han trabajado para adaptarlo al mundo latinoamericano. Cuajó en un continente de sustrato cristiano como una revolución en la libertad, en ruptura con el pasado y con un futuro prometedor gracias a sus cuadros organizativos, convencidos de la necesidad de renovar radicalmente las estructuras políticas y sociales.

Sus lejanos orígenes habría que buscarlos por los años 30 del siglo XX, cuando se consolidaba en algunas repúblicas la Acción Católica. No está de más observar que no ha tenido éxito en Colombia, donde la acción católica especializada adquirió cierto florecimiento en aquellos decenios y sí lo ha tenido en Costa Rica, El Salvador o Venezuela, países que no conocieron un especial relieve de esa acción católica. Su éxito mayor se apunta en Chile, Venezuela, El Salvador y Costa Rica, y éxito relativo en Uruguay, Argentina y Perú. Ha contado con figuras carismáticas como Eduardo Frei en Chile o Rafael Caldera en Venezuela.

La D.C. despertó notable entusiasmo entre la juventud, fundamentalmente de clase alta, pero ha adquirido amplia base popular. Sus programas se entienden en un continente sometido al señorío de la injusticia social e internacional. Sus derrotas electorales en Venezuela y en El Salvador, ocurridas más de una vez, y una especie de hibernación durante la dictadura del general Pinochet en Chile (1973-1990) parecen haberle perjudicado en su popularidad.

4.2. LOS MILITARES EN EL SALVADOR

El origen, educación y desarrollo de los mandos y cuadros militares en

El Salvador va estrechamente ligado a la historia del país, un país que a lo largo del siglo XX ha sufrido uno de los períodos más duros de su historia por la ascensión al poder de militares ineptos e incompetentes, dedicados a satisfacer las prioridades de una reducida clase terrateniente, la misma que durante cierto tiempo regió con mano dura los destinos de un país mártir, cuyo camino tortuoso de represión y desolación continuaría con los EE.UU. y su envío de material bélico e ideológico para luchar en contra de los grupos guerrilleros, aquellos que intentaban defender con todos los medios los derechos de las clases más desfavorecidas, las cuales no tenían nada y sólo pedían insistentemente y a gritos un poco de paz en sus vidas, todas ellas marcadas por años de guerra y desolación. Los gobiernos militares sólo pudieron traer consecuencias negativas para la población, más ocupada en luchar por conseguir un pedazo de pan y algo de comida para los suyos que por defender los intereses de la nación, que a su vez era la propaganda más utilizada por el gobierno como el único medio de legitimar su poder. No se puede entender la historia de América Latina sin pararse en los períodos militares, donde la rabia y la furia de algunos, contenida durante años, salta con un ímpetu sorprendente sobre las clases que menos tienen que ver con los conflictos de poder internos. Fruto de esa lucha es el continuo asesinato de mujeres, niños y ancianos, de débiles campesinos que vivían en paz, de trabajadores artesanos que veían cómo su familia era abatida a tiros (en el mejor de los casos) o sufrían las torturas y vejaciones más crueles que se puedan imaginar. Pero cabe hacerse una pregunta: ¿quién dirigió toda esta serie de masacres injustificadas? ¿Quién fue el que movió los hilos? Ante esta pregunta, la respuesta parece ser clara: los EE.UU., pues si ya hemos hecho referencia en momentos anteriores a cuál fue su colaboración con la empresa antiguerrillera es ahora, en este punto, donde se aprecia mejor la finalidad de su política de contrainsurgencia: la eliminación de todo aquel que pudiera ser un peligro para su concepción de la seguridad y el buen orden cívicos.

Durante los años de las dictaduras militares fueron los EE.UU. quienes con mayor relevancia defendieron tales actuaciones del gobierno salvadoreño, encaminadas a la eliminación de grupos y de líderes guerrilleros. La ayuda de los EE.UU. fue crucial para el desarrollo de políticas de exterminio de la población, de eliminación de personas, de asesinatos sin justificación, de un extraño modo de imponer la propia ley por medio de instrumentos poco pacíficos. Los Estados Unidos siempre estarán detrás de hechos como la formación de la Contra en Nicaragua para luchar contra Daniel Ortega; los desaparecidos en Chile durante la dictadura del general Pinochet; el bloqueo continental a Cuba para hacer cambiar de postura a Fidel Castro; la incursión en la guerra de las Malvinas (Argentina), tras la derrota del general Raúl Alfonsín en 1983, como un aliado de la causa norteamericana en América Latina o las masacres cometidas por el ejército guatemalteco contra comunidades indígenas durante el período del también general Ríos Montt.

Todos estos ejemplos, y muchos más que se podrían citar, nos llevan a la conclusión de que las dictaduras militares en América Latina, y más concretamente en El Salvador, han sido nefastas para la población y para la historia de los diversos países que la componen. Su política se podría resumir en dos palabras: REFORMAS CON REPRESIÓN, es decir, cambios estructurales en los países en los campos económico, político y social, acompañados por una serie de métodos que sirvan como arma para la aceptación del pueblo de nuevos compromisos, reforzados por métodos para la eliminación de aquellos que son un obstáculo en la consecución de los objetivos planteados. Para esta última parte, la de la eliminación de personas molestas para el régimen, se contará con la ayuda del poderoso EE.UU., que se convertirá en el factor clave para la desestabilización de la balanza a favor de los militares y las clases dirigentes, propietarias de las tierras y verdugos de la gran masa de población campesina, que permanecerá explotada y humillada hasta la saciedad. Y serán los movimientos guerrilleros, únicos defensores de la población oprimida, quienes seguirán luchando aún con más fuerza y denuedo trabajando sin descanso para la consecución de unos objetivos bien concretos, pero no aceptados por parte de los gobiernos.

En este toma y daca constante de pareceres transcurrirá el siglo XX, y las guerras civiles irán proliferando poco a poco mientras los militares no harán nada por evitarlas, permitiendo que la tragedia llegue a los hogares y a las familias de millones de latinoamericanos inocentes.

En El Salvador era la oligarquía la que ejercía el control sobre el ejército, hasta tal punto que muchos de sus miembros retenían los títulos de oficiales de más alto rango durante el siglo XIX, aparte de mantener un control sobre los organismos gubernamentales y sobre las finanzas del país, pues este grupo pagaba a los soldados profesionales y proveía de recursos a las Fuerzas Armadas, que eran una mezcla de influencias tradicionales y modernas, dominadas por los terratenientes hasta 1931, momento en el que los militares pasan a ocupar y dominar la escena política y dejan de depender de los terratenientes para su propia supervivencia. Con el tiempo, muchos de los terratenientes organizaron sus propios “escuadrones de la muerte”, que esencialmente se trataban de grupos de mercenarios que asustaban a aquellos campesinos que intentaban sacar provecho del programa gubernamental de reforma agraria.

Desde 1948 las Fuerzas Armadas han gobernado en El Salvador, defendiendo y consolidando sus propios intereses de clase y los de sus aliados. Los continuos golpes de Estado que se han producido a lo largo del siglo (1948, 1960, 1961, 1972 y 1979) son el reflejo de las divisiones internas entre aquellos oficiales que históricamente ven el desarrollo y la modernización como el objetivo primordial y que sienten una cierta igualación en la sociedad como una necesidad posible e ineludible para lograr un desarrollo estable, y aquellos, sobre todo jóvenes, que ven esta igualación como un objetivo de autojustificación.

La importancia de los militares en las clases altas llega hasta tal punto que muchos de ellos serían esenciales para el desarrollo económico del país (pues eran una importantísima fuente de ingresos en las maltrechas arcas del Estado), y muchos consideraban a las Fuerzas Armadas como un ingrediente imprescindible de la propia vida así como una fuente de protección viable para su bienestar.

Los oficiales más mayores se fueron reintegrando en el funcionamiento del propio sistema, se volvieron más conservadores y se fueron preocupando por las nuevas generaciones, a las que consideraban impacientes y “ciegas” a las ventajas de la reestructuración de la sociedad, aunque los intentos de la formación de alianzas con el resto de los sectores de la población fueron mayoritariamente un fracaso, aislando a los militares en una institución cada vez más revolucionaria. Muchos de los oficiales más emprendedores, con la protección de las leyes de inmunidad legal (que impiden el enjuiciamiento a personas con representación parlamentaria) y política (que impide la investigación) se lanzaron a la aventura empresarial con la formación de empresas tan rentables como la prostitución organizada, el tráfico de narcóticos, el juego ilegal, el contrabando y la venta ilegal de armas, e incluso la comisión de asesinatos por parte de mercenarios pagados. Con este trágico panorama no es difícil extrañarse ante las continuas guerras a todos los niveles, y tampoco es difícil comprender el cansancio del pueblo salvadoreño, harto ya de tanta manipulación y de las mentiras de aquellos que eran considerados unos depredadores de almas sin escrúpulos.


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