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EL SALVADOR: EL LARGO CAMINO HACIA LA RECONCILIACIÓN

Iván Parro Fernández



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1.2. EL SALVADOR: NACIMIENTO, CONQUISTA E INDEPENDENCIA

El antiguo territorio de Cuzcatlán (“tierra de las cosas preciosas”) fue tierra de saqueos y exterminio de la población indígena durante la dominación colonial española hasta que en 1821, después de un largo y difícil período de independencia , animado en su mayor parte por los criollos y terratenientes españoles afincados en la tierra, se logra la independencia del país, que culmina en 1841 con la creación de la República salvadoreña, cuyo primer presidente fue Juan Lindo. A partir de entonces, el poder estuvo en manos de una oligarquía mientras que la población estaba condenada al hacinamiento y al desempleo, a la desnutrición crónica y al analfabetismo. Este sistema oligárquico-republicano, conocido por el nombre de “las catorce familias” , llega hasta 1931, año crucial para la historia de El Salvador, tras un periodo de relativa “democratización” durante Romero Bosque (1927-1931), que favoreció a los obreros y a los artesanos urbanos.

En diciembre de 1931 se produce un golpe de Estado dirigido por militares que llevan al poder al general Maximiliano Hernández, en parte cediendo a presiones estadounidenses. Su régimen fue personalista, incompetente y atrasado para muchos oficiales, por lo menos comparado con lo que ellos pensaban que ocurría en México, un país que a menudo ha sido usado como referencia por los oficiales salvadoreños para apreciar el progreso o decadencia de su país. El dictador favoreció a las clases más adineradas, ejerciendo una represión brutal y feroz contra los pobres y los campesinos, que trataban de organizarse y defenderse como podían. Algunos testimonios hablaron de 30.000 víctimas, una cifra espeluznante para aquella época, pues representaba el 2,5 % de la población.

Muchos son los que hablaron de esa represión. Sus palabras son un valioso comentario de ese trágico momento: “Todas las noches salían camiones cargados de víctimas de la D.G.P. hacia las riberas del río Acelhuate, donde eran fusilados y enterrados en grandes zanjas abiertas de antemano” .

Otros comentaban la inexistencia de la compasión, haciendo hincapié en que ninguno estaba a salvo de una muerte casi segura: “La matanza era horrorosa: no se escaparon ni niños ni mujeres ni ancianos; en Juayuá se ordenó que se presentaran al Cabildo Municipal todos los hombres honrados que no fueran comunistas para darles un salvoconducto y, cuando la plaza pública estaba repleta de hombres, niños y mujeres, taparon las calles de salida y ametrallaron a aquella multitud inocente, no dejando vivos ni a los pobres perros que siguen fielmente a sus amos indígenas” .

Aquel año y aquella matanza marcaron sin duda el futuro del país, abriendo camino a una serie de gobiernos represores que no respetaban ni lo más fundamental: “Desde aquel año maldito todos somos otros hombres y creo que desde entonces El Salvador es otro país. El Salvador es hoy, ante todo, hechura de aquella barbarie. Todo lo demás son colochos, adornos, caramelos para babosear al pueblo. Puede que haya cambiado el estilo de los gobernantes, pero el modo de pensar básico que aún nos gobierna es el de los masacradores de 1932” .

El Salvador sufrió aquel año maldito su particular via crucis, llenando de dolor y lamento los pueblos y las ciudades, llenando de angustia y tristeza las vidas de muchos salvadoreños: “El drama del 32 es para El Salvador lo que fue la barbarie nazi para Europa, la barbarie norteamericana en Vietnam, un fenómeno que cambió por completo, en sentido negativo, la faz de una nación” .

¿Pero por qué y para qué tanto dolor y sufrimiento? A veces no se entiende que sea necesario recurrir a métodos tan atroces para conseguir un objetivo. En el caso de El Salvador lo que se pretendía con la represión era implantar un régimen de terror, que la población permaneciera miedosa y fuera más fácilmente manipulable: ”Ese gran crimen se hizo para traumatizar y mutilar al pueblo salvadoreño para un largo futuro, para asegurar las condiciones del dominio oligárquico-imperialista en el país, para instaurar una “paz de cementerio” que fuera la base de una férrea dictadura militar como la de Martínez, que por cierto duraría nada menos que trece años. Fue un asesinato colectivo perfectamente planificado, y maquinal y fríamente ejecutado y sus consecuencias fueron determinantes en la historia posterior de nuestro pueblo” .

Fue un año para la muerte, un año oscuro en la historia del país, un año del que nadie se iba a olvidar de ninguna manera, porque como decía Roque Dalton, poeta víctima de la persecución y muerto en la clandestinidad en 1975: “Todos nacimos medio muertos en 1932” .

El general Martínez fue depuesto en 1944 después de una insurrección militar y una huelga de brazos caídos que logró paralizar la economía nacional. Tras Martínez, los militares siguieron en el poder, gracias en parte al soborno y a la corrupción que mantenía unida a la oficialidad y que impidieron el ascenso al gobierno de Arturo Romero, el hombre querido por el pueblo.

En 1950 hubo elecciones presidenciales y legislativas, resultando vencedor el coronel Osorio, que gobernó seis años de bonanza económica gracias al despilfarro y a la corrupción. Le siguió el también coronel Lemus (1956-1960), que fue objeto de una airada oposición (con intento de asesinato incluido), y que llevó a cabo el aplastamiento de la libertad de expresión, con encarcelamientos de disidentes sin pruebas y sin juicios imparciales.

En octubre de 1960 se produce un nuevo golpe de Estado y se establece una Junta de Gobierno, con tres civiles y tres militares, que prometieron elecciones generales libres y la alfabetización del pueblo. Un año después toma el poder el Directorio Cívico Militar, que intenta un gobierno militar sin éxito y que, sospechosa de poscastrismo, fue sustituida en 1961 por una Junta Militar encabezada por Aníbal Portillo. Estados Unidos reconoció al nuevo gobierno, que a su vez rompe relaciones diplomáticas con Cuba. Se crea el P.C.N. (Partido de Conciliación Nacional), que se convierte en el partido monopolizador del poder hasta la actualidad.

Tras los fraudes electorales de los años 1962 y 1967, que dan sendas victorias a los candidatos militares (Adalberto Rivera y Fidel Sánchez Hernández), y que no traen ninguna consecuencia positiva para la población (mayoritariamente agraria), en 1969 se produce un hecho importante: la guerra contra Honduras o la también llamada “guerra del fútbol” que, a grandes rasgos, enfrentó a las burguesías de ambos países por el comercio de los productos salvadoreños. Honduras hace una campaña contra éstos, se niega a renovar el tratado migratorio, congela el capital salvadoreño invertido en Honduras y se aprueba una Ley de Reforma Agraria que pretende la creación de un mercado interior, circunstancia que provoca la expulsión de cientos de miles de salvadoreños huidos de la represión de 1932. Pero el efecto más importante fue en el plano político, pues gracias a la fuerte recuperación de su burguesía y a las exportaciones de manufacturas y semimanufacturas, tradicionalmente absorbidas por el mercado hondureño, se presenta la solución a la gravísima crisis política, en parte debido al retorno de los inmigrantes a las ciudades, que organizan protestas y manifestaciones contra la política del gobierno, que resuelve nuevamente la situación con la represión y la matanza de más salvadoreños, siendo otra muestra más de la terrible represión que ejercían los gobiernos militares contra la población.

Desde 1970 se fue dando un proceso de cierre progresivo de las posibilidades de acción política. En 1972, las elecciones fraudulentas dan por victorioso al coronel Armando Molina, que inicia una persecución contra los partidos políticos, las organizaciones populares y todo lo que fuera en contra del régimen. El pueblo salvadoreño responde con el alzamiento de la Juventud Militar, que hace necesaria la intervención de las fuerzas aéreas de Nicaragua y Guatemala para su disolución.

Hasta 1974, el cuadro político de El Salvador se compone de tres partes bien diferenciadas:

a) el régimen, expresado en el P.C.N.;

b) la izquierda y el centro, que forman la U.N.O. (Unión Nacional Opositora) y

c) el E.R.P. (Ejército Revolucionario del Pueblo), las F.P.L. (Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí) y la R.N. (Resistencia Nacional), que son subgrupos que se han dividido o alejado de las primeras concepciones de los grandes partidos.

En las elecciones de 1974 vuelve a ganar la U.N.O.; en septiembre nace el

F.A.P.U. (Frente de Acción Popular Unificada) como respuesta al cierre político y a la brutalidad policial, y en julio de 1975 se crea el B.P.R. (Bloque Popular Revolucionario), un grupo nuevo que luchará contra la injusticia y la opresión del régimen militar.

El año 1977 se presenta como uno más, pero las circunstancias le van a hacer especial. En febrero de ese mismo año hay elecciones ganadas por la U.N.O., que tenía como candidato a Claramount, pero sin el consentimiento del grupo opositor. Las consecuencias de este hecho obligan a los partidarios de la U.N.O. a refugiarse en el parque Libertad y en la iglesia de El Rosario, ésta última desalojada por la fuerza más tarde y causando un número indeterminado de muertos, heridos y detenidos. A raíz de ese momento se constituyen las Ligas Populares 28 de febrero (así llamadas en recuerdo del terrible acontecimiento), que es la respuesta del pueblo ante la continua represión y el fraude electoral que les sumerge en una inestabilidad constante.

En 1979 el asesinato y el terrorismo, tanto por parte del gobierno como de los que buscaban derribarlo, fueron el pan de cada día, y el estado preinsurreccional obliga a EE.UU. a intentar una vía reformista, iniciada por la victoria sandinista de julio en Nicaragua y por el régimen del general Humberto Romero (1977-1979), que mostraba una incapacidad sólo superable por el rechazo de su política represiva.

La acción del gobierno se situó en tres frentes:

• restaurar la normalidad, eliminando a los grupos paramilitares;

• liberar o explicar la situación de los presos políticos y de los centenares de desaparecidos, y

• diseñar un plan de reformas por petición popular.

No hubo ni depuración en los cuerpos represivos ni tampoco explicación sobre los desaparecidos. En enero y febrero de 1980 los “escuadrones de la muerte” actuaban con total libertad, empezando una nueva ola represiva que culminaría con el asesinato de Mons. Romero, que para muchos jugó un papel trágicamente crítico en la polarización de la sociedad salvadoreña y para otros fue el que inició el camino hacia el cambio. Pero todo no acabó ahí, ya que la represión se abatió sobre las organizaciones populares en las áreas urbanas, eliminando toda forma de oposición política. Todos los dirigentes del F.P.R. fueron secuestrados y asesinados en noviembre. Para entonces, las fuerzas guerrilleras se habían replegado a las zonas rurales, formando un mando militar unificado: el F.M.L.N. (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional). El ejército contaba con una creciente asistencia militar norteamericana, mientras que la Democracia Cristiana ensayaba desde el gobierno la fórmula “reformas más represión”.

La década de los 80 significa en El Salvador una continuación, en muchos aspectos, de la política represiva de años anteriores. En abril se inicia una guerra civil, presentada como una guerra entre “la gente” y el gobierno, que se hace interminable a causa de los militares, pues se negaban a negociar con los rebeldes marxistas. Las tácticas soviética y cubana desde la primavera de 1980 estuvieron dirigidas a la transformación del numéricamente pequeño P.C.E.S. (Partido Comunista de El Salvador) en una fuerza directriz de la lucha guerrillera en todo el país.

Fueron diecisiete años de guerra, de represión, de hambre y de dolor. Toda una generación de salvadoreños en contra de un poder oligárquico cuyo brazo armado había sido adoctrinado en la Escuela de Dictadores de Georgia (EE.UU.) y financiado desde Washington.

La guerra civil que sufrió El Salvador es la respuesta a una situación de “dictadura opresiva inhumana contra la población”, sobre todo contra obreros, campesinos y pobres. Una guerra con la que se intentaba protestar, por parte de los dos bandos (Gobierno y guerrilla), en la búsqueda de los propios intereses: para los ricos, el control de la población, es decir, su mantenimiento en el poder; y para los pobres, la lucha contra las injusticias más crueles, que denunciadas en silencio, no fueron atendidas. Una guerra que se cobró muchas vidas allá donde se produjo: San Salvador, San Miguel, Chalatenango, San Vicente, La Unión, Sonsonate, La Paz... lugares donde la gente moría asesinada, muchos sin saber por qué. Los soldados sólo disparaban. Los asesinatos suicidas se cuentan por miles y aquellos que ejecutaban la decisión no atendían a ningún tipo de juicio ni derecho, matando sin diferenciar a hombres, mujeres, niños o ancianos. Según los estudios realizados, las cifras oficiales (que se hayan podido verificar) de muertos en los años de guerra son de varias decenas de miles, aunque seguramente fueron muchos más, debido al sin número de casos imposibles de comprobar .

Los testimonios que a continuación ofrecemos relatan las crueles matanzas a las que se vio sometida la población (campesina en su mayoría) y que hablan por sí solas, convirtiéndose en la mejor demostración del horror y la desesperación de un pueblo impotente ante un gigante muy poderoso, ante el que muy poco o prácticamente nada podían hacer:

“El Ejército y la Guardia salvadoreños comienzan a perseguir masivamente a campesinos residentes en las poblaciones ubicadas al norte del departamento de Chalatenango (a 80 km. al norte de la capital). Cientos de campesinos junto a sus familias se refugian en las riberas del río Sumpul. Dos helicópteros de la Fuerza Aérea Salvadoreña, equipados con ametralladoras automáticas, soldados y agentes de la guardia salvadoreña disparan contra los campesinos refugiados en el río. Mujeres torturadas antes del tiro de gracia, niños de pecho lanzados al aire para hacer blanco, fueron algunas escenas de esta horrible matanza criminal. Los campesinos salvadoreños que pasaban el río eran devueltos por los soldados hondureños para la masacre. Al caer la tarde cesó el genocidio dejando un saldo mínimo de 600 cadáveres” .

“Por lo menos 1.000 agentes de la Guardia Nacional, del Ejército y de la organización paramilitar ORDEN, protegidos por dos helicópteros artillados y vehículos (tanquetas militares), invadieron las poblaciones colindantes campesinas “El Campanario, San Benito, Angulo, Llano Grande, El Obrajuelo, Las Lomas, La Joya, La Pita, Santa Amalia”, todas de la jurisdicción departamental de San Vicente (66 km. al oriente de la capital). Varios testigos presenciales declararon que desde los helicópteros lanzaron granadas a las casas de los campesinos disparándoles constantes ráfagas de ametralladoras” .

“ Treinta y un miembros de la familia campesina Mojica Santos, residentes todos en el cantón “Mogotes” de San Pablo Talachico, fueron fusilados por miembros de la organización paramilitar ORDEN. Abrazados a sus madres fueron asesinados quince niños, todos menores de diez años de edad. Ese día el Ejército Nacional y agentes de la Guardia Nacional ocuparon la población e iniciaron un saqueo de viviendas campesinas” .

El pueblo veía que las elecciones celebradas en 1982, 1984 y 1985 no conseguían otra cosa sino radicalizar con mayor violencia a muchos de los grupos guerrilleros que vivían en la selva tropical, con soldados menores de 20 años y que según decían: “Su no-futuro “les afirma como valor y presente”. Sus características más destacadas eran la inmediatez, pues creían y aceptaban el que pudieran morir en cualquier momento o situación, la buena planificación y la habilidad en cuestiones políticas. Los guerrilleros se agrupaban en torno al F.M.L.N.-F.D.R., que estaba a su vez agrupado en torno a cinco organizaciones político-militares, de origen distinto pero de actuación conjunta (F.P.L., E.R.P., F.A.L., P.R.T.C. y R.N.) y mucha gente que hacía la guerra por la liberación de su país.

¿Y qué opinaba la población que vivía diariamente en esta situación? Muchos de ellos expresaban su deseo de paz, de que acabaran las injusticias y de que cesara la represión, que se pusiera fin a ese régimen de terror en el que estaban inmersos, deseos que también quería alcanzar y poder ver con sus propios ojos Mons. Romero:

“Este país ha sufrido un reventón, como cualquiera de nuestros volcanes. Los guerrilleros entran y actúan en las ciudades. Los helicópteros americanos llegan en segundos a las retaguardias guerrilleras de Chalatenango y Morazán. Cada día hay más movimiento militar, más sabotaje económico, más conocidos que mueren, más americanos, más dolor. Cada día es más doloroso vivir en este maldito país” .

“Yo ya no tengo hijos y mi compañera está en otro frente. Pasado mañana puedo estar de guerrillero urbano. Demasiado cansancio acumulado, eso lo notará en todos los rostros. Una guerra de larga duración que ganaremos por “necios”. La dignidad de nuestro pueblo es la única pasión que nos queda y ganaremos” .

“Lo que sí quiero decir: que el objetivo de llamar la atención sobre la represión y de tratar de frenarla es un objetivo legítimo e importante, y lo estamos gritando al gobierno: que tiene que cesar la represión” .

“(...) La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirve las reformas si van teñidas con tanta sangre... En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben al cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡CESE LA REPRESIÓN!” .

En cuanto a la ayuda norteamericana, imprescindible durante el transcurso de la guerra para la desestabilización de la balanza a favor de uno u otro lado (en este caso el del gobierno), cabe decir que la progresiva y pausada aplicación del método contrainsurgente y la “contención activa” del gobierno sandinista, después de la victoria de 1979, llevaron a que el gobierno estadounidense difundiera una imagen positiva del gobierno salvadoreño, muy útil para la aplicación a todos sus niveles del método contrainsurgente, basado en una serie de operaciones psicológicas para cambiar la conducta y la percepción de la población y de los insurgentes sobre la guerra y las operaciones militares , por lo cual, la propaganda fue uno de los instrumentos fundamentales, también en la resolución de los asuntos civiles: prevención de la interferencia del sector civil en operaciones militares; apoyo a funciones gubernamentales; acción cívica militar y control de la población y recursos.

Según Joaquín Villalobos “se ha pasado de una primera fase de “genocidio necesario” (1979-1981), que dejaba libertad al ejército para la ejecución de asesinatos de figuras prominentes como monseñor Romero, de dirigentes del F.D.R., de las monjas norteamericanas, del rector de la Universidad Mario Zamora, y que fomentaba el exilio de decenas de oficiales del ejército y de dirigentes democráticos, así como la represión despiadada contra el movimiento popular, a una fase de “genocidio encubierto”. Esta fase estaría caracterizada por la represión a gran escala, expresada en bombardeos directos con fines de terror y despoblación, desalojo masivo de la población en zonas conflictivas, asesinato y desaparición de dirigentes del movimiento popular y revolucionario, aplicación sistemática de tortura a los presos políticos, amplia actividad de los cuerpos de seguridad bajo el nombre de escuadrones de la muerte, y un incremento acelerado de los presos políticos (...)” .

Por otra parte, en EE.UU. los militares daban ciertas muestras de resentimiento y de impotencia. En palabras del coronel John D. Waghelstein, ex jefe del grupo militar asesor norteamericano en El Salvador: “Los EE.UU. por sí solos no pueden resolver el problema de El Salvador. Nosotros podemos proporcionar la asistencia económica y militar necesaria para permitir que los salvadoreños encuentren sus propias soluciones (...) La lección de Venezuela da un ejemplo de que con cuidadosa aplicación y asesoría, entrenamiento y material, la contrainsurgencia puede llegar a tener éxito” .

Muchos salvadoreños protestaron, en las medidas de sus posibilidades, contra la ayuda estadounidense de material bélico y humanitario, dispensada al gobierno para la ejecución de su programa político de exterminio de elementos molestos para el régimen. Entre estos testimonios de protesta sobresale aquel del considerado defensor de los pobres, Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, que llegó a escribir una carta al presidente Carter en la que exponía su total oposición a la ayuda enviada: “Me preocupa bastante la noticia de que el Gobierno de Estados Unidos esté estudiando la manera de favorecer la carrera armamentista de El Salvador enviando equipos militares y asesores para “entrenar a tres batallones salvadoreños en logística, comunicaciones e inteligencia”. En caso de ser cierta esta información periodística, la contribución de su Gobierno en lugar de favorecer una mayor justicia y paz en El Salvador agudizará sin duda la injusticia y la represión en contra del pueblo organizado que muchas veces ha estado luchando para que se respeten sus derechos más fundamentales” .

A nivel político, entre las elecciones más destacadas de la década destacan las siguientes:

 Elecciones generales de marzo de 1982

Objetivos: - recuperar la confianza de las masas y la credibilidad internacional.

- consolidación de las reformas económicas de la Junta.

- lograr la paz y repudiar a la guerrilla.

En el ámbito internacional los objetivos propuestos pasan por la afirmación de la democracia y la ilegitimación del F.M.L.N.-F.D.R. La Democracia Cristiana se consolida como partido mayoritario, pero sin la mayoría absoluta.

 Elecciones presidenciales de marzo de 1984.

Objetivo: un gobierno de ideología centrista que ejecutase con mayor credibilidad la política diseñada por la administración Reagan, que respondía al plan Kissinger para Centroamérica.

Resultados: - mejora de la imagen del país.

- gobierno más homogéneo (centro-derecha).

- Debilitamiento del F.M.L.N.-F.D.R., con pérdida de credibilidad internacional.

 Elecciones legislativas de marzo de 1985.

Resultados: - menor asistencia.

- pérdida de votos del P.C.N. y aumento de los de la D.C.

- disminución del poder de A.R.E.N.A.

El F.M.L.N. lanza fuertes ofensivas en 1982 y 1984, que logran la recuperación

de posiciones y de armas con una nueva estrategia, consistente en combinar grandes concentraciones de contingentes armados con emboscadas y acciones de hostigamiento de la población en toda la república y atacar los puntos neurálgicos del país.

En 1984 José Napoleón Duarte llegó a la presidencia de El Salvador fuertemente comprometido con Washington. Su gobierno puede caracterizarse por lo siguiente: corrupción y tráfico de armas ilegales; debilitamiento o negociación con el F.M.L.N.; aceptación de los planes de la administración Reagan; descenso de la inflación y del déficit fiscal en los primeros meses; reforma de la banca; crecimiento pausado de la deuda externa; alineamiento de los EE.UU. sobre la política en la región; adscripción al grupo de Tegucigalpa y crítica al plan Arias de paz.

La guerra civil termina formalmente el 16 de enero de 1992 con la firma del acuerdo de paz en Chapultepec (México) , aunque ya desde 1981 el F.M.L.N. negoció con el gobierno varias propuestas, que no convencieron ni al gobierno ni a los EE.UU. Como dato se puede hacer referencia a una encuesta realizada en 1984, en la que se indicaba que el 80 % de la población consideraba que el diálogo era la única solución para resolver la crisis política en El Salvador, mientras que en 1986 tan solo un 26,2 % de los encuestados creían que el diálogo era la mejor solución. Este descenso tan escandaloso podría explicarse por el cierre al diálogo del gobierno, que veía que si dialogaba con los guerrilleros perdía el poder por las presiones a las que iba a estar sometido, sobre todo por parte de EE.UU., que encontró en El Salvador un filón de oro donde ensayar su política de la era Reagan.

Las organizaciones populares aumentaron entre la población, y cada vez era mayor el número de jóvenes que se inscribían en un grupo armado como forma de reivindicación, de protesta y también, en parte, de futuro. Sucedió algo parecido a lo ocurrido en países como Guatemala, Nicaragua o México, donde muchos grupos revolucionarios nacieron al amparo de una situación que sólo pedía la lucha, pues por la vía del diálogo era difícil. Esto se notó en el origen del P.C.N. (Partido de Conciliación Nacional), que surgió según el modelo del P.R.I. mexicano.

Tras la firma de los acuerdos de paz la O.N.U., como hace en todas sus misiones para garantizar la conservación de la paz, envió a El Salvador un contingente de soldados de diversas nacionalidades en el que también participaron soldados españoles expertos en la destrucción de explosivos. El contingente se llamó ONUSAL y entre sus operaciones destacaban la verificación e investigación de posibles violaciones de los derechos humanos; la colaboración en el proceso electoral; el control de los asentamientos de refugiados; la participación en el proceso de transferencia de tierras y el apoyo para la creación de un nuevo sistema de seguridad pública.

La misión de ONUSAL fue un acontecimiento importante en la historia reciente del pueblo salvadoreño, ya que una encuesta del Instituto Interamericano de Derechos Humanos, encargado por la Unión Europea, unos meses después de la paz, revelaba que la mitad de los salvadoreños creían que ONUSAL era el organismo que mejor defendía sus derechos humanos.

Boutros Ghali, secretario general de las Naciones Unidas en 1992, se reafirmaba por su parte en su convencimiento de los avances en el proceso de paz y hacia hincapié en la solidez institucional de país, pero no tomaba en cuenta que desde 1992 la delincuencia había aumentado hasta niveles insospechados, cobrándose, al menos a diario, cinco vidas en la capital y otras tantas en el resto del país , y que las cárceles no daban abasto para acoger la oleada de condenados, en su mayoría ex policías, ex militares y ex guerrilleros que no lograron reconvertirse e integrarse plenamente a la vida civil.

Otro grave problema era el de las bandas ultraderechistas como “La sombra negra”, que llamaban a los enviados de la O.N.U. “Vacaciones Unidas”, y que ajusticiaban a presuntos delincuentes con un tiro en la nuca para hacerles irreconocibles en su identificación, poniendo en peligro el difícil equilibrio de un país en el que los barrios elegantes se rodeaban con alambres de espino electrificado y los bancos estaban protegidos por vigilantes armados con rifles automáticos.

Hasta 1995, fecha en la que se termina esta breve relación histórica, cabe asimismo destacar a nivel político que tras Cristiani y su gobierno moderado, el presidente Calderón tuvo que hacer frente a una situación compleja, en la que tres fuerzas sociales luchaban para triunfar: las clases dominantes, agrupadas en partidos de extrema derecha (A.R.E.N.A. en particular), que rechazaba de plano cualquier clase de concesión y pretendían una vuelta al poder; la Democracia Cristiana y un sector del ejército, con apoyo estadounidense, que pretendían combinar reformas más represión, transformando la sociedad derrotando a la guerrilla y suprimiendo cualquier forma de organización popular, y el F.M.L.N., que abogaba por un cambio más radical.


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