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MISTIFICACIÓN DEL LENGUAJE Y PROCESOS PSICOSOCIALES: LOS PROGRAMAS ESOTÉRICOS EN LA RADIO MEXICANA

Gilberto Fregoso Peralta



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6. CONCLUSIONES.

En la motivación de los sujetos que llamaron por teléfono o escribieron a las transmisiones radiofónicas analizadas, se hizo patente una tendencia inocultable a confiar en el poder de los consejeros espirituales a quienes externaron su demanda de ayuda para resolver –literalmente- cualquier problema, de manera sobresaliente aquellos con presencia mayor en la cotidianidad de los radioescuchas: los vinculados con la economía, la salud y los nexos con el prójimo. Basta consultar las tablas 1, 2, 5, 6, 9, 10, 13, 14, 17 y 18 del apartado sobre resultados para constatar dicho aserto, a través de la manera como las personas formularon su petición de ayuda y el objeto de la misma; en algunos casos solicitudes expuestas con crudeza extrema, por ejemplo abandonar la pobreza en la que siempre se ha vivido.

Así, el conjunto de factores objetivos reseñados en el apartado sobre la estructura económica y sus implicaciones hacia la salud, la educación y las condiciones generales en la calidad de la vida no parecieran tener valor alguno y carecer de significación para el grueso de los solicitantes, dentro de una concepción subjetiva de la realidad donde las relaciones de los seres humanos entre sí y con el medio ambiente no son fuentes de explicación ni garantía de un acontecer donde es difícil satisfacer ciertos deseos, base por sí sola para conferir a los conductores de los programas amparados en este género la potestad de transgredir la realidad a su arbítreo, según expresa el conjunto de discursos mistificados expuestos en la muestra del género radiofónico esotérico.

Acto seguido, a manera de correspondencia con la confianza otorgada, los auto nombrados parapsicólogos, magos, brujos, hechiceros, maestros en artes adivinatorias, videntes se arrogaron el poder de diagnosis casi instantánea con tan sólo mirar la caligrafía de quienes remitieron misivas, conocer la fecha de nacimiento de quienes recurrieron al telefonema y valerse de cartas o bolas de cristal para elaborar dictámenes donde las causas de origen sobrenatural así como los procedimientos garantizados para contrarrestarlas no cedieron un ápice de presencia a la cordura. Un mecanismo sencillo de orden discursivo se puso en operación: frente al hechizo, la urgencia de deshacer ese trabajo negro; ante la desgracia de cualquier tipo, atraer la suerte, abrir el camino, desterrar la energía negativa; contra la quiebra del negocio, una limpia efectiva; para reconquistar a la pareja, armonizar la energía. El demandante de ayuda confirió mediante su creencia ingenua una patente de Corzo al hacedor de milagros para incrementar su poder de sugestión y así auto magnificarse:

El demandante de ayuda deposita su confianzaen el magomerced a las capacidades contenidas en el discurso de éste para vincularse con fuerzas sobrenaturales de las que se vale para solucionar todo tipo de problemas

Merced a tal concatenación de factores se admitió como posible lograr el amor de una persona valiéndose de la hechicería, dado que los nexos afectivos no estarían mediados ni contextualizados por relaciones económicas, sociales, culturales ni psicológicas. Ello llevaría a pensar que no hay impedimentos de clase, raza, educación, ingreso, haberes, hábitat o preferencia sexual para unirse a la persona amada, deseada o pretendida.

En ese (des)orden de cosas, se podría lograr una fidelidad garantizada; la reconquista de la pareja tras años de separación y hasta odio de alguna de las partes; el retorno de la prosperidad en el negocio, no obstante el enseñoramiento de una nueva crisis económica; incrementar el ingreso salarial de buenas a primeras sin siquiera solicitarlo al patrón; conseguir empleo frente a millones que lo anhelan y pugnan por obtenerlo; por fin sanar tras larga penuria, en ocasiones desde el nacimiento; enderezar el camino torcido del vástago en malos pasos; tornarse un Don Juan luego de nunca haberse atrevido con las damas; recuperar el dinero prestado cuando se le daba por perdido…en resumen, a tomar control sobre la vida propia y la de algunos congéneres sin la molesta intervención de aquello ajeno a la voluntad y al deseo personales.

El contexto se vio permeado por un sustrato de referencia siempre presente en la jerga esotérica radiofónica, el de verosimilitud, entendido con Todorov, como el efecto discursivo, en virtud del cual, el texto enmascara sus propias leyes constitutivas en el acto mismo por el cual hace creer que se apega a la realidad y no a dichas leyes que le son propias y le confieren identidad discursiva, lógica a través de la que el género de lo milagroso y sobrenatural se torna creíble y genera mayor certidumbre conforme logra convencer a la audiencia de ser verdadero, esto es, de fincarse en hechos y razones, no en su mera textualidad, para así resolver demandas objetivas de la más diversa índole.

Diversos y múltiples los caminos de la fantasía. En una película famosa hace unos cuantos años, se nos proponía la posibilidad de que un crío italiano de origen judío pudiera vivir la segunda guerra mundial encerrado junto con su padre y cientos de prisioneros más en un campo de concentración fascista, sin percatarse de los horrores que allí ocurrían no obstante la obviedad de los mismos y el terrible ambiente emocional del conglomerado humano sometido a los tratos más vejatorios. El progenitor del chico se las ingeniaba para a cada momento cambiar el significado de los sucesos cotidianos a fin de que su vástago –pleno de candor- no abriera los ojos a una realidad lacerante donde a todas luces imperaban la represión desmedida, de una parte, y el sometimiento forzado, por la otra.

Este transcurrir ilusorio alcanzaba niveles en extremo inverosímiles, al grado que los espectadores admitíamos, sí, la imposibilidad de la trama pero a la vez agradecíamos a los creadores tal diseño una vez identificados en mayor o menor medida con las vicisitudes de las personas allí recluidas, de manera particular con el atormentado pater familia y el simpático chiquillo. Así hubiéramos deseado ocurrieran las cosas y que esa manipulación de la realidad fuera aplicable a toda situación de sufrimiento donde seres inocentes se vieran orillados a escapar de una situación tan angustiosa como injusta.

Se trataba, pues, de una mentira piadosa en demanda de nuestra solidaridad y compasión dado el manejo cinematográfico de la circunstancia específica, no obstante resaltara con claridad la incongruencia entre el contexto presentado en la cinta y la serie de estratagemas ideados y aplicados por el padre amoroso, lazos ajenos de razón pero identificados con las emociones y deseos del público, la moraleja y el título pregonaban la belleza de la vida.

Los etéreos personajes de la publicidad parecieran capaces de establecer nexos sorprendentes del tipo causa-efecto, a partir de su contacto con algún producto tan anodino como puede ser una pastilla de dulce macizo con sabor a eucalipto. Una vez ingerida ésta, nos dicen los mensajes publicitarios, no habría impedimento para remontar el vuelo por la acción del caramelo y deambular apaciblemente por las nubes. El contacto cotidiano de la sociedad con el mensaje publicitario trucado (retórico) propendería a hacer pasar como factible lo imposible, a modo de, incluso, alejar cualquier cuestionamiento ante semejante asociación de aconteceres aceptable en el contexto del discurso publicitario, y desde luego no solicitar una demostración de tal poder antes de pagar por el producto. Cabe notar que en este ejemplo no resulta sencillo justificar el ingrediente ilusorio en pos de cumplir un deseo, valga la mención para verificar la cercanía de los públicos con situaciones límite en las que brilla por su ausencia la simple cordura, sin desestimar que alguien pudiera llegar a una especie de éxtasis en contacto con la golosina sabor a eucalipto.

Quizás sean más exitosas, si de pastillas se trata, aquellas de jabón, capaces de hacer aflorar la belleza femenina en todo su esplendor, a imagen y semejanza de alguna modelo por demás cotizada dentro del mercado publicitario, gracias a un atractivo físico que literalmente conmociona a los varones no sólo indiscretos. Ni qué decir de los anuncios cuyo propósito es promover medicamentos o sustancias medicinales susceptibles de curar cualquier padecimiento, enfermedad o patología, mediante el sencillo expediente de pagar por ellos y…consumirlos.

Otrora, las leyes mexicanas en materia de medios –siempre letra muerta en su aplicación- prohibían atribuir a los productos de la más diversa índole cualidades de dudoso cumplimiento, ojo, no por su carácter imposible sino porque no contenían los ingredientes probados capaces de satisfacer la promesa de venta. Ahora se ha impuesto el criterio mercadológico de los anunciantes (grandes y pequeños), hasta el punto de no sólo hacer nugatoria la aplicación de la ley, sino de erradicarla en función de sus intereses mercantiles, a tenor del argumento según el cual nadie ni nada debe obstaculizar la libertad de expresión, en cuyo nombre se pueden emplear figuras retóricas como la sinécdoque, la metonimia, la hipérbole, la metáfora, la disminución y la antítesis, entre otras, con afán no de apelar a la razón de las audiencias sino de generar cierta verosimilitud engañosa.

El que un vampiro, émulo de Drácula, reparta golosinas a los niños mostrando sus colmillos sangrantes no pasa de ser un elogiado artificio publicitario, ganador probable de algún premio al ingenio o a la creatividad de un ejecutivo de cuenta; para el ávido telemirón es algo por demás ordinario, natural.

Hay tan sólo un paso a dar para acceder a las significaciones en juego dentro del material analizado. Abundaron en este corpus de documentos fonograbados una serie cuantiosa de variables objetivamente inconexas pero a las que se les adjudicó una relación de dependencia mediante el empleo de un discurso preciso, ubicado en un presunto orden o ámbito no sometido a las leyes de la naturaleza, además susceptible de ser conocido por personas con dotes o capacidades así mismo sobrenaturales, producto de vínculos con entes, fuerzas o seres ultraterrenos a los que se conminó con afán de solicitarles ayuda y solucionar las demandas de quienes prometieron acudir a consulta. Desde luego, el favor supuso un costo monetario.

El conjunto de los objetos deseados por los radioescuchas (tablas 1, 5, 9, 13, 17); la manera tan peculiar como solicitaron la ayuda o intervención del conductor omnipotente en sí mismo o mediador idóneo con las fuerzas suprahumanas (tablas 2, 6, 10, 14, 18); los diagnósticos para cada caso y el tipo de instrumento utilizado al propósito (tablas 3, 7, 11, 15, 19); así como la génesis sobrenatural atribuida a los problemas en espera de solución (tablas 4, 8, 12, 16, 20), se inscribieron de lleno en los aportes críticos contenidos en el marco teórico de referencia.

En ese sentido, Francis Bacon nos había alertado contra las variadas tendencias de la mente hacia los errores y prejuicios que velan el conocimiento, propensiones denominadas por él, ídolos; de ningún modo inherentes a una incapacidad intelectual, sino tan sólo confirmación acerca de la necesidad de desarrollar en todo momento procedimientos y técnicas nuevas para investigar la naturaleza y la sociedad a través de la observación, el experimento y la inducción, como garantías de alguna objetividad. Tal exigencia, novedosa en los siglos XVI y XVII como hemos visto, implicaba identificar todo obstáculo capaz de impedir o distorsionar la aproximación al mundo real. Pues bien, en el corpus bajo estudio fue visible (tal vez en demasía) esa tendencia comentada por Bacon de considerar a las percepciones empíricas como analogía de lo humano y no propias del mundo real, de manera que prejuicios, emociones y aparato sensorio dificultan acceder a una explicación espacio temporal sensata y no mistificada. Otra limitante baconiana presente en el análisis de las programaciones fue sin duda la de la personalidad individual, asomada en la singularidad de cada reclamo, fuera para enmendar el camino del vástago en malos pasos o bien a fin de conquistar al ser amado sin mover un dedo, o tal vez de retirar a quien ha osado instalar su negocio frente al propio. Demandas donde se diluyó la forma primordial y objetiva de la naturaleza debido al temperamento de cada persona, la influencia de otro prójimo, el influjo de algún texto, la autoridad de un personaje admirado, el apego a una doctrina dogmática o los perceptos y preceptos obtenidos del entorno, estos últimos –recalca nuestro autor- ambos evidentes cuando hay una predisposición a dejarse inducir. Un tercer obstáculo palpable estuvo centrado en el lenguaje, siempre imbuido según Bacon por las concepciones del vulgo, con propensión a la verborrea fácil plagada de falsedades y errores con respecto a significaciones precisas. Abundaron las palabras necias, esas que de acuerdo con el pensador inglés, fuerzan la razón y la perturban para conducir a las personas hacia controversias y fantasías carentes de contenido real; en resumen, se mistificó el lenguaje para dar cabida a términos ilusorios con afán de nombrar objetos inexistentes y sin sustantividad propia, como hemos testificado durante este recorrido por el mundo de las transmisiones radiofónicas del género esotérico, las que a no dudar el pensador británico repudiaría bajo el argumento de romper con el yugo que esas formas pervertidas del lenguaje imponen al recto pensar, a fin de obtener una intelección de los hechos ocultos tras una mera denominación. Un siguiente aspecto de ofuscación estuvo representado por los dogmas de toda laya, donde cupieron demostraciones falsas, razonamientos erróneos, creencias inventadas y propagadas como simples comedias llenas de mundos ficticios e histriónicos; fábulas ora antiguas ora modernas cuyas causas suelen ser muy semejantes, a tenor de los dicho por el Bacon, quien no paró en mientes para denunciar la obnubilación del recto pensar provocado por las especulaciones infundadas (menciona a la famosa contemplatio tomista) o creencias que han engañado a la humanidad durante siglos. En efecto, siguiendo el razonamiento baconiano, puntos de vista amparados en un presunto principio de autoridad del que sólo es posible sustraerse –nos aporta el remedio- mediante el ejercicio de la crítica, esto es, superar la costumbre de ceñirse a una conciencia ingenua, deshacerse de un credo incapaz de pasar el examen de la experiencia. No resulta ocioso recordar la propuesta de nuestro personaje consultado para oponerse a la superstición, a través de la orientación práctica de la teoría como requisito de un método exacto capaz de indagar la verdad y de predicarla. En todo el capítulo cuarto de la indagación se hizo patente un proceso detectado por nuestro autor siglos ha, en este caso la tendencia de las emisiones radiofónicas a suponer en las cosas un orden, una armonía y una uniformidad que realmente no existen, pero que una vez admitidas en el conformismo de las personas sometidas a engaño, se pasan a considerar hechos y deben ser creídos por los demás prójimos a manera de verdad dada de una vez y para siempre, no obstante sea mayor el número y fuerza de evidencias en contrario, a las que los fanáticos rechazan, menosprecian e ignoran. En razón de ello, Francis Bacon nos advirtió que el humano entendimiento se mueve principalmente por las cosas que más lo impresionan e impactan, las cuales colman la fantasía de algunos, haciéndoles creer ingenuamente en una reacción similar de todos ante el mismo estímulo. Cual si hubiera escuchado a los magos, brujos y parapsicólogos conductores de las transmisiones revisadas, y más aún a sus audiencias dóciles respectivas, nos hizo ver que las llamadas causas finales son sólo ideas delirantes generadas por alguna mentes transidas de afectos, deseos, caprichos y convicciones arbitrarias, pero que creen verdadero el contenido de su anhelo y no el orden de la realidad. Por tales motivos nunca estarían en condición de aceptar las demostraciones apegadas al mundo objetivo, pues restringirían sus apetencias y expectativas amparadas en las supercherías (creencias contrarias a la razón), y tildarían de arrogante a la verdad demostrada. Sorprende el planteamiento de este representante añejo del empirismo, a la luz de los hallazgos encontrados en el abordaje del corpus muestreado.

Al proceso de interpretación del enlace entre sociedad y formas de conciencia social deformadas también contribuyó de manera destacada Claude Adrien Helvetius, autor galo comentado en el capítulo segundo, donde se pasó revista a su estudio sobre los juicios falsos e inexactitudes producidos por las pasiones, la ignorancia y el abuso de las palabras, condiciones por cierto no atribuibles al espíritu humano y provocadas sí por el entorno social, como señaló de manera acertada este intelectual notable. En el análisis del material empírico resaltaron sin asomo de dudas cada uno de los factores por él mencionados, de los que sería posible escapar sólo mediante el conocimiento de los hechos y el significado preciso otorgado a las palabras con apego a esa posibilidad gnoseológica. Cierto, tanto Bacon como Helvetius rindieron tributo a un empirismo ingenuo o mecanicista propio del despertar científico en la Europa de los siglos XVI y XVII para el primero, y XVIII para el segundo, pero la actitud libertaria de ambos se confrontó con los prejuicios de raigambre feudal, a los que opusieron las ideas del bienestar tanto personal como comunitario.

El altruismo propio de unos cuantos sujetos proclives a la defensa de la justicia y la virtud se enfrentaría –aseveró Helvetius- con las prácticas egoístas ejercidas por una inmensa mayoría de la población, ocupada siempre en atender y proteger sus intereses particulares, incapaz de conducirse en aras del bien común y sí de aprovechar las ventajas personales en detrimento del bienestar colectivo, según observamos en el apartado 2.2 y más adelante en la manera como sujetos sin escrúpulos engañan con las llaves del paraíso a los incautos requeridos de ayuda, embaucadores ajenos a cualquier sentimiento piadoso ante la desgracia y la miseria de la gente, según preconizara este representante de la Ilustración, para quien la virtud consistía en identificar y pugnar por todo aquello útil al prójimo, a manera de satisfacer, sobre todo, el interés general.

Aporte central a nuestra interpretación acerca de las motivaciones tras el discurso esotérico, su concepción de las pasiones como un factor que incita a centrar el interés tan sólo en una porción del objeto por ellas presentado y no sobre la totalidad del mismo, pues se tiende entonces a percibir lo que deseamos encontrar en ellas y no lo que hay. Por tal razón presenta al fenómeno ilusorio como consecuencia obligada de las pasiones cuyo impacto suele ser proporcional a la ceguera que provocan, situación evidente cuando los radioescuchas, dicho sin exageración alguna, pretenden comprar su milagro respectivo y sacarle el mayor provecho.

Otro aspecto tratado por el pensador francés y evidente en el análisis de la muestra, se refirió a la ignorancia, expresada ésta a manera de una sinécdoque donde se corre el peligro de confundir una parte con el todo o formular juicios emanados de un solo punto de vista sin contrastarlo con otros, sobre todo aquellos sustentados en demostraciones producto de la razón y la experiencia, evitando así las conclusiones ajustadas a meras creencias subjetivas, incoherentes, contradictorias. Baste recordar del apartado cuarto a los radioescuchas apuntando sus números de la suerte, dictados por el parapsicólogo como su contribución a fin de que los primeros ganen cuantiosas sumas en las loterías y pronósticos.

Una tercera categoría de utilidad suma, entreverada con la ignorancia, fue la denominada “verborrea”, que surge cuando no se sabe de cierto algo y se intenta expresarlo mediante el invento de palabras, al estilo, según Helvecio glosando a Locke, de los llamados en la Grecia Clásica peripatéticos (y hoy, toda proporción guardada, magos, brujos, hechiceros, parapsicólogos, videntes, pastores, maestros de maestros), escudados en discursos nebulosos y confusos plenos de significados surgidos de la fantasía humana pero sin correlatos con aquello fuera de la conciencia. Recordemos de Helvecio el proceso de un ataque verborreico, pues pareciera diseñado como marco para el análisis del género esotérico: Se inicia cuando se adhiere una idea falsa a ciertas palabras; tras lo cual se combinan tales ideas y palabras hasta estructurar un significado antojadizo compartido en algún espacio social; proceso en el que cada nueva combinación genera nuevas significaciones erróneas hasta volverse múltiples; por último, se torna imposible detectar el origen y transcurso del desaguisado. La facilidad oratoria de quienes condujeron las emisiones de contenido sobrenatural no se puso en duda.

Conviene no olvidar que Claudio Adrián se enfrentó a los dos poderes formidables de su época: el clero y el despotismo gubernamental, para él los obstáculos mayores a vencer en la perspectiva de acceder a una sociedad más igualitaria y razonable por medio de la educación, a la que valoró como el bien público del más alto nivel. En el capítulo dedicado al panorama nacional se coligen los privilegios que mantienen postrada a la sociedad mexicana.

El trabajo de Paul Henri Dietrich, mejor conocido como el Barón de Holbach, no desentonó con el de los anteriores, y también contribuyó a desenmascarar los discursos mistificados, al presentar la naturaleza de los juicios no sustentados en la experiencia ni en la razón, ya en el capítulo cuarto habíamos adelantado la vigencia, asombrosa, de sus reflexiones sobre el tema de la indagación presente.

El sustrato de su elaboración conceptual descansó siempre en la idea de concebir a la sociedad como la unión de humanos concertados para satisfacer sus necesidades de conservación y felicidad comunes en armonía; tal agrupamiento supondría la capacidad de todos los integrantes de proponer sus intereses genuinos validos del discernimiento libre y sin coacciones, para prohijar su bienestar y el de los demás, como requisito de una vida colectiva duradera y pacífica. Ello obligaría conciliar el interés propio con el de la comunidad, pues la virtud consistiría en alcanzar la felicidad personal en consonancia con la del prójimo.

Empero, sostuvo Holbach, ha prevalecido en muchas personas un ansia de riquezas ultra terrenas que opera en detrimento de las virtudes cívicas, pues una vida centrada en el más allá ignora el acaecer real. Todos los dogmas, artículos de fe, religiones y supersticiones preconizan la actitud mencionada con afirmaciones pseudo verdaderas sobre objetos respecto de los cuales no hay evidencia empírica ni racional alguna. En la difusión de semejantes prejuicios –sostuvo el insigne ilustrado- se interesan quienes obtienen provecho para sí mismos con la ofuscación generalizada.

Puso de relieve que un dogma tan dudoso como el de la perduración de la vida después de la muerte significó un rendimiento valioso a quienes impusieron religiones a los pueblos y se erigieron como sacerdotes, fuente de incontables riquezas y causa permanente de ceguera y terror para el género humano. Su concepción acerca del engaño del clero y similares fue uno de los arietes desde la crítica a la ideología, enfilados contra los absolutismos político y mental. Pero, ¿a qué atribuyó la necesidad de procurar la ceguera de la sociedad? Al igual que otros intelectuales de latitudes y épocas diversas, pudo percatarse de un orden estructural mediante el que los estamentos sociales con más dispositivos de poder defienden un statu quo favorable a sus intereses objetivos, lo que siempre ha implicado el requisito de mantener a las mayorías en un estado de pequeñez espiritual, papel asignado a las instituciones encargadas de moldear la subjetividad de la gente y de ofrecer los lenitivos necesarios y suficientes para cumplir en la imaginación lo que está vedado en la realidad práctica, hasta el punto de que si falla el convencimiento ideológico, toda sublevación contra el orden establecido equivalga a cuestionar una decisión divina. Más aún, asentó Holbach, el engaño clerical evidenció los intereses de poder existentes en la base de la glorificación del orden vigente en la Francia del siglo XVIII.

Traslademos el discurso del celebrado Barón a nuestro tiempo y espacio e interpretemos con él la estructura y el contexto donde menudean emisiones radiofónicas del género revisado, mensajes colmados de promesas y logros –cualesquiera sean- si de solucionar las carencias del público se trata, lo anterior a través de actos y objetos milagrosos adquiribles como cualquier mercancía. Con ellos –dice la promesa- es posible garantizarse bonanza económica, salud plena, felicidad amorosa, armonía con el otro, protección contra fuerzas metafísicas: en pocas palabras, el control del entorno.

Para Paul Henri, al desarrollar esa fe en potencias ultra terrenas, no buscan los hombres comprensión teórica sino ayuda práctica para dirigir su vida, pues el carácter defectuoso de su conciencia no es sólo producto de la ignorancia, sino que ella brota de la situación objetiva de vida cotidiana. Por ello, la refutación acerca de las presuntas pruebas sobre la existencia divina con argumentos racionales, nada podrá hacer en contra de contenidos de fe cargados de afectividad, mientras los sujetos estén obligados a satisfacer en el más allá su ansia de consolación, porque el mundo en que moran es desconsolador (aserto brillante para comprender el lenguaje radiofónico mistificado de talante esotérico).

Mientras las personas no se pertenezcan a ellas mismas –continúa- , y la tierra no sea su hogar legítimo, el conjunto de críticas a los artículos de fe ciegamente aceptados han de ser ineficaces. La única solución consistiría en suprimir la miseria real y los nexos irracionales de poder existentes entre los seres humanos, acto conducente a cancelar esos desvaríos en la conciencia de los sujetos y requisito para discernir sus intereses propios.

Pero si no fuera suficiente la lógica natural, aconseja distinguir las opiniones verdaderas de las falsas mediante el expediente de recurrir a la experiencia y a la razón que es su corolario, a manera de examinar las ventajas demostrables de cada opinión, comparando su conveniencia e inconveniencia, ponderando los efectos en quienes las han adoptado y en quienes, no habiéndolo hecho, conviven en sociedad con los primeros. En ese marco, la verdad es el conocimiento de la adecuación entre los juicios que nos formamos de los seres y las cualidades objetivas que tales seres realmente poseen, pues sin la verdad los humanos careceríamos de razón y de experiencia, con lo cual el sendero de la vida sería más escabroso, no maduraríamos y seríamos siempre víctimas de los prejuicios, entendidos como las predisposiciones formadas y las opiniones adoptadas, sin examen.

Según él, la desgracia es efecto de la imprudencia, visibles ambas en las personas prejuiciadas, sin ideas sensatas, caminando de error en error convertidos en juguetes de su inexperiencia o del capricho de los ciegos que los guían. Los seres humanos no cesan de proclamar su racionalidad, pero pocos hacen uso de ella. Añade que meditar, poner a prueba la experiencia, indagar, aplicar la razón a su conducta son prácticas desconocidas para la mayor parte de las gentes, a quienes resulta penoso reflexionar sobre sus pasiones, hábitos, negocios, placeres, temperamentos y pereza, disposiciones naturales que les impiden investigar la verdad, la que, en rigor, no les interesa. Por eso es más fácil dejarse conducir por la autoridad, por las opiniones recibidas, por los usos establecidos, por las creencias, por la fuerza de los hábitos, por sus ilusiones. Asertos por demás inquietantes pero demostrables con creces en el capítulo cuarto de esta investigación.

La tendencia de la humanidad a corporizar sus deseos más vehementes en un sujeto ultraterreno y omnipotente, al que luego es menester someterse atribuyéndole poderes supremos potencialmente favorables o desfavorables a las personas creyentes, según el tipo de nexo establecido con dicho ente, pero en el que está en juego la promesa de disfrutar en un paraíso celestial todo aquello no conseguido en la vida, esto es, la satisfacción de los deseos humanos pospuesta de manera indefinida, fue una las contribuciones intelectuales más contundente de Ludwig Feuerbach para entender el mecanismo operante en el consumo de programas del género analizado. Con David Hume, realizó la crítica al egoísmo humano, consistente en tratar de explicar y pensar todo de manera antropomórfica, a considerar lo arbitrario como querido, lo natural como creado, lo azaroso como previsto y lo espontáneo como necesario (evidencia reiterada en el habla de los poderosos videntes, grafólogos, pastores y magos desde las ondas de amplitud modulada) actitud cuyo corolario es concebir al universo a la medida de la vanidad de nuestra especie, y así como hay un monarca terrenal suponer la existencia de otro celestial gobernando el cosmos.

Golpe demoledor a las esperanzas de quienes urgidos solicitan prodigios y portentos, este pensador teutón centró su teoría en demostrar que la contradicción existente entre lo divino y el ser de la humanidad es ilusoria, pues se trata en realidad de la oposición entre la condición humana y cada persona sin la intervención de dios alguno. De otro modo expresado, objeto y contenido de toda creencia religiosa –el cristianismo en concreto- son innegablemente creaciones de la propia especie. La llamada esencia divina no sería otra cosa que un producto de la esencia humana pero sin los límites individuales de cada hombre real y material. Así, el ser infinito es el deseo de infinitud personificada por los sujetos. La humanidad se objetiva expresándose así misma pero en algo que aparenta estar por fuera de ella: se objetiva en una divinidad inexistente, en una simple proyección de la psique. En esa lógica, para conocer a un dios basta conocer a los humanos, rezó su versión antropológica religiosa.

Idea de relevancia cardinal como se demuestra en el apartado cuarto de la pesquisa: mediante esta creencia las carencias humanas pueden ser colmadas por un ser superior en quien es posible confiar y del que el ser humano se imagina criatura predilecta. Pero la esencia humana podrá desarrollarse –nos dijo Feuerbach- sólo cuando no se proyecte en un mundo sobrenatural, sino se considere inserta de lleno en la historia a manera de autoconciencia de los hombres de carne y hueso.

Pero –concluyó- llegar a saber y admitir que no hay un Padre Celestial ocupado de cuidar a sus criaturas, no conlleva ni debe conducir a descreimientos angustiantes, sino simplemente asumir la plenitud adulta capaz de velar por el derrotero de cada quien, ya sin la necesidad de un tutor ultra mundano, con lo que –tal vez- ya no quedaría una audiencia para los mensajes esotéricos y sobrenaturales radiados.

Por su parte Marx y Engels, como habíamos visto en su crítica a la filosofía idealista, al derecho, la moral y la política burguesas; a la economía política clásica; al materialismo mecanicista y a la religión, notaron un denominador común de carácter ideológico: la preeminencia de las ideas frente al mundo material. Encontraron que el pensamiento daba la sensación de tener una existencia autónoma capaz de determinar el ser tanto de la especie humana como de la propia naturaleza, la esencia precedía pues a la existencia y el pensamiento a la materia, por ende el cambio histórico era explicado a partir del desarrollo eidético: las ideas sustantivadas y con vida propia antecedían el acontecer de la materia. La humanidad, como sujeto de la historia, era suplantada por los conceptos, verdaderos protagonistas del acaecer en tiempo y espacio. Al descender del cielo a la tierra, según ambos pensadores, el idealismo filosófico invertía el nexo entre el ser y la conciencia de nuestra especie.

Según ellos, operaba un mecanismo, la ideología, cuya función consistiría en convertir las formas de conciencia de un tiempo y espacio sociales, en leyes naturales a las que los humanos debemos someternos; así, las ideas hegemónicas de una clase social –la predominante- se imponen a la sociedad en su conjunto y se sitúan como fin de la historia.

La crítica a dicho modo metafísico de pensar no se podría reducir a que las mentes se liberaran del dominio alienante de las categorías lógicas cosificadas, sería necesario un cambio cualitativo en las relaciones sociales establecidas en un sitio y un lapso precisos, esto es, la transformación del entorno y no de la sola conciencia de los sujetos.

De la misma manera como la religión abstrae el concepto de dios a tenor de los humanos, convierte luego ese concepto en persona, para al final mutarlo en el creador de todas los sujetos y cosas, así operaría –dicen estos autores- toda ideología, siendo ésta una mentalidad que concibe lo real como invertido, que por lo tanto no descansa en supuestos racionales y se manifiesta como creencia injustificada, falsa, fincada en un lenguaje especulativo donde a lo concreto se llama abstracto y a lo abstracto, concreto. Corresponde al pensamiento crítico ser la herramienta capaz de contrarrestarla, al concebir que la gente no somos algo abstracto fuera del mundo material, sino entes históricos inmersos en una intrincada trama de nexos entre personas y de vínculos con la naturaleza, cuya transformación mediante el trabajo nos permite subsistir. Somos los sujetos organizados en sociedad quienes producimos las religiones así como toda otra forma de pensamientos y concepciones acerca del mundo. Planteamiento, éste, de fuerte aliento desmitificador.

En rigor, tal concepto de ideología expresa con claridad meridiana la mistificación obvia en los ya abordados mensajes de consolación aparente a los reclamos de quienes llaman por teléfono o remiten misivas de auxilio a sus demandas insatisfechas. Al ignorar los factores objetivos tras el desempleo, la depreciación monetaria, los salarios menguados, la carencia de vivienda y servicios, la salud lacerada de millones de ciudadanos empobrecidos, la necesidad de enrolarse en el éxodo hacia Estados Unidos, los diversos efectos de la pobreza sobre los lazos afectivos, y buscarles una solución sobrenatural como alternativa, se está de lleno en el mundo de la ideología. No obstante, para Marx y Engels todo es posible de ser desmitificado, no es sólo la ignorancia primigenia de la humanidad la que la orilla a recurrir a las explicaciones supersticiosas de tipo religioso y mágico, pues en toda sociedad desigual cumplen esas creencias una función distractiva conducente a que las mayorías no desarrollen una conciencia de su condición sometida y eventualmente se liberen, es decir, en la práctica dichas visiones contribuyen a naturalizar el sojuzgamiento y a reforzar la expectativa de una vida mejor en un paraíso no terrenal para quienes acepten de manera más pasiva la subyugación. Si bien las mitologías se apropian de los atributos naturales en la imaginación fantasiosa y en la fe, donde dicen valerse de ellos, se desmoronan sin más cuando hay un dominio práctico y efectivo de las leyes que rigen los fenómenos Toda crítica a un estado de cosas como el reseñado permitiría a la humanidad alejarse de las ilusiones requeridas para compensar las carencias objetivas, esto es, volver consciente la necesidad de forjar un colectivo donde no fuera menester recurrir a expectativas más allá de este mundo al abolir las relaciones sociales concretas fincadas en la desigualdad; cancelar “el sol ilusorio” del misticismo que gira en derredor de los seres humanos para que éstos dejen de vivir “extrañados de sí mismos”, enajenados por un mecanismo de ocultamiento e inversión de la realidad.

Vimos que para Sigmund Freud hay una serie de ingredientes que favorecen la interpretación mitológica relacionada con el mundo externo al pensamiento, los elementos psíquicos inconscientes. Su aporte para comprender los mecanismos intervinientes en la explicación de los mensajes esotéricos y su poder cautivante entre una gran audiencia –estimada no mediante la aplicación de un estudio mercadológico, sino del acto simple de sintonizar el radio receptor a diferentes horas del día durante meses y en cada ocasión captar la señal de un programa de este género- es de relevancia indudable.

En el mundo primitivo de carácter animista –nos dijo el célebre pensador vienés- el yo no se logra todavía diferenciar del entorno que le rodea, y atribuye a los objetos características, intenciones y vínculos que hoy podríamos identificar como estímulos psíquicos proyectados desde dentro del sujeto. Previo a la toma de consciencia sobre la vida anímica propia de la especie, nuestros congéneres la proyectaron en el ámbito de su relación con la naturaleza. El mundo imaginado por los individuos primigenios –añadió- podría concebirse a manera de una psicología volcada hacia el exterior que se elucida en lo anímico. Para el creador del psicoanálisis es posible considerar las proyecciones de los primitivos y neuróticos como puerta de acceso para entender los procesos mentales inconscientes y precisar así el significado y la función de las creencias concretas registrables en la historia del desarrollo espiritual de la humanidad, con lo cual ha sido factible decodificar o interpretar el sentido genuino de un sinnúmero de ilusiones y fantasías.

Otro mecanismo de defensa vinculado con los procesos ideológicos es el de racionalización. Para explicar este segundo, parte así mismo de la estructura psíquica del sujeto humano, el que a diferencia de los animales es capaz de expresar, por medio del lenguaje articulado, acciones regidas por las pulsiones cual si se tratase de conductas racionales, esto es, apegadas a los valores aceptados en un lugar y un tiempo determinados. Dentro de las culturas conocidas, ciertos actos pulsionales arrostran algún tabú por cuanto no se ajustan a los significados y prácticas aceptadas por el colectivo, lo que provoca en los sujetos la necesidad de justificar sus deseos y pretensiones prohibidos. Así, comportamientos carentes de lógica adquieren la apariencia de sensatez; en su conciencia las personas encubren ante sí mismos y frente a los demás la motivación irracional de su actuar, cuya actitud se presenta plena de cordura: se confunde la causa con el efecto.

En ambos casos, de proyecciones y racionalizaciones, salta a la vista lo endeble de la razón humana frente a la solidez de las pasiones instintivas, desde los primeros tiempos de nuestra especie visualizados en la horda primitiva y hasta la actualidad en los comportamientos neuróticos. Es mediante las ideas freudianas acerca de la naturaleza de la sexualidad humana y del inconsciente, que se puede elaborar una teoría de la cultura de importancia cardinal para el escrito presente, habida cuenta de la explicación que sobre la renuncia a la satisfacción de las pulsiones, en favor de preservar la civilización establecida, así como de la explicación dada al papel del inconsciente en la adaptación del sujeto a la sociedad y en la reproducción de ésta. Ambos niveles amplían el horizonte de la crítica a la civilización vigente, y al tipo de agente social producto de ella: alguien a quien se requiere explotar y hacer vivir de ilusiones, incluso tan delirantes como las revisadas en todo el capítulo cuarto. ¿Cuál es el tipo de agente social requerido por esta sociedad y producto de ella?, se pregunta Freud, para él mismo contestarse: un ente acrítico y pasivo, alienado de sí y de su ámbito, cultivador esmerado de una conciencia falsa, en síntesis, el hombre común obra de la cultura.

Mas al eliminar el cumplimiento del deseo, la insatisfacción se enseñorea de las personas, provocando un resentimiento profundo que las conduce a la infelicidad y a ciertas conductas agresivas, antisociales. Conviene aclarar que el deseo coartado no puede ser totalmente suprimido, pues actúa desde el inconsciente. Pero reprimir la satisfacción muestra variantes según la forma de organizar las relaciones sociales, para Freud hay determinadas modalidades en las que la opresión se manifiesta en una injusticia social severa, donde se constriñe a la mayoría a modo de atenuar la insatisfacción de unos cuantos, caso en el que los primeros expresarán una hostilidad intensa en contra de un sistema sin esperanza para ellos de satisfacer deseos; mientras para los segundos, la cultura establecida debe ser defendida a toda costa a efecto de proseguir garantizándose la disponibilidad de sus privilegios, en consecuencia, leyes, mandatos morales, instituciones, valores y discursos tendrán como objetivo primordial reproducir el orden imperante

Es indudable la existencia de grupos dentro del conglomerado poseedores de una serie de paliativos cualitativamente superiores y en cantidad mayor para enfrentar el malestar en la cultura, a diferencia de otros estamentos de gente desposeída y marginada, cuyos lenitivos para soportar la coerción pulsional y aún más, su propia exclusión, son mínimos o inexistentes desde el punto de vista objetivo. No es aventurado suponer, nos dice, que todo estrato privilegiado se afanará por mantener sus prerrogativas, consistentes en valerse de los más sofisticados y diversos atenuantes para hacer llevadera la vida en el colectivo, de acuerdo con los datos expuestos en el segundo segmento del capítulo dos.

En rigor, ciertas satisfacciones sustitutivas son requeridas por personas particulares o por estratos para compensar las renuncias impuestas por el sistema. Nadie escapa a tal situación, lo que varía es la cantidad y modalidad de los “escapes”, de acuerdo con el lugar objetivo de sujetos y clases. A los sinsabores de la vida, aunados a las incógnitas y hostilidad de la naturaleza, la mayoría, si no es que la totalidad de las culturas conocidas, afirma Freud, han opuesto, a manera de defensa y consuelo, creencias fantásticas a través de las cuales lo aparentemente inexplicable (azar, muerte, destino, naturaleza ciega) es comprendido y conjurada la angustia producida en los humanos. Y no obstante el desarrollo del conocimiento objetivo, la indefensión de las personas ante las realidades natural y social continúa y se expresa en la proliferación de creencias irracionales en deidades y fuerzas de todo género que satisfacen la función capital de atenuar los sufrimientos

Junto a la existencia objetiva de sujetos que se proclaman brujos, hechiceros, parapsicólogos, mentalistas, pastores, videntes, adivinadores y toda una cauda de denominaciones semejantes, los discursos por ellos construidos incluyen una serie de personajes míticos con rasgos humanos o bien de entes sin analogía posible con lo antropomórfico pero actuantes en el acaecer de la humanidad a efecto de morigerar los avatares de los hombres ante la adversidad. Formas ideológicas más realistas pero con el mismo cometido son los sorteos, loterías y pronósticos, con la oferta glamorosa de obtener millones a cambio de adquirir un boleto por unos cuantos pesos.

Después de todo, la organización sociocultural no es tan ingrata, dioses, azares y energías pueden compensar la imperfección de la vida gregaria así como suscitar expectativas en una acontecer superior, sea en otro mundo o en este, el ardid consiste en inducir entre la gente la fantasía de lograr sus más caros anhelos, dado que las esperanzas son postergadas de manera indefinida. Por cierto, mencionábamos que podría prefigurarse un concepto todavía incompleto de ideología desde la perspectiva psicológica: es la ilusión del cumplimiento del deseo que se forjan individuos y clases. En todo caso, se trataría de evitar en lo posible el desasosiego y experimentar sensaciones agradables, siempre en oposición a una realidad exterior poco gratificante, sin dejar de reconocer –de paso- lo limitado de nuestra capacidad de sentir satisfacción merced a la peculiar constitución psíquica de la especie, con lo cual el goce humano es sin duda episódico.

Correspondió a Luis Villoro realizar, en pleno siglo XX, la síntesis de los aportes críticos en torno a la ideología, toral para poner en tela de juicio los mensajes del género radiofónico abordado. Este autor concluye en que las creencias compartidas por un grupo socialmente determinado son ideológicas cuando: a) Tales creencias no están sustentadas teóricamente, es decir, el conjunto de enunciados que las expresan no se fundan en razones suficientes, b) Esas creencias cumplen la función de promover poder político para un grupo social, es decir, la aceptación de los enunciados en que se expresan esas creencias favorece el logro o la conservación del poder para alguna entidad.

No obstante centrarse este autor en las dimensiones gnoseológica y sociológica, establece las bases para una acepción psicológica de ideología a partir de la propuesta siguiente: Ideología es un conjunto de enunciados no sustentables teóricamente, en los cuales ciertos motivos psicológicos inducen a creer en ellos (racionalizaciones, proyecciones, ilusiones, fantasías, deseos, identificaciones, ab reacciones) y dicha creencia tiene implicaciones para favorecer el poder de un grupo. Las tres dimensiones abarcadas por Villoro posibilitan entender las creencias y su dinámica sociopolítica.

Mediante su elaboración conceptual, cabe recordar, considera factible cumplir una función desmistificadora, al descubrir formas de engaño con una intencionalidad social. Al respecto señala que una creencia puede jugar un papel de dominio si es aceptada por alguien como justificada, dado que el aceptarla engendra la disposición de comportarse de una cierta manera. Por el contrario, un conocimiento, susceptible de expresarse en enunciados con basamento racional suficiente, puede ser aceptado por la simple exposición de las razones en que se basa, como ocurre con la ciencia. Para él, una creencia carente de justificación puede ser aceptada por otros en tanto se presente como si estuviera justificada, para lo cual es necesario valerse del ocultamiento o del engaño (mistificación).

Ejemplifica, además, dos mecanismos de ocultamiento ideológico evidente:

1) Un enunciado descriptivo E, con un significado preciso y claro A, se funda en una serie de razones suficientes. Sin embargo –añade- al ser utilizado políticamente en beneficio de un grupo, se emplea para dominar; en tal cometido adquiere un nuevo sentido B sumamente confuso, el que se añade a A sin reemplazarlo. Por ejemplo, tomado de nuestro análisis de los programas radiofónicos, el uso político de enunciados donde intervienen vocablos de fuerte contenido simbólico como “dios”, “felicidad”, “salud” a efecto de hacer la apología de lo paranormal, la magia blanca, lo parapsicológico, la hechicería.

2) Ese nuevo enunciado, tipificado como E´ y donde se ha generado el nuevo significado confuso B, no está ya fundado en las razones suficientes que amparaban su sentido original como enunciado E. Esto es, los enunciados E´ carecen de base y por ende no están justificados. Sin embargo, el ideólogo aduce para E´ las mismas razones en que se fincaba E. Lo anterior posibilita la aceptación de E´, con el significado añadido B, sin percatarse del engaño. Por ejemplo, se acepta la posibilidad de comprar milagros al aceptar la invocación a dios o a la virgen de Guadalupe. Asimismo vocablos como “empleo”, “amor”, “sanidad” pueden adquirir significaciones mistificadas mediante ciertos usos políticos para favorecer a determinados grupos, como ocurre al hacer abstracción de las condiciones objetivas dentro de las que dichos términos deben ser socialmente contextualizados.

Nos habla de procesos de resemantización, como el encubrimiento de significados claros por otros confusos y la atribución al enunciado con sentido confuso de las razones que justifican el enunciado con significado preciso. Colige de ello el carácter de la “falsedad” ideológica no como un error cualquiera, sino como un encubrimiento o distorsión: el de los usos sociales del lenguaje en tanto procedimientos de mistificación. Los elementos resumidos por Villoro son sin lugar a dudas llave de acceso para descifrar el significado de los mensajes radiofónicos en los que el acceso a los milagros es a voluntad y deseo del cliente.

Sin dejar de lado el beneficio económico para las radioemisoras así como para los vendedores del servicio y de las mercancías promovidas por su función sobrenatural atribuida, la transmisión masiva de mensajes a través de la radio, enmarcados en el género esotérico, sirve como instrumento reforzador de la estructura prevaleciente de relaciones sociales, así como de lenitivo al malestar imperante en la sociedad.


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