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MISTIFICACIÓN DEL LENGUAJE Y PROCESOS PSICOSOCIALES: LOS PROGRAMAS ESOTÉRICOS EN LA RADIO MEXICANA

Gilberto Fregoso Peralta



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2.1.1 Francis Bacon (1561-1626).

Uno de los exponentes más antiguos interesado en el tema acerca de la variedad de significaciones mistificadas puestas al servicio de reforzar la organización social prevaleciente en su época, fue el filósofo y político inglés Francis Bacon, mediante su texto del año 1620 Novum Organum (2004), inspirado en el avance de las ciencias naturales a partir del conocimiento sistemático y de carácter empírico, en franco debate con la especulación escolástica mientras se sometía a valoración, ya entonces, el nexo entre teoría y práctica. Al iniciarse el siglo XVII estaba claro que la especulación filosófica tomista –con sus supuestos metafísicos generales- nada relevante había aportado al conocimiento y transformación de la realidad fáctica, pero que ello no significaba en absoluto incapacidad del intelecto humano, sino sólo necesidad de desarrollar procedimientos y técnicas nuevas para investigar la naturaleza a través de la observación, el experimento y la inducción, como requisitos para el avance científico de la época. Tal exigencia novedosa implicaba identificar todo obstáculo susceptible de impedir o distorsionar la aproximación objetiva al mundo real. Para este autor hay varias tendencias del intelecto humano que suscitan tanto errores como prejuicios y ocultan, por ende, el conocimiento acerca de las cosas, les asigna el nombre de ídolos. Nombra cuatro clases de estos, los ídolos de la tribu, los de la caverna, los del mercado y, por último, los del teatro, todos ellos –afirma- se han apoderado del entendimiento humano, coartándolo.

Combatirlos sólo es posible mediante la inducción legítima susceptible de generar conceptos y axiomas fincados en la realidad, propone conocerlos a modo de identificarlos cuando haya menester, sobre todo al intentar la interpretación de los fenómenos naturales. Para él, los ídolos del primer tipo, los de la tribu, son propios de la condición humana, muy dada a considerar que nuestra especie es la medida de todas las cosas, cuando en la práctica es más bien al contrario, las percepciones tanto de los sentidos como de la mente están en analogía con el hombre y no con el universo. Así, la comprensión humana semeja un espejo deformante que no refleja con fidelidad las cosas, pues mezcla su propia naturaleza con lo que pretende ser reflejado, distorsionándolo. Así, las limitaciones propias de la condición humana, con sus prejuicios, emociones y aparato sensorio restringido, proclive a percepciones engañosas, nos dificultan acceder a la verdad, nos velan la posibilidad de saber. Exigencia para un juicio verdadero referido a un cosmos espaciotemporal externo a la mente humana es huir de toda tentación antropomórfica.

Con relación a los ídolos de la caverna, señala que son los de cada persona en lo individual, en tanto cada sujeto porta las aberraciones de la especie y las suyas propias. Algo similar a una caverna personal (en el sentido de la metáfora platónica) donde se diluye la forma prístina de la naturaleza, sea por el temperamento de cada quien, por la influencia de otro prójimo, por el influjo de algún texto, por la autoridad de algún personaje admirado o simplemente por la diversidad de impresiones a que cada quien se ve expuesto, sobre todo cuando hay predisposición a dejarse influenciar.

Vemos cómo las diferencias individuales son también un factor que obnubila las certezas, a tono con su variado origen subjetivo y con las características propias de las personas, lo mismo en el plano corporal que en el de la mente. Aquí se enseñorean las ideas religiosas, la educación recibida, las preferencias políticas, la fe ciega en la autoridad, los gustos, la ocupación laboral, los hábitos, la personalidad y las circunstancias de cada quien.

Por su parte, los ídolos del mercado son producto neto de los muy diversos vínculos establecidos entre los miembros del género humano, los que para sus intercambios y pactos, comercio y consorcio, recurren al lenguaje para asociarse, pero al estar éste imbuido por las concepciones del vulgo, se cae fácilmente en verborreas, falsedades y errores con respecto a significaciones precisas, no siendo luego posible enmendar los yerros del entendimiento ni con explicaciones sabias. Las palabras necias fuerzan la razón y la perturban, para conducir a las personas hacia controversias y fantasías carentes de contenido

Es entonces por medio del lenguaje que los seres humanos han tornado más complejos sus vínculos y todo fuera como eso, pero sucede, dice nuestro autor, que surge la confusión en el entendimiento entre los propios seres humanos cuando entran en juego términos ilusorios para nombrar objetos inexistentes y sin sustento real (según veremos en demasía cuando arribemos al segmento empírico de la investigación presente). A falta de un concepto se acepta con facilidad sustituirlo por un mero vocablo, ya que antes de familiarizarnos con los objetos del mundo mediante experiencias prácticas y genuinas, aprendemos a discernir los objetos a través de sus nombres. Son los signos el medio por el cual recibimos, sin esfuerzo por aprender, las representaciones de las cosas, pero ellos no constituyen el valor real de las mismas sino sólo su valor convencional. Los símbolos lingüísticos suelen convertirse en representaciones equivocadas y fantasiosas en nombre de la naturaleza, por eso es necesario, piensa Bacon, romper con el yugo que esas formas pervertidas del lenguaje imponen al recto pensar, a fin de obtener una intelección de los hechos ocultos tras su denominación.

Por último, nos habla de los ídolos del teatro, inmersos en el espíritu de la especie mediante dogmas filosóficos, demostraciones falsas, razonamientos erróneos, y son del teatro habida cuenta de que todo sistema de creencias inventadas y propagadas son simples comedias llenas de mundos ficticios e histriónicos; fábulas antiguas y modernas cuyas causas suelen ser muy semejantes.

Esto es, el ofuscamiento de la razón proviene de las especulaciones infundadas (menciona a la famosa contemplatio tomista) o creencias que han engañado a la humanidad durante siglos así como los actores engañan a su público. Dichas opiniones heredadas se hacen derivar de un presunto principio de autoridad del que sólo es posible sustraerse mediante el ejercicio de la crítica, ver con los ojos propios significa no hacerlo con los de nuestros antepasados. Lograr la ruptura entre ambas temporalidades requiere superar la costumbre de ceñirse a una conciencia ingenua, deshacerse de una experiencia incapaz de pasar el examen del entendimiento. La orientación práctica de la teoría es requisito de un método científico exacto capaz de indagar la verdad y de predicarla.

Para los propósitos del trabajo en manos del lector, el Novum Organum contiene una serie de aseveraciones sumamente reveladoras, cual si hubieran sido escritas para dar cuenta del lenguaje mistificado en las radio producciones contemporáneas del género bajo análisis. El espíritu humano –asevera Bacon- tiende a suponer en las cosas un orden, una armonía y una uniformidad que realmente no existen, más aún, una vez que ha dado su conformidad a algo, ya por ser opinión admitida y aceptada, ya porque le resulta grato, trata de que todo mundo la crea aunque sea mayor el número y fuerza de evidencias en contrario, a las que rechaza, menosprecia e ignora. El entendimiento humano –añade- se mueve principalmente por aquellas cosas que más lo impresionan e impactan, las cuales llenan e hinchan la fantasía de alguien, haciéndole creer inconscientemente que todos los demás se sienten igual ante el estímulo; su voracidad no es capaz de pausa ni límite, siempre quiere ir adelante y se le presenta como una necesidad el que haya algo más allá. Más aún –continúa- pretendiendo remontarse hacia ese punto acaba por caer más cerca de sí mismo, pues las que considera causas finales son sólo ideas humanas generadas por su mente. Además, el entendimiento humano recibe la influencia de su voluntad y de sus afectos, lo que engendra convicciones caprichosas y arbitrarias, pues el hombre cree verdadero lo que preferiría que fuera así, no lo que en la realidad sí lo es. De esta manera rechaza lo difícil por su impaciencia en la investigación, las opiniones moderadas porque restringen sus esperanzas, las cosas profundas de la naturaleza por supersticiones (creencias contrarias a la razón), la luz de la experiencia por arrogancia y soberbia, y hace todo esto para no ir contra la opinión de la gente común.

Para Bacon, el máximo estorbo y desviación del entendimiento proviene de la torpeza, incompetencia y engaños de los sentidos por cuanto las cosas que los impactan tienen preponderancia sobre las que no los estimulan de manera inmediata, aunque éstas sean más importantes; suele derivar hacia la abstracción y se imagina así que es constante lo fugaz y transitorio. Así mismo, los humanos sienten especial inclinación por las especulaciones en las que ellos se figuran ser autores e inventores o en las que pusieron mayor esfuerzo y especialización. Un ejemplo –recuerda- es el de Aristóteles, quien convirtió su filosofía natural en esclava de su lógica, con lo que la primera se volvió inútil. La ciencia y la capacidad humana para valerse de ella no se disocian, dado que la ignorancia de la causa impide prever el efecto, por esa razón, lo que para el entendimiento teórico vale como causa, es regla para la aplicación práctica.

Las ideas expuestas recién cobrarán una actualidad sorprendente cuando nos adentremos en el cúmulo de datos colectados producto de la muestra de los cinco programas radiofónicos de formato esotérico y sobrenatural.


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