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MISTIFICACIÓN DEL LENGUAJE Y PROCESOS PSICOSOCIALES: LOS PROGRAMAS ESOTÉRICOS EN LA RADIO MEXICANA

Gilberto Fregoso Peralta



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2.1.2 Claude Adrien Helvetius (1715-1771).

Otro pensador que abonó a la reflexión sobre el enlace entre sociedad y formas de conciencia social deformadas fue el francés Claude Adrien Helvetius, en su célebre trabajo de 1758 titulado Del Espíritu, trabajo donde expuso los juicios falsos e inexactitudes producidos por las pasiones, la ignorancia y el abuso de las palabras, condiciones por cierto ajenas al espíritu humano y provocadas por el entorno social.

Para él, la calidad y hondura del espíritu depende de factores culturales, históricos y políticos, por ejemplo, las normas legales y la educación, y de ninguna manera determinaciones naturales como la constitución orgánica de las personas o la ubicación geográfica de las naciones. Toda operación del espíritu, sobre todo los juicios, -considera- tiene su origen en la sensibilidad física, pues si no fuera así, el juicio carecería de realidad; el error de la mente al enjuiciar el mundo objetivo obedece a accidentes como las pasiones, los excesos lingüísticos sin sustento factual y la ignorancia, de lo que es posible escapar sólo mediante el conocimiento de los hechos y la precisión en el significado otorgado a las palabras en consonancia con los primeros, dicho con otros términos, no puede haber una facultad gnoseológica distinta de la facultad sensitiva.

De igual modo –señala- la percepción física en forma de placer corporal es la fuente de donde manan cualidades superiores de contenido ético. El universo moral se rige por el interés en uno mismo, esto es, el amor propio se convierte en el rasero para medir y enjuiciar la utilidad de cada acción emprendida en cuanto pueda incrementar el bienestar personal y comunitario.

Para él, la especie humana se divide en dos porciones, la primera constituida por una inmensa mayoría de la población, ocupada siempre en atender y proteger sus intereses particulares precisos, capaz únicamente de juzgar las cosas de acuerdo con la utilidad y ventajas que le proporcionan, por supuesto sin importarle el bien de los demás. Mucho menos numeroso sería el otro segmento, en realidad formado por unos cuantos sujetos proclives a defender una verdad fincada en la justicia y la virtud.

Reconoce como sentimiento básico de la conducta el amor a uno mismo, siempre orientado a la obtención de placer; empero, sí es posible desarrollar una actitud altruista, factible cuando nos causa un sentimiento desagradable la desgracia y la miseria de nuestros prójimos. De hecho, la virtud consiste en identificar y pugnar por todo aquello útil a los demás, tanto en el plano individual como colectivo, a manera de satisfacer, sobre todo, el interés general. Sólo a través de la educación es posible elevar el bien público a rango de ley suprema de la sociedad y actuar conforme con ello, los grandes obstáculos en su época son el poder del clero y el despotismo de los gobernantes, cuyos privilegios impiden la emancipación de la gente para el progreso del bien común.

El ser espiritual de la persona y de la especie es efecto del medio ambiente social en el que cada quien se inserta, porque mientras los espíritus son diversos, los entes orgánicos tienden a ser semejantes, lo que es evidente, dice, en la educación, cuya cobertura amplia incluye el aprendizaje cultural, el género de vida, la experiencia de todo lo vivido y observado. La finalidad de la educación es formar cuerpos fuertes y saludables, mentes esclarecidas y lúcidas, así como almas virtuosas, propósito al que debe aspirar todo gobierno interesado –considera- en el bien público.

Por cuanto atañe a los desaciertos provocados por las pasiones, sostiene que éstas nos incitan a concentrar la atención sólo sobre una porción del objeto que nos presentan y no sobre la totalidad del mismo, pues de antemano tendemos a percibir lo que deseamos encontrar en ellas y no lo que hay. Concibe a la ilusión como una consecuencia obligada de las pasiones cuyo impacto, las más de las veces, es proporcional al grado de ceguera en que nos sumergen. Pero no obstante ser las pasiones la causa de una gran cantidad de equivocaciones, si somos conscientes de ellas, pueden pasar a ser fuente de grandes aciertos, opina.

Referente a la ignorancia, propone que el peligro es confundir a una parte con el todo así como formular juicios a partir de un solo punto de vista o sin tener la información suficiente y sustentada en las demostraciones de la razón y la experiencia. Conviene desconfiar de la ignorancia propia y de que lo percibido de un objeto sea realmente todo lo perceptible en él, pues cada quien, sacando las consecuencias ajustadas a sus principios personales, llega a resultados y conclusiones diferentes y hasta contradictorios.

Tocante a la verborrea, muy entreverada con la ignorancia, cuando no se sabe a ciencia cierta algo, simplemente se le inventan palabras. Glosa Helvecio lo dicho por Locke y Decartes con respecto a los peripatéticos, quienes escondidos detrás de un discurso nebuloso y confuso, se asemejaban a los ciegos que para lograr condiciones de equidad en un combate buscaban atraer al no menguado de la vista hacia una cueva oscura. El abuso de las palabras, y más aún la ignorancia de su significado, han podido constituirse en un laberinto donde hasta grandes pensadores se han perdido. Recoge la crítica de Locke y Descartes hacia la escolástica, a la que ambos llaman “falsa filosofía de los siglos precedentes” y la culpan asimismo por provocar la “ignorancia grosera en la que nos encontramos con respecto a la verdadera significación de las palabras y el arte de abusar de ellas”. Concuerda con Locke en el valor atribuido a las impresiones cotidianas como insumo para alimentar nuestro conocimiento, y se lamenta de las calamidades derivadas de ignorar el sentido preciso de las palabras, entre ellas, la sangre derramada por las disputas teológicas de enconada intolerancia.

El camino seguido por este tipo de error, lo visualiza Helvecio en términos de una secuencia que se inicia cuando se adhiere una idea falsa a ciertas palabras; tras lo cual se combinan tales ideas y palabras hasta estructurar un significado antojadizo compartido en algún espacio social; proceso en el que cada nueva combinación genera nuevas significaciones erróneas hasta volverse múltiples; por último, se torna imposible detectar el origen y transcurso del desaguisado.

Concluye el famoso enciclopedista galo afirmando que nuestros juicios falsos y las creencias en ellos manifiestas son efecto de causas incidentales y contingentes ajenas a la naturaleza humana, capaz ésta de conjuntar en un solo acto las facultades de juzgar y de sentir. Los planteamientos entresacados Del Espíritu nos mostrarán su vigencia asombrosa más adelante.


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