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LAS POLÍTICAS INDUSTRIALES DURANTE EL GOBIERNO DE RAÚL ALFONSÍN

Priscila Palacio



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II.2. LA POLÍTICA ECONÓMICA DEL GOBIERNO DE RAÚL ALFONSÍN

II.2.1. LA ECONOMÍA ARGENTINA BAJO LA GESTIÓN DE BERNARDO GRINSPUN

Bernardo Grinspun fue el primer ministro de economía del gobierno radical. Su principal argumento era que para salir del receso económico en que se hallaba el país, hacía falta:

o reactivar la actividad industrial, atrayendo inversiones hacia el sector productivo;

o equilibrar el sector externo, con el mantenimiento de un tipo de cambio subvaluado que favorezca la balanza comercial;

o atacar la inflación, y modernizar la economía;

Pesce (2004: 71 y 72) dice que para Grinspun el salario real y el empleo eran instrumentos que, según él, permitirían incrementar la demanda interna, posibilitando el aprovechamiento de la capacidad ociosa.

Por ello, el plan económico propuesto por el Ministro se estructuró con medidas cuyos objetivos eran, entre otros (Visintini, 1993: 145):

o incrementar el salario real por encima de la tasa de inflación, para posibilitar una expansión de la demanda agregada, con indexación mensual de los mismos.

o redistribuir el gasto público, con una reducción sistemática e importante del gasto militar, y una mayor asignación hacia políticas sociales (educación, salud, etc.)

o renegociar la deuda con el FMI y otros organismos internacionales.

o mantener una política monetaria y fiscal no restrictiva, que permita satisfacer demandas sociales urgentes.

o aumentar el tipo de cambio y las tarifas de las empresas públicas (ya que se consideraban atrasados con respecto a la evolución de los precios internos).

Grinspun intentó al comienzo de su gestión una renegociación de la deuda externa argentina, manteniendo una posición dura hacia los acreedores, y haciendo referencia a la necesidad de sanear la deuda pública . Según Schvarzer (1998), en opinión del ministro, la deuda no representaba una carga difícil de afrontar con el crecimiento del país, aunque si consideraba que lo eran sus intereses. Pero pronto, los acontecimientos irían evidenciando que el proceso de renegociación de la deuda no sería un tema fácil.

“la expectativa de que el gobierno democrático recibiría una respuesta favorable de los acreedores era un lugar común en las opiniones del período […sin embargo] la experiencia de 1984 evidenciaría la imposibilidad de capitalizar el activo democrático; los acreedores ofrecerían una y otra vez su apoyo verbal al nuevo régimen argentino sin disminuir un ápice sus exigencias económico – financieras” (Schvarzer, 1998: 89).

La estrategia de Grinspun de negociar directamente con los acreedores (sin pasar antes por el FMI) supeditando el pago de la deuda al crecimiento del país, no pudo concretarse debido a la negativa de los acreedores a negociar con el país, si este no llegaba a un acuerdo previo con el FMI (que implicaba el acatamiento de las reglas ortodoxas que exigía ese organismo a los países deficitarios).

“El sistema financiero internacional obraba […] como un poderoso cartel que remitía inexorablemente al acuerdo con el Fondo, como base para toda futura negociación” (Schvarzer, Op. Cit.: 94).

La inexistencia de acuerdo con los acreedores y la proximidad del vencimiento de las obligaciones internacionales hicieron que la situación del país comenzara a empeorar a los ojos de los analistas internacionales, aumentando los acreedores su presión a fin de que el país no cayera en incumplimiento de sus obligaciones. Esa presión tuvo sus frutos: el país tuvo que suscribir un acuerdo de ayuda financiera, un “salvataje multinacional” , por intermedio del Tesoro de los Estados Unidos, para evitar el default con los acreedores (bancos internacionales), el cual se realizó bajo el compromiso del país de iniciar negociaciones con el FMI, a finales de marzo de 1984. En el segundo trimestre del mismo año tuvo lugar el aumento de la tasa de interés (tasa prime) en el mercado norteamericano, que elevó fuertemente la deuda de los países latinoamericanos, razón por la cual algunos presidentes de Latinoamérica acordaron realizar la Conferencia de Cartagena, con el objetivo de conformar un club de deudores, que les permitiera negociar en bloque la deuda externa. Sin embargo, esta propuesta no prosperaría, en parte por las presiones ejercidas por los acreedores internacionales, que llevarían a que algunos países latinoamericanos decidieran luego negociar individualmente su situación.

En el ámbito interno, las desavenencias por las que atravesaban las relaciones económicas (financieras) internacionales del país se traducían en un incremento de la inflación y de la inestabilidad macroeconómica, que exacerbaba el descontento social. El creciente déficit fiscal acorralaba al equipo económico, que finalmente debió ceder ante las presiones de los acreedores y del FMI, firmando un acuerdo con ese organismo financiero (en julio de ese año), que luego tampoco podría cumplir por la permanencia de las dificultades económicas .

Pesce (2004: 75 a 77) destaca que la heterodoxia de las medidas planteadas por Grinspun iba en contra de la corriente neoliberal que se estaba imponiendo en casi toda América Latina, y de las propuestas de los organismos multilaterales de crédito. La autora dice que aunque el país experimentó cierto crecimiento, el equipo económico no estaba cumpliendo bien su función: “en el plano externo quedó trunca la posibilidad de renegociación de la deuda externa… [y en el interno] no pudieron contrarrestarse las presiones mono u oligopólicas ejercidas por los nuevos grupos económicos ni evitar la caída de la inversión bruta fija… Tampoco se logró la estabilidad monetaria tan ansiada ni se alcanzó el equilibrio en las cuentas públicas…”. En su opinión, la gestión del ministro Grinspun estuvo signada por un “error de diagnóstico” ya que el mismo no pudo apreciar que, en la economía y en la sociedad argentina, se había producido un cambio en las relaciones de poder; que el proceso de desindustrialización que había experimentado el país era mucho más profundo de lo que él estimaba. El contexto había cambiado y el país ya no se hallaba dentro de un modelo de desarrollo basado en la industrialización por sustitución de importaciones, por lo que el mercado interno, ya no era el motor que permitiría dinamizar la economía. Dice que:

“(…) todos estos cambios estructurales no fueron percibidos – o fueron muy minimizados – y, al igual de lo que ocurría durante la ISI, se creía que el problema pasaba por una insuficiencia de demanda de bienes salarios y fundamentalmente, por la balanza de pagos, según una mayor restricción externa, agravada por el aumento de la deuda. Esta fue la concepción que guió la postura de Grinspun, quien consideraba entonces que la deuda externa (ilegítima – en parte – e impagable) representaba la principal limitación al crecimiento de la economía argentina” (Pesce, 2004: 81).

Pero no sólo en el frente económico el gobierno veía dificultada su gestión, sino también en el político y social . El gobierno radical no pudo lograr su objetivo de modificar la estructura sindical a través de la Ley propuesta por el ministro Mucci, lo cual evidenció el poder que seguían manteniendo sus opositores peronistas, quienes se unieron para luchar contra su aprobación .

Por otra parte, en el ámbito internacional, el Estado de Bienestar y el Estado Intervencionista se hallaban en pleno proceso de retroceso frente al auge de ideas neoliberales. Tal vez ello explique la falta de apoyo que encontró el ministro para la ejecución de su política, tanto por parte de los organismos de crédito internacionales, como de los acreedores externos y los grandes grupos económicos locales. La agudización de la crisis económica y social precipitó entonces la renuncia de Grinspun y de su equipo económico, quedando la cartera económica a cargo de Juan Sourrouille, por entonces, Secretario de Planificación Nacional.


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