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EL CAUDAL MÍNIMO MEDIOAMBIENTAL DEL TRAMO INFERIOR DEL RÍO EBRO

Josep Maria Franquet Bernis



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PRÓLOGO

El amigo Josep Maria Franquet me ha pedido que le prologue esta nueva obra suya, no sé si consciente o inconscientemente de que me pone en un apuro. Me explico.

Debo empezar por reconocer que para cualquier persona es un honor que alguien le solicite el prólogo de un trabajo creativo, y más si es de la envergadura del presente. Para todo autor, un libro representa un evento importante de su vida, algo a lo que ha dedicado muchas horas robadas a su tiempo y al de su familia, y también mucho entusiasmo.

Siempre se ha dicho que el proceso de realización personal no se acaba hasta que uno no ha tenido un hijo, plantado un árbol y escrito un libro. Visto así, el hecho de que Josep Maria me pida este prólogo en algo tan significativo de su vida, lo interpreto y lo siento como una deferencia hacia mi persona y hacia mi obra como científico y humanista. También lo siento como el testimonio público de una solvente amistad y aprecio mutuos.

Un prólogo es también ocasión de compartir honores inmerecidos de un trabajo en el que el prologuista, al fin y al cabo, no ha hecho nada, como es mi caso. Es también un halago. Nadie, por humilde que sea, está despojado del deseo de culto a su ego. En este sentido, la oferta que me hace Josep Maria es una tentación irresistible a mi pequeña o grande vanidad. Y es, finalmente, también una ocasión para hacer un homenaje al autor.

“Franquet” es un personaje popular de les Terres de l´Ebre; un ser querido, porque se hace querer. Tiene el don de la simpatía y la caballerosidad. Personalmente admiro su extraordinario polifacetismo y su actividad; es una máquina de hacer cosas, siempre con un talante humano y jovial. No sé cuantos libros lleva escritos; muchos. De entre ellos he leído aquellos que versan sobre temas de mi quehacer profesional; es decir, relacionados con la hidrología y la hidráulica, con la política y la gestión del agua. El libro que tituló Con el agua al cuello, publicado en el 2001, me lo devoré con verdadera fruición; me interesaron aquellas “55 respuestas al Plan Hidrológico Nacional”. Sé que también ha escrito libros sobre ordenación del territorio, sobre la estructura de la propiedad agraria, fitopatología, economía, construcción, poesía, acuicultura, psicología, climatología de les Terres de l’Ebre,…

Nos conocimos hace ya quince años con ocasión de esa cruzada interminable que es y será la oposición a los proyectos de trasvases del Ebro. Los dos entendimos desde el principio la dimensión extrahidrológica de esos proyectos, el nuevo desorden y la dinámica de continua huida hacia delante en la que, -de forma irresponsable a nuestro entender-, aquella actuación nos habría de perpetuar, en el caso de ser ejecutada; estaba destinada a convertir, paso a paso, a nuestro gran río mediterráneo, el Ebro, en un nuevo Júcar, un Turia, un Segura, un Tajo,… Hoy todos ellos son auténticos cadáveres hidrológicos del progreso.

Era evidente que tanto el Anteproyecto de Ley del Plan Hidrológico Nacional de entonces (año 1993) como en el Plan que se aprobaría después -cada uno con gobiernos de distinto color-, eran esencialmente un “más de lo mismo”. En ambos casos su quinta esencia era el reparto de los caudales del Ebro. Se ha llegado a afirmar, en boca de todos los ministros responsables del ramo habidos desde Borrell a Matas, que sin el trasvase del Ebro no había plan hidrológico nacional posible; una lamentable y significativa afirmación, que indica el nivel de obsesión y de presiones de intereses que hay detrás, gobierne quien gobierne. Es como si todo lo demás, la ingente labor de regeneración hidrológica del país que quedaba por hacer, frenar la degradación, respetar lo que quedaba, poner orden en el consumo, ganar en eficiencia, revisar concesiones, reasignar usos, poner coto a la expansión del regadío, ordenar el dominio público hidráulico, gestionar las avenidas y sequías,… y respetar los valores consustanciales de los ríos por lo que estos significan como patrimonios de memoria, cultura e identidad, nada tuviera que ver con un plan hidrológico nacional, obsesionado y presionado para repartirse el Ebro y conectar el maná hidrológico pirenaico con el litoral mediterráneo, para seguir alimentando los grandes negocios -insostenibles ya entonces- de la especulación y la construcción. Todo esto en un país que lo que en verdad necesitaba era frenar la marcha hacia su holocausto hidrológico total.

Entendimos los dos que lo que estaba juego no era tanto una merma relevante de caudales pretendidamente sobrantes que se “perdían” en el mar, sino la alimentación de una dinámica de progreso mal enfocada, deshumanizada y vandálica, que había tocado fondo, pero que los grandes intereses organizados inherentes a todo gran proyecto hidráulico, los dineros que mueven, y los negocios que hay detrás del agua no querían comprender. Hoy seguimos igual.

En ese sentido, el nuevo libro de Josep Maria Franquet vuelve a insistir y a denunciar, en el año 2009, el ansiado reparto del Ebro, disfrazado ahora de pretendido respeto a unos caudales ecológicos o ambientales.

Siempre ha defendido nuestro amigo que, dentro de un orden y desde hace ya tiempo, las actividades económicas que requieren nuevos recursos de agua en cantidades significativas deberían establecerse allí donde las condiciones naturales del territorio lo permiten, y no dónde la tecnología lo permite y al clientelismo político le conviene, porque de ser así acabaríamos poniendo la naturaleza del revés, como ya estamos haciendo, arrodillada la grandeza del saber al servicio de los complejos y obscuros intereses de un modelo económico inmoral, que sólo sabe ver en la naturaleza oportunidad de negocio y de poder.

Obviamente, todo tiene su orden y su mesura. El bien hacer en la aplicación de la tecnología hidráulica, con sus grandes embalses, sistemas de elevación y trasvases, está en la sabiduría de discernir entre el uso y el abuso; está en entender que no todo lo que la tecnología es capaz de hacer o modificar es legítimo ejecutarlo, porque luego viene el culatazo. Ni todo aquello que los intereses del gran capital puedan pagar o comprar, es susceptible de ser vendido, porque hay unos límites morales. Hay cosas que no tienen precio de mercado, porque son valores.

Entre las numerosas frases que tengo anotadas en las fichas de mis lecturas de los trabajos de nuestro autor, hay una que quiero destacar: “El equilibrio territorial se logrará cuando las masas socioeconómicas de población y de renta se hallen distribuidas de modo más uniforme y sin concentraciones de recursos que acaban generando mayores desequilibrios de todo tipo, empezando por los humanos y siguiendo por los del territorio…. “

En la situación de la España de los años noventa del pasado siglo, en el nivel de equipamiento hidráulico para entonces alcanzado, con más de 1.200 grandes embalses y más de 50.000 hm3 de capacidad de almacenamiento, con ingentes usos consuntivos de agua destinados al regadío en un país de hidrología mediterránea, se podía decir que ya habíamos tocado fondo; que no era cuestión de seguir soltado más hilo a la cometa, sino de controlarla para que no se nos escape. Lo que procedía no eran más operaciones de alta fontanería del territorio, ni justificar la manera de dar dos nuevas vueltas de tuerca a unos ríos exiguos y disfuncionados, y menos desde coartadas morales tan ingenuas como la solidaridad interregional, en un mundo de rapiña, sino poner orden, gestionar el recurso y proteger los valores en juego frente a una voracidad insaciable de agua.

Era difícil en aquella realidad -como lo es en la de ahora también- predicar ante la sociedad que los nuevos trasvases y las nuevas oleadas de embalses eran -y son-, improcedentes por principio. Hoy, si pensamos en los derechos de las generaciones venideras y en la inversión pública que suponen determinados proyectos, cabe decir que ya no son moralmente admisibles; no se pueden seguir justificando nuevos asaltos a lo poco que va quedando de nuestros ríos en base a la necesidad de nadie.

En la medida que el agua es dinero, poder y revalorización de patrimonios privados, el apetito por poseerla no tiene límite de satisfacción posible. No hay necesidad de agua en ninguna cuenca hidrográfica que el buen gobierno, el sentido del límite, la reasignación de usos, la revisión de concesiones, la eficiencia, el ahorro, el freno al despilfarro, el cumplimiento de la ley y de los compromisos con la Directiva Marco europea, junto al poder tecnológico de la potabilización, la reutilización y depuración de las aguas residuales, no puedan resolver. Otra cosa es que estemos confundiendo deliberadamente “necesidad” con “apetencia”, desarrollo con codicia, y solidaridad con negocios personales.

En esa realidad hay que decir a la sociedad y bien alto, que el momento de cortar por lo sano las viejas políticas ha llegado, y decir un “hasta aquí hemos llegado, llamemos a las cosas por su nombre, y dejemos de manipular el sentimiento y el pensamiento de los ciudadanos!” Era ya en aquellos años del primer tercio de los 90´ el momento de aplicar la prudencia, el sabio Principio de Precaución.

Josep Maria Franquet es persona del territorio; por eso se ha quedado a vivir en él y lo defiende. Ha estudiado detenidamente los caudales del Ebro en su tramo inferior, y ha sido siempre taxativo en afirmar que “no sobra agua”, de forma que es inmoral hablar de caudales sobrantes. Estoy de acuerdo con él en que no se puede confundir a la opinión pública del país con discursos políticos adobados de un cientifismo ciego y servil, que pretende que los caudales a detraer del Ebro -sea para trasvasarlos o para nuevas expansiones de regadío en la cuenca- son caudales sobrantes. Con frecuencia solemos oír argumentos tan ingenuos como “el agua es de todos”. Sí, suelo responder, pero en la realidad de unos, los que se la han apropiado, más que de otros. ¿Quiénes son hoy en día los grandes beneficiados del uso de los ríos, sus auténticos dueños fácticos gracias a un generoso sistema concesional?. No es necesario mencionarlos uno a uno; son determinados poderes del sector hidroeléctrico y algunos grandes sindicatos de regantes. Esa es la realidad.

El agua es “de todos”. Si suelo afirmar, como lo es la Alhambra de Granada, pero esencialmente allí donde está, representando lo que representan, cumpliendo sus funciones en la historia de la vida y la cultura; por eso nadie está autorizado a pedir el desguace y reparto de los patrimonios del arte y la cultura. Salvando distancias y la naturaleza de las comparaciones, eso es lo que durante décadas hemos hecho con los ríos: desaguarlos, repartirlos y privatizarlos. Hay quienes, a costa de un bien esencialmente público, han amasado auténticos patrimonios privados sobre un bien estratégico, que ni el poder económico de un Estado es ya capaz de rescatar. Nos han vendido los ríos, que es lo mismo que vender el territorio, y lo poco que va quedando aún nos lo quieren vender. La sociedad tiene que sacudirse los viejos tópicos del agua con los que es manipulada, y entender que lo que pudo ser bueno y necesario en un momento histórico determinado y hasta un cierto límite, hoy ya no lo es, simplemente porque las realidades sociales han cambiado, y porque hay unos fines que ya se han alcanzado.

Josep Maria Franquet ha sido político activo, pero siempre desde posturas moderadas teñidas de un claro humanismo y desde un respeto a la libertad de opinión. En la medida que yo le conozco, no ha sido hombre sometido nunca a disciplina de partido alguno, sino que siempre ha primado en él su libertad e independencia. También es persona apasionada por la docencia universitaria; imparte saberes tecnológicos puros, si bien impregnados de una capacidad de reflexión y sentido humanístico, en su caso a través de la defensa de unas señas de identidad de un territorio al que ama, y desde ese foro que es la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

* * *

Dicho esto, el lector se estará preguntando a qué viene ese apuro del que he hablado a la hora de prologar este libro. ¿Dónde está mi contradicción y mi apuro del que he hablado al principio, ante el encargo del amigo?. Pues bien, el aprieto en el que me pone es precisamente el contenido de algunas partes del libro, aquellas que habla de los caudales ecológicos, de los sistemas y métodos de determinación, de índices numéricos de determinación de caudales ambientales,… donde reconozco mi ramalazo de radicalidad.

El término “ecológico” aplicado a los caudales de un río me parece una grave concesión que hemos hecho los científicos desde una aparente inocuidad del lenguaje, como cuando se nos habla del coche ecológico, del aire acondicionado ecológico, de la energía ecológica, y de una larga monserga de cosas autoadornadas con el adjetivo calificativo de “ecológico”, venga o no a cuento. Evidentemente, todo este juego del lenguaje no es porque sí; detrás hay una estudiada intencionalidad. Lo ecológico vende imagen.

A veces el lenguaje de las metáforas, el de las parábolas, resulta más esclarecedor que el discurso académico. Por eso tengo tendencia a usarlo. ¿Podríamos, por ejemplo, hablar en términos de una “respiración ecológica”? ¿Hasta que nivel máximo de contaminación del aire que respiramos, o de empobrecimiento de su porcentaje en oxígeno, podríamos respirar sin morirnos? ¿Podríamos llamar a eso “respiración ecológica” fundamentándonos en que nos garantiza la vida? ¿Podríamos, en vez de respirar 13 veces por minuto, hacer la mitad de inspiraciones y seguir viviendo, a base de movernos más lentamente, ser menos vitales, dejar de hacer ejercicio, de practicar deportes, de pasear por placer, o de subir a las montañas? Por más que esa respiración nos garantizara la vida, ¿podríamos llamarla respiración “ecológica”? ¿Cómo podemos tolerar que se nos hable en términos de caudales ecológicos, de respeto a los valores de los ríos, no sólo hidrológicos sino también simbólicos, patrimoniales de memoria, de belleza, de magia, etc., definidos como la garantía de un 10% del caudal natural medio?

La perversidad del término “caudal ecológico” o “caudales ambientales” está en el uso al que luego se presta, que nos permite calificar a los caudales restantes de “caudales sobrantes”. ¿Cómo a un río le puede llegar a sobrar el 90% de su aportación? ¡Por favor!

Cierto es que esa parte del libro de Josep Maria Franquet, que habla de caudales ecológicos y medioambientales, no está enfocada con la pretensión de dar carta de validez a los métodos que en él se exponen, sino más bien de presentarlos, invitando a pensar sobre cuáles serían sus consecuencias para el tramo final del Ebro. En el fondo sé que mi amigo Franquet piensa que todo ese mundo de cifras y parámetros utilizados para valorar algo que, por su propia naturaleza, es en buena medida cualitativo, es una simple manera cercenada de medir una realidad mucho más compleja. De hecho, no creo faltar a ningún secreto personal si transcribo aquí el texto de la carta en la que me pidió que le hiciera el honor de prologarle el libro:

Yo no creo demasiado en métodos cuantitativos geniales, cuyos resultados -como no ignoras-, varían substancialmente en función de los coeficientes aplicados. Creo que los ríos deben ser conservados y mantenidos en un estado lo más próximo posible al NATURAL, ofreciendo un aspecto completamente saludable y posibilitando la pervivencia de los ecosistemas. Sobre esas bases simples, que sin duda compartimos, te agradecería elaborases un prólogo sencillo, de unas dos páginas.

Ese es Franquet, nuestro querido y popular Franquet. Pese a que nos conocemos desde hace tiempo, no se ha percatado de mi incontinencia epistolar cuando de temas como el presente me toca hablar, en los que se mezcla el precio y el valor de las cosas, lo divino y lo humano, lo físico y lo metafísico, junto con el tema de los derechos de las hoy indefensas generaciones venideras, ausentes en el festín; por eso esas dos páginas van a acabar siendo unas cuantas más.

No se puede hablar de caudales ecológicos, y menos aún en esos términos del 10% del módulo; me da igual que les cambien el nombre y los llamen “caudales ambientales” mientras sigamos hablando de esas magnitudes. Son términos incorrectos y perversos, que tenemos que poner empeño en erradicar, no sólo del lenguaje científico sino también del mediático, del político, del jurídico, del popular y del educativo. Y todavía más empeños en relación con la intencionalidad aberrante de la expresión “caudales sobrantes”.

Los caudales necesarios para la puesta en regadío de los proyectos que las diferentes Comunidades Autónomas de la cuenca del Ebro tienen en hoy en día en proyectos decididos y firmes, que siguen prometiendo en sus campañas electorales, muchos de ellos en ejecución, representan una detracción al tramo final del Ebro equivalente a tres veces el polémico trasvase que en su día aprobó la Ley del PHN. Las “reservas estratégicas” de 6.500 hm3/año para Aragón incluidas en el Pacto del Agua, que la ley del propio PHN asume y que el Gobierno Zapatero no ha osado tocar, representan un equivalente a seis trasvases más que, unidos al de momento derogado, suman diez trasvases. El Parlamento de Cataluña ha hecho saber su opinión y su exigencia de que mientras el río los lleve, la aportación en la desembocadura no deberá ser inferior a los 12.000 hm3/año; es decir, el montante de doce nuevos trasvases, y que en ninguna ocasión el río deberá desaguar al mar menos de 7.500 hm3/año; es decir siete trasvases; son las aportaciones mínimas para asegurar la pervivencia del Delta.

En ese contexto, el juego hidropolítico (el agua hace años que es un cromo de los juegos políticos) permite incluir en la reforma del Estatuto valenciano el derecho de la Comunidad a los “caudales sobrantes” de otras cuencas (se sobreentiende que la del Ebro). ¿De qué caudales sobrantes estamos hablando? Todo esto -se nos insiste- con el máximo respeto al medio ambiente. ¿A qué estamos jugando? ¿Por qué nos toman el pelo así a los ciudadanos?

Creo que en el fondo esa crítica es el mensaje indirecto del libro, que en ese sentido no deja de ser un texto para una sutil reflexión hecha desde una perspectiva científica. Sería incorrecto también -pero en todo caso menos tramposo- hablar en términos de “régimen de caudales ambientales mínimos”, aceptando que la salud de un río, la del ecosistema del que forma parte y alimenta, su funcionalidad hidrológica, su poder evocador y los valores metafísicos inherentes a todo lo que un río representa para el ser humano y para los territorios por los que discurre… necesitan de un “régimen” de crecidas ordinarias y extraordinarias, de unas ocupaciones eventuales de la llanura de inundación y de unos desbordamientos, como ocurre con el clima de cada región en relación con la flora y la fauna asentadas en él, que necesitan de los calores del verano, los rigores del invierno, los fríos, las heladas, las nevadas, etc., porque ellas son el resultado de la adaptación a esa realidad.

Nadie osa decir la tontería de que el calor y el frío están mal repartidos, que son irregulares en el espacio y en el tiempo. Si pudiéramos regular por ejemplo el clima de la España interior a base de controlar la dinámica de la atmósfera y la radiación solar captada, haciendo del tiempo una eterna primavera, a nadie se le escapa la cadena de desequilibrios de todo tipo que desencadenaríamos.

Evidentemente, en el modelo de desarrollo que nos han ido construyendo en las últimas décadas, con la anuencia de nuestra indolencia y la moral que lo ha gobernado y lo gobierna, regida por el afán de beneficio inmediato, hemos acabado llamando “progreso” a lo que con frecuencia no deja de ser un “darle fuego a todo”: ríos, territorios, culturas, identidades, memoria, derechos de las generaciones venideras, etc. En el caso de los ríos, es tal el desorden que hemos creado, tal el nivel de privatización que hemos concedido sobre un bien público demanial indispensable, y por tanto estratégico, que el simple hecho de hablar en términos propios del sentido común, resulta ya motivo de escándalo, de radicalidad, porque sólo se nos permite hacerlo de forma política y socialmente correcta.

Hoy, eso que llamamos lo “políticamente correcto” no nos permite ir a la raíz de las cosas, ni llamarlas por su nombre. Palabras como fluviocidio, expolio, holocausto hidrológico, pseudopartipación, hidromilonga, fluviovandalismo, caudales de muerte, la mentira de las aguas sobrantes, la manipulación de la solidaridad, el falso interés general, las falsas mayorías, y todo un lenguaje hidrológico orwelliano con el que construyen los ciudadanos su pensamiento en relación al agua, no políticamente incorrectos, sirven para definir la percepción de una realidad y trasmitir su esencia de forma universalmente inteligible, capaz de despertar conciencias,… Por eso están proscritas. Así no puede emerger jamás una inteligencia colectiva sobre el tema del agua.

Personas como Josep Maria, y muchas otras más entre las que me incluyo, entendemos que la destrucción de un río es mucho más que una cuestión química, física y biológica; es una auténtica amputación que se hace a la vinculación emocional del ser humano con el territorio, precisamente porque los ríos son elementos consustanciales de los territorios por los que siempre han discurrido, mucho antes que el ser humano, con su desmesura y su codicia patológicas, apareciera en el escenario de la Tierra.

Quienes desde una dimensión integral, holística, sabemos lo que es un río, aunque sólo sea por respeto debido a las generaciones venideras, no podemos consentir la consumación del fluviocidio de este país, ni de nuestro amado Ebro, en aras de un pretendido progreso, de una falsa solidaridad y de unas apetencias insaciables de quienes negocian con todo, desde la coartada del progreso, del interés general o del escrupuloso respeto a los valores medioambientales en juego.

Los nuevos planes de cuenca, los que se están pergeñando en la trastienda de las confederaciones hidrográficas al dictado del poder político central y de las presiones de los grandes intereses, están hoy llenos de palabrería biensonante, como participación, Directiva Marco, salud de los ecosistemas, caudales ecológicos y ambientales, etc., pero siguen siendo un “más de lo mismo”, planes del reparto del agua, cromos de los juegos de poder con los que intercambiar favores y mantener clientelas diversas. Son planes del fluvioexpolio del país. Esa es mi percepción, lo que me dicta mi ya larga experiencia.

Vivimos tiempos de un neovandalismo descarado, dicho sea con perdón de los vándalos; tiempos de violación de los derechos fundamentales de las generaciones venideras, de despersonalización de los territorios y de pérdida de valores de identidad humana; tiempos de falta de credibilidad profunda en las instituciones; tiempos de estafa y de manipulación del pensamiento a través de la publicidad y de la propaganda. Por eso, al decir estas cosas, que van a la raíz de la situación, nuestro discurso suena a radical.

* * *

Finalmente, quiero aprovechar la ocasión para felicitar al autor del libro por su reciente nombramiento como presidente del Consejo Económico y Social de las Tierras del Ebro, pero a la vez quiero hacerle saber el compromiso que adquiere. Va a sufrir presiones sobre el destino de ese tramo final del Ebro que tanto ha defendido hasta ahora.

Sabes, amigo Franquet, que hay intereses ostensibles en artificializar el río para hacerlo practicable a las embarcaciones a motor; es decir, a la extensión del ruido y los olores a combustibles allí donde hoy todavía hay silencio embriagador, olores de naturaleza y vida en armonía. Lo quieren hacer a través de un plan de azudes que aumente el calado del río, creyendo que así se va a potenciar el turismo de la costa con nuevos alicientes. Sabes bien que esos azudes matarán al río, porque la esencia de un río es el fluir, y violarán el derecho fundamental de quienes queremos disfrutar de ese reducto de vida, magia y naturaleza.

Si el pueblo catalán supiera el valor de ese espacio, conservado como hoy está, lo convertiría en un elemento de orgullo e identidad, y no toleraría semejante asalto. Hoy el tramo de río que va desde Flix hasta el mar, esos casi 120 km. finales del Ebro, es una joya para el recreo y la contemplación; si no existiera, habría quien estaría ya tratando un mega proyecto que lo justificara y lo creara, a costa de inversiones millonarias. Tiene el estigma aún no resuelto de los vertidos químicos ocultos bajo el embalse de Flix, pero el aspecto de las aguas, su transparencia es sorprendente. Hoy, el destino de ese espacio es ser, cuando menos, lo que ahora es. Lo contrario -lo digo desde mi radicalidad- es vandalismo y violación de derechos fundamentales

Soy de la firme y experimentada opinión de que los ríos son todavía unos desconocidos. Llevamos décadas sólo viendo en ellos un recurso a explotar: aguas para regar, corrientes para evacuar desechos, materia para refrigerar, energía motriz para la generación de electricidad, o espacios marginales que ocupar. Apenas hemos aprendido a verlos de otra manera. Siempre lo hemos hecho desde las orillas o desde los puentes, y a través de cifras de caudales, hidrogramas y balances. Sin embargo, un río es mucho más que eso.

Pienso que un río como el tramo final del Ebro, aguas abajo de Flix, sólo puede ser valorado en lo que es y representa, en lo que significa como derecho de las generaciones a poder disfrutarlo, cuando es contemplado desde dentro, desde el discurrir de una piragua. Suelo decir que no puede hablar del amor quien nunca ha estado enamorado, del mismo modo que no puede hablar de la bondad quien no la ha sentido en su alma, ni de ternura quien no la ha practicado jamás. La mayoría de los planificadores ignoran la dimensión plural y profunda de un río, de lo que es y significa. De los ríos he dicho en muchas ocasiones que son nuestros espejos; si contemplamos su estado podemos ver reflejado lo que somos.

Hoy ese espacio fluvial lo conozco mejor que la palma de mi mano; he llevado a disfrutarlo a cientos y cientos de personas; las reacciones de sorpresa ante tamaña oferta de bienestar y ante las sensaciones sublimes que despiertan en nosotros, se han repetido en cada ocasión, hasta el punto que me ha llevada a bautizarlo como la Ruta de la Fluviofelicidad; es el tramo más hermoso para el disfrute desde una piragua de toda la Península Ibérica. Mi larga experiencia en el tema me permite afirmar que el potencial de desarrollo económico de los pueblos ribereños de les Terres de l´Ebre, conservando las esencias de su personalidad y desde el paradigma tantas veces mencionado de la sostenibilidad, es insondable. Ese tramo de río es el eje en torno al cual puede llegar a pivotar un día una verdadera forma de desarrollo, como lo pueda ser hoy el Noguera Pallaresa en la zona de Sort a Llavorsí, sin apenas inversiones significativas.

Permitir que en ese tramo el flujo de embarcaciones a motor, motos de agua y demás máquinas de generar ruidos, molestando a las aves y a los piragüistas actuales y potenciales, que empiezan a ser decenas de miles cada año, sigo creyendo que sería un abuso intolerable. La paz de la que hoy pueden gozar quienes se acercan a disfrutar de ese espacio sólo puede ser destruida desde la ceguera de un mal entendido progreso, capaz de cometer semejante torpeza y tamaño abuso.

Haré lo posible, amigo Josep Maria, para que un día vengas a conocer desde dentro ese tramo del Ebro, ahora amenazado por sutiles proyectos sobre los que tendrás que informar. Después hablaremos. Hablaremos de valores, de identidades, de calidad de vida y de un sentido auténtico del concepto de progreso. Ha llegado un momento en el que todo lo que sea conservar el medio natural es progresar, y todo lo que sea asaltarlo, disfuncionarlo, degradarlo y restarle poder evocador, es retroceder. Hablaremos de esos derechos de las generaciones venideras frente al oportunismo coyuntural de unos pocos. Y hablaremos también de responsabilidades.

* * *

Para acabar sólo me queda darte la enhorabuena por este libro, y las gracias por los elementos de reflexión que en él nos aportas desde el discurso científico-técnico. Gracias por el compromiso mantenido hasta ahora en la defensa de lo que va quedando de nuestro río; un río que fue camino de cultura y calle mayor de un vasto territorio, al que dio su nombre. Esperemos que no acabe siendo un cadáver hidrológico más de la barbarie disfrazada de progreso, porque ese día, no sólo les Terres de l´Ebre habrán perdido un elemento sustancial de su propia identidad, sino que todos nos habremos empobrecido, porque cuando un patrimonio de naturaleza y cultura, de oferta de bienestar, de belleza natural y de disfrute lúdico... es destruido sin necesidad, los afectados somos todos. Yo soy un afectado, como lo son mis hijos y lo serán un día los suyos, mis nietos. ¿Qué escenario de la vida les estamos dejando?

Gracias, finalmente, por la oportunidad que me has brindado de hacer este discurso, porque allá donde vaya tu libro, con él irá también este prólogo a tu propio discurso.

Fco. Javier Martínez Gil

Fundación Nueva Cultura del Agua

Catedrático de Hidrogeología

Universidad de Zaragoza


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