BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


EL SIMULACRO DE LAS MARCAS DE CONSUMO

Raúl Arturo Sánchez Irabu



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Las ideas como factor de consumo.

El consumo ha pasado de ser un instrumento meramente tangible, en donde lo que consumimos son los objetos proporcionados por el productor y las ideas que están contenidas en los objetos. Los objetos, que ahora llamaremos productos , tienen una gran relevancia en la generación de nuevos comportamientos de las personas en nuestra sociedad. No sólo se venden los productos y los servicios, sino también ahora se habla de la venta de la idea, que muchas veces no corresponde con la realidad, pero que es fácil poder vender porque los consumidores se van por lo extraordinario y novedoso que puedan resultar los nuevos elementos que están disponibles para ser consumibles.

Se dice que la publicidad es el producto más democrático, el único que se ofrece y que se ofrece a todos . Por lo que la elección de la compra está al alcance de aquel que voluntariamente decida obtener el producto. Pero la democracia de la publicidad no se da solamente por la elección del producto, sino que la idea que publicita el producto, es la que más debe impactar en el usuario del bien o servicio.

Esto se relaciona como una democracia porque incluso los programas de radio o televisión, miden su audiencia o consumo de ideas, con relación a los individuos que deciden escuchar o ver, tal o cual programa. De manera que las ideas que se presentan en ambos medios de comunicación, tienen que ser lo más atrayentes posibles para acaparar la atención del público, al cual se quieren dirigir. Por eso podemos decir que las ideas también son generadoras de las prácticas consumistas, porque dan paso a que las personas puedan decidir consumir sus ideas, más que el producto mismo que pueden disfrutar, aunque en efecto, remiten a los objetos reales como a un mundo ausente .

La publicidad se ha convertido en un problema de signos, el cual genera la posibilidad de consumir un bien o servicio, y por tanto, al rebasar el consumo puro, se convierte en una expresión individual y colectiva, que constituye una cultura nueva del lenguaje .

De esta manera, las falacias del lenguaje se convierten en una expresión clara de engaño que el interlocutor. Esto provoca no sólo una conciencia de parte del productor, sino también de parte del consumidor para tener elementos de control en su proceso de decisión de algún producto, porque a final de cuentas, sus decisiones generan comportamientos, y sus comportamientos generan estados de conciencia, que influyen no sólo en las personas que están a su alrededor, sino en la sociedad misma .

El proceso de epistemología se considera un proceso dinámico, que tiene como realidad diferentes esferas de la vida del hombre, y que tiene que considerar las nuevas connotaciones lingüísticas que determinan los ambientes sociales, y los procesos en donde se tiene que determinar aquello por lo que la filosofía ha luchado por mucho tiempo, que es la búsqueda de la verdad.

Pero en verdad, existirá o bien se ¿podrá hablar de la verdad cuando en nuestras sociedades actuales, se mantiene el proceso de la simulación? En este sentido los medios de comunicación han sido expertos para simular lo que en realidad sucede, y en este mismo sentido las marcas de consumo, simulan realidades que nos ubican fuera de la tradición forma de conocer.

La verdad es un elemento fundamental en el proceso epistemológico desde el estudio filosófico, sin embargo, la verdad se enfrenta no sólo a los procesos democráticos y culturales de las sociedades de consumo, sino a la dicotomía entre la verdad de la idea que se vende y el procesos de simulación, que lleva a cabo el proceso interno del consumo.

La verdad es el motivo epistemológico que en el fondo de la misma esencia del ser humano se debe de ejercer para que ontológicamente alcance su perfección en el conocimiento. El fin último del conocimiento es llegar a la verdad. Sin embargo, esta realidad se ha ido perdiendo poco a poco en nuestra sociedad actual. La verdad se ve ofuscada por una serie de ideas que vagan en la mente del ser humano.

La sociedad de libre mercado esta rodeada de mensajes que se posesionan de nuestra mente para ejercer una influencia muy concreta, que es precisamente la de consumir algún bien o servicio. En este sentido siempre existe un cognoscente (consumidor) y el objeto cognoscible (producto o servicio). El problema radica en que hay que verificar si en verdad existe una relación epistemológica entre el sujeto y el objeto, de tal forma que se llegue a generar un conocimiento.

Por principio de cuentas tenemos que decir que sí, ya que se genera aun irreflexivamente una relación entre el objeto y el sujeto. Sin embargo, si atendemos a la especificidad del objeto propio del conocimiento, existe la posibilidad de que tengamos una pequeña diferencia que varíe nuestro concepto fundamental para que se ejerza verdaderamente el conocimiento.

Partamos de una primera premisa. El conocimiento es inherente al ser humano porque este tiene capacidad intelectiva, que se manifiesta en su acto concreto de inteligibilidad. Por tanto, para poder llegar a la verdad, hay que pasar por una serie de especificaciones intelectuales para decir, que el hombre está ejerciendo esta capacidad cognoscitiva que le debe de caracterizar.

Sabemos que el fin último de todo proceso mercantil es la obtención de una ganancia o plusvalía de aquello que se ha construido, creado, innovado, etc., y que sirve en nuestra sociedad actual para satisfacer una necesidad básica o creada, del ser humano. Para que se dé este presupuesto, se ha generado una serie de técnicas publicitarias que han favorecido que los productos, logren en cierta medida obtener un nombre, con el cual se les pueda identificar, a lo cual le han llamado marca. Esta marca ejerce un potencial extraordinario en el proceso mercantil porque es la manera, en que el consumidor identifica rápidamente lo que se quiere vender, o el objeto que quiere obtener. De esta forma se establece una relación de conocimiento. Sin embargo, el problema radica, cuando nos damos cuenta, de que esta actividad de comprar, se vuelve una actividad impulsada más por los sentidos que por la misma capacidad racional del individuo, lo cual nos involucra, en una seria reflexión sobre los procesos publicitarios, para obtener una respuesta del consumidor.

¿Que sucede entonces cuando como simples compradores de un producto, somos seducidos por una idea publicitaria implícita muchas veces por el anuncio de una marca, o bien somos manipulados por una serie de imágenes que entran en nuestro cerebro y que en ocasionas las procesamos inconscientemente? Durante este proceso ¿podemos hablar de que existe una certeza cognoscitiva?, o bien ¿solamente son meras percepciones, que nos hacen actuar instintivamente?

Se dice que nuestro cerebro tiene la capacidad para procesar alrededor de 8000 palabras, y en los supermercados, promedio, tienen alrededor de 40 000 productos o marcas en exhibición , lo cual nos ayuda a entender la magnitud del problema, ya que las ideas que puede tener nuestro cerebro, no alcanzan a percibir ni siquiera un 10% de lo que pueda tener nuestra capacidad intelectiva. Esta sobrecomunicación, provoca una cierta incapacidad, para que en medio de toda maraña de ideas el ser humano se vuelva más irreflexivo y a la vez más sensitivo.

De aquí entonces, que podemos considerar que la verdad en sí misma es irrelevante para el que produce un mensaje publicitario, lo cual nos indica que no generamos procesos que procuren que el ser humano conviva más armónicamente. Podemos decir, que si la filosofía se ha preguntado por las problemáticas que en un principio fueron circunstancias naturales que provocaban el caos, y sobre ellos se reflexionaba, ahora, de la misma manera hay que reflexionar, sobre estos acontecimientos, que más que circunstancias, son ahora realidades que provocan un caos. Un caos en el desorden mental y de valores fundamentales provocados por nuestro sistema global neoliberal. Es momento de reflexionar sobre lo que el hombre mismo ha creado, que nos mantiene esclavos de nosotros mismos en el sentido manipulativo de las ideas. Ideas que no generan un ejercicio hacia el ser, hacia la bondad, hacia lo verdadero.

La publicidad se une a este proceso de simulación, en donde la certeza ha quedado enredada entre el verdadero sentido del ejercicio mercantil y entre los deseos de avaricia por obtener mayor número de ganancias. Es importante ir hacia la verdad, no solo la verdad lógica, que puede ser manejada racionalmente sino la verdad moral, que nos haga establecer principios coherentes de actuación, que puedan mantener una relación armónica en nuestra sociedad, y así encontrarnos en un camino constante de búsqueda de la certeza. Certeza, que está en íntima relación con la realidad de las circunstancias del hombre. Empeñarnos por la verdad, implica incluso, como lo fue para el buen Sócrates un juicio condenatorio, pero que justifica la propia acción del filosofo en nuestros días.

No hay que profetizar cosas que resultan evidentes, sin embargo hay que proponer soluciones reales que nos lleven al ejercicio de la verdad, que en el fondo es también la libertad propia del hombre.


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