BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


LAS FALACIAS DEL CAPITALISMO

José López



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6. En el sistema capitalista es posible un consumo responsable. Es posible un desarrollo sostenible, un capitalismo ecológico.

El consumismo ilimitado y absurdo es una consecuencia directa del capitalismo. En el capitalismo salvaje las personas son sólo trabajadores y/o consumidores, es decir, máquinas de hacer dinero. Los productos son cada vez de peor calidad. Cada vez duran menos. No contento con crear necesidades artificiales, con fomentar continuamente lo “nuevo” (una de las palabras “mágicas” de la publicidad), con cambiar continuamente la moda para fomentar el consumo (tan pronto se pone de moda lo negro como se pone de moda lo blanco como se vuelve a poner de moda lo negro), con provocar el despilfarro (el reciclaje de los objetos pasa a la historia, sólo permanece en países donde no pueden permitirse el lujo de tirar las cosas prácticamente nuevas ante el menor defecto), el capitalismo, además, provoca el consumo obligatorio incluso de aquellos que odian el consumo, de aquellos que no sucumben a las modas. Nadie escapa del exceso de consumismo. ¿Quién no se ha encontrado con la necesidad de cambiar un aparato entero cuyo único defecto es que una de sus piezas se ha estropeado y no puede reemplazarse porque está descatalogada (lo nuevo nace ya prácticamente descatalogado, todo se descataloga)? ¿Quién no se ha encontrado con la necesidad de comprar de nuevo algo que se acaba de estropear poco después de pasar la garantía? ¿Quién no se ha encontrado con piezas hechas de plástico que parecen especialmente diseñadas para durar dos días? No importa si los coches están hechos de hojalata y al menor choque se deshacen como la plastilina poniendo en peligro la vida de sus ocupantes. Por supuesto, nadie obliga a los fabricantes de coches a usar materiales más seguros, lo importante es llevar puesto el cinturón de seguridad y el chaleco reflectante. El plástico se abre camino porque es más barato y porque gracias a él los productos duran menos tiempo y hay que reponerlos con más frecuencia. ¡Hasta los tornillos se hacen ya de plástico! No importa si el consumidor es perjudicado. No importa si incluso se pone en peligro su salud o su seguridad. No importa si ya no sabemos ni lo que comemos. No importa si los controles técnicos de los aviones se relajan para abaratar costes provocando en ocasiones accidentes donde mueren de golpe cientos de personas. ¿Quién no se ha encontrado con la desgastada frase de algún vendedor desvergonzado que dice alegremente, sabiéndose impune, que existen hojas de reclamaciones? Sabiendo que los organismos de “arbitraje” de consumo están muchas veces semi-financiados por los propios comerciantes. El consumismo sinsentido como forma de alienar al consumidor. Por no hablar de la publicidad invasora a todas horas y en todos los lugares. En la tele, en la radio, por teléfono, en Internet, en la calle. Todo vale con tal de vender. El acoso es cada vez mayor. No importa si se atenta contra la intimidad de las personas. No importan las consecuencias psicológicas del abuso de la publicidad. No importa el stress creado. Incluso el stress se convierte en una oportunidad de negocio (abundan los centros de relajación, de yoga, de masajes, etc.). Por supuesto, no se evitan las causas del stress, basta con empastillar a la población (lo cual es a su vez una gran oportunidad de negocio para la industria farmacéutica, cada vez más potente) o basta con que la población se relaje una hora al día (en el mejor de los casos) en cualquier centro al que debe acudir corriendo porque no tiene tiempo. Relajación que sólo sirve para quitarse el stress generado al día y que al día siguiente volverá ineludiblemente a surgir. En esta sociedad falsa y superficial nunca se solucionan los problemas de raíz, siempre se usan parches. No importa si la publicidad es engañosa. En definitiva, no importa si se perjudica al consumidor porque el consumidor no importa, sólo importa que consuma. La demanda no manda, ya ni siquiera vale aquello de que el cliente siempre tiene razón. La demanda se debe adaptar a la oferta. Los consumidores sucumben ante los productores. El ciudadano sucumbe ante el gran empresario. Se crea una falsa defensa del consumidor para aparentar que éste importa, pero las principales decisiones benefician a las grandes empresas. El consumidor, como el trabajador, como las personas en general, son sólo piezas en el engranaje general del sistema capitalista. El sistema está por encima de las personas. Las personas sucumben ante la máquina del capitalismo global.

Se incita al ciudadano a reciclar las basuras, a no derrochar agua, a usar el transporte público, pero no se obliga a las empresas a invertir en energías limpias. Se habla hipócritamente de ecologismo mientras se consiente que las grandes empresas sigan contaminando. ¿Por qué sigue sin establecerse una inspección internacional sobre el tráfico de buques para evitar las catástrofes marítimas? Se hacen campañas para concienciar a los ciudadanos pero se permite que los principales causantes de la contaminación, del cambio climático, como son las grandes fábricas, las grandes corporaciones empresariales, puedan seguir esquilmando y destrozando el medio ambiente. Se firman rimbombantes protocolos como el de Kyoto, pero se convierten poco después de firmarlos en papel mojado. Hace tiempo que ya podrían usarse vehículos que no necesitan gasolina, pero se sigue dependiendo del petróleo. El capitalismo es inherentemente antiecológico. Su filosofía consiste en quemar todos los recursos (humanos y naturales). Su obsesión por el crecimiento continuo provoca el agotamiento de los recursos. Su sumisión ante el beneficio a toda costa, a cualquier precio y a corto plazo, provoca inevitablemente la destrucción de la naturaleza, como también provoca la destrucción de la propia humanidad, su deshumanización. El ecologismo y el capitalismo son realmente incompatibles. Un modelo económico acorde con el medio ambiente requiere, por lo menos, una transformación radical del capitalismo. Requeriría, en verdad, su sustitución por un modelo al servicio de la sociedad en su conjunto. A la humanidad en su conjunto no le interesa la destrucción del medio ambiente porque supondría su propia destrucción a medio plazo (ya no se puede decir a largo plazo). Se necesita un modelo más responsable y con una perspectiva a largo plazo. El verdadero desarrollo sostenible pasa por la abolición del capitalismo. El capitalismo es insostenible. Una economía irracional no tiene futuro. Una economía dirigida por una élite egoísta, irresponsable, insaciable y con poca amplitud de miras, debe ser sustituida por una economía en la que la humanidad en su conjunto se responsabilice de ella. Y una economía democratizada de tal manera, que no tome decisiones que atenten contra la habitabilidad presente y futura de nuestra especie, es la antítesis del capitalismo, caracterizado por el dominio de las minorías. La economía ecológica, con perspectivas globales tanto en el tiempo como en el espacio, con futuro, debe ser una economía democrática, no puede estar en manos de minorías. El destino del planeta, en manos de la especie dominante, debe estar en manos de toda la especie dominante. Como decía un viejo principio medieval: Lo que incumbe a todos debe ser decidido por todos. Y en el capitalismo, lo que incumbe a todos es decidido por unos pocos. Por consiguiente, no es posible una economía verdaderamente ecológica con el modelo capitalista. No es suficiente con el lavado de cara ecológico que se hace el capitalismo para sobrevivir. La naturaleza ya nos está pasando factura. Podemos engañarnos a nosotros mismos. El capitalismo puede hacer creer a la mayor parte de la población humana que es sostenible, pero no engaña a la naturaleza. El desastre ecológico que estamos sufriendo, en realidad, es el signo más inequívoco del fracaso del modelo económico actual.


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