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LAS FALACIAS DEL CAPITALISMO

José López



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Razón vs. Fe.

El pensamiento crítico, antídoto contra el pensamiento único.

En tiempos de crisis como el actual, el sistema se delata a sí mismo. Son momentos en los que las caretas se caen y muestran los auténticos rostros. Sin embargo, con un mínimo de observación, de información, de memoria, de razonamiento, de sentido común, no es tan difícil poner en evidencia las contradicciones y falacias del sistema capitalista, incluso en tiempos de aparente prosperidad. Es posible también quitarle las caretas al sistema sin esperar a que éstas se caigan por sí solas.

El capitalismo vive de las apariencias. Pone toda la carne en el asador para aparentar lo que no es y para ocultar lo que realmente es. No es de extrañar que se sustente en el férreo control de los medios de comunicación. Férreo a la vez que disimulado. Un control social nunca es eficaz si no pasa desapercibido. Sin embargo, el capitalismo no puede evitar ser cada vez más recuestionado porque no puede impedir que sus mentiras sean poco a poco descubiertas. Los hechos contradicen los discursos. Las consecuencias nefastas del sistema capitalista ya no pueden pasar desapercibidas. Las evidencias ya no pueden ser ocultadas ni manipuladas. La realidad, tarde o pronto, habla por sí sola.

Me propongo, de la forma más breve posible, y desde la humildad de un ciudadano corriente que incita al lector a cuestionar sus opiniones y a rebatir sus razonamientos, aportar argumentos para combatir algunas de las falacias que el sistema capitalista nos vende continuamente a todos los ciudadanos. Con las únicas armas del sentido común, de la razón, de la observación, del pensamiento crítico y libre, de un mínimo de memoria y de información, es también posible combatir ideológicamente al sistema. Evidentemente, el estar bien informado, o el estar bien formado, ayuda mucho para combatir dichas falacias. Pero, en el fondo, tampoco es necesario estar excesivamente informado para ver las contradicciones del sistema capitalista, hasta el punto de ponerlo en cuestión. Incluso, a veces, es peor una mala información o una mala educación que la falta de las mismas. Porque una información sesgada produce prejuicios. Y no hay mayor enemigo de la libertad de pensamiento que los prejuicios. Esto bien lo saben los que manipulan a la gente, bien se encargan de llenarnos la cabeza de prejuicios desde que nacemos. Incluso, a veces, también es peor el exceso de información que nos impide ver el bosque al ver sólo las ramas, que nos crea la falsa sensación de que al estar “mucho” informados estamos “bien” informados. Precisamente, la mejor manera que tiene el sistema actual de desinformar al ciudadano medio es avasallándolo de mucha información de baja calidad. No hay espíritu más libre que el de un niño que aún no ha sido “contaminado” por la cultura de su entorno, hasta el punto de hacer preguntas que muchos adultos ya ni se plantean. Y, mientras no se demuestre lo contrario, ser capaces de preguntar es condición sine qua non para llegar al conocimiento. Sin preguntas, no hay respuestas, no hay búsqueda de la verdad, y por tanto no hay conocimiento. Como se suele decir, la clave del conocimiento reside en hacer las preguntas adecuadas.

No hay un pueblo más alienado que aquél que ya ni siquiera se pregunta sobre el porqué de las cosas que ve a su alrededor. Si bien la información ayuda (cuanto mejor informados estemos, menor probabilidad de ser manipulados, de esto no cabe duda) también es cierto que, sobrepasado cierto umbral, la información no es estrictamente necesaria para llegar a ciertas conclusiones básicas. Cualquier persona que sufra explotación no necesita leer a Marx para comprender que es explotada. Su experiencia diaria personal es su mejor fuente de conocimientos, siempre que dicha persona sea capaz de observar y analizar mínimamente lo que le ocurre a ella y a los que están a su alrededor. Esto no quita que, si además lee a Marx, si además se informa, si complementa sus conocimientos adquiridos en base a su experiencia personal con los de otras personas, entonces su visión de las cosas es más general, su conciencia aumenta notablemente. No sólo es capaz de ser más consciente de la alienación que sufre, sino que además se conciencia de que dicha alienación es generalizada, e incluso de que es posible combatirla. Las contradicciones del sistema capitalista no están tan ocultas como para no verlas con un espíritu mínimamente libre que sea capaz de recuestionar aquello que aparenta ser incuestionable. No es estrictamente necesario proveerse de enormes cantidades de información. No es imprescindible rodearse de muchos datos y frías estadísticas (muchas veces poco fiables). No es necesario, en primera instancia, leer y leer muchos libros para llegar a ciertas primeras conclusiones básicas.

No es necesario saber cómo funciona por dentro un coche para opinar sobre las prestaciones del mismo desde el punto de vista de un usuario. No es imprescindible ser un técnico en mecánica para saber si un coche funciona bien o no. Precisamente, los que desean que no veamos el bosque, que nos perdamos en los detalles para no ver lo general, siempre intentan hacernos creer que es imprescindible adquirir ciertos conocimientos técnicos, que sólo pueden opinar los “expertos”, que es imprescindible leer muchos libros (y cuantos más mejor, y cuanto más complejos también mejor). Saben que el trabajador medio no tiene tiempo de leer muchos libros. Saben que después de largas y agotadoras jornadas laborales, a la gente le apetece sobre todo evadirse más que leer libros de política o economía. Saben que no podemos ser todos especialistas en todo. En realidad, pretenden que nos sintamos incapaces de opinar, que no veamos lo evidente. Son los nuevos “brujos” de la sociedad moderna, pretenden poseer la verdad de las cosas. Intentan que sus verdades no puedan ser cuestionadas por el común de los mortales haciéndonos creer que sólo son accesibles para una élite “sabia”. Pretenden dominar ideológicamente a las masas impidiendo que éstas piensen y opinen por sí mismas. Pretenden camuflar ciertas ideas sencillas con un disfraz de complejidad técnica sólo accesible a una élite. Es una característica de nuestra sociedad moderna, la utilización de la complejidad en las formas para camuflar la sencillez malintencionada en el fondo. Un ejemplo típico lo encontramos en las letras pequeñas de los contratos que un ciudadano adquiere con los bancos.

Antaño, el señor feudal tenía sus caballeros para proteger sus privilegios. Ahora, el burgués moderno dispone de sus abogados. Antaño, no hacía falta ley, ahora, hay que hacerla lo suficientemente compleja (y lo suficientemente cambiante) para que sólo los que tienen dinero puedan conocerla y usarla a su favor. Como dice el refrán, hecha la ley, hecha la trampa. Antaño, no había ni siquiera derechos en la teoría, ahora, son papel mojado en la práctica. La ley ahora existe pero, como antaño, los poderosos siguen impunes. ¿Cómo es posible la convivencia si la ley es tan compleja que ya nadie sabe casi lo que es legal o no? ¿Para qué sirve una ley si nadie la conoce? ¿El objetivo de la ley no es que se cumpla, no es que la gente la conozca para cumplirla? Como decía Voltaire, La civilización no suprime la barbarie; la perfecciona. Tendemos a una sociedad tan compleja, que es cada vez más difícil moverse por ella, que son cada vez más imprescindibles los abogados. No es de extrañar que la carrera de Derecho sea una de las más concurridas. La complejidad moderna de la sociedad, probablemente premeditada, representa las murallas del moderno señor feudal. Éste necesita maquillar la simple realidad (que a veces es mucho más simple de lo que aparenta) a base de mucha complejidad. Sencillez en el fondo disfrazada de complejidad en las formas. Maquilla la realidad a base de supuestas teorías económicas que ni los supuestos economistas entienden. Como dice el chiste, ¿Cuál es la diferencia entre un meteorólogo y un economista? Respuesta: los meteorólogos al menos están de acuerdo sobre el tiempo que hace hoy. A base de que las verdades elementales no sean accesibles al pueblo llano. Antaño esto era muy fácil porque el pueblo era ignorante, no pensaba. Ahora la forma de evitar que el ciudadano medio adquiera peligrosos conocimientos, o adquiera una peligrosa conciencia, es confundiéndolo, es acomplejándolo, es haciéndole creer que él no entiende y por tanto no puede opinar sobre ciertas cuestiones, es distrayéndole con nimiedades. Es haciéndole creer que como no es un mecánico no puede juzgar, ni siquiera desde el punto de vista de un usuario, si el coche va bien o no. Es en definitiva, haciendo que una élite piense por él. Ahora se trata de que no piense mucho y sobre todo de que no piense bien (que no sepa razonar o se pierda en los razonamientos).

Pero, como decía Bakunin:

En el tema de las botas, yo me refiero a la autoridad del zapatero; en relación con las casas, canales o líneas férreas, yo consulto al arquitecto o ingeniero. Para tal o cual cimiento especializado yo recurro a tal o cual científico. Pero yo no permito que ni el zapatero, ni el arquitecto, ni el científico impongan autoridad alguna sobre mí. Yo los escucho libremente y otorgo mérito a su inteligencia, a su carácter, a su sabiduría, reservándome siempre el derecho irrenunciable a la crítica y a la censura. Yo no me limito a consultar a una única autoridad en rama especializada alguna; consulto a varias; comparo su opinión, y elijo la que me parece más convincente. Pero no reconozco a ninguna autoridad como infalible, aún en cuestiones especiales.

Pensemos un poco por nosotros mismos, y analicemos algunas de las falacias más habituales que nos intentan vender los “apóstoles” del capitalismo.


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