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LAS FALACIAS DEL CAPITALISMO

José López



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4. El sistema capitalista se sustenta en la democracia. La democracia es el menos malo de los sistemas.

Sin embargo, si el propio sistema capitalista reconoce, al decir “el menos malo posible”, que no es perfecto, que tiene sus defectos, ¿por qué se empeña en no perfeccionarlo? ¿Por qué detener el desarrollo democrático? ¿Por qué no hablar de sus defectos? ¿Por qué no corregirlos? ¿Por qué no mejorar y aumentar la participación ciudadana? ¿Por qué no extender la democracia a todos los ámbitos de la sociedad? ¿Por qué no aplicar la democracia en la economía, en la empresa? Precisamente, el capitalismo se sustenta en la falta de democracia en las empresas. Las empresas pertenecen a unos pocos socios capitalistas y éstos deciden las cuestiones estratégicas que afectan a las mismas. Los trabajadores no tienen ningún poder de decisión y sólo pueden obedecer las órdenes que vienen de arriba. Las empresas son simplemente dictaduras ejercidas por sus dueños. Los gestores de las empresas no rinden cuentas de sus gestiones a los trabajadores, sólo lo hacen a los accionistas. Los que deciden en las empresas (en base a cuyas decisiones juegan con las vidas de millones de personas), no responden ante la sociedad. ¿Dónde están los responsables de la crisis financiera actual? Si tanto cobran por sus supuestas responsabilidades, ¿por qué no responden por ellas? Los únicos límites de dichas dictaduras son la unidad de los trabajadores y las normativas laborales y políticas existentes. Pero, dado que la unidad de los trabajadores es cada vez menor y dado que los derechos laborales están en claro retroceso (mientras que los políticos o sociales son muchas veces papel mojado), entonces las empresas son cada vez más totalitarias.

La política está cada vez más controlada por la economía, en vez de al revés. La economía se está convirtiendo en un fin en sí mismo. La sociedad está al servicio de la economía (controlada por una élite cada vez más minoritaria), en vez de al revés. ¿Qué futuro tiene una economía, una sociedad, donde ya nadie se atreve a decir lo que piensa realmente, donde se toman decisiones en base al “ordeno y mando”, donde la libre discusión es sustituida, cada vez más, por la sumisión o el silencio, donde los trabajadores están cada vez más reprimidos, desilusionados y desmotivados? ¿Qué futuro tiene una sociedad donde la mentira, la hipocresía, la falsedad, se convierten en los ingredientes básicos de la supervivencia? ¿Cómo va a mejorar una sociedad si los que tienen cierto poder son cada vez más incompetentes e irresponsables, si para ascender es condición imprescindible mentir, tener poca vergüenza, carecer de escrúpulos, someterse a los que mandan (lo llaman “disponibilidad” cuando quieren decir en realidad prostitución), pelotear o ser enchufado? Como decía Murphy, En una jerarquía, cada empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia. O como decía también en otra de sus famosas citas: El secreto del éxito es la sinceridad. En cuanto pueda fingirla ya lo habrá conseguido ¿Qué podemos esperar si los que deciden no saben o no quieren decidir, si no responden por sus decisiones, si los que gestionan a la gente no saben llevar a la gente, si, además de su incompetencia (o quizás debido a ella), no admiten la crítica o la discrepancia? ¿Cómo no van a ir a peor las cosas si no sólo para ascender en el mundo laboral sino que incluso para no perder el puesto de trabajo, es condición imprescindible venderse, renunciar a nuestros ideales y a nuestros principios más básicos? ¿Cómo puede evitarse la degeneración de la sociedad en semejantes condiciones? ¿Cómo no va aumentar así la corrupción? ¿Qué futuro tiene una sociedad paranoica donde todo el mundo piensa mal de todo el mundo, donde ya nadie se fía de nadie? ¿Cómo puede haber espíritu emprendedor sin un mínimo de libertad y confianza? ¿Cómo puede haber creatividad si la gente tiene miedo de hablar o de opinar? ¿Cómo puede avanzarse si la gente tiene miedo de compartir sus conocimientos porque teme volverse prescindible? ¿Cómo puede funcionar el trabajo en equipo sin compartición de conocimientos y sin comunicación? Resulta paradójico que en la era de las comunicaciones, la gente se comunica cada vez menos, la gente desarrolla el arte de hablar sin decir. ¿Cómo puede avanzar la ciencia o la tecnología si no hay espíritu crítico y libre, si no hay trabajo en equipo? ¿Cómo no va a estar en crisis la creatividad si la libertad retrocede? La creatividad es hija de la libertad. ¿No tenemos muchos la percepción de que el arte está en crisis? ¿No tenemos la sensación de que ya no hay ideas en el cine o en la música o en la tecnología o en la ciencia o…? ¿No tenemos la percepción general de que ya no hay ideas? ¿De que tenemos más medios que antes pero menos ideas? ¿No son habituales los “remakes” de viejas películas, las segundas, terceras, cuartas,… partes de las pocas películas que triunfan porque de vez en cuando reaparece la originalidad? ¿No son habituales las películas donde los efectos especiales se convierten en un fin en sí mismo mientras el guión es inexistente o muy trillado? ¿No son habituales las enésimas versiones de viejas canciones que hace ya muchos años triunfaron? ¿No es habitual oír la expresión de que en aquellos viejos tiempos sí se hacían cosas interesantes? ¿No será un claro síntoma del inicio del colapso de nuestra civilización, la indiscutible ralentización de los avances tecnológicos y sobre todo científicos que se han producido en los últimos años? ¿Qué gran invento se ha producido en las últimas décadas aparte de Internet? La mayoría de “inventos”, en realidad, han sido sólo mejoras de inventos preexistentes (telefonía móvil, televisión digital, etc). ¿Por qué? ¿Por qué la carrera espacial se ha ralentizado tanto? Hemos pasado de poner hombres en la Luna a estar pendientes de si pueden volver los que acabamos de mandar a pocos kilómetros por encima de nosotros. ¿Cómo es posible, por otro lado, que mientras haya gente que se muere de hambre, nos gastemos ingentes cantidades de dinero en aventuras espaciales, o lo que es peor, en guerras? ¿Cómo es posible que si la inmensa mayoría de la gente está en contra de la guerra, sigan existiendo guerras (muchas de ellas fomentadas o protagonizadas por las supuestas democracias)? ¿No decían que una democracia no podía declarar una guerra? ¿No iría mejor la economía si funcionara de forma democrática, si los jefes en las empresas fueran elegidos democráticamente por los trabajadores, si los gestores tuvieran que rendir cuentas a los gestionados, a los empleados? ¿No es evidente que con transparencia, con control, con igualdad de oportunidades para acceder a todos los cargos, en definitiva, con democracia, los jefes elegidos serían los más competentes (o por lo menos esto sería más probable), se evitaría o por lo menos se minimizaría el enchufismo? Decía Trotsky que La economía necesita la democracia como el ser humano necesita el oxígeno. Una economía que funcionara de forma democrática sería más eficiente y al mismo tiempo más justa. Siempre que la democracia económica fuese real y no sólo formal, por supuesto. Estamos hablando de una democracia real, no aparente. ¿Alguien puede dudar acerca de dicha aseveración? ¿Por qué no intentar llevarla a la práctica?

La democracia liberal se basa fundamentalmente en la separación de poderes, en el parlamentarismo y en el sufragio universal. Pero, ¿realmente son independientes los poderes? ¿Cómo puede ser independiente un poder designado por otro o financiado o subvencionado por otro? Si tanto se proclama el sufragio universal para elegir a los cargos públicos, ¿por qué sigue habiendo jefes de Estado cuyos cargos son designados por la “gracia divina”? ¿Por qué no se han erradicado ya todas las monarquías? Si los “apóstoles” que tanto proclaman la “democracia” como el mejor sistema, creen de verdad en ésta, ¿por qué no aplican los principios propugnados en sus propias teorías? ¿Es posible una prensa libre cuando no es independiente, cuando está supeditada al poder económico? ¿Cómo es posible la libertad (en la vida en sociedad), que tanto proclaman, si no existe igualdad de oportunidades real? ¿Por qué ese empeño en no aplicar lo que se predica? La única explicación lógica posible es que los supuestos “apóstoles” de la democracia, en realidad, no creen en ella. La única explicación posible ante semejante contradicción entre lo dicho y lo hecho, reside en la hipocresía. Aquellos que desde los medios oficiales hablan tanto de democracia (sobre todo para criticar otros modelos de “democracia”, a la vez que obvian cualquier crítica del modelo que defienden a capa y espada, como si fuera perfecto) son en realidad los mayores enemigos de la misma. Son los que trabajan para evitar la auténtica democracia. Son los integristas guardianes ideológicos del sistema establecido, del status quo de sus amos.

¿Alguien se cree que el poder es verdaderamente del pueblo? (democracia en griego significa el poder del pueblo) ¿Es que depositar una papeleta cada X años en base a una información parcial y sesgada, de baja “calidad”, votando a lo malo o a lo menos malo, eligiendo entre dos opciones cada vez más parecidas en base a las siglas o los prejuicios ideológicos y sin conocer sus programas (aunque conociéndolos tampoco serviría de mucho puesto que el partido ganador puede incumplir su programa o sus promesas sin problemas, y muchas veces sin consecuencias electorales, lo cual es aún más grave), sin posibilidad de que otros partidos tomen el relevo a los dos dominantes (porque los medios no les dan la oportunidad de darse a conocer y porque las leyes electorales favorecen el creciente bipartidismo), puede llamarse realmente una democracia?

Si es indudable que en China no hay democracia, ¿alguien pone en duda que su economía es cada vez más capitalista? ¿Alguien cree aún que el sistema chino tiene algún parecido con el socialismo (uno de cuyos principios fundamentales es el control democrático de la economía) o con el comunismo (sociedad sin clases y sin Estado o con un Estado reducido a la mínima expresión)? El capitalismo no necesita realmente la democracia política, como demuestra el enorme crecimiento económico de China en los últimos años. ¿Es que no creció la economía con el franquismo en España (economía indudablemente capitalista)? ¿O con la dictadura de Pinochet en Chile? El capitalismo necesita especialmente evitar la democracia económica, se sustenta en la propiedad privada de la economía. Capitalismo es dictadura económica. Lo que ocurre es que la careta de la “democracia” política le ayuda a subsistir. La falta de democracia política provocaría el desarrollo democrático y éste podría implicar la extensión de la democracia a todos los rincones de la sociedad, incluido el económico. Para evitar la democracia económica, el sistema capitalista necesita aparentar que la democracia ha llegado a su techo, que ya no es posible ni necesario mejorarla o ampliarla. La aparente democracia política sirve de contención a la democracia económica, la cual significaría la extinción del capitalismo. El capitalismo de China siempre es más peligroso para la élite dirigente que el de los países occidentales porque en el primer caso el sistema pone aún más en evidencia su carácter antidemocrático. Nadie duda del carácter antidemocrático del sistema chino, pero mucha gente (la mayoría aún) se deja engañar (por ahora) por las apariencias democráticas en los países occidentales. El mejor disfraz de la dictadura económica que representa el capitalismo es un sistema político aparentemente democrático. Aparentemente democrático porque si lo fuera realmente, la política no podría ser controlada por la economía.

El poder económico controla al poder político gracias al diseño del sistema político hecho a su medida, gracias a las democracias controladas. Controladas por su diseño técnico y sobre todo por el control de los medios de comunicación. No es muy peligroso preguntar de vez en cuando al pueblo qué piensa si previamente se encarga uno de que piense como uno desea a través de los medios de comunicación, que en realidad, son creadores de opinión, instrumentos de dominación ideológica. Si además diseñamos una ley electoral para que los partidos que saquen más votos obtengan proporcionalmente aún más representación en los parlamentos, de tal manera que el número de votos por escaño favorezca a los dos grandes partidos, de tal manera que se perjudique a ciertas agrupaciones políticas minoritarias que necesitan muchos más votos por cada escaño que las dos grandes fuerzas, de tal manera que, por poner un ejemplo, el 36% de votos se traduzca en el 49% de escaños para cualquiera de los dos grandes partidos mientras que el 16% de votos de un partido minoritario cuyos votos no estén concentrados en ciertos territorios se traduzca en el 10% de escaños, si además el Estado ayuda financieramente más a los partidos que más votos sacan, si los dos grandes partidos acaparan los medios de comunicación, si sus carteles electorales inundan la calle, si se margina cada vez más a los partidos que ya de por sí son marginales, si se permite la financiación privada de los partidos (que por supuesto proviene del gran capital, del poder económico, y que mayoritariamente financiará a los dos partidos que le representan), entonces inevitablemente se asienta el bipartidismo. Si un partido que ya es conocido, es a su vez ayudado para que sea aún más conocido, como si hiciera falta promocionarlo, si se impide la igualdad de oportunidades democrática para que los pequeños partidos tengan cada vez menos opciones, si se realimenta el bipartidismo, si…, entonces el sistema político se encamina inexorablemente hacia el bipartidismo. Se consigue que una sociedad plural, la sociedad normalmente siempre es muy plural, se traduzca en unos parlamentos cada vez menos plurales. Las democracias supuestamente representativas de la sociedad son cada vez menos representativas. El bipartidismo es la garantía de que la partitocracia disfrazada de democracia no atentará contra los intereses del capital.

El bipartidismo es más eficaz que el partido único o una dictadura formal porque aparenta cierta pluralidad, aunque dentro de unos márgenes prudenciales. El lobo vestido de oveja es más engañoso que el lobo sin ningún disfraz, por eso es más peligroso. A nadie engaña una dictadura donde no se vota o un régimen donde sólo hay un partido legal. La gente tiende de forma natural al bipartidismo. Los buenos y los malos. La izquierda y la derecha, o viceversa. En nuestro subconsciente siempre está presente la dualidad (que viene de dos) entre el bien y el mal. Tenemos dos ojos, dos orejas, dos hemisferios cerebrales, dos brazos, dos manos, dos piernas, dos pies. Los seres humanos somos en esencia “bi”. Por esto, aceptamos tan bien, en general, el bipartidismo. Un sistema con, pongamos por caso, tres partidos principales sería más difícil de controlar y es menos natural. El tripartidismo sería un sistema más dinámico (y lo dinámico, lo vivo, siempre es más difícil de controlar), más plural, podría derivar en distintos bipartidismos o incluso en pluripartidismos. Siempre es más fácil controlar a unos pocos que a muchos. Con el bipartidismo se aparenta cierta pluralidad, pero ésta no se desmadra. Se consigue la mínima pluralidad para aparentar que hay pluralidad pero, al mismo tiempo, se evita que la pluralidad sobrepase un umbral peligroso para el control. Se consigue la pluralidad justa, la “democracia” justa. Muy inteligente el diseño de estas “democracias”. Y también muy retorcido, o quizás sea yo el retorcido, el lector juzgará. Simplemente recordar lo que decía Roosevelt: En política, nada ocurre por casualidad. Cada vez que un acontecimiento surge, se puede estar seguro que fue previsto para llevarse a cabo de esa manera. En realidad, los dos principales partidos del bipartidismo, sustento político del capitalismo, son dos facciones de un único partido. El partido del poder económico. Éste financia por igual a ambos. Los distintos lobbies, en realidad, tienen los mismos intereses. Todos ellos apoyan sin fisuras los principios del capitalismo porque todos ellos son el capitalismo. El capital duerme tranquilo mientras cualquiera de los dos partidos ostente el poder político. Cuando esto no ocurre, es cuando el capital mueve sus resortes. Un ejemplo es lo que ocurrió en el Chile de Allende. La democracia aparente tiene también sus peligros. Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Las dictaduras son a corto plazo más seguras, pero no pueden perpetuarse. Éste es quizás uno de los pocos triunfos cosechados por la ciudadanía en los últimos siglos. El poder está obligado a esforzarse por guardar ahora las apariencias. Pero las “democracias” también tienen sus peligros, siempre hay el riesgo de perder el control y de que alguien descontrolado alcance el poder y no se someta a los amos del sistema. La democracia liberal tiene sus límites. Sus límites son los intereses de los grandes capitalistas, los verdaderos gobernantes en la sombra.

Es muy difícil, pero no imposible, que llegue al poder alguien que atente contra el verdadero poder, que se rebele contra su papel de mera marioneta, porque el sistema tiene sus filtros. En los principales partidos, como en general en toda la sociedad, sólo ascienden aquellos que se someten a lo establecido, aquellos que se venden, aquellos que ya se corrompen antes de que el poder les corrompa. ¿No podemos percibir esta filosofía delante de nuestras narices? ¿No ocurre igual en el trabajo, en el día a día? Eso de que el poder corrompe es otra falacia. Lo que corrompe es el deseo de acceder al poder. Lo que corrompe son las reglas del juego corrompidas. No es que el máximo cargo de una presunta democracia corrompa, es que la propia democracia está corrompida, está diseñada para que sólo puedan llegar arriba los corruptos. Los políticos que se corrompen, llegan al poder ya corrompidos. No es que el poder les corrompa, es que para llegar al poder es condición necesaria estar corrompido de antemano. Si fuera cierto, como a veces dicen algunos inocentes e ilusos (obcecándose en no querer ver), que cuando llega al poder algún político bienintencionado se ve atado de manos por las presiones que sufre, ¿por qué no usa el poder que tiene para denunciar al sistema corrupto? ¿Por qué no se dirige a la nación a través de los medios de comunicación para denunciar las presiones sufridas, para denunciar la falsa democracia? ¿Por qué no dimite, si tiene dignidad y no pretende corromperse, o si considera un fraude no poder ejercer la responsabilidad que el pueblo le ha confiado? ¿Por qué se vuelve a presentar a nuevas elecciones, si supuestamente no le dejan gobernar? ¿Para qué llegar al poder si no puede ejercerlo? ¿No será, quizás, la explicación más sencilla, y por tanto la más lógica y probable, que en realidad no le importa gobernar? ¿No será que no le importa corromperse? ¿Por qué, si supuestamente llega al poder impoluto, tarda tan poco en corromperse? ¿Si el poder corrompiera al político al ejercerlo, y no antes, no debería el nuevo inquilino del gobierno, al menos al principio, tener ciertos gestos o amagos de actuar honradamente? ¿No se notaría un cambio en sus actuaciones o declaraciones? ¿No se notaría una transición de su fase honrada inicial a su fase corrompida? Yo te pregunto a ti, lector bienintencionado, ¿si tú llegaras al poder y pretendieras gobernar honradamente actuarías igual que hacen los políticos? ¿No es también necesario, normalmente, corromperse, salvaguardando las distancias, para acceder a ciertos cargos en la empresa donde trabajas? Si ya se corrompe cierta gente para ser un jefecillo de poca monta en el lugar del trabajo, salvo honrosas excepciones, estamos generalizando, ¿cómo no se va a corromper cierta gente por ser un presidente de un partido político o de una nación? Cada etapa en el ascenso de una persona en esta sociedad corrompida de arriba a abajo supone un grado de corrupción. A cuanto más arriba se aspire llegar, más debe uno corromperse. En realidad, es el propio sistema el que está corrompido. Los bichos raros que de vez en cuando (aunque cada vez más difícilmente) surgen, son la excepción que confirma la regla. La regla es que para ascender en esta sociedad hay que corromperse. Esto es una consecuencia de una falsa democracia que habría que reformar de arriba a abajo (remito a mi libro “Rumbo a la democracia”).

El principal peligro que tienen las “democracias” en las que se sustenta el capitalismo para evitar la auténtica democracia, es la abstención. No es de extrañar que cada vez más gente se desencante con estas “democracias”. A la gente se la puede engañar durante mucho tiempo, durante demasiado, pero poco a poco, la gente se va dando cuenta de que no le sirve en verdad de nada votar. Se va dando cuenta de que da igual quién gane las elecciones, dado que sus problemas cotidianos siguen igual o peor. A veces, algunos se contentan con votar a uno de los dos partidos, el menos malo, para evitar que salga el otro. Se vota no tanto a la supuesta izquierda sino contra la derecha oficial. A veces, es incluso peor para los trabajadores, desde el punto de vista práctico, un gobierno presuntamente de izquierdas porque los sindicatos afines (por cierto subvencionados por el Estado, es decir, por el poder político) son menos beligerantes y consienten cosas al gobierno de “izquierdas” que no le pasarían a un gobierno de la derecha. Y a la historia reciente de España podemos remitirnos. ¿Cuándo se han producido los mayores retrocesos para la clase trabajadora en España? Respuesta: durante los gobiernos del “socialista” Felipe González. A los sindicatos les costó mucho hacer una huelga general contra “su” gobierno. Ya llevamos, en el momento de escribir estas líneas, muchos meses con una fuerte crisis en España, y mucha gente se pregunta dónde están los sindicatos, hasta cuándo van a permanecer callados. Mucha gente se pregunta si tendrían la misma actitud o paciencia con un gobierno del Partido Popular. Otras veces, los mismos que dan su apoyo a la supuesta izquierda, desencantados con la política económica de ésta (que desde luego, en lo económico nunca es de izquierdas, parece un esperpento que el partido supuestamente de izquierdas aún mantenga en sus siglas la O de obrero y la S de socialista, cabría preguntarse si alguien en dicho partido conoce el significado de la palabra socialismo), deja de votarles en las siguientes elecciones. Por esto, el voto a la izquierda, a diferencia del voto a la derecha oficial, fluctúa tanto y es poco fiel. Por esto, la abstención perjudica más al partido de la “izquierda” que al de la derecha. Mención aparte merece la izquierda llamada radical, la verdadera izquierda, que está profundamente dividida, cuando no se vende también por ciertas mínimas cotas de poder con la esperanza de provocar un giro a la izquierda del partido supuestamente socialdemócrata (ya ni siquiera podemos decir que lo sea), cuando no se conforma con migajas o cuando no se acomoda en los sillones de las instituciones. No es de extrañar que mucha gente, como decía, se abstenga de participar en este paripé de democracias.

El sistema lo sabe, la abstención es lo que más le deslegitima y más le pone en evidencia. Por eso, los principales partidos que sustentan estas falsas democracias, se ponen de acuerdo para pedir desesperadamente el voto, apelando a ese “espíritu democrático” del que carecen, apelando a la responsabilidad ciudadana de la que son campeones en evitarla. Raro es el ministro que dimite en nuestro país. La palabra dimisión no existe casi en el diccionario de nuestra clase política (en esto no podemos culpabilizar sólo a los políticos, dicha palabra tampoco existe en nuestra sociedad española). Cuando las cosas van mal, la culpa es de la coyuntura. Cuando van bien es por la magnífica política ejercida, que son incapaces de explicar, quizás porque en realidad es inexistente. Por supuesto, para la “oposición” es justo al revés. Cuando las cosas van mal, la culpa es del gobierno. Y cuando van bien es por la coyuntura. Y esto lo hacen exactamente igual los dos partidos. Sólo cambian las siglas y las caras. Cuando uno de esos dos partidos pasa de la oposición al gobierno, de repente, por arte de magia, lo que antes era culpa del antiguo gobierno, ahora es de la coyuntura, y viceversa, para el partido que pasa a la oposición, lo que antes era gracias al gobierno ahora es por la coyuntura. Lo dicho, los dos partidos cada vez se diferencian menos, tanto por sus discursos, como por sus “programas” (mejor dicho por la coincidencia en la ausencia de programas en ambos casos), como por sus acciones, como por sus formas. Ya sólo se trata de votar a uno u otro, por tradición “ideológica” (esto es un decir porque la ideología en dichos partidos es prácticamente inexistente) o por simpatía por tal o cual personaje. Los gobiernos parece que hacen algo, por supuesto, hay que guardar las apariencias cara a la galería. La auténtica política, sobre todo la relacionada con la economía, el motor de la sociedad, es prácticamente inexistente. En todo caso, se limita a ciertas medidas puntuales, consiste en aplicar ciertos parches, pero por supuesto, nada de tocar las bases del sacrosanto sistema capitalista, eso está estrictamente prohibido. Todo el mundo tiene la sensación de que los políticos tienen poco margen de maniobra. A nadie extraña ya los constantes cambios de carteras ministeriales. Tan pronto uno puede ser ministro de sanidad, como de educación, como incluso, a veces, esto es un poco más difícil, de economía. A nadie extraña porque ya todo el mundo tiene más o menos claro que un ministro realmente hace bien poco, no digamos ya el jefe de todos ellos. A nadie extraña porque esto es también muy habitual en las empresas. Reorganización tras reorganización y tiro porque me toca, para disimular que en realidad no hay organización. Los jefes parece que se dedican a “barajar” al personal, tan pronto estás en el departamento X como en el Y, como vuelves al X, como te vas al nuevo Z que acaban de crear. Pero en todos los departamentos, te encuentras con los mismos sinvergüenzas que ni siquiera se dignan ya a transmitirte que un año más tu subida salarial es un cero patatero. A nadie extraña este baile de carteras ministeriales porque parece que el trabajo de los responsables consiste en dar ruedas de prensa, en vender acciones de gobierno, en transmitir “confianza”, en hacer inauguraciones, en hacerse la foto. Los ministros son en verdad comerciales, simplemente venden, simplemente son sólo imagen. Mención aparte merece ese anacronismo llamado monarquía. Los ministros son sólo imagen, el Rey es pura imagen (todo el mundo piensa, salvo los cuatro lacayos de su corte, que sólo sirve para inaugurar), nuestras democracias son sólo espejismos. Son puros efectos especiales cinematográficos. No es de extrañar en estos tiempos de la comunicación audiovisual. Lo que no sale en la tele no existe. Lo que no tiene imagen asociada no es noticia, como dice Pascual Serrano, conocido periodista de la prensa alternativa, uno de los fundadores de Rebelión.

Una democracia muy “seria” ésta que tenemos. Una democracia con “contenido”. Por eso, como decía, porque la abstención es lo que más delata esta “falsicracia”, se encargan de calentar al personal cuando se acercan elecciones. Por eso, montan tanto “debate” en las teles, por cierto “mucho ruido y pocas nueces”. “Debates” superficiales donde no se habla de cuestiones concretas, donde no se habla de programas (lógico puesto que son un espejismo, el único programa es atender a los intereses del gran capital, es no hacer nada, salvo cuando el gran capital necesita ayuda), y donde los candidatos se limitan a criticar al contrincante por sus propios pecados. Democracia de excelente “calidad” ésta. “Democracia” en la que muchas veces, como incluso proclaman sus defensores, el mejor gobierno es el que no se nota, el que pasa desapercibido. El gobierno ideal del capitalismo es aquél que no hace nada, que deja que la economía vaya sola, que deja que el capital campe a sus anchas y contenga al pueblo. Por eso, explotan sus diferencias (aunque cada vez les es más complicado) los dos grandes partidos de la partitocracia. Por eso, se habla eternamente de temas que ya poco a poco se creían superados, ya sea el aborto, el matrimonio entre homosexuales, la iglesia, y sobre todo mucho sexo. Todos ellos temas de interés social, pero nimios para el verdadero poder en la sombra, el poder del capital. Hay que entretener al pueblo con sexo, con fútbol, o con lo que sea con tal de que no piense sobre lo que le afecta día a día en el trabajo, en el banco, o en el hospital. Temas que interesan a los dos partidos, puesto que de lo que se trata es de hablar de cualquier cosa menos de los tabús, véase las bases del sistema económico-político, véase las raíces de los verdaderos problemas que interesan al ciudadano, es decir, el paro, el terrorismo o la vivienda, puesto que de lo que se trata es de montar polémicas para aparentar que existe un gobierno y una oposición. De lo que se trata es de inundar al ciudadano con estadísticas que maquillen la realidad o que por lo menos la suavicen, para lo cual se reformula el IPC, o se inventa una nueva manera más ventajosa (para el poder) de contabilizar el índice de desempleo. De lo que se trata es de ocultar que no se hace nada a base de muchas cifras rimbombantes, de muchas opiniones “expertas” que repiten como loros lo que sus amos les han adiestrado, de muchas tertulias entre siempre los mismos lacayos que hablan mucho para no decir nada, menos aún nuevo, para repetir hasta la saciedad los postulados que nos meten por todos lados hasta en la sopa. De lo que se trata sobre todo, es de evitar a toda costa el recuestionamiento de los cimientos de la sociedad, evitar que otras ideas hagan competencia a las del pensamiento único, sin el que el sistema no podría existir.

El bipartidismo, por un lado, fomenta la participación, al tender a un estado de cuasi empate técnico, creando la impresión en la gente de que su voto es imprescindible para decantar la balanza hacia uno de los dos lados, pero por otro lado, fomenta también la abstención porque mucha gente ya empieza a dejar de creer en él, a mucha gente le cuesta cada vez más encontrar serias diferencias entre los dos grandes partidos. Así, tenemos cierto sector de la población que siempre vota (sobre todo el electorado del partido de la derecha que es el más fiel), cierto sector de la población que tan pronto vota como no (sobre todo al partido de la presunta izquierda), y un sector de la población que, desencantado del sistema o simplemente desentendido de él, no vota. La situación parece tender lentamente hacia una progresiva abstención pero se producen fluctuaciones, muchas de ellas provocadas por el sistema, que pone toda la carne en el asador para que la abstención no alcance proporciones escandalosas. Con una abstención creciente y sistemática el sistema peligra porque una democracia donde la gente no participa pierde todo su sentido. El mayor fracaso de una democracia es la falta de participación de sus ciudadanos. Al sistema capitalista, hipócritamente, le interesa que el ciudadano participe para depositar una papeleta cada X años, pero nada más. Por supuesto, no le interesa que el ciudadano piense demasiado, no le interesa que participe demasiado. La élite desea que el ciudadano corriente vote ciegamente únicamente para legitimar el sistema. Sólo desea usar al ciudadano como una marioneta para que haga justo los movimientos que desea, ni más ni menos. Porque si no es así, ¿por qué no mejorar la democracia para que la gente participe más y mejor? ¿Por qué no mejorar la representatividad de las democracias representativas? ¿Por qué no ir evolucionando hacia democracias participativas o deliberativas? ¿Ha habido algún avance democrático en los últimos años? ¿Alguna reforma de nuestro sistema? ¿Es que nuestra “democracia” es ya perfecta? ¿Por qué tanto miedo a reformar la Constitución? ¿Por qué no se debate sobre las bases del sistema democrático? ¿Se habla de las posibilidades de Internet para implantar la democracia directa o para mejorar la democracia representativa? ¿Se habla de las posibilidades de la prensa alternativa para despegar y hacer la competencia a la tradicional gracias a las nuevas tecnologías? Para el capitalismo, de lo que se trata es de mantener las cosas como están. El capitalismo necesita que las democracias actuales no evolucionen, o en todo caso sólo lo hagan en apariencia, o mejor aún que involucionen. Tal como están diseñadas, con sumo cuidado e inteligencia, le sirven perfectamente porque controla al pueblo sin que éste se perciba mucho de ello. La situación es de un trabajado y premeditado equilibrio para garantizar el status quo. Y para ello, necesita que la abstención se mantenga dentro de unos márgenes. La abstención es el talón de Aquiles de las democracias capitalistas. Todas aquellas fuerzas que desean combatir al sistema político del capitalismo sólo tienen dos opciones realistas: o se unen en un frente común para aglutinar el voto de todos aquellos que aborrecen el sistema (para lo cual deben defender prioritariamente el desarrollo democrático, deben centrar sus programas alrededor de la contundente denuncia de los defectos del sistema, y además, deben diferenciarse del resto de fuerzas por la forma de defender sus ideas, por sus comportamientos escrupulosamente y ejemplarmente democráticos) o se ponen de acuerdo para promocionar activamente la abstención. O se intenta meter la cabeza en el sistema para forzar cambios desde dentro o se fuerza el desmoronamiento del mismo por su punto más débil. La lucha será difícil, nos enfrentamos a un enemigo muy poderoso e inteligente. El aparente caos no lo es tanto. El capitalismo ha sido capaz de construir un caos organizado, un caos controlado. Por esto, ha sido capaz de sobrevivir tanto tiempo, por esto, a pesar de su evidente irracionalidad y de sus profundas contradicciones, cuesta tanto derrocarlo. Pero, como suele decirse, nada es perfecto. Y como dice el famoso lema, la única lucha que se pierde es la que se abandona.


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