BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


LOS ECOSISTEMAS COMO LABORATORIOS. LA BÚSQUEDA DE MODOS DE VIVIR PARA UNA OPERATIVIDAD DE LA SOSTENIBILIDAD

Glenda Dimuro Peter


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2.5. LOS SUCESIVOS IMPACTOS DE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL:

LA ARTIFICIALIZACIÓN DEL ENTORNO VITAL

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2.5.1. LA FLUIDEZ DE LA MODERNIDAD

“Durante la modernidad, la velocidad de movimiento y el acceso a medios de movilidad más rápidos ascendieron hasta llegar a ser el principal instrumento de poder y dominación.”

Zygmunt Bauman, Modernidad liquida

Desde la revolución neolítica los hitos cruciales de la historia humana son el capitalismo y la modernidad y hace casi dos siglos que la humanidad viene caminando en una velocidad jamás imaginada. Los cambios producidos por la Revolución Industrial y la formación del Estado-nación van mucho más allá de la introducción de tecnología y avances científicos, pues han cambiado las relaciones sociales y la manera como el hombre habita y se relaciona con el planeta, estableciendo a través de estos procesos sociales resultados con los cuales hoy nos confrontamos y creemos ser los dilemas de nuestra sociedad actual y futura.

La modernidad puede significar muchas cosas y su avance puede ser evaluado bajo diferentes ámbitos. Empieza cuando el espacio y tiempo se separan y pueden ser teorizados como categorías de estrategia y acción independientes. Dichos conceptos dejan de ser aspectos entrelazados y apenas discernibles de la experiencia viva unidos por una relación estable y aparentemente invulnerable, como en los siglos premodernos. La velocidad con relación al tiempo y al espacio supone una variabilidad, un cambio. Las distancias recorridas y el tiempo para hacerlo, empezaron a depender de la tecnología. El tiempo se ha convertido en armas para conquistas y el poder tiene sus bases en la velocidad, añadiéndose a él el acceso a los medios de transporte y la libertad de movimientos.

Según Bauman, la fluidez, la liquidez, y por otro lado los sólidos, son metáforas adecuadas para comprender la historia de la modernidad y entender su fase actual. El líquido, a diferencia del sólido, no conserva fácilmente su forma, no se fija al espacio y tampoco se atan en el tiempo. Los fluidos se desplazan con facilidad, tienen más movilidad y menos consistencia. Hace casi dos siglos la sociedad era considerada moderna, pero se encontraba estancada y resistente a los cambios ambicionados por muchos. El espíritu era moderno pero, para la verdadera emancipación del hombre, los lazos con la historia deberían morir. Así se derretirían los sólidos y se disolvería todo aquello que persistiera en el tiempo y que fuera indiferente al paso y a la movilidad y dificultara el fluir.

Todo esto no era para librarse de los sólidos para siempre, pero si para promover nuevos y mejores sólidos, reemplazar los viejos por otros. Los primeros sólidos que deberían disolverse eran las lealtades tradicionales, los derechos y obligaciones que impedían los movimientos. A medida que los sólidos se deshacían, se descomponían con ellos la compleja trama de relaciones sociales, que se quedaba desarmada y expuesta frente a las nuevas reglas del juego y los criterios de racionalidad inspirados y moldeados por el nuevo orden definido por términos económicos. La licuefacción se ha desplazado del sistema a la sociedad, de la política a las políticas de vida, descendiendo del nivel macro al nivel micro de la cohabitación social.

En la etapa sólida de la modernidad los hábitos nómadas fueron mal vistos. La falta de una dirección física o de pertenencia a un Estado implicaba la exclusión de la comunidad respetuosa y la obsesión por el gran tamaño fomentaba la conquista de territorios y espacios. En tiempos de modernidad líquida, este rechazo a lo nomadismo tiende a finalizar y la apertura de caminos libres y eliminación de las fronteras se ha convertido en metas y objetivos de la política. El hecho de estar aferrado al suelo no es más importante ya que este suelo puede ser abandonado a voluntad, en poco o en casi ningún tiempo. En tiempos sólidos las fábricas fordistas reducían la actividad humana a rutinarios movimientos determinados y mecánicos, olvidando la espontaneidad e iniciativas individuales, una realidad construida bajo normas de control de calidad y de acuerdos, reglas, procedimientos, y sobretodo diseñada antes de dar forma a los proyectos. En un mundo ordenado no hay límites para acciones sin propósito. Dios parece haber muerto, o salido de licencia, y ha dejado la orden para los humanos de cumplir la tarea de planificar y ordenar el mundo. Como los capitalistas parecen ser la clase dominante, dominantes también son sus ideas. Un ejemplo de esto es el modelo fordista, donde no parecía haber alternativa ni obstáculos que le impidiera implantarse en todos los ámbitos de la sociedad. En la modernidad pesada este era el modelo. El capital, la dirección y el trabajo estaban condenados, para bien o para mal, a permanecer juntos por mucho tiempo. Una cadena invisible unía los trabajadores a su trabajo, casi que atado a la misma tarea para siempre. Con su disolución ha llegado la libertad de elección, el libre mercado, las escasas o nulas regulaciones.

La modernidad líquida es caracterizada por la instantaneidad tanto de intereses como de desintereses, donde no ganan los más grandes pero sí los más rápidos y los logros pierden sus atractivos y su poder gratificador al instante de su obtención, quizás antes. Es un mundo múltiple, complejo, acelerado y por lo tanto ambiguo, difuso, plástico.

Por otro lado hay una ausencia de un agente capaz de mover el mundo hacia delante: qué decir qué hacer y quién debe de hacerlo, pues la política ya no dice qué cosas se deben hacer y por quién. No conocemos ni el centro del control, ni el líder y tampoco una ideología clara. Viajamos sin un destino que nos guíe, tampoco sabemos a cual sociedad buscamos una mejor o una del pasado, no tenemos el dominio sobre lo que nos hace diferentes o que nos impulsa a escapar.

No se puede cerrar los ojos frente al profundo cambio que la modernidad fluida ha impuesto a la condición humana. El largo esfuerzo por acelerar la velocidad del movimiento ha llegado próximo a su límite natural, por eso muchos teóricos hablan del fin de la historia y empiezan a articular la intuición de un cambio radical en la cohabitación humana y en las condiciones sociales que restringen actualmente a las políticas de vida. El poder se ha vuelto extraterritorial y no puede ser detenido ni por el espacio. La gente que maneja el poder puede dar órdenes a distancia, y también ponerse en cualquier momento fuera de alcance y inaccesible. Las ganancias de hoy están volcadas para la velocidad de circulación, para el reciclado, el descarte y el reemplazo, nadie se fija en la durabilidad ni en la confiabilidad del producto. La trama social y las agencias de acción colectiva se han desmoronado, como efecto colateral de la nueva levedad y fluidez. “El hecho de que la estructura sistémica se haya vuelto remota e inalcanzable, combinado con el estado fluido y desestructurado del encuadre de la política de vida, ha cambiado la condición humana de modo radical y exige repensar los viejos conceptos que solían enmarcar su discurso narrativo.” (BAUMAN, 2002, P. 13-14)

La sociedad del siglo XXI no es más moderna que la del siglo XX, pero sí que es diferente. Es tan moderna porque la modernización sigue compulsiva, obsesiva e incompleta. Sigue queriendo destruir para construir, intentado siempre ser mejor aumentando la competitividad y la producción. La sociedad sigue queriendo estar siempre en movimiento, nunca detenida, siempre un paso adelante. La flecha del crecimiento, del movimiento, de la rapidez provoca que la idea de obsolescencia sea inherente a la propia mercancía y así las cosas no pueden, ni deben, durar más que un tiempo previamente estipulado. Algunos autores creen que este tipo de comportamiento se ha extendido también para las áreas construidas, pues en muchas ciudades se puede observar áreas de “declive” o de “colonización”, con el resultante deterioro del patrimonio ya consolidado a la vez que se invierte en la construcción de obras nueva. Vivimos el aquí y ahora y cada oportunidad despreciada puede ser una oportunidad perdida para siempre.

La posibilidad de mantener la tradición convive dialécticamente con la potencialidad de su superación. En la modernidad lo tradicional, sus símbolos y valores, pierden su status como fuente de orientación de las acciones humanas; la conexión entre la tradición y el moderno se da a la vez que ella puede ser validada racionalmente. Según Giddens, la discontinuidad entre la modernidad y los órdenes sociales tradicionales determinan el ritmo de cambios, el propósito de la mudanza y la naturaleza intrínseca de las instituciones modernas. Esto significa que si la modernidad ha permitido a los hombres una vida más segura y con infinitas posibilidades tecnológicas y opciones de confort, permitió por otro lado un avance en el potencial destructivo del medioambiente por parte de estas acciones. El mundo moderno está ubicado en un limbo donde nuevos riesgos ambientales desdoblan la capacidad tecnológica anunciando una máxima calidad de vida para los hombres.


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