BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


LOS ECOSISTEMAS COMO LABORATORIOS. LA BÚSQUEDA DE MODOS DE VIVIR PARA UNA OPERATIVIDAD DE LA SOSTENIBILIDAD

Glenda Dimuro Peter


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1.3. EL ESTADO DE LA CUESTIÓN

La vida en la Tierra viene cambiando a pasos largos, principalmente desde la Revolución Industrial. Los sucesivos impactos de la industrialización, la imparable artificialización del mundo y las nuevas producciones científicas y técnicas han modificado nuestra forma de vivir, de pensar, nuestros hábitos, costumbres y, por consecuencia, han surgido nuevas formas de habitar y de relacionarse.

Hemos evolucionado sobre diversos aspectos pero con relación a muchos otros caminamos rumbo a un sentido progresivo de deterioro”, principalmente cuando hablamos de las relaciones entre hombre y naturaleza y relaciones sociales. Los sistemas de capitalismo actuales (sociales, económicos, tecnológicos, medioambientales y ecológicos) de la cultura occidental, que se basan en las modernas economías de mercado de consumo contribuyen muchas veces para la pérdida de valores que las generaciones anteriores al proceso tecnológico solían tener. “La generalización de la vida urbana ha producido un distanciamiento de la naturaleza. Hemos perdido el contacto con los ciclos estacionales, con el esfuerzo necesario para obtener alimentos o calor y hemos adquirido en su lugar el interés por la cultura, los deportes y los medios de comunicación.”(EDUARDS, 2004, p. 53) Diferentemente de los otros animales, el hombre no vive sólo en un hábitat natural, pero también cultural. El hombre es un ser cultural y la ciudad es su territorio por excelencia.

Las transformaciones aceleradas de la cultura y la superabundancia de acontecimientos, el cambio de relación entre espacio y tiempo y los excesos han cambiado el hombre de la modernidad para el de la sobremodernidad, segunda modernidad, pos modernidad, modernidad tardía, o como queramos denominarla, individualizando sus referencias, transformándola en un ser individualista, excesivo. Los lazos con la sociedad fueron renegociados y el individuo se transformó en el enemigo de los ciudadanos, y a lo mejor ya no pueda más ser denominado un ser social. “El principio de combinación de la definición estratégica de la acción social no orientada por las normas sociales y la defensa, por parte de todos los actores sociales, de su especificidad cultural y psicológica puede encontrarse en el individuo, y ya no en las instituciones sociales o los principios universales.” (BAUMAN, 2002, p. 27) La modernidad significa el fin de un mundo o una orden regida por Dios y la asunción de que los humanos se encuentran aquí por su propia cuenta. Así, lo que el hombre hace puede ser desecho, o sea, la Modernidad es la época de la historia que piensa sobre si misma históricamente.

Al igual que las relaciones humanas, los espacios públicos y privados también sufrieron los impactos provocados por la estructura social y económica moderna. El espacio proyectado por la técnica no es dado por gracia divina, es artificial y no natural, es racionalizado y no espontáneo, es global y no local. Poco a poco los espacios públicos tradicionales fueron remplazados por lugares que no permiten la domesticación del espacio, los llamados no lugares que “son tanto la instalaciones para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales o también los campos de tránsito prolongado donde se estacionan refugiados del planeta.” (AUGÉ, 1994, p. 41)

(Foto 1) (Foto 2)

Tanto la Estación Central del metro de Nueva York (foto 1) como las calles centrales de Tokio (foto 2) son ejemplos de los no lugares descritos por Augé, del espacio artificial proyectado por y para el hombre posmoderno, donde las relaciones son individualizadas y no colectivas en una búsqueda incesante por agilizar la vida. Fuente: www.photography.nationalgeographic.com

Los antiguos entornos donde anteriormente se desarrollaban las relaciones sociales se cambiaron para ser simplemente espacios exteriores. Fueron creados entornos urbanos no civiles y civilizados que se encuentran muy lejos del Ágora, escenarios donde el individuo puede elegir entre actuar con los extraños sin quitar su máscara o no relacionarse con nadie. Un sitio donde no se intercambian saberes, experiencias individuales o colectivas, donde el placer está en el consumo individual y no en el intercambio de vivencias. “El proceso de domesticación urbanística de los escenarios de la vida pública encuentra un complemento estratégico en la generalización de discursos políticos que, para intentar exorcizar las manifestaciones de lo inorgánico y los exudados visibles de la desigualdad social, hacen el elogio de los valores del civismo, una ideología que concibe la vida social como terreno de y para el consenso, en que ciudadanos libres e iguales acuerdan convivir amablemente cumpliendo un conjunto de preceptos abstractos de buena conducta.” (DELGADO, 2007, p. 17)

La evolución y el constante crecimiento de las metrópolis han transformado la geografía de las ciudades, aumentando la trama urbana y creando nuevos territorios. La población que salió del campo atraída por la seducción de las ofertas y mejores condiciones de vida necesitaba un lugar para vivir y así fueron organizados soportes artificiales para abrigar estos trabajadores y se creó los ideológicos territorios periféricos modernos. La densidad demográfica urbana mundial también ha aumentado, y así creció también la cantidad de residuos generados por los habitantes, otro gran problema del mundo actual.

(Foto 3) (Foto 4)

Las favelas del Rio de Janeiro en Brasil (foto 3) y las zonas suburbanas de La Paz, capital boliviana, son dos ejemplos del urbanismo desigual provocado por el crecimiento sin frenos de las ciudades. Nuevos territorios periféricos - ni siempre (o casi nunca) adecuados con relación a su infraestructura urbana, aliados a una serie de problemas sociales, entre ellos la alta densidad demográfica y la baja renta familiar - surgen en las metrópolis del siglo XXI, ocasionando problemas no solamente de ámbito social, también ecológicos.

Fuente: www.photography.nationalgeographic.com

El concepto de comunidad también ha cambiado en tiempos posmodernos. “Un concepto de comunidad definida por sus límites estrechamente vigilados y no por sus contenidos; la defensa de la comunidad traducida a la contratación de guardianes armados para custodiar la entrada; los merodeadores y vagabundos promovidos al rango de enemigos públicos número uno; el recorte de las áreas públicas de los enclaves defendibles de acceso colectivo; la separación y la no negociación de la vida en común y la criminalización de las diferencias residuales: éstas son las principales dimensiones de la evolución actual de la vida urbana.”(BAUMAN, 2002, p. 102) O sea, una comunidad estructurada a partir de un verdadero sentimiento de comunidad, de un sentido de pertenencia y colectividad y sin intereses individualistas, no producida artificialmente por muros de urbanizaciones, pero sí con un entendimiento compartido por sus miembros, puede ser considerada una utopía en la sociedad actual. Las comunidades que todavía se mantienen son muy frágiles y poseen fronteras altamente permeables, debido a la movilidad física y de las comunicaciones, pues la marca de la vida moderna facilita el intercambio de informaciones y contactos.

La división de la sociedad en clases económicas produce los guetos, mayor expresión de la negación de la comunidad. Estos guetos se caracterizan por el confinamiento espacial y por la idea de cerramiento social, o sea, la construcción de una homogeneidad de los “de dentro” y la heterogeneidad de los “de fuera”. Los guetos pueden ser voluntarios, donde las personas eligen quedarse ahí, como en las urbanizaciones cerradas, o verdaderos, donde las personas no pueden salir, que es el caso de las favelas. Ambos son casi siempre “aislados” de la urbe y no caracterizan una comunidad, pues el primero aumenta el sentido de individualización y el segundo muchas veces crea un sentimiento de abatimiento por no poder conectarse con el mundo.

(Foto 5) (Foto 6)

Las llamadas “comunidades cerradas” (foto 5) son pequeñas urbanizaciones muy comunes en los países de Sudamérica, principalmente en Brasil. Muros altos y accesos protegidos por guardias de seguridad armados son algunas de sus características. No se relacionan con el exterior, están aislados completamente del entorno urbano, son pequeños mundos cerrados para los problemas externos. En la foto 6 podemos observar la segregación social entre los “ricos” y “pobres” en la ciudad de Rio de Janeiro, Brasil. A los más adinerados se les permite vivir en primera línea de playa, mientras apiñados en los montes viven los excluidos, un buen ejemplo de los de dentro y los de fuera.

Fuente: www.flickr.com

Por lo tanto la segunda fase de la modernidad es una versión privatizada e individualista de la primera modernidad. Hace un siglo y medio la sociedad se consideraba moderna, pero se encontraba estancada y resistente a los cambios ambicionados por muchos. El espíritu era moderno, pero para la verdadera emancipación del individuo, los lazos con la historia deberían ser rotos. Así se derretiría los sólidos y se disolvería todo aquello que persiste en el tiempo y que es indiferente al paso y a la movilidad, dificultando el fluir. Lo grande se ha perdido y lo liviano significa ahora mejora y progreso. “Si estas tendencias mezcladas se desarrollaran sin obstáculos, hombres y mujeres serían remodelados siguiendo la estructura del mol electrónico, esa orgullosa invención de los primeros años de la cibernética que fue aclamada como presagio de los años futuros: un enchufe portátil, moviéndose por todas las partes, buscando desesperadamente tomacorrientes donde conectarse.” (BAUMAN, 2002, p. 20)

El progreso, así como tantos otros parámetros de la vida urbana, ha sido individualizado y desagrupado, está desreglado y privatizado. Hay una ausencia de un agente capaz de mover el mundo hacia delante. Ahora cada individuo controla su propio presente y tiene planos de vida separados en partes para ser ejecutados a corto plazo, pues lo que cuenta en el trabajo son las jugadas planeadas y sus efectos casi inmediatos para el consumo y los que ganan no son los más grandes y sí los más rápidos. Los individuos son ciudadanos del cosmos y los actores, solitarios o no, no pertenecen a nadie y a nada, están desubicados. “Se sitúa más allá del Estado, y cuenta ya con un mundo en el que la pertenecía mutua en comunidades sustanciales podría llegar a tener un final absoluto.” (SLOTERDIJK, 2002, p. 63)

Las multinacionales, empresas globales con intereses y lealtades dispersos y cambiantes, buscan un mundo ideal, sin muchos estados o con estados pequeños, donde puedan anular el poder de la fuerza colectiva. Buscan escapar de los vínculos y responsabilidades sociales y los dominados temen la posibilidad que los dominadores se marchen con su capital y fuente de renta. “El poder de la elite global se basa en su capacidad de eludir compromisos locales, y se supone que la globalización evita esas necesidades, dividiendo tareas y funciones de tal manera que sólo las autoridades locales deben hacerse cargo del rol de guardianes de la ley y el orden (locales).” (BAUMAN, 2002, p. 199)

(Foto 6) (Foto 7)

Las fotos 6 y 7 demuestran como una multinacional es capaz de romper fronteras y unificar gustos entre las más diversas culturas del planeta. Fuente: www.flickr.com

La pos modernidad no sufre de ausencia de valores pero si de la dificultad de articular corrientes comunes que unan las diferencias entre los seres humanos. Los valores económicos como la efectividad, la eficiencia y la competitividad ofrecen un guía supuestamente infalible para nuestras elecciones, borrando todo aquello que ha hecho necesaria la elección e indispensable la obra colectiva. Como dice Bauman, nuestra época, la época del pluralismo cultural, opuesto a la pluralidad de culturas, no es un tiempo de nihilismo. Lo que hace la situación humana confusa y las elecciones difíciles no es la ausencia de valores o la pérdida de su autoridad, sino la multitud de valores, escasamente coordinados y débilmente vinculados a toda una discordante variedad de autoridades.

Así que el gran esfuerzo por acelerar la velocidad del movimiento ha llegado próximo a su límite natural, por eso muchos teóricos hablan del fin de la historia y empiezan a articular la intuición de un cambio radical en la cohabitación humana y en las condiciones sociales que restringen actualmente las políticas de vida. Las ciudades son el soporte principal de la vida humana en el siglo XXI y es sobre ella desde donde producimos los daños al medioambiente. Están enfermas y las enfermedades no son sólo ecológicas, sino también sociales y económicas, físicas y mentales. La creencia en el progreso ilimitado y en la fuerza del sistema capitalista viene agotando los recursos naturales y son los responsables por la eclosión de la crisis de la cual formamos parte. El capitalismo global creó una economía que afecta profundamente a la economía y a la política de los países, ha destruido comunidades, ha profanado la vida convirtiendo “la biodiversidad en monocultivo, la ecología en ingeniería y la propia vida en mercancía.” (CAPRA, 2003, p. 264) Al contestar y cuestionar los pilares fundamentales de la sociedad moderna, la crisis ecológica del mundo globalizado es en las últimas décadas el reto más grande de la humanidad.

(Foto 9)

La creencia en el progreso ilimitado y en un crecimiento sin freno viene causando daños, principalmente ecológicos (foto 9) a nuestro planeta. Lugares antes nunca pisados por el hombre empiezan ahora a ser fuente de luchas por su territorio, olvidándose de que estos sitios ya tienen dueños que también pertenecen a la naturaleza. Fuente: www.veja.abril.com.br

“Pero mientras los escenarios de la cultura se atarean positivamente en la nueva inestabilidad, saludan al caos y celebran las inconsecuencias, desde hace poco años, a partir de círculos ecológicos y ampliada por los económicos, se está imponiendo una discusión de nuevo cuño sobre el desarrollo sostenible.” (SLOTERDIJK, 2002, p. 101) Así que a mediados del siglo XX surgió el concepto de sostenibilidad, un concepto sistémico relacionado con los aspectos sociales, culturales, económicos y ambientales de la sociedad humana y ciudades. Se propone un medio de configuración de las actividades humanas donde la sociedad, sus miembros y su economía puedan satisfacer sus necesidades y expresar su potencial en el presente, preservando la biodiversidad y los ecosistemas naturales, planeando y actuando de forma eficiente para el mantenimiento de estos sistemas.

Se supone que para ser sostenible, una actuación deba atender a cuatro requisitos principales: ser ecológicamente correcta, económicamente viable, socialmente justa y culturalmente aceptable. Este concepto es un medio de configurar la civilización y las actividades humanas de tal forma que sus miembros y sus economías puedan rellenar sus necesidades presentes y por otro lado preservar la biodiversidad y el medioambiente natural, planeando y actuando de forma que alcance mayor eficiencia de sus ideales, con menores gastos naturales. Un concepto que al principio parece muy sencillo, pero que implica el envolvimiento de diversas disciplinas y principalmente de los seres humanos. “La clave se halla en lograr un estilo de vida responsable y un progreso y un desarrollo sostenibles en un contexto de libertad política y preocupación por el medioambiente.” (EDUARDS, 2004, p. 15)

Hoy en día todos hablamos del “desarrollo sostenible”, principalmente después de la Agenda 21, que adoptó este término como lema para las actuaciones humanas del futuro. La simplicidad dada al término acabó por esconder su real ambigüedad y complejidad. Así que hoy existe el turismo sostenible, patrimonio sostenible, arquitectura sostenible, sostenibilidad empresarial, sostenibilidad en sistemas de producción (de cualquier cosa), materiales sostenibles, políticas sostenibles, etcétera. Para intentar verdaderamente conceptuar la sostenibilidad se debe, primeramente, olvidar la idea de crecimiento que tenemos y pensar que ella no será fruto del desarrollo económico aislado, sino de un conjunto de factores incluyendo también desarrollo social y ambiental, a través de cambios de mentalidades, conectando todos los aspectos y sus complejidades. Es una tarea difícil pues economía, medio ambiente y sociedad poseen demasiados tramos complejos y abstractos, haciendo el concepto aún más difícil de definir. Según Edgar Moris, desarrollo económico es un mito global de la industria del bienestar y del crecimiento económico. Es el motor necesario y suficiente de todos los desarrollos sociales, psíquicos y morales, pero ignora los problemas humanos de identidad, comunidad, solidaridad, cultura, siendo por lo tanto, subdesarrollado.

Empezamos a percibir, quizás a través de lo que más cerca nos molesta, el famoso “cambio climático”, que ya no si puede vivir como se vivió hasta hoy y es exactamente aquí donde encontramos las bases para promover la sostenibilidad. Estamos en una encrucijada y debemos elegir por cual camino seguir. Es cierto que si escogemos el rumbo errado, a lo mejor no podremos volver a empezar. Deberá haber una nueva y verdadera revolución política, económica, social y cultural, donde la estrategia está en modificar, reinventar y reconstruir, desarrollando nuevas prácticas y cambiando las relaciones sociales, orientando los objetivos de producción y respondiendo a la crisis ecológica. El proyecto moderno ha fallado y nuestras atenciones están centradas en la relación de interdependencia entre ser humano y naturaleza, tan abandonada en tiempos modernos.

(Foto 10) (Foto 11)

Las manchas de diesel en los mares de Alaska (foto 11) y las basuras electrónicas recogidas por niños en África (foto 11) nos enseñan el comportamiento insostenible del hombre posmoderno y nos dicen que algo hay que hacer para cambiar el rumbo del mundo en que vivimos. Fuente: www.photography.nationalgeographic.com

“Las crisis no caen del cielo: no son producto de la voluntad de los dioses, de la necesidad histórica, del orden natural ni del ciego azar del destino.” (CALVO, 1993, p. 50) La culpa de la situación en que se encuentra hoy la humanidad y el planeta es del propio hombre. Las crisis resultan de la omisión y errores humanos, siendo resultados de acciones previstas o no, voluntarias o involuntarias pero lo cierto es que somos todos responsables por esto. “La Revolución Industrial no fue planificada, pero no por ello carece de razón de ser. En resumidas cuentas, fue una revolución económica, provocada por el deseo de adquisición de capital.” (MCDONOUGH, 2005, p. 19) Nuestras ciudades empezarán a dar respuestas a las cuestiones medioambientales en cuanto los individuos se reconviertan en ciudadanos y los productores del espacio empiecen a considerar otros aspectos que no sean sólo económicos, sino, no veremos resultados positivos y los excesos cometidos desde el siglo XIX continuarán a ser percibidos. “Los individuos que recuperen sus habilidades y herramientas ciudadanas perdidas serán los únicos constructores que estén a la altura de la labor de levantar este puente en particular.” (BAUMAN, 2002, p. 46)

La sostenibilidad debe ser aplicada en los innumerables escenarios donde actúan los diversos actores de la vida real, o sea, en todos los aspectos relacionados con la vida en la tierra, como en nuestra economía, nuestras culturas, nuestro medioambiente, este último comprendido aquí como el espacio en que vivimos y que afecta directamente el comportamiento de los seres vivos, como el clima, la iluminación, el aire, la alimentación. Pero, antes de nada, hay que desarrollarnos como sociedad, más específicamente como veremos en esta investigación, como comunidades, comunidades de práctica. La clave de la sostenibilidad no está en leyes compulsorias, normativas, abusos de poder, imposiciones, pero sí en las transformaciones sociales, en el hombre como individuo y como ciudadano y en sus sistemas de organización y distribución social.

En un mundo de actitudes inmediatas y de resoluciones a corto plazo, es difícil pensar en las generaciones venideras o en el futuro del planeta. En una modernidad tardía donde se ha erradicado las memorias de largo plazo, las tradiciones milenarias y las experiencias acumuladas, sólo las soluciones inmediatas pueden ser imaginadas. Vivimos en un mundo ya globalizado, controlado por los medios de comunicación, somos una sociedad del consumo, de la talla única, del diseño tradicional.

“Este es el momento de plantear la necesidad de progresar hacia la fundación del futuro Estado-Mundo, como sustituto del actual sistema plural de Estados-Naciones.” (CALVO, 1993, p. 114) El propio Bauman comenta que “un largo y tortuoso camino se expande entre el reconocimiento de las raíces de los problemas y su erradicación, y dar el primer paso no asegura que más adelante no se deba dar otros pasos”.

El modelo de globalización actual fue diseñado por el hombre y puede ser rediseñado perfectamente. El mundo líquido es mutante y lleno de posibilidades, por lo tanto las propuestas pueden ser cambiantes y tras llegar a una conclusión abierta y pasible de cambios sobre cómo tornar la sostenibilidad operativa, se cambiarán las bases para futuras intervenciones.

Teniendo como laboratorio los ecosistemas, buscaremos en la ecología estas bases que necesitamos para promover una ecología social en nuestras ciudades y cambiar nuestros valores. La ciudad, escenario de la ciudadanía y de las prácticas de las relaciones sociales, históricamente local de concentración del poder, donde sabemos que son controlados los flujos económicos, sociales y políticos, cuando tratada como un ecosistema puede ser la clave para práctica de la verdadera sostenibilidad. Si es en la ciudad donde el hombre habita, si es en la ciudad donde él vive y donde desarrolla sus relaciones y por lo tanto es donde están ubicados nuestros problemas actuales, es para ella que debemos buscar soluciones y proponer actuaciones.

Ya se preguntaba Lewis Mumford en la década de los 60 “¿Desaparecerá la ciudad o el planeta entero se convertirá en una vasta colmena humana? (lo que también sería otro modo de desaparición). Las necesidades y los deseos que han movido a los hombres a vivir en ciudades ¿pueden recuperar, en un nivel aún más elevado, todo lo que Jerusalén, Atenas o Florencia otrora parecieron prometer? ¿Hay una opción viva a mitad de camino entre Necrópolis y Utopía, es decir, la posibilidad de edificar un tipo nuevo de ciudad que, liberada de contradicciones internas, positivamente enriquezca y promueva el desarrollo humano? (MUMFORD, 1966, p. 9)


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