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LOS ECOSISTEMAS COMO LABORATORIOS. LA BÚSQUEDA DE MODOS DE VIVIR PARA UNA OPERATIVIDAD DE LA SOSTENIBILIDAD

Glenda Dimuro Peter


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2.3. EL ESTADO DE NUESTRAS CIUDADES Y SU INCIDENCIA AMBIENTAL

“Vivimos en la era de la ciudad. La ciudad es todo para nosotros; nos consume, y por eso mismo la glorificamos.” Onnokome Okome, académico y escritor nigeriano

Fuente: www.photography.nationalgeographic.com - www.flickr.com

Las influencias causadas por una ciudad sobre su entorno y sobre las condiciones de vida de sus habitantes siempre existieron. Pero la enorme expansión de su territorio en el último siglo y la mutación en su comportamiento dieron origen a problemas ambientales, sociales y económicos sin precedentes en dimensión y características. El creciente proceso de urbanización ha atraído miles de personas a las ciudades y antes que se acabe esta década, por primera vez en la historia, la mitad de los 6,6 mil millones de habitantes del mundo vivirá en una urbe. Mientras que en 1950 las únicas ciudades del mundo con más de 10 millones de habitantes eran Nueva York y Tokio, hoy este número ya supera las veinte, siendo que las megaciudades están ubicadas en su gran mayoría en los países en desarrollo . La tendencia del crecimiento demográfico seguirá en los próximos años y se estima que en 2030, 1.500 millones de personas más se concentrarán enteramente en las zonas urbanas. Según fuente de la División de Población de las Naciones Unidas, la población urbana que en 1950 era de 750 millones se estima que aumentará 4,9 mil millones en 2030, y la rural, que en la década de 50 era de 1,8 mil millones, pasará a apenas 3,2 mil millones en 2030. “La población urbana puede cuantificarse utilizando al menos tres conceptos diferentes: el número de personas que viven dentro de los límites jurisdiccionales de una ciudad; las que viven en zonas con una densidad alta de estructuras residenciales (aglomeraciones urbanas); y las que tienen vínculos económicos directos con algún centro urbano (área metropolitana).”

“Proyecciones recientemente emitidas por la Organización de las Naciones Unidas sugieren que la población mundial en 2050 podría alcanzar los 8,9 mil millones, pero en escenarios alternativos podrían ser tan elevados como 10,6 mil millones o un valor tan bajo como 7,4 mil millones. ¿Cuánto será la población en 2050? En realidad, nadie lo sabe. Todas las proyecciones demográficas sean para 100, 200 o 300 años en el futuro, son apenas suposiciones. Las sociedades cambian considerablemente durante 100 años – como uno puede ver fácilmente se mira hacia atrás y ve como era el mundo en 1900, 1800 o 1700. El comportamiento demográfico, al igual que el comportamiento en muchas esferas de la vida, es en gran medida imprevisible.”

El fenómeno de la urbanización no es nuevo, las ciudades y las áreas rurales crecen con rapidez desde hace generaciones. Desde que las primeras ciudades aparecieron hace más de 9.000 años, poco a poco la humanidad ha abandonado el campo, pero nunca en la velocidad como viene ocurriendo en las últimas décadas, surgiendo el fenómeno de las megalópolis. Europa y América del Norte se urbanizaron lentamente entre 1750 y 1950. América Latina siguió el proceso a partir de la década de 50. Ahora las mayores urbanizaciones están ocurriendo en África y principalmente en Asia. “Los problemas de la incidencia de la ciudad sobre su entorno y sobre las propias condiciones de vida de sus habitantes son tan viejos como la ciudad misma. Pero la enorme expansión de las ciudades propia del siglo XX y la mutación observada en su comportamiento, originaron problemas ambientales sin precedentes en dimensión y características.”(NAREDO, 1997)

La naturaleza de las actuales concentraciones poblacionales es un reflejo de la ideología de las instituciones dominantes de nuestra civilización y resultado de políticas y soluciones parciales a los problemas de habitabilidad y salubridad urbana de nuestro actual sistema económico. La ciudad atrae en un primer momento a los ilusionados por una vida mejor lejos del campo y es una manipuladora de hombres. “En sentido biológico, la ciudad es más un invernadero que un campo o un jardín”. (SLOTERDJK, 2002, p. 52)

Una ciudad en un país desarrollado puede ofrecer puestos de trabajo, mejores niveles de educación, salud y cultura, además de aparentar ofertar una vida más estable que en el campo. Pero el sueño muchas veces se cambia a una pesadilla y caos y la falta de recursos de muchas aglomeraciones puede dar a los ilusionados una jornada ardua y dura, por falta de infraestructura y condiciones de mejorar su calidad de vida.

El fenómeno de la urbanización en los países del Tercer Mundo ocurrió de una manera distinta de las de los países desarrollados: el atractivo ejercido por los polos industriales sobre la masa de mano de obra expulsa del campo, en especial en países que recibieron empresas multinacionales que impulsaron el paso de una economía exportadora agrícola a una economía medio industrializada como el caso de Brasil y China, provocó una mega explosión de los polos urbanos y el abandono del campo. Casi un tercio de la población mundial que habita las ciudades vive sin las infraestructuras básicas, como agua potable, saneamiento y otros servicios mínimos. Los barrios marginales de las grandes urbes son testigos de perseverancia y hasta cierto punto de optimismo, ya que vivir en pésimas condiciones es demostración de muchas ganas de seguir luchando. Las zonas suburbanas son escenario de una serie de problemáticas: enfermedades, urbanizaciones ilegales, viviendas construidas con materiales de muy baja calidad (siendo en su mayoría improvisadas e inestables, donde no es garantizado ni el derecho de propiedad ni de usufructo), alto grado de delincuencia y violencia, y una serie de ausencia: infraestructuras adecuadas, actividades de ocio, acceso a los servicios básicos de salud, educación y seguridad. Estas zonas son olvidadas por muchos gobiernos, principalmente las situadas en ciudades del Tercer Mundo, y están expuestas a todos los tipos de problemas y barbaries. La abundancia de mano de obra reduce el poder de reivindicación por parte de los perjudicados, que se someten a las voluntades de las élites dominantes interesadas en mano de obra barata, una especie de esclavitud del siglo XXI. El resultado de este proceso es una urbanización desigual del territorio, con gigantescas metrópolis industriales subdesarrolladas, concentradoras de la producción industrial y de mano de obra disponible y barata, caracterizada por la división social del suelo urbano.

Las grandes aglomeraciones urbanas periféricas, gracias a la urbanización desigual, concentran un alto grado de pobreza y presentan por lo tanto los peores índices socioeconómicos (relacionados con el desarrollo, renta familiar, tasas de paro, violencia urbana y doméstica, etc.) y también urbanísticos (aumento de las chabolas, barriadas, solares clandestinos, también conocidas en Latinoamérica como favelas) de una ciudad. Estos hechos son más constantes en los países considerados del Tercer Mundo, o aún más pobres, llamados por algunos autores como Capra el “cuarto mundo” que comprende extensas zonas del planeta incluyendo gran parte del África subsahariana, y las regiones rurales empobrecidas de Asia y Latinoamérica, pero que se extiende también a zonas de cualquier país y de cualquier ciudad del mundo.

El escenario de las grandes ciudades en países subdesarrollados demuestra que, cada vez más, las élites están sitiadas por cinturones de pobreza y nunca las clases dominantes se sintieron tan amenazadas. Pero en lugar de percibir el crecimiento sin límites de la pobreza y aceptar el perfil socioeconómico de la población, las élites temen la invasión de su ciudad. Esta negación en ver la realidad y la búsqueda constante por más seguridad y confort hace con que comunidades cerradas habitadas por personas de alto nivel económico crezcan como nunca en las grandes metrópolis y, consecuentemente, hay un cierto abandono de las zonas centrales, agravando aún más el problema de las exclusiones y distinciones sociales. El crecimiento acelerado de las periferias pobres y la presencia de áreas centrales abandonadas por las élites se oponen a las zonas de crecimiento exclusivo de las clases más ricas, formando una metrópolis dividida entre la ciudad formal, donde hay inversiones inmobiliarias y donde el poder público invierte los impuestos, y otra informal, olvidada por todos menos por sus habitantes. “Los fenómenos sociales de la exclusión y de la favelización que afectan estos grupos étnicos constituyen una herencia histórica y cultural del esclavismo tanto cuanto los incendios forestales y la cultura del desperdicio.” (MINC, 2005, p. 48)

En la medición del Crecimiento Económico de un país no son incorporados indicadores de calidad de vida, salud ambiental, desarrollo cultural, ampliación del tiempo de ocio, cantidad de actividades artísticas ofertadas, alimentación equilibrada, trabajo en la asociación de vecinos, educación ambiental y tampoco es contabilizado cuanto se ha “consumido” de los recursos naturales y cuanto fue “desechado” a la naturaleza, cuántos suelos fértiles fueron destruidos, cuántas especies fueron extinguidas. La contabilidad capitalista sólo cuantifica lo que se ha producido para la venta al mercado, el desgaste de sus máquinas, sus predios, sus equipamientos.

Tanto en países desarrollados como en los subdesarrollados (o todavía en los considerados “en” desarrollo), las ciudades y sus habitantes son los responsables de todos los problemas ambientales que vivimos actualmente, lo que las difiere son los orígenes de los problemas, que están vinculados a sus niveles de actividades económicas. Por ejemplo una ciudad industrial contamina; una ciudad pobre, sin industrias y por otro lado sin saneamiento básico y servicios públicos también contamina; las ciudades que tienen su economía basada en la prestación de servicios y poseen alta renta y calidad de vida, contaminan con sus excesos en la búsqueda cada vez más de confort; las ciudades de ocio contaminan por el alto consumo energético y explotación de los bosques, océanos y otros recursos naturales. La búsqueda de una mejor calidad de vida y supervivencia está condicionada a la capacidad para conocer y controlar la relación de las ciudades con su medio ambiente, ya que a medida que aumenta la población, las condiciones de vida estarán obviamente conectadas a la propia habitabilidad de la Tierra.

Tratándose de problemas ambientales directos y de trastornos provocados por las prácticas urbanas individuales, cabe destacar el calor emitido por la quema de combustible y el uso de la electricidad que alcanza en todas las ciudades un valor importante en relación al emitido por el sol, causando islas de calor y de contaminación del aire. Los materiales empleados en las construcciones no son adecuados y contribuyen a la transmisión de calor, la proliferación de superficies lisas y brillantes hace del paisaje urbano un laberinto de espejos favoreciendo la reflexión de la energía emitida por el sol. La implantación de los edificios en la malla urbana casi nunca respeta el derecho al sol del vecino y por su gran altura afecta a las corrientes de viento. La impermeabilización del suelo causado por la pavimentación excesiva causa inundaciones por aguas pluviales. La cantidad de residuos sólidos no siempre llega a un destino final adecuado y abarrota los vertederos. El consumo de recursos no renovables como el agua y bienes materiales es, sin duda, excesivo. Por parte de las industrias, muchos empresarios, principalmente en países menos desarrollados donde las leyes no son tan severas o son inexistentes, se resisten a aplicar procedimientos y comprar nuevos equipamientos que disminuyan la contaminación y los impactos ambientales directos e indirectos, alegando altos costes que afectarían los beneficios. Hay una gran disparidad entre los cuidados ambientales entre los países del Primer y Tercer Mundo realizados muchas veces por una misma empresa con sede en ambos “mundos”. Las causas son principalmente debidas a los órganos ambientales menos rigurosos o con poca representatividad política y la falta de recursos, dificultad de fiscalización y corrupción. Son tantos los ejemplos que identifican que las conurbaciones del siglo XXI como insostenibles que no es extraño que la sostenibilidad esté a la orden del día.

Este es un esbozo del panorama de las ciudades del siglo XXI. Muchos problemas podrían ser tratados, pero el interés del presente trabajo de investigación es apenas ilustrar y dar a conocer un poco sobre nuestras ciudades globales. Cambiar esta realidad es un gran desafío. Hoy en día, un millar de millones de personas, el doble de la población de la Unión Europea, viven en las chabolas de los suburbios del resto del mundo. “Los problemas ambientales locales que representan una amenaza inmediata, como la falta de saneamiento, tienden a mejorar con el aumento de riqueza, mientras empeoran los globales, como las emisiones de carbono, deteriorando poco a poco los sistemas de ámbito planetario que mantienen la vida, como el clima. La industrialización de las ciudades provoca problemas ambientales a escala urbana y metropolitana que tienden a gravarse en un primer momento, debido al incremento de la contaminación, para mejorar con el tiempo a medida que se dispone de recursos para medidas de control y para regular las actividades.”

No se sabe lo que sucederá en el futuro, pero lo cierto es que los sistemas urbanos son creación del hombre y por eso cabe a nosotros revisarlos y modificarlos. Debemos reflexionar sobre los trazos esenciales de la configuración y el funcionamiento de esos sistemas, para buscar una alternativa razonable a los problemas actuales, ya que nuestro porvenir depende, sin duda, del futuro de nuestras ciudades. La batalla por salvar los ecosistemas no se ganará conservando reservas ecológicas, bosques tropicales o corales amenazados, se dará en las calles de las ciudades cada vez menos naturales y contaminantes del planeta.


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