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LOS ECOSISTEMAS COMO LABORATORIOS. LA BÚSQUEDA DE MODOS DE VIVIR PARA UNA OPERATIVIDAD DE LA SOSTENIBILIDAD

Glenda Dimuro Peter


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2.4. DEL PROYECTO DOMÉSTICO AL PLURALISMO CULTURAL

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2.4.1. DISCURSOS SOBRE CULTURA

“Abanico de significados que va desde un estado mental desarrollado (una persona con cultura) hasta un proceso de actividades (actividades culturales) o los medios necesarios para tal fin (administrados, por ejemplo, por un Ministerio de Cultura).” Fritjof Capra - Las conexiones ocultas. Implicaciones sociales, medioambientales, económicas y biológicas de una nueva visión del mundo.

Originalmente, en el siglo XVIII, se tuvo la idea de separar los logros humanos de la naturaleza. Así lo que los humanos podían hacer era considerado cultura y lo que ellos deberían obedecer, naturaleza. Durante el siglo siguiente la tendencia generada por los pensamientos sociales fue la de naturalizar la cultura, creando el concepto de hecho cultural. La palabra cultura es originaria del cultivo (de tierras, animales) y en el siglo XVI el significado se extendió para la cultura de la mente.

Ya en el siglo XX, la tendencia comenzó a invertirse gradualmente hacia la culturalización de la naturaleza, pues ya no era necesario esconder la fragilidad humana ni excusarse por la contingencia de sus elecciones por detrás de la cultura. “La naturalización de la cultura formaba parte del moderno desencantamiento del mundo. Su reconstrucción, que siguió a la culturalización de la naturaleza, resultó posible, y tal vez inevitable, a raíz del reencantamiento posmoderno del mundo.” (BAUMAN, 2002, p. 15)

El mundo debería ser entendido como el escenario de las metas, elecciones y triunfos de los propios seres humanos. Los cambios empezaron a ser cada vez más rápidos y el mundo se separaba cada vez más de Dios, en el sentido de ser cada vez menos eterno, menos impermeable, menos maleable e intratable, convirtiéndose a la “imagen y semejanza del hombre”. Se trataba de una nueva visión del mundo, una visión colectiva de una nueva filosofía que contemplaba el mundo artificial creado por los humanos y hecho para que ahí se desarrollasen sus relaciones a su manera. Se ha declarado la muerte de Dios, que según Sloterdijk (2002, p. 66) implica “en una cultura condicionada por el monoteísmo, una dislocación de todos los nexos y el anuncio de una nueva forma del mundo” donde se elimina el principio de pertenecía común a un ambiente creado. El rápido cambio revelaba la temporalidad de todos los arreglos hechos por el hombre y esto es una expresión de la existencia humana no de la de Dios.

Por lo tanto, la tarea del hombre era la de sustituir el destrozado y ruinoso orden divino y natural de las cosas por otro, artificial, con la humanidad en el mando y frente a la construcción de sus bases legislativas. “La idea de cultura servía para reconciliar toda una serie de oposiciones, desconcertantes debido a su ostensible incompatibilidad: libre y necesario, voluntario y obligatorio, teleológico y causal, elegido y determinado, aleatorio y pautado, contingente y respetuoso con la ley, creativo y rutinario, innovador y repetitivo; en suma, la autoafirmación frente a la regulación normativa.” (BAUMAN, 2002, p. 20). El hombre diseñó una cultura para contestar a sus preocupaciones y la respuesta de la cultura estaba condenada a ser tan ambigua como las preocupaciones y ansiedades que la originó.

En el primer discurso sobre la cultura, había dos nociones que se enfrentaban, pues una negaba lo que la obra proclamaba: se hablaba de la actividad del espíritu libre, de la creatividad, de la invención de la autocrítica y de la autotrascendencia. La noción de la cultura estaba relacionada con la capacidad de uno en resistirse a las normas y aún así erigirse por encima de lo ordinario, distinguiendo los más atrevidos e irreverentes ante los llamados tradicionales o conformistas. Uno podía tener cultura o no, pues para la humanidad la cultura se manifestaba en la forma de dones, como pasaba con los artistas y sus obras de arte. Por otro lado, también se tenía en cuenta la cultura de la antropología ortodoxa, que trataba la cultura como el instrumento de continuidad, de servicio, de rutina y del orden social. Estaba basado en la regularidad y en el modelo, en los hábitos que garantizasen la repetición de las conductas individuales y asegurasen su continuidad en el tiempo, la preservación de la tradición. Esta última ya empezaba a naturalizar el orden artificial creado por el hombre en los principios de la época moderna.

El segundo discurso sobre la cultura alcanzó su expresión a través de las teorías de Talcott Parsons, que contemplaba la cultura como un factor que se oponía al azar, considerando la sociedad como un sistema y no como un organismo. Este sistema es un conjunto interrelacionado, ordenado y jerarquizado de partes que al interactuar producen un determinado comportamiento. Pero ¿cómo agentes humanos con voluntad propia y que perseguían objetivos individuales y distintos podían comportarse de manera uniforme y regular? Según Talcott, para lograr la coordinación entre los sistemas y subsistemas primero hay que definir los fines y los objetivos así como los métodos para conseguir dichos objetivos. Después hay que establecer normas de funcionamiento, sistema de gratificaciones y sanciones y también nombrar las autoridades, consistiendo así un sistema político. La sociedad se entera de los valores en que se sustenta a través del proceso de socialización de los distintos integrantes del sistema que van siendo formados de acuerdo con las normas establecidas por el sistema y recurriendo a las gratificaciones y sanciones para lograr los fines sociales. El trabajo es dividido y coordinado entre los distintos integrantes y el suceso o fracaso de cada sistema es responsabilidad individual de cada integrante. Sin la cultura no son posibles las personalidades ni los sistemas sociales. Las orientaciones hacia determinadas acciones que los actores sociales de un mismo conjunto presentan, deben integrar un sistema común. La cultura es este sistema de ideas o creencias comunes, donde la coordinación garantiza la perpetuidad. Para Parsons la cultura es inmueble y estabilidad, lo que en realidad se tornó su principal debilidad, ya que los cambios y movilidades no estaban previstos.

El estado actual del discurso sobre la teorización de la cultura lleva en consideración la complejidad, en toda su ambivalencia por lo que se refiere a la capacidad o la discapacidad para libertarse o reprimirse. Georg Simmel habla de la tragedia de la cultura: “La vida subjetiva, que es inquieta pero finita en el tiempo; y sus contenidos, que, una vez creados, se fijan y adquieren una validez atemporal. La cultura se hace realidad con la reunión de ambos elementos, ninguno de los cuales puede abarcar por sí mismo la cultura.” (BAUMAN, 2002, p. 31)

La cultura tal como se entiende hoy en día resulta ser un agente de desorden tanto como un instrumento de orden, un elemento que es sometido a los rigores del tiempo y de la obsolescencia, o como atemporal. Podemos hablar de la cultura siempre que la vida producir formas por la cual sean expresos sentimientos o realizadas cosas, como en las obras de arte, la ciencia y la tecnología. Estas formas son los flujos de la vida y les dan forma, contenido, orden y por su vez libertad. Surge de una dinámica compleja no lineal, creada por una red social que posee varios bucles de retroalimentación, por donde valores, normas de conducta y creencias se comunican, modifican y se sostienen. Es una red de comunicaciones entre individuos que regulan sus propias acciones, una red social que comparte sus conocimientos, haciendo con que los individuos formulen ideas, se informen y tengan habilidades que junto con sus valores y creencias determinan el modo de vivir de determinada cultura. “El sistema de creencias y valores compartidos crea una identidad entre los miembros de la red social, identidad que se basa en el sentido de pertenencia.” (CAPRA, 2003, p. 123)

La palabra cultura se convirtió en un conglomerado compuesto de diversas culturas, donde todos los elementos están interconectados, mantienen el equilibrio del conjunto y dependen de los demás. Lógicamente debe haber fronteras, pues no se puede hablar de un sistema sin saber los elementos que lo contiene. Dichas fronteras deben ser controladas y la entrada de nuevos elementos debe ser aceptada bajo ciertas condiciones de adaptación o acomodación. El sistema pone reglas de admisión y después se evalúan los resultados de la adaptación.

Por la existencia de fronteras se crean conceptos sobre los “de dentro” y los “de fuera”. Se comprende “dentro” como el terreno familiar, visible, rutinario, donde uno sabe exactamente cómo actuar, simbolizado por la casa. Por “fuera” se entiende lo imprevisible, donde uno tiene que aventurarse, o sea: la calle. La revolución cultural que implicó la separación entre interioridad y exterioridad no se pudo llevar a cabo sin la devaluación casi absoluta del exterior, así que dentro se supone que estaremos al amparo de las inclemencias de un mundo exterior que para la cultura moderna aparece devaluado. Ni los demás, ni mismo la naturaleza podían dar la seguridad y la certeza ansiada por el hombre, en tanto que no había nada en ellos que pudiera satisfacer. “Lo que caracteriza las dramaturgias de la vida pública es que, a diferencia de lo que pasa en los contextos sociales plenamente estructurados del adentro construido – cuyo paradigma es sin duda la vivienda -, la cohesión que permite vivir juntos no viene dada por roles o estatus fijados en el organigrama social, sino por una ambigüedad crónica y generalizada por lo que hace a quién es quién y qué cabe de cada cual.” (DELGADO, 2007, p. 39). La relación entre dentro y fuera puede ser expresada en dos palabras opuestas, certeza e incertidumbre y también confianza y duda.

Dominar la cultura, tal como la comprendemos actualmente, significa dominar una matriz de posibilidades y cambios, un conjunto, un sistema constantemente en marcha y siempre lejos de estar completo o finalizado, no se trata de una colección exacta de significados ni de reconocer todos sus soportes.

Podemos pensar la cultura a partir de diversos aspectos, como por ejemplo como un ordenador y codificador de la praxis social y la producción y reproducción de los bienes y los lugares, tanto materiales como simbólicos. La cultura puede ser concebida como los infinitos objetos producidos por el hombre, pero también como el universo espacial y temporal materializado y cultivado que fue construido para vivir, por lo cual fueron creadas formas y modelos, o sea, “el proceso y la estructura a través de las cuales se construyen y regulan los usos de los espacios y los tiempos públicos y privados, colectivos, físicos y también imaginarios”. (VIZER, 2007)


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