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CONTRATIEMPOS Y AFORISMOS IV. FORMAS DE RESISTENCIA Y GRUPOS SUBALTERNOS BRITÁNICOS

Edgardo Adrián López



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5. “Una especie de máquina”

Pincela el autor que desde 1835, la clase obrera no está en proceso de formación sino ya constituida. Por ello y en términos estrictos, su estudio no avanza mucho más allá de ese horizonte. Luego de esta fecha, la clase trabajadora es una presencia continua y fácilmente verificable, en toda Inglaterra y en la mayoría de los aspectos de la vida cotidiana.

Antes de avanzar, habría que plantear una objeción seria. Independientemente de que Thompson no llega a elaborar una teoría de los grupos, que le permitiese no incurrir en las confusiones que le hemos apuntado, no consigue mostrar en concreto cómo es que de las “multitudes” preindustriales (siempre evita la palabra “precapitalista”...), se desgajó la clase obrera. Eso suponía realizar una mínima descripción de los cambios en los procesos de trabajo que condujeron a que de las “muchedumbres”, determinados segmentos se fuesen modelando en tanto clase obrera. En ningún lugar de estos dos gruesos tomos, hallamos tal descripción y por ende, la cuestión de cómo la clase trabajadora se originó en los hechos, del fondo “nebuloso” de las “multitudes” precapitalistas, no se respondió. Tampoco remite a obras de otros analistas donde eso se explique.

En parte, este defecto grave en su exposición se debe a que él pondera que una clase no se constituye sino cuando logra una conciencia política y una cultura propia. Es decir, hace depender el devenir real de una clase de su derrotero ideal, de si carece o no de conciencia política. Pero eso implica ignorar la posibilidad obvia de que una clase exista previo a que sea capaz de gubiar su conciencia, que es lo que ocurre la mayoría de las veces. Es muy raro que una clase sea tal en los dos planos al mismo tiempo: en el seno de lo real, con respecto a la propiedad privada de los medios de producción fundamentales, y en lo ideal, en el registro de la conciencia de sus intereses. Desde el punto de vista del Psicoanálisis lacaniano, lo que enunciamos puede aprehenderse: el sujeto está dividido, partido, entre lo Real, que es su Inconsciente, y lo que es su vida consciente, de lo que se infiere que el sujeto no es todo conciencia. Igual acontece con la clase, dado que se encuentra escindida entre su existencia real y lo que ella es hábil para traducir en lenguaje, de esa vida.

Continuando con la síntesis, el historiador sostiene que la conciencia madura de la clase obrera se percibe en dos grandes perfiles. Primero, en que había una conciencia común a pesar de la diversidad de ocupaciones.

Segundo , en que esta conciencia se opone al del resto de los otros sectores , en especial, a la conciencia de las clases opresoras. La clase laboriosa anhela un cosmos alternativo.

Curiosamente, en la construcción de ese segundo aspecto de la conciencia política de la clase trabajadora, intervinieron las disputas con las “clases medias”, en particular, en redor del derecho al voto. Tal cual es sabido, hacia 1832 se restringió este derecho. Los que comenzaron a agitarse a favor del voto “universal” masculino, fueron las innumerables fracciones que componen el “pueblo”. Entre ellas, estaba la clase obrera británica.

Ese repentino auge del radicalismo, fue traicionado por los más astutos de las “clases medias” que, usando el temor a una revolución jacobina y de los trabajadores, negociaron con la Corona una retirada “aceptable”. De modo que lo que apreciamos, es que el sector que estuvo a la cola del radicalismo fueron las “clases medias” y no la clase laboriosa, como aconteció en otros movimientos, en que la agitación principió con las “clases medias”. Después, la clase obrera se plegó y luego, se independizó de las “clases medias” para demandar por sí misma. En el caso inglés, las “clases medias” eran muy represoras y con una ideología fuertemente antiigualitarista , por lo que no podían comenzar la insurgencia.

La necedad terriblemente ciega y terca de Wellington, de los lores y de los obispos, frente a cualquier solicitud de la más mínima reforma, desató sucesivas crisis que, de principios de 1831 hasta los “días de mayo” de 1832, condujeron a que hubiera manifestaciones de cien mil personas en Birmingham y Londres, en las que una abrumadora mayoría eran “trabajadores” y artesanos . Nunca se estuvo tan cerca de una revolución como en ese año tumultuoso.

Dado el contexto , ¿cuál fue el papel de los owenitas? Muchos de los líderes de 1820, fueron escépticos y compartieron la postura antipolítica de Owen. Por lo demás , sus doctrinas se insertaban au fond, en la intelectualidad de los artesanos de “élite” .

Estos últimos , habían logrado una dirección cohesionada y articulada , pero seguía habiendo un abismo entre esa “aristocracia” y los artesanos y hombres de oficio de ocupaciones “deshonrosas”, y entre aquella “élite” y los segmentos de la clase obrera menos calificados.

Las autoridades y funcionarios en general, estaban atentos para que ese “cañadón” no se sorteara jamás, puesto que para ellos era muy peligroso que los artesanos, hombres de oficio y trabajadores de tendencias más o menos, socialistas, se unieran con las “clases delictivas”, como las fracciones y capas populares menos cualificadas , más desmoralizadas , analfabetas, desnutridas y con privaciones extremas .

Ahora bien. En ciudades como Londres , que eran populosas, la lucha de clases era menos áspera, a raíz de que no únicamente existían más unidades de producción y por ende, más probabilidades de empleo, sino porque las máquinas no habían afectado a los ocupados calificados, y a causa de que había un sinnúmero de pequeños talleres y de patronos modestos. Todos estos factores, amortiguaban la refriega entre clases y permitían formas de vida que no pasaran por el sometimiento al capital, lo que no era común en el interior . También permitían que hubiera más gente propensa al reformismo, lo que no acontecía en centros de la escala de Leeds, Bolton, Manchester y Nottingham, esto es, básicamente en las Midlands y el norte.

En un clima de tensiones, en mayo de 1832 se aprueba una ley por la que se permite que uno de cada 5 pertenecientes a los sectores populares, pudiera votar. Eso significaba que en una población de ciento veinticuatro mil, como en Leeds, 355 nuevos votantes se agregarían, de los cuales ciento cuarenta y tres se reparten entre oficinistas, vigilantes y almaceneros, y el resto, guarda una posición distinguida . De cualquier modo, aun estas cifras atemorizaban a los acomodados; por eso, fraguaron una alianza que perdura hasta hoy, entre los terratenientes y los industriales, y entre los privilegiados en general y el dinero (propiedad, interés y seguridad para “contener” a la “muchedumbre”).

En simultáneo , hubo elementos de los grupos subalternos que no se resignaron y continuaron bregando por el voto “universal” masculino. O’Brien , mencionado en apostilla, es el autor intelectual del cartismo y es el nexo que une el radicalismo de 1820, el owenismo y las peleas sindicales de las trade unions. En realidad , casi todos los movimientos de protesta de la etapa, condujeron por caminos múltiples a la lucha por el derecho al voto y al cartismo . Esa insistencia, acabó por erosionar la vieja componenda entre los patrones y sus empleados, para oponerse a la aristocracia, al sistema monetario y a los banqueros, pechando a los empresarios hacia sus pares.

Es que lo estaba en juego para los no destacados y la clase obrera, era la posibilidad de extender con el voto, un control social sobre sus propias condiciones de existencia (vínculos de género, educación, vivienda, políticas sociales) y en torno a sus trabajos . Al calor de las demandas, emergieron propuestas que iban desde la constitución de un Parlamento integrado por delegados de las ocupaciones productivas, hasta una “Cámara” de los Oficios . Lo que latía en esos imaginativos programas, es que la clase laboriosa se había vuelto consciente de sí y hasta determinado punto, es dable cincelar que la mayor adquisición espiritual de la Revolución fabril, fue que la clase obrera haya comenzado a delinear sistemas alternos al burgués y a la economía de mercado.

La historia que concluye provisoriamente en este resultado, había comenzado con las lejanas tradiciones artesanas y de hombres de oficio de la época de los Tudor, tradiciones que se habían modificado al ritmo de los cambios técnicos y sociales. De acá , nos trasladamos a los motines del hambre, al jacobinismo, a las formas de religiosidad radicales, a las sociedades de correspondencia, a las trade unions, al “ludismo” , a Peterloo, a los clubes políticos, al utilitarismo, al owenismo y a los primeros socialismos revolucionarios. Todo eso compone la

“[...] cultura popular más eminente [... de] Inglaterra [...]” De esta cultura, se encuentran impregnados los trabajadores, a los que no debiéramos subestimarlos como

“[...] miríadas [perdidas] de eternidad [... También] nutrieron [...] el Árbol de la Libertad. Podemos darles las gracias por [aquellos] años de cultura heroica”. Y siempre, siempre, con nuestros helados, blancos huesos, con el corazón, sus alas, con el alma, sus arterias, los revolucionarios deconstructores, los “cerdos” seguidores del nombre montonero que nos arremolina, hemos de atesorar a los anónimos inabarcables (mujeres y varones) que surcaron los cielos del Tiempo, dejándose suspender en la noche previa al encendido de la bendita luz que rasgará los arquetipos de la nada .

Ya no más. Por eones, hemos sido padres, jefes de otros, dueños de otros, nobles, aristócratas, filósofos, patrones, sacerdotes, médicos, chismosos, psiquiatras, fiscalizadores, obsecuentes, científicos, docentes, peones, jueces, esposos, alumnos, oficinistas, guerreros, policías, campesinos, albañiles, caciques, estibadores, directores, capitanes, burócratas, con muchos o pocos a quienes imponerles nuestra risible “soberanía” , anhelando “camaradas” para que se agreguen al sadismo de canibalizar al diferente, ignorando los mundos ajenos, siendo “exiliados” para los demás, en paralelo a como los otros se travisten extranjeros de nuestros pobres mundos, incomunicados, aburridos en medio de la fiesta de la vida, (des)nutridos con la treguamelancolía, la tregua de la melancolía , sin ser capaces de honrar el deseo, los placeres, el cuerpo, la paz de un encuentro casual, la alegría, lo positivo, el “Sí”, los devenires, el amor, sus versos.


 

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