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CONTRATIEMPOS Y AFORISMOS IV. FORMAS DE RESISTENCIA Y GRUPOS SUBALTERNOS BRITÁNICOS

Edgardo Adrián López



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SECCIÓN I. AVANCES Y RETROCESOS EN LAS LIBERTADES CIVILES INGLESAS

“[…] La prudencia es la madre de todos los vicios”

William Blake

“Marx fue toda su vida un crítico: lo fue antes de saber nada de Economía, y lo siguió siendo a medida que tomaba contacto con [ella …]”

Diego Guerrero

LA FORMACIÓN DE LA CLASE OBRERA EN INGLATERRA

Vol. I

Primera Parte: El árbol de la libertad

I

Luego de lo adelantado en Demoras, en el exergo de los hojaldres que ofrecemos para su debate público, corriendo el riesgo de ser observados por anhelar travestir una modesta “síntesis” con el “vértice” ampuloso de una obra o de un libro, nomás que para “cumplir” con las delirantes exigencias que demandan publicaciones “acorde” a la titulación conseguida duramente, cabe señalar que por las “esquinas” en que anhelamos situar las apostillas, es que la fragmentación de la exposición será algo tediosa y sin duda, poco armoniosa o elegante. Se ofrecen las disculpas del caso, sobre todo, a los que debieron sufrir la edición digital.

Tal cual lo enunciamos, el “resumen” crítico que se inicia después de la “coda” a la “obertura” que festeja o mal recibe a los curiosos, sintetiza los dos volúmenes del historiador fallecido en 1993, investigador al cual muchos confunden con marxista, adscribiéndolo al denominado “marxismo británico” , pero el autor nos resulta en el fondo, seguidor del rival germano del amigo de Engels .

Fontana, un intelectual al que sí consideramos marxista aun cuando reitere mecanicismos leninistas desafortunados , nos advierte que la primera edición del estudio es de 1963, que se reeditó en inglés en 1968 y que recién se lo tuvo disponible en castellano en 1977 . El corpus que se publica en una mejor traducción en 1989, es miembro de una colección de análisis sobre el mundo moderno .

Establece que en su estudio, el intelectual británico procura despegarse de las versiones del economicismo de la Historia económica y de las interpretaciones catequísticas del marxismo. Observa los orígenes del movimiento obrero, en el contexto de temas conectados con la cultura popular . Acto seguido, reitera una sentencia de Thompson sin socavarla: la división del trabajo no surgió de la máquina o la fábrica, sino de las ocupaciones artesanas. No fue otro asunto el que ventilaron Marx y su compañero, en pasajes de La ideología alemana o en el mismísimo Manifiesto del Partido Comunista, sin contar que el cofundador de la Internacional lo estipuló también en Miseria de la Filosofía, entre otros “topoi”.

Como el autor está convencido que no se puede únicamente visualizar el trabajo y la subsistencia de varones y mujeres, o las creencias e ideas, propone integrar ambos aspectos en una “imposible” dialéctica que ensamble los diversos planos.

En el primer “Prefacio”, Thompson marca que su texto cumple bien con el objetivo de presentar a la clase obrera en tanto una clase que se constituye en la historia y que tal cual lo dirá más tarde, no es una clase/estructura ni una clase-cosa .

Sostiene que en un estudio historiográfico, una clase está formada cuando se logró hacer emerger determinado universo cultural, zurfilado por tradiciones, costumbres, concepciones religiosas, formas “subpolíticas” de resistencia, modos de asociación, valores, ideas, etc., que pasarán a integrar la conciencia de clase de la clase.

El pensador isleño no quiere ni caer en el “realismo” que convierte a una clase, en una “colección” de individuos en una determinada relación con tipos de medios de producción, ni tampoco en la postura opuesta que, frente a las enormes dificultades para cincelar los “límites” de una clase, expresa que siempre fue un error la idea misma de clase .

En concreto, el período que abarcará va de 1780 a 1832 (alrededor de cincuenta años ) pero en realidad , investiga durante un siglo cómo se desenvuelve la clase obrera en tanto que formación social y cultural . En todo momento, es inevitable comprender las tradiciones que continúan y los cambios que van surgiendo . Pero a causa de que lo cultural no permite generalizaciones de largo alcance, advierte que únicamente se concentra en Inglaterra , dejando de lado a Escocia, Irlanda, entre otras zonas.

El objetivo abarcador es revelar que la “muchedumbre” del siglo XVIII, se convierte en una genuina clase obrera consciente de sí, luego de pasar por una etapa de “transición” compleja que está dada por la disidencia religiosa, los motines del pan, la oposición precapitalista al régimen de trabajo industrial, el jacobinismo, etc.

En el “Post scriptum” enfatiza que deseó mostrar cómo atareados al estilo de artesanos, ocupados en labores a domicilio y peones, llegaron a pensar, sentir, actuar, no en los viejos términos de las tradiciones localistas y prefabriles, sino en los de clase. Ello no implica que las múltiples perspectivas de los variados grupos de actividad, hayan desaparecido.

El análisis está dividido en 3 partes . En la Primera, que es la que comenzamos, se aboca a dilucidar cuáles son las tradiciones populares que tuvieron impacto en la rebelión jacobina en la década de 1790. En la Segunda Parte, estudia los modos obreros de organización que les dieron experiencia a los trabajadores y los orientaron hacia los reclamos de clase. Vincula weberianamente , la emergencia de una inédita disciplina laboral y la “domesticación” de los obreros preindustriales a mano de ciertos movimientos religiosos, en particular, los “metodistas” .

En la Tercera Parte , que pertenece al vol. II, observa el radicalismo “plebeyo” y cómo reaparece bajo el ludismo de 1816 a 1820. Según tendremos ocasión de asimilarlo, este tomo es menos teórico que el primero y es una recopilación de biografías “políticas” de algunos individuos más o menos clave de la época.

Lo que subraya es que la “etapa” de formación de la clase obrera , ocurrió por dos grandes procesos. En el primero, que va de 1790 a 1816, se comprueba un “giro” en las actitudes populares y una diferenciación entre una “retaguardia” y una “vanguardia” minoritaria, representada por artesanos y trabajadores a domicilio. Esa activa minoría, no se arredró por los matones partidarios de la Iglesia y del Rey ni se empozó en la apatía de la retaguardia.

A estas alturas, el “autor” consigna que hay quienes le enrostran que no demostró el movimiento de constitución de una clase, sino la radicalización de un puñado de artesanos. Of course, Thompson repele la crítica.

En el segundo proceso , que abarca de 1816 a 1830, se ensayaron organizaciones que prefiguraron los fenómenos de la década de 1840, lo que manifiesta que los

“[...] obreros se estaban situando en nuevas posiciones en relación con otros [universos] sociales y estaban desarrollando nuevas solidaridades”. Ello significó que los trabajadores individuales no sólo se percataron de las turbulencias esporádicas de la “multitud”, sino que se dieron cuenta que tenían unos objetivos específicos de clase.

En el Capítulo 16 del vol. II , tematiza aspectos de teoría política y de conciencia de clase desde 1820 a 1840.

II

El Capítulo 1, titulado “Innumerables miembros”, narra la constitución de las “sociedades de correos” con el rasgo de una organización semiclandestina y que adiestra en la política de lucha, elementos a los que Thompson denomina “clases trabajadoras” (que en realidad, es sinónimo de “grupos dirigidos” y en especial, de los segmentos compuestos por obreros improductivos no privilegiados y por sectores independientes no acomodados).

Aclara que antes de la Sociedad de Correspondencia de Londres, que se multiplica en el interior de Inglaterra a una velocidad llamativa, hubo otras organizaciones que podrían entenderse como propias de los “sectores populares” : son las que nacieron en Sheffield, Derby y Manchester. Incluso, en Londres mismo hubo, aquí y allá de modo intermitente, asociaciones en donde polemizaban los “sectores populares” .

En la etapa previa a la Revolución Francesa y a las guerras napoleónicas, las organizaciones de perfil “popular” eran muy flexibles en sus proyectos y en lo que reclamaban; no tuvieron la fuerza para otorgarles coherencia a los inconformismos sociales de entonces. Sin embargo, uno de los méritos de la Sociedad de Correspondencia de Londres (SCL), fue que sus integrantes principiaron a cuestionar la estructura económica y colectiva de la época , apuntando a que había una íntima solidaridad entre el ejercicio del gobierno y las clases propietarias que se beneficiaban con él y de él. En el fondo, ese tipo de engarce entre temas sociales y económicos, era una vieja herencia de los “igualitaristas” o “levellers” del siglo XVII .

Como “respuesta” al “desafío” planteado por la “multitud canallesca” (!), surgen en la ciudad central de la isla, organizaciones a favor de los privilegios de los grupos acomodados, que se autoproclamaban defensores de la libertad, de la propiedad privada , de la Iglesia y del Rey.

Termina el capítulo con el desbroce de tres problemas: cómo la disidencia religiosa y el metodismo “democratizante”, refuerzan el jacobinismo (objetivo de los capítulos 2 y 3); cómo la economía “moral” de la multitud (Capítulo 3) y otras vagas nociones de los subalternos, confluyen con reclamos por determinados derechos civiles (Capítulo 4); y cómo se pasa de una multitud amorfa y “violenta”, a comités y mítines organizados .

III

En “El cristiano y Lucifer”, Thompson procura evidenciar el papel no conservador que jugaron las distintas religiones no papales , englobadas con el término de “disidentes”, en la pelea de los sectores “populares” por mayores libertades religiosas y civiles .

Las desiguales “sectas” contestatarias que pululaban, eran defensoras de los principios de autogobierno y autonomía local . Cualquier proyecto que implicase formas más centralizadas, inmediatamente se asociaba al papismo, a Roma y a lo que era anticristiano . Los segmentos que simpatizaban con esta clase de disidencia religiosa, eran casi siempre artesanos, hombres de oficio, tenderos.

Algunas de esas sectas arribaron al “extremo” de proponer un comunismo agrario, que consistía en que la tierra tenía que estar a disposición de los pobres para que la cultivaran . Lo que nos lleva a sentenciar que muchas de estas líneas religiosas disidentes, eran “manifiestos políticos” de los pobres, apoyados en el deseo milenarista de un gobierno de los “santos”. Pero no todas eran activas políticamente, dado que aconsejaban sufrir con paciencia el mundo para evitar el “pecado”, al intentar alcanzar por sendas humanas el mando y el gobierno .

Dentro de los “metodistas”, encontramos a un creyente que “sistematizará” el inconformismo de los “humildes” , llamado Bunyan. Su escrito Pilgrim’s Progress, junto a Los Derechos del Hombre de Thomas Paine, son algunos de los hitos fundamentales en el movimiento obrero británico .

Bunyan opina que en el “pecaminoso” mundo, hay determinados enemigos del buen cristiano que son el “Sr. Placer carnal”, el “Sr. Ostentoso”, el “Sr. Deseo de gloria vana”, el “Sr. Lujuria”, el “Sr. Codicia”, el “Sr. Domina el mundo” y el “Sr. Amor al dinero”, que son aliados de Satanás . Pero en esa construcción de lo “satánico”, lo que se debe observar es que en ello respiran la miseria y la desesperación de los pobres del setecientos .

Todos estos Señores son los que campean en la vida de los ricos y por eso, en el final de los tiempos, recibirán su “castigo” justo. Así, a la par que se predica la sumisión y se estimula la salvación personal egoísta, constatamos una compensación emocional por los sufrimientos de la pobreza, en la venganza de un dios que atormentará a los opresores .

La otra cara de ese “metodismo” y de un porcentaje del resto de los disidentes religiosos, era que para librarse de aquellos amos espirituales había que mantenerse en una congregación cerrada y virtuosa, que impidiera que los fieles reincidieran en las “faltas” . Esta “línea” es uno de los puntos en los que se asentará el “metodista” autoritario y conservador, John Wesley , quien logrará el “milagro” de inducir un protestantismo que sea conveniente a la “mentalidad” de una pequeña burguesía empeñada en el ascenso económico, y que sea también, no una religión que se predica a los “humildes”, sino una religión de los menesterosos .

Wesley, aparte de imponer a sus feligreses que debían reprimir sus emociones, distinguirse en la manera de vestir, ser solemnes en la conducta y no casarse con ajenos a su credo, rompió sin concesiones con el democratismo inicial. El vuelco que le da ese predicador al puritanismo es el de una religión negadora de la existencia, y que navega en las aguas del masoquismo y de lo sexual sublimado, en la escala en que lo referido al sexo es objeto de permanente “confesión” .

Cierto es que el metodismo de Wesley, con su firme adhesión al Rey y al Estado, es políticamente regresivo y estabilizador, pero en otro nivel, gracias a sus formas de organización para expandir la fe, acabó en parte, responsable de que los obreros adquiriesen alguna experiencia en el debate de ideas . Es que el metodismo no superó la tensión entre lo democrático y lo verticalista, e impulsó a los obreros a sostener una guerra civil “moral” contra la taberna y lo “malvado” .

En simultáneo al crecimiento de este metodismo, aparecían otras tendencias religiosas que combinaban la vida comunitaria junto al milenarismo . Aunque el autor no comparte demasiado lo que otros investigadores cincelan, es del parecer que ese tipo de vertientes místicas podían caer en un fanatismo paranoico colectivo . No obstante, y si es que se anhela conservar un lenguaje de Psicología para aprehender estos fenómenos, es viable convenir en que el metodismo, además del masoquismo que lo recorre, mostraba las aberraciones psicológicas en las cuales suelen enredarse los pobres en épocas de extrema desigualdad, pero en las que se hallan obturadas las vías de insurgencia. Los estallidos de paranoia, parecen ser propios de los instantes en los que se “desatan” los “entusiasmos” revolucionarios .

En suma, la complejidad de las sectas disidentes delata la pluralidad de la cultura de la clase obrera de fines del siglo XVIII y del ochocientos . Y es que a tales sectas hay que enfocarlas como una tradición intelectual, que más allá de su conservadorismo, dio nacimiento a ideas y hombres originales . Por añadidura, esas corrientes religiosas hacían la vida de la gente “común” medianamente soportable . De ahí que también haya que observar no sólo una obsecuencia cultivada respecto al gobierno, sino una ironía direccionada contra el poder y hasta la tenacidad de la propia supervivencia .

En un estrato desigual de asuntos, es factible enunciar que de alguna manera, las “sectas” fueron grupos de “presión” popular y extraparlamentaria que entrenaron a los “humildes” para peticionar . Incluso, estas corrientes son el “puente” por el que los obreros que vienen desde tradiciones preindustriales, se dirigen hacia ideologías seculares y más explícitamente políticas.

Por eso, se suscitó una reacción en los grupos privilegiados. En efecto, ante el auge del jacobinismo luego de las noticias de la Revolución Francesa y después de la expansión de las “sectas” disidentes de raíz democrática, los mencionados conjuntos intentarán levantar consignas de “orden”, en particular, para “domesticar” las ideas y la educación de los “humildes” . Por todos lados se les debía inculcar paciencia, trabajo, obediencia, moderación, apoyo al Rey, respeto a la propiedad privada, creencia en un dios , etc., es decir, había que reforzar no los aspectos democráticos y horizontales de la disidencia, sino sus costados autoritarios. Había también que alejarlos de la “perniciosa” influencia de Los Derechos del Hombre, escrito que se editaba en folletines muy baratos y en grandes cantidades .

Los conglomerados acomodados apelaron al utilitarismo para que, junto a las corrientes religiosas, se “amansara” a los segmentos populares precapitalistas que tenían que aceptar la dura disciplina del trabajo continuo. A su vez, los “metodistas” estimularían la tendencia de los oprimidos a “autodisciplinarse” por temor al “infierno” .

El capítulo concluye a principios del siguiente cuando afirma que los modos de conciencia religiosa, por más obtusos que sean, constituyen formas “subpolíticas” de conciencia popular . En lo religioso no sólo se encuentran la fe sino supersticiones, prejuicios, normas de conducta, cierta “irreligiosidad” , sentimientos patrióticos y hasta formas de resistencia .

IV

El Capítulo 3 (“Los baluartes de Satán”) nos develará que, aparte de las tradiciones de protesta que habitaban en las religiones disidentes y en el jacobinismo expreso, había otras tradiciones “subpolíticas” como el de los motines de subsistencia, el de la economía “moral” (que se contraponía a la economía de mercado “pura”), el de ciertas nociones vagas al estilo de que los ingleses no eran esclavos de ningún despotismo, entre otras presunciones.

Uno de los tipos de prácticas populares enmarcadas en lo anticipado, se vinculaba con el “perdón” respecto a determinados “delitos” contra la propiedad de los acomodados o en desmedro del Estado que los favorece (como la falsificación, la evasión de impuestos, la caza furtiva, etc.) y que hasta podían inducir alguna simpatía por los “malhechores”. Pero había otros “delitos” que afectaban al sustento de los integrantes de los grupos no privilegiados o de comunidades que pertenecían a esos segmentos, que provocaban la ira o la “condena” . Es como si la lucha de clases hubiese adoptado el aspecto de los correccionales y de la pena de muerte de un lado , y del “delito”, de los motines y de las acciones “directas” de las muchedumbres, por el otro . De lo que se trataba, era de maneras subalternas de oponerse contra el régimen legal abiertamente clasista .

Otro de los tipos de prácticas, eran las protestas de las “multitudes” . Las que surgían por la escasez, la inflación, el deterioro del poder de compra, el acaparamiento, los ciclos de malas cosechas o de hambre, eran motines “del pan” o por mejoras en el consumo. Estaban provocadas no tanto por la injerencia de esos factores, sino por determinadas concepciones populares que aludían a los precios “justos”, los salarios “justos”, la “debida protección” paternalista de los terratenientes o funcionarios de los pueblos o ciudades, etc., esto es, por la interferencia de una serie de valores que pertenecían a una economía de subsistencia precapitalista o de una economía “moral”, contrapuesta a la economía de mercado “pura” que empezaba a imponer leyes impersonales (f. e., la de la oferta y la demanda).

Esa “moral” en la economía, era compartida por comunidades rurales y urbanas . Consistía en apreciaciones valorativas que no permitían y hasta prohibían, especular con las necesidades de la población, por cuanto ello era “inmoral”, y en que casi todo lo enlazado a la compra/venta y a la paga de salarios, se resolvía por las leyes de la “costumbre” y por el “regateo” . En esta economía precapitalista fuertemente influida por una “mentalidad” preindustrial, había una intrincada maraña de legislación, práctica comercial y tradición.

El autor insiste en que los motines de la fase no se debían tan sólo a los efectos negativos de la suba de precios o por el hambre, sino a los impulsos que se alimentaban de un universo de valores aceptados. No se hacía una revuelta contra la baja calidad de la carne porque hubiera una elevada exigencia del consumidor, sino porque no era “correcto” enajenar carne mala a precio de los mejores cortes. Muchos de esos levantamientos disponían de lo que a ojos de la muchedumbre, no había sido tasado según lo acostumbrado; lo vendían al precio “tradicional” y reintegraban el dinero a los dueños que habían sido momentáneamente expropiados . Sus actores sentían que habían efectuado “justicia” y alababan a los “cabecillas” como héroes .

Durante el auge de los motines del pan (1795-1800), se dio la situación curiosa de que los habitantes de las regiones no urbanas creían que las ciudades eran responsables de la suba de precios, a causa de que los distritos rurales eran “vaciados” para alimentar las grandes concentraciones demográficas (lo que se observa en ello, es la idea de que las ciudades se desarrollaban no contra el campo, sino sobreponiéndose a él ). En simultáneo, los productores rurales no deseaban abastecer las poblaciones por temor a que todo se venda a precios insuficientes .

A gran escala, puede concebirse que los levantamientos de autodefensa fueron los intentos desesperados de los grupos subalternos, por regresar a la vieja economía regida por patterns tradicionales, y para erosionar el avance de la economía de mercado, incomprensible para una “mentalidad” preindustrial . Al mismo tiempo, la reacción jurídica de “castigar” esos “delitos” de masas, era la respuesta de un Parlamento de propietarios y magnates comerciales que bregaba por el “dejar hacer” de la oferta y la demanda .

Yendo a otro plano de cuestiones, es dable anunciar que no siempre los motines eran porque se violaba los mandamientos de la “moral” económica; había otras clases de revueltas.

En ellas, la composición social de los alzamientos no era uniforme, a pesar de todo. Podían encontrarse en circunstancias puntuales, hombres acaudalados de oficios , comerciantes intermediarios, mercaderes al por mayor y por supuesto, “delincuentes” insignificantes que aprovechaban el gentío para sus “fechorías”.

Ahora bien, los segmentos que integraban los conjuntos acomodados se acercaban porque tenían la esperanza de desviar la protesta hacia reclamos contra el gobierno y el Rey .

En estos casos, tenemos una combinación (3) entre multitud manipulada (1) y muchedumbre rebelde (2). Ese tipo de alzamientos radicales llegan a su cúspide en la década de 1830, pero todavía habrá una abigarrada mezcla de levantamientos conducidos por modelos de comportamientos preindustriales y por impulsos revolucionarios plus ou moins, conscientes. También habrá una mezcla de protestas centradas en supersticiones y tradiciones, e insurgencias apoyadas en lo oficialista o en lo contestatario (no todo es linealmente de un único “color”...).

El “blanco” de estos levantamientos tampoco era “homogéneo”: podían ser los miembros dominantes de determinadas fracciones de los conglomerados privilegiados, o los sindicados como jacobinos .

Después de las tremendas reacciones del Estado inglés generadas por la Revolución Francesa y de las intimidaciones colectivas guiadas con el lema “¡Iglesia y Rey!” , los que antes podrían haber sido “líderes” de motines asumieron el papel de reformadores que tratarían de incidir en la opinión pública , a través de mítines pacíficos. Por ello, comienzan a tener relevancia los sectores de “clase media” . Los documentos como Los Derechos del Hombre, con el entrenamiento que dan a los radicales en la organización de la lucha, son la antesala de los mítines .

V

En “El inglés libre por nacimiento” se toma a modo de “índice” del cambio de actitud de las masas, que el gobierno empezara a preocuparse en fortalecer el ejército, en reclutar policías y en erigir cuarteles por doquiera .

Uno de los catalizadores de esa transfiguración de las “multitudes” era que la puja por los derechos civiles, había gestado en los ingleses un sentimiento de orgullo por no ser sometidos por ninguna tiranía.

La “emancipación” de la que gozaban era en primer lugar, la libertad respecto a cualquier dominación extranjera . La monarquía constitucional significaba emancipación con relación al absolutismo. Suponía por añadidura, libertad de asociación, de pensamiento, de conciencia, el juicio por jurado, la inviolabilidad del domicilio, los turnos electorales, la libertad de viajar y comerciar. Todas estas facetas del “modo inglés de vida”, imponían un coto al accionar del Estado que operaba como un límite “moral”, allende el que, de ser transgredido, el gobierno se enfrentaba con el repudio.

No hay que ver en eso que ya el británico era demócrata; era más bien antiabsolutista. Opinaba que la Revolución Gloriosa contra el Rey, había sentado la justificación del levantamiento contra la autoridad, con lo que se entablaban varias paradojas: la rebeldía, que no era legal, se hacía para que se respetara la Constitución (1). En determinada interpretación de la Carta Magna, se albergaban los argumentos para que el gobierno se permitiera, en pos de defender la propiedad privada, la seguridad de las personas y la paz civil (Locke), avanzar contra ella (2). Al lado de leyes liberales meticulosas, había un código penal excesivo (3).

Sea como fuere, ese constitucionalismo barnizaba las respuestas menos orgánicas de los ingleses, en particular, los pobres, que deseaban que se los dejara tranquilos. Y mientras los tories no querían perder los derechos de fuero, los whigs temían un aumento de los poderes de la Corona, los radicales anhelaban las asociaciones de ciudadanos voluntarios armados y los sectores populares, rechazaban a los policías .

El período coincidió con el auge del jacobinismo, con la reacción antijacobina, con los reformistas que luchaban por otro orden económico, con la agitación antiesclavista y con las peticiones civiles contra las medidas del Estado para acorralar a los que llevaran adelante alguna clase de protesta . Por esto, se gestaron posiciones en torno al funcionamiento del Estado, del gobierno y de la sociedad.

Había quienes eran cercanos a los intereses de los “caballeros” y de los campesinos propietarios, y que postulaban que se debía inducir determinados “frenos” y “equilibrios” en la “mecánica” social, a los fines de que sociedad, Estado y gobierno adquiriesen los perfiles de un “reloj”. Había otros, como el famoso comandante John Cartwright , que pregonaban que la discusión por las necesarias reformas debía ser efectuada por todos, sin distinción de condición ni propiedad. Otros apelaban a la universalización masculina del voto . Algunos más, querían que se polemizara todo según las luces naturales de la Razón, acorde a lo que era conveniente para los individuos y según las bazas íntimas de la conciencia .

Muchos de esos segmentos, tenían en común que se imaginaban que el gobierno inglés, estaba vinculado de forma directa con una “línea” sajona . El recurso a unos supuestos antepasados sajones, se hacía en un clima de fuerte sentimiento antifrancés . Lo que se imaginaba era que si el cuestionamiento del orden existente era demasiado radical, como parecía ser en Cartwright o en los “iluministas”, se podía caer en criticar lo que volvía ingleses a los ingleses, es decir, se podía socavar la “línea” de ascendencia sajona. Para evitar eso, los que asumían posturas menos corrosivas colocaban un freno simbólico a las ansias de modificación y de paso, lograban que se calificara de “antibritánicos” y “pronormandos” a los que se “atrevían” a ir más allá. Dicho mecanismo simbólico para arredrar a la crítica, actuaba incluso en un radical como Thomas Paine.

Y es que las tendencias más “jacobinas”, estaban de acuerdo en “respetar” lo que hacía británicos a los ingleses: la monarquía constitucional, el sistema de herencia, los derechos tradicionales de los terratenientes, la representación en el Parlamento de los propietarios, una Iglesia separada del papismo de Roma, etc.

Pero de lo sintéticamente reseñado, a Thompson le interesa hablar de las vertientes jacobinas en las que se desarrolló el pensamiento de Locke : de un costado, Edmund Burke; del otro, Thomas Paine.

Aboceta que en sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa, Burke opina que la deferencia por la autoridad debe reemplazarse por lo que indican la experiencia y el raciocinio . A su vez, el respeto por la Constitución tiene que dar lugar paradójicamente, a lo que indica el saber tradicional. En ese pensador, la postura sobre los vallados y equilibrios en la dinámica del Estado, del gobierno y de la sociedad se traduce en la “teoría” de los frenos y equilibrios que abrillantan las imperfecciones de la “naturaleza” de los hombres. Sin embargo, el “modelo” de las “verrugas” humanas no lo ofrecen los grupos privilegiados, sino la “esencia” del “populacho”. Por ello es que la acción innovadora de los menos favorecidos, puede estar atiborrada de peligros ocultos .

Por su lado, Paine estuvo exiliado un tiempo en la joven Norteamérica y luego en la misma Francia .

Uno de sus propios antecedentes es un texto llamado El sentido común . Allí aceptaba con Locke, que el gobierno era un mal necesario. En Los Derechos del Hombre, se expresa como alguien que toma la palabra por delegación de los propios gobernados. Por ello, principiará en la primera parte (que asoma en edición separada ) deshilvanando a Burke porque al contrario de él, no aceptaba ninguna tradición, dado que los vivos no podían ser dirigidos por los muertos y su pasado.

En cuanto a lo constitucional, acordaba con Burke que no se le debía ningún respeto pero agregaba que en el fondo, la Constitución inglesa era un papado político y un cementerio de ideas ya envejecidas. Todos los gobiernos, excepto los de Francia y los EEUU, derivaban su ejercicio de la conquista sangrienta, la superstición y lo arbitrario. Un jefe de una tribu se las ingenia, primero, para ser el mandamás de sus seguidores y luego, con un golpe siniestro, cambia su condición de Ladrón en el de Monarca.

Por supuesto, ningún gobierno puede siquiera pretender ser hereditario, tal cual lo es el trono regio, dado que un gobernante hereditario es tan absurdo como alguien que aspire a ser literato por herencia .

En la segunda parte del escrito, que es la más contestataria y original , es dable hallar una tosca definición de las clases en pugna : los propietarios y los no propietarios están en una guerra, en la que los ricos despojan a los pobres de sus derechos, a través de impuestos y de constituciones . Por consiguiente, hay que abolir el gobierno (los más escandalizados con este argumento, veían que se les daba a los sectores populares la excusa para saquear a los ricos ).

Paine aseguraba que el código penal era en realidad, una barbarie “legalizada” y que las guerras tendrían que sustituirse con arbitrios internacionales . Propuso también que se recortaran los gastos del gobierno y de las fuerzas armadas del Estado; era de la idea de perdonar los impuestos a los pobres; anhelaba una especie de “subsidio” para los “carenciados”. Proponía fondos públicos para la educación de todos los niños; pensiones de vejez, asistencia a los desempleados ; subsidios por natalidad, matrimonios y para funerales, entre otras medidas.

Paine no obstante, contaba con “a prioris” que no tematizaba: el optimismo; la fe en la Razón; la creencia en que los “humildes” señalan el camino a seguir; la fe en que los hombres no son perversos ni “malos” (este optimismo iba a zurcir el radicalismo de la clase obrera en el ochocientos ). Au fond, su crítica no era antisistema en absoluto, sino que se orientaba a desmantelar los resabios de conjuntos de economía y sociedad precapitalistas, en pos de nexos entre propietarios y empleados que fuesen típicamente capitalistas. Thomas evaluaba al capital como resultado del loable esfuerzo personal, dedicación que no debía ser entorpecida por la interferencia del Estado: Paine y Adam Smith, se complementarían uno a otro.

Un trabajo con menor impacto fue el de La edad de la razón, de 1795 . Aquí, si bien el autor no es ateo, enuncia afirmaciones efectistas sobre la Biblia que lejos de provocar que se lo tuviese por un creyente, dio pábulo para que los conservadores atacaran a los “jacobinos” . Pero su mordaz crítica de lo religioso tal cual existía, fue una ayuda para que los menos favorecidos adquiriesen independencia intelectual, respecto a las “santificaciones” de las opresiones y frente a las solicitudes de obediencia al Estado.

Por último, Thompson establece que en oposición a lo que plantea una historiografía demasiado estrecha, Paine no fue el genuino representante de un “totalitarismo” (!) jacobino, sino que fue partidario tal cual la mayoría de los jacobinos, del respeto por la diferencia, de un internacionalismo que evitase las guerras y del no exterminio del adversario . Empero, luego de la equivocada senda del Terror en Francia, emergerán reformistas y escépticos desencantados de los movimientos rebeldes .

VI

El Capítulo 5 (“Plantar el árbol de la Libertad”), que finaliza con esta Primera Parte, principia haciendo una crítica a las líneas historiográficas que consideraron que mientras la Revolución Industrial fue lo que aportó Britania, la Revolución Francesa fue lo que acercó la vieja Galia a Europa, en lo político. En primera instancia, el reformismo y el jacobinismo ingleses vienen desde la Revolución Gloriosa y aun desde antes, de tradiciones disidentes y emancipatorias .

En segundo término, veinte años previos a la insurgencia que acabó en Napoleón, en Inglaterra había personajes como Cartwright que proponían distritos electorales iguales, parlamentos por año y el sufragio masculino adulto . Por eso y si bien la Revolución Francesa fue también inspiración, actuó como un factor que enriqueció un movimiento inglés en lucha por la profundización de una “democracia a la inglesa” . En tercer lugar, lo que afectó más directamente las actitudes “subpolíticas” del pueblo, los alineamientos de clase e inauguró tradiciones que podemos asegurar que se extienden al presente, es lo jugado en suelo británico y por las “líneas” que el intelectual describió en otros capítulos.

En cuarto término, lo que provocó en parte la histérica reacción antijacobina del Estado, de los conjuntos privilegiados y de fracciones de los grupos subalternos, no fue tanto el giro cada vez más extremo de la Revolución Francesa, sino una gran movilización popular por las calles de Sheffield de 1792, que invocaba Los Derechos del Hombre. La primera respuesta a Sheffield la dio el cuasi “pogrom” que hubo en Birmingham; la movilización bajo el lema “¡Constitución y Rey!”, fue de tal magnitud que de no haber existido, la ciudad se hubiese convertido en un genuino centro insurgente .

La rudeza antijacobina de la Corona , se debió a tres circunstancias básicas. Una de ellas fue que luego de la decapitación de los reyes, la Revolución Francesa se ahondó más . La alteración del “equilibrio” europeo, que mostraba a Francia como una futura potencia hegemónica, su expansionismo y la afectación directa de los intereses británicos, condujeron a la guerra. El tercer elemento fue que para los conjuntos acomodados, había “signos” de confluencia entre el jacobinismo vernáculo y los ideales franceses . El Primer Ministro Pitt, se convirtió de un “pro” hombre de la “coexistencia”, en arquitecto de la contrarrevolución europea.

Paine fue proscrito en su ausencia : es que a pesar de sus limitaciones, había amalgamado las demandas políticas con las económicas . Poco a poco, fueron constituyéndose sociedades de la gentry para mantener intacta la venerable Constitución de la antigua Inglaterra . Paine replicó desde Francia, que el pueblo todo debiera autoconvocarse para realizar una Convención Nacional, a los fines de darse un gobierno no monárquico. Comenzó incluso, una “guerra” de palabras entre los que procuraban disuadir a los sectores no destacados de levantarse contra el orden, la propiedad, la religión, el Rey y la Constitución , y entre aquellos que eran tímidos partidarios de mínimas reformas (por ejemplo, éstos deseaban “purificar” la Constitución , no “quemarla” ). Es que apenas el impulso revolucionario empezó a nutrirse, fue controlado por la contrarrevolución .

La pugna de clases, que había adoptado el aspecto de una guerra de palabras y de acción, se volvió una guerra civil política . Se empleaban todo tipo de medios, para presionar a los que se sospechaba que tenían reparos frente a la propiedad privada y el Rey (v. g., a las gobernantas se las obligaba a hacer firmar a los que estuvieran bajo su férula en una casa, una declaración de lealtad pública ). En este contexto, les fue difícil sobrevivir a las sociedades rebeldes análogas a las de “correspondencia” (luego de 1793, las asociaciones populares habían resistido su prueba de fuego y entonces el nombre de Paine fue relegado ).

Conviene advertir que una “caza de brujas” de esa magnitud, no demuestra que necesariamente el jacobinismo se haya extendido en idéntica escala . Sin embargo, lo que sí estaba era el “caldo de cultivo” para que un hecho insignificante pusiera en “llamas” al pueblo.

Pero sus energías se “desviaron” por la emergencia de milenarismos innumerables. Casi la mayoría de ellos, sugerían que luego de la impostergable destrucción de este mundo de pecado, dolor, odio, desencuentro, soledad, intolerancia, hambre, muerte, enfermedad e injusticia, llegaría al fin, una época maravillosa de hermandad y paz universales . Era como si las aspiraciones revolucionarias, se hubiesen “sublimado” en un optimismo de los crédulos . No obstante, la persecución sorda contra las sociedades aglutinantes de los conglomerados subalternos impulsó a muchas de ellas, a una persistencia en la consecución de sus propósitos revolucionarios .

El centro de la acción se desplazó desde Londres a Escocia, Sheffield, Norwich e Irlanda . La composición de las asociaciones varió un poco , dado que se encontraban menos profesionales y gente de “clase media”, predominando los obreros, pequeños menestrales, hombres de oficio y artesanos . En cierta proporción, esos nuevos integrantes y su combatividad, halla su causa en el aumento de los precios y en la penuria económica .

Empero, señalemos que muchos de los nuevos componentes rebeldes (f. i., los artesanos y hombres de oficio ), provistos del orgullo que les daba el saberse valorados por el resto de los miembros de los grupos dirigidos, optaban por acercarse a los de “clase media”, en vez de tratar de intimar con los demás. Esta tendencia significaba en los hechos, renunciar a aumentar el número de los rebeldes, aunque se apoyaba en la autodidaxia y la organización meditada . Había un trasfondo y era que los alzamientos por el pan, el gentío contratado, los milenarismos, estaban dejando paso imperceptiblemente, a los actos políticos con el rasgo de mítines , sin ceder en nada en la combatividad de aquellos otros movimientos . Pero bien hemos dicho “imperceptiblemente”, puesto que uno de los años más violentos en cuanto a levantamientos populares de subsistencia es precisamente, 1795 , etapa que coincide con un invierno muy duro, con la pérdida de cosechas y con los vaivenes de la guerra con Francia .

Retomando la línea argumental en cuanto a que hubo un desplazamiento de los motines, por las congregaciones públicas de protesta , es dable sostener que se hizo patente una escisión entre los campesinos propietarios y legitimistas, y el resto de los grupos subalternos que por su condición, eran los “sediciosos” sin derecho al voto . Luego y poco a poco, a esa división se le sumaría la de los electores y la de los obreros, que sería dominante hasta 1850.

Id est, lo que se vivía entonces era una virtual situación de “apartheid” por el que las clases dominantes penalizaban, con la mediación plus ou moins directa del Estado, las diversiones, comportamientos, reuniones, publicaciones, formas de autoeducación política, etc., de raigambre popular .

Pero lejos de que se pueda efectuar una especie de “gráfica” en la que a medida que avanza la Revolución Industrial, también se agudiza la lucha de clases en su faceta política, lo que podemos sostener es que cada una de las variables fundamentales tuvo “curvas” distintas y desacompasadas. En efecto: en términos muy generales y amplios, es factible abocetar que la profundización de la explotación, obediencia, sometimiento, que llevó consigo la Revolución Industrial, se acompañó en una primera “fase” de cierta pasividad, aunque haya habido conatos notables de resistencia.

En esa temprana “etapa”, hubo una tímida “alianza” entre la burguesía capitalista en rápida formación y algunos fragmentos de la clase obrera, “pacto” que se rompió apenas se aceleró el destino de la Revolución en la vieja Galia. Inmediatamente, el descontento se concentró en los artesanos y hombres de oficio que como tales, poseían una mentalidad precapitalista y reacia a las exigencias del trabajo fabril. Por su lado, la gentry, los terratenientes y los industriales se espantaron ante la “proliferación” de las sociedades populares pro reformistas y hasta abiertamente simpatizantes de toda clase de soluciones revolucionarias .

Mientras tanto, las distintas tradiciones ya citadas (las reivindicaciones de los derechos de género, las religiones disidentes, los que apoyaban a Paine, los seguidores de Spence y Thelwall , los “ilustrados” librepensadores, etc. ), iban forjando una conciencia política propia de una clase en gestación compleja. Fueron los años más crudos de recesión y represión (1791/1795), los que vieron nacer un nuevo radicalismo de los subalternos que, encaminándose cada vez más decididamente hacia los sindicatos o trade unions , afilaban una conciencia obrera de clase . Todo esto eclosionará con otro rostro hacia 1811.

El historiador insular culmina el largo capítulo, con una vuelta a la ponderación de las normas jacobinas (la igualdad de las mujeres, el internacionalismo, la tolerancia, la resistencia hacia los “líderes” o personalidades, la fraternidad, la solidaridad casi incondicional, la autoilustración, el anhelo de cambio), valores que, por su ausencia, afectaron buena parte del desarrollo del movimiento obrero en el novecientos, en Britania .


 

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