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PLAN DE INTERVENCIÓN ESTRATÉGICA DE LA ZONA DE DESARROLLO INTEGRAL DEL SUR DE BOLÍVAR

Daniel Menco Rivera y otros



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A.3.1.2 CARACTERÍSTICAS DE LA PRODUCCIÓN

El recurso de tierra se le ha signado la connotación de poder y estatus social, en vista de que en la actualidad la adquisición en amplias extensiones es sinónimo de mejoría, respeto y reconocimiento, en un sistema de valores en el que se es por lo que se tiene.

Paralelo a lo anterior, en la zona del Magdalena Medio y en especial en el sur de Bolívar, la lucha por la tierra se ha convertido en una razón de cambio para la concentración, el desplazamiento, la mercantilización y la búsqueda de rentas diferenciales en actividades productivas que permitan darle el quite a la estructura desigual de la distribución, la fertilidad, la distancia a los centros urbanos y las limitaciones tecnológicas y empresariales para la explotación.

Como se observa en el cuadro A.3.1.3, hay un cierto patrón de subutilización en la explotación que se está dando a los predios agrícolas de las familias. En tal sentido, cuanto mayor es la extensión del predio, menor tiende a ser el porcentaje de uso en el desarrollo de las actividades agropecuarias.

Al tomar como referencia las extensiones de las unidades agrícolas calculadas en el estudio realizado por el PDMMM , podemos decir que en promedio estas adquieren una extensión de 39 has, lo que comparativamente nos indica que alrededor del 67% de los predios de las familias en la zona de desarrollo no alcanzan a cubrir el área de explotación en la que se podrían maximizar los ingresos del productor. Por consiguiente, es de esperar que sujetas las familias a las características agroecológicas de los terrenos, con sus consecuentes repercusiones en la fertilidad, productividad y margen de rentabilidad en la producción, estarán más propensas a intercalar en sus predios cultivos de pan coger, agroindustriales e ilícitos, como opción en la generación de ingresos para su manutención.

Aunado a lo anterior, la ubicación de las familias con el agravante de la lejanía a los centros urbanos, en lo excesivo de los costos de transporte, la intransitabilidad de las vías, la falta de tráfico vehicular, la carencia en el acompañamiento institucional en la producción, las fumigaciones indiscriminadas y el hostigamiento de los grupos armados ilegales, impiden ampliar las posibilidades de uso y producción agropecuaria al interior de la zona de desarrollo, según se detalla en la tabla A.3.1.

Bajo las anteriores irregularidades es muy poco procedente para las familias tener un sentido de pertenencia e identidad territorial con su entorno. La incertidumbre y la falta de oportunidades de auxilio institucional han creado en la población el temor como condición social de existencia, por lo tanto no se va a despertar en ella un mayor interés y motivación en mejorar los actuales alcances de uso y producción, siendo el riesgo en perder los cultivos y de “quebrar” más notorio que las posibles ganancias a obtener en la actividad.

A demás, la falta de definición en lo derechos de propiedad de las familias se adiciona como ingrediente frente al desestímulo y fortalecimiento de las actividades. Perteneciendo los municipios de Cantagallo, San Pablo y Simití a la zona de reserva especial del rio Magdalena, no es muy clara la suerte de las familias frente a la posesión de sus predios, por ello, la precariedad de las formas de asentamiento y de tenencia de la tierra denotan el carácter informal del poblamiento.

Según el cuadro A.3.1.4, el 56.25% de las familias son propietarias con carta-venta y el 16.66% son colonos. Estas cifras representan en sí mismas la forma cómo una débil relación contractual en la propiedad de un bien se constituye en un serio obstáculo para que la población reconozca la responsabilidad frente la función social y productiva de la tierra.

De igual forma, la informalidad en la propiedad impide la consolidación de un tejido socioeconómico armonioso y consecuente con el sentido del cooperativismo y la integración productiva. Como se observa en el cuadro A.3.1.4, la relación social de la producción se da predominantemente en forma individual, lo cual ha conllevado a que dentro de la zona de desarrollo sean prácticamente inexistentes las organizaciones sociales como los gremios o cooperativas de productores en algún área específica de la economía rural.

Lo anterior lleva implícito el alto costo de oportunidad que para la zona de desarrollo significaría, al sacrificarse posibles economías de escala, profundización y ampliación en las fronteras de producción, mayores posibilidades de acceder a créditos de capitalización o mejora agropecuaria, redes de solidaridad, confianza y esfuerzo colectivo, etc.

Es allí, donde hace su aparición la producción ilícita de la coca. En el cuadro A.3.1.4, auque no se logra distinguir una relación indirecta entre al área explotada y su distribución entre productos lícitos e ilícitos, dada la irregularidad que muestra a lo largo de las extensiones en consideración, se puede decir que la coca no es un cultivo de distinción o diferenciación de clases en la zona de desarrollo. Se encuentra dispersa en extensión ampliada o reducida en toda la cadena de la distribución de la tenencia de la tierra.

Por consiguiente, en lo diferencial y determinante entre los cultivos lícitos e ilícitos en la zona de desarrollo, queda patentizado que detrás de su origen estan los factores estructurales que le han dado forma y contenido, a saber, la necesidad de subsistencia de la población y, ligado al anterior, los márgenes diferenciales de rentabilidad.

En el estudio realizado por el PDPMM , se calcula que el total de costos asumidos por el productos en la producción y comercialización de cultivos como el arroz, el plátano y el maíz llegan a sobrepasar el ingreso de venta, mientras que el cultivo de la coca, con una producción de dos a 3 kilogramos trimestralmente, el ingresos neto llega a ascender a $1.800.000.

No obstante, el significado de la ilegalidad también ha traído sus repercusiones a modo de boomerang contra la población. Tanto para las familias que dependen de manera proporcional de los ingresos del cultivo de la coca como aquellas que la encuentran como una forma complementaria en para el sustento económico, el marchitamiento del mercado para su comercialización y venta resultan ser cada vez más atomizados, teniendo en cuenta que a partir del recrudecimiento de la política de las fumigaciones y del conflicto armado, son pocos los compradores que existen, por lo que según las propias familias: “la coca sólo está dando para calmar el hambre por unas semanas”.

Y si a lo anterior, se le agrega la externalidad negativa del cultivo frente a la producción de pan coger y de especies animales, no sobra más que decir, que el circulo vicioso que para la economía de las familias de la zona de desarrollo ha surgido, en términos de pobreza-cultivo de coca- fumigaciones-pocos demandantes-ingresos a la baja-mayor pobreza, no que da más que anticipar la pauperización y la miseria en las condiciones de vida de las familias.

Aunque en la zona de desarrollo es incipiente la mecanización de la producción como mecanismo para agregarle valor al producto, no puede dejar de considerarse ello como un germen de futuro alternativo.

De acuerdo al cuadro A.3.1.5, del total de lo producido por la familias en la zona de desarrollo el 45.83% es procesado, pero que en gran parte es debido a la coca, que representa el 86.37%.

En la poca variedad de productos de origen lícito que se procesan se encuentra la caña de azúcar para la elaboración de panela y los productos lácteos generados por la pequeña ganadería, pero en forma artesanal.

En lo concerniente a la división espacial de la producción, como componente del comercio entre territorios, la intensidad en las relaciones comerciales entre las veredas de la zona de desarrollo se ha estado desdibujándose paulatinamente durante los últimos lustros.

En momentos en que la coca era el lubricante que posibilitaba una dinámica mercantil más activa entre veredas, teniendo en cuenta el flujo monetario que originaba las ganancias a los productores y raspachines, era frecuente encontrar sombras de “urbanidad” en algunas veredas, que por su importancia geoestratégica, como el tamaño de la población, lugar de paso obligado, concentración de demandantes, etc., se convertían en sitios propicios para el montaje de discotecas, graneros, pequeños restaurantes, tiendas de ropa, almacenes de insumos agrícolas, etc.

En momentos actuales, la relaciones de intercambio están concentradas con las cabeceras de los municipios circunscritos en la zona de desarrollo. Sin embargo, los excedentes de la producción sólo alcanzan a representar el 31.95% del producto, como se muestra en la tabla A.3.1.1.

La economía de subsistencia, en un contexto donde la mercantilización es tenue, se requiere liderar procesos de reconversión y transformación productiva con la apuesta en actividades jalonadoras de mano de obra, con alta elasticidad ingreso al producto regional, nacional y de acceso a los mercados internacionales, de tal manera que tenga una función económica y social consecuente con el logro de una mayor articulación con el territorio al que se pertenece, con sentido de pertenencia y permanencia, integradora de redes sociales, de armonía con el medio y promotora de mejores condiciones de vida.

Por consiguiente, una apuesta productiva en actividades con encadenamientos tomando como foco de desarrollo algunos nodos o núcleos veredales o corregímentales contribuirá a obtener una especialización económica, facilitando la interrelación económico-social y cultural de la población. Las ganancias tanto tangibles como intangibles que de ello surjan convertirían a la zona de desarrollo en un lugar sinérgico en el que la interacción social movida por el intercambio avive los vínculos personales, las relaciones de amistad y solidaridad entre los pobladores.


 

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