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CIUDADANÍA ARMADA

Arleison Arcos Rivas



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6.4 Las armas: ¿Pedagogía del miedo?

Según Delumeau, el miedo se diferencia de la angustia por el nivel de inmediatez de aquello a lo que se teme. El miedo existe porque se conoce lo que se teme y la angustia es una espera dolorosa.“Sin embargo, miedos que se repiten, pueden provocar crisis de angustia”279 .

En la larga espera de aquello a lo que se teme las comunidades, y no solo los individuos, nos permiten advertir nuestra crisis, producto del carácter prolongado y en apariencia irresoluble de nuestros conflictos políticos y sociales, que si bien son percibidos como ajenos y lejanos por la mayoría de los ciudadanos280, tienen un nivel de cercanía tal que puede sentirse en los miedos tras las puertas, ventanas y cercas de nuestros vecindarios, memoria visible de la irresolución de la vida social que termina por generar trazos urbanos de una supuesta cultura de la violencia urbana281 , cuya interpretación no deja de ser, así como el fenómeno que se estudia, compleja, diversa y llena de contraposiciones282 .

Mas allá de las distintas visiones en torno a la continuidad o discontinuidad de las violencias, la pregunta que aquí se formula esta asociada al tipo de ciudadanía que un conflicto dilatado produce y por qué en este contexto las respuestas armadas provenientes de la ciudadanía prosperan.

El recurso a las armas, en este contexto, obedece a las circunstancias históricas en las cuales la vida en los barrios populares283 se encuentra amenazada inicialmente por funcionarios al servicio del Estado y rentistas de la tierra y luego, con la expansión del narcotráfico, por la presencia de actores criminales organizados para asechar, delinquir y atacar la vida, los bienes y la dignidad de hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos cansados de pelear en más de cuatro décadas contra todos los enemigos imaginables, incluso el Estado.

En tales circunstancias, y en el contexto de violencias que demarcan las fronteras del miedo que convierte a todos en victimas-en-potencia, ocurre que la ciudadanía se expresa en negativo. En el lenguaje clásico de la guerra la población civil es dejada al margen, en un terreno que no es neutral pero si aislado y por lo mismo se la reconoce como población no-combatiente. Sin embargo, la noción de no-combatiente no alcanza a dibujar el mapa completo del denominado ideal cívico de la ciudadanía. Al contrario evidencia las rendijas por las que resulta posible cierta imagen de la ciudadanía armada, toda vez que el no combatiente puede empezar a serlo, en la medida en que se vea impelido a ello producto de los avatares de la guerra y de la ruptura institucional que le obligue a socorrerse con las armas, o a participar en cualquiera de los oficios propios de quienes combaten.

En un contexto de guerra y miedo ambiente, un ciudadano termina por convertirse en combatiente, en ciudadano armado, por las fisuras en la integración social que, antes que amalgamas, sinergias y mimetismos evidencian las tensiones irreconciliables que se escenifican en los territorios, imaginarios, clases sociales y relaciones políticas. En un contexto de miedos absorbentes, la vida de los ciudadanos es cada una y todas juntas una novela completa de violencias, ataques y defensas, en la medida en que las violencias o las amenazas de violencia construyen también la visión del mundo, del entorno cercano y el lejano; ritualizan la sangre284 , desacralizan la vida285 , hacen cotidiana y obsesiva la matanza, el matar y el morir286 y perpetúan con toda su fuerza al miedo como medida de la acción pública287 .

Los contextos de guerra como el nuestro producen nuevas subjetividades, enmarañan y desenmarañan los hilos de las identidades, articulan nuevas y distintas verdades históricas, signan la cultura con el halo de la tragedia y del olvido, dibujan las cartografías del miedo y producen trasmutaciones en el orden social y político288, de tal tamaño que los conceptos otrora asépticos, como el de ciudadanía, se inscriben y se sitúan ahora en los contextos y en las emergencias desde las cuales la ciudadanía como entidad puede ser producida o construida289 .

¿Cómo puede reclamársele como no-combatiente a quien desde hace mucho rato carga sobre sus espaldas, el peso de las violencias, del desplazamiento, de la angustia y la pavura? ¿Desde dónde situar los reclamos teóricos por una ciudadanía no combatiente cuando ni el Estado se reclama soberano ni las comunidades aceptan pasivamente su orfandad?

Tal vez nadie mejor que Frantz Fanon podría responderlo. Cuando se sucede tan cotidianamente una violencia atmosférica, esa violencia a flor de piel290 , una respuesta violenta resulta inevitable, en la medida en que esta “es la intuición que tienen las masas colonizadas de que su liberación debe hacerse, y no puede hacerse mas que por la fuerza. ¿Por qué aberración del espíritu esos hombres sin técnica, hambrientos y debilitados, no conocedores de los métodos de organización llegan a convencerse, frente al poderío económico y militar del ocupante, de que solo la violencia podrá liberarlos?”291 .

Fanon, situado en el análisis de la violencia contra el colonialismo comprende que, para el oprimido por violencias incomparables, la no violencia es una opción falsa. En igual sentido Jean Paul Sartre, quien escribe el prefacio al libro de Fanon, comenta del oprimido que “si se resiste, los soldados (de cualquier ejercito) disparan, es un hombre muerto; si cede, se degrada, deja de ser un hombre; la vergüenza y el miedo van a quebrar su carácter, a desintegrar su persona”292 .

Para Sartre, los miedos se interiorizan de modo tal que el oprimido descubre que se encuentra acorralado entre las armas que le apuntan “y esos tremendos impulsos, esos deseos de matar que surgen del fondo de su corazón y que no siempre reconocen: porque no es en principio su violencia, es la nuestra, invertida, que crece y los desgarra”293 .

Tal vez ninguna otra percepción distinta a la del desgarro para entender como las salidas armadas por parte de quienes reclaman su ciudadanía evidencian un momento subjetivo, comunitario e histórico en el que una crisis de angustia, producto de miedos sucedáneos, omnipresentes, invasores, internalizados, sobrecogedores; miedo ambiente, estallan de modo tal que las cosas no vuelven a ser como en los análisis se las hubiese considerado.

El miedo termina por articular su propia pedagogía: La violencia producto de una ciudadanía en armas, es pues, una salida liberadora; identifica el punto de no retorno entre el sufrimiento pasivo y la diatriba contra el miedo, al tiempo que pone en escena las tensiones no resueltas entre la ciudad integrada, segura y confiada y la ciudad excluida, desasegurada y temerosa, convencida de que “el orden público es fácilmente burlado, transgredido y convertido en la oportunidad para el desbordamiento de la delincuencia y la criminalidad” 294 .

La pedagogía del miedo es evidencia de salidas desinstitucionalizadas295 de ciudadanos y movimientos de resistencia armada, que se parapetan en las ciudades emprendiendo prácticas de ruptura con un orden delincuencial construido en contra de las comunidades y los ciudadanos; que no tiene por que durar siempre, ni parece haber razón para esperar a que lo resuelva ese otro estatal, tercero que no llega o se queda rezagado.

Sin embargo, y a pesar de su radicalidad, no son los ciudadanos que recurren a las armas para defender sus derechos quienes desearían perpetuar el miedo como medida de la acción colectiva. El miedo no se perpetúa con las salidas ciudadanas para enfrentarlo sino, al contrario, por el surgimiento de nuevas violencias y los nuevos operadores del miedo que se instalan como señores de la guerra296 en las ciudades trasmutando, otra vez, los entramados sociales.

No es mi propósito perpetuar las referencias al miedo como medida de la acción colectiva. Como reconoce Lechner: “en épocas de alta contingencia, cuando la gama de lo posible se ha vuelto tan abierta, resulta indispensable trazar perspectivas. (Aunque) la frustración por tantas promesas incumplidas enseña a ser cautos (…) cada uno de nosotros reclama un futuro donde no tengamos miedo al otro, no tengamos miedo a la exclusión y – formulado en positivo-gocemos de un entorno favorable para que vivir juntos tenga sentido”297 .

La nuestra es época de alta contingencia, de reclamos por la convivencia y búsquedas del sentido del vivir juntos; pero no es una época sin miedos. Hoy el mundo parece estar globalizando el miedo298 como signo de la perplejidad ante las incertidumbres extendidas a los ámbitos de la vida cotidiana, familiar, social, laboral, económica y política. Mirando más cerca, una ciudad como Medellín no solo vive presa de los miedos transnacionales sino que sus propios miedos se han perpetuado de tal modo que, a pesar de que los índices de criminalidad parecen decrecer en el momento299 como lo evidencia el cuadro que se muestra a continuación, la percepción en torno a la inseguridad y los hábitos de inseguridad no ceden300 .

Por ello entre nosotros las preguntas por el miedo remiten a salidas por la institucionalidad, por la concreción de cierta modernidad política básica que entronice la autoridad publica, reinstale los mitos necesarios para la refundación de lo público, produzca una ética ciudadana de la solidaridad y se encamine hacia la constitución definitiva de un nuevo orden social y político para el que sería necesario reconstruir la sociedad antes que construir un Estado301 .


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